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Crónicas de un amor - "Nunca te olvidaré" — capítulo 8

La campana que anunciaba el fin del descanso sonó en todas partes del edificio, me exalté por un momento, no recordaba que aún me encontraba dentro de la escuela, y es que al leer aquel cuaderno, era como si sumergiera en aquella historia, en el mundo de Sam. Me sentía molesta con Chad, indignada con aquella gente que la miraba como si fuera una loca y hasta confundida con Curt y Brad.

Miré a alrededor, estaba sola, pero sabía que en los pasillos principales los alumnos se apresuraban a ir a sus próximas clases, cosa que yo también tenía que empezar por hacer de una buena vez.

Salí del aula mirando a ambos lados, ahí no había nadie. Recorrí el pasillo a todo lo largo y entré en uno más transitado.

-¡Alexa!- gritó alguien a mis espaldas, y con ello, un nuevo susto para mí.

-¡Me has asustado de muerte!- exclamé viendo a mi amiga con el ceño fruncido mientras posaba la mano sobre el pecho.

-Lo siento- dijo tratando de ahogar una carcajada-. No he podido evitarlo.

-Me lo he imaginado- dije recuperando el aliento.

-Pero, ¿en dónde has estado todo el almuerzo?

-Por ahí.

-¿Por ahí?, ¿Dónde es exactamente por ahí?- insistió mirándome con recelo.

-Luego te cuento, ¿sí?- exclamé al ver que la profesora entraba en el salón-. La clase va a empezar, vamos.

Entramos en el aula y fuimos a ocupar nuestros habituales asientos, casi al final de la clase, y entonces la profesora empezó.

En verdad trataba de ponerle toda mi atención, pero me era imposible prácticamente, mi vista se desviaba continuamente hacía mi mochila, en donde sabía que se encontraba el diario de Sam. La tentación me ganaba poco a poco, pues después de solo unas miradas por encima de la mochila fui abriendo poco a poco el cierre, hasta que el cuaderno estuvo al alcance de mi vista, y mi mano. Lancé una fugaz mirada a la profesora, estaba demasiado ocupada escribiendo algo en el pizarrón, así que aproveché, saqué el cuaderno y lo puse entre sobre mis piernas.

Curt no era feo, nada feo en realidad. Cuando lo veías más atentamente y dejabas a un lado su irritante humor, te dabas cuenta de que en realidad era bastante guapo a su modo; tenía una sonrisa traviesa, unos ojos color café claros y unos labios muy bonitos sobre una piel clara. Pero debía admitir que su arrogancia me hacía desesperar, y nunca podría salir con una persona así.

-No- dije rotundamente y rodee la barra para salir.

-¡Vale!- exclamó yendo tras de mi y rodeando las mesas como hacía yo en un intento de huir de él-. Admito que he ido muy deprisa, pero por lo menos deja que nos conozcamos. Seamos amigos.

-¿Y para qué querría ser tu amiga?

-A nadie le hace mal tener un amigo más… por lo menos a mi no. Y si más adelante te animas a salir conmigo, pues…

Me di la vuelta y lo observé atentamente con los ojos entornados, ¿por qué insistía en querer salir conmigo?, ¿a caso no se daba cuenta de que no me caía bien siquiera?

-Por favor- pidió él juntando sus manos-. Me puedo poner de rodillas si así lo quieres.

Estaba a punto de hacerlo, cuando dije:

-¡Está bien!, ¡acepto!. Conozcámonos, pero solo como amigos, ¿vale?

-Vale- dijo él con una amplia sonrisa.

Extendió su mano como si esperara cerrar un trato, cuando la puerta de la cocina se abrió de golpe y Henry salió por ella con un cucharon en la mano.

-¿Con quién estás hablando?

-¿Yo?, con…

Miré a los lados, Curt se había ido. Pero la puerta parecía acabar de cerrarse, puesto que las campanillas volvían a chocar produciendo un tintineo al chocar unas con las otras.

-Creo que te han dejado hablando sola, Sam- dijo Henry soltando una carcajada.

-Sí, eso creo- lancé un resoplido de exasperación.

El resto de aquel día la cafetería permaneció muy sola, por tal motivo que Billy y yo terminamos jugando cartas con Henry por la tarde, casi cuando se llegaba la hora de cerrar.

A las nueve y tres cuartos, Chad hizo su aparición en el lugar para hacer sus habituales cuentas y hacer el cierre de aquel día.

-¿Cómo siguió Sherly?- pregunté yo cuando entrabamos en el auto para ir a casa.

-Me ha llamado hace un rato, dijo que todo estaba bien y que podría regresar mañana al trabajo- explicó él sin quitar la vista del frente.

-¿Ha ido al medico?

-Sí.

-¿Y qué ha pasado?- pregunté con insistencia por saber como se encontraba.

-Nada serio, le dio unos des inflamatorios- contestó él sin preocupación.

-Bien- dije satisfecha.

Se hizo el silencio normal que nos acompañaba cada vez que mi mamá no iba en el auto con nosotros, pues ella era la que siempre insistía en que teníamos que convivir como una familia. Pero lo cierto era que yo nunca iba a ver a Chad como mi papá.

-¿Cómo ha ido el día?- preguntó mi mamá asomando la cabeza desde la cocina.

-Aburrido- respondió Billy dejándose caer en uno de los sillones de la estancia-. Prácticamente hemos estado solos en la cafetería Sam, Henry y yo. ¿Cuántas personas han ido a comer hoy?, ¿cinco?

-Eso creo- repuse sentándome junto a él.

Mi mamá había llegado hasta donde nos encontrábamos nosotros y se colocó en el sillón frente al nuestro. Sonrió en señal de ánimo y suspiró.

-Pero no ha sido tan mal día- dijo ella-. Han pasado un día relajado.

-Sí, bueno…- dije yo lanzando un largo suspiro-. Aún así me siento cansada. Me iré a dormir.

Me puse en pie, y después de dar las buenas noches a todos, subí a mi habitación. Pero a pesar de estar cansada, no fui directo a la cama; me tomé mi tiempo para ponerme el pijama y duré un buen rato solo dando vueltas por mi habitación, pensando… El encuentro con aquel muchacho, Curt, me había dado mucho de qué pensar, aunque no sabía con exactitud por qué pensaba en él. Era molesto, irritante, era tan directo y seguro que daba un poco de miedo.

Cuando al fin decidí recostarme en la cama, me puse a contemplar el techo, con la vista perdida, hasta que me quedé completamente dormida.

Aquella noche, soñé… bueno, en realidad nunca supe con exactitud qué era lo que soñaba, solo sé que en mis sueños nuevamente aparecía aquello: una luz segadora, rechinidos y un estruendo ensordecedor. Me desperté de golpe, con el corazón latiendo en mi pecho a mil por hora, sin saber por un momento en donde me encontraba. Miré a mí alrededor durante un par de segundos, convenciéndome de que me encontraba en mi habitación y adaptándome al leve resplandor del sol que empezaba a salir.

-¡¿Te has vuelto loca?!- exclamó Brooke al día siguiente cuando le platiqué lo de mi encuentro con Curt.

-No, no me he vuelto loca.

-¡Pero has aceptado salir con él cuando le has dicho a Brad que no!- espetó ella con desesperación-. Y un momento, ¿dices que se llama Curt?

-Curtis, sí… pero prefiere que lo llamen Curt- expliqué yo-. ¿Por qué?

-No, por nada- dijo mi amiga un tanto pensativa.

Ambas permanecimos en silencio mientras andábamos por el pasillo. La gente empezaba a apresurarse antes de que dieran el toque que indicaba el inicio de clases.

-¿Ya no te gusta Brad?- preguntó casi en un susurro.

-Yo no he dicho eso. Curt y yo solo saldremos como amigos, eso es todo.

-Curt…- exclamó ella lanzando un resoplido que más bien pareció un suspiro que iba muy lejano.

-¿Qué pasa?- pregunté sin poder contener la risa-. Pareciera que estás empeñada en que salga con Brad.

-Es solo que quiero lo mejor para ti y pienso que él lo puede ser- explicó sonriendo levemente.

Le devolví la sonrisa. Brooke era la mejor amiga que todos quisieran tener, siempre preocupándose por mí, procurando que nada me hiciera falta para ser feliz, arrancándome una carcajada cada que me sentía sin fuerzas para sonreír. Ella siempre estaba ahí para mí.

-¡Ah!- exclamó de pronto-. Quisiera recordarte lo de este fin de semana.

-¿Este fin?, ¿qué cosa?

-¡Sam!- replicó ella con indignación.

-¡Bromeo!- dije yo soltando una carcajada-. Sé perfectamente que este fin de semana es tu cumpleaños, y sabes que ahí estaré.

-Y hablando…

Mi amiga estaba a punto de decirme algo, cuando alguien la interrumpió.

-¡Hola, chicas!- saludó de pronto Brad.

-¡Hola!- devolvimos a la vez el saludo.

Por algún motivo Brooke ni siquiera se molestó como siempre que pasa cada vez que alguien interrumpe cuando ella va a hablar.

-¿Cómo están?

-Bien y tu- respondí con una sonrisa, admirada de lo guapo que se veía aquel día con una playera color verde que resaltaba su mirada.

-Bien- dijo él devolviéndome la sonrisa-. Oye, Sam, ¿nos podemos ver a la hora del almuerzo?

-Claro que se pueden ver- dijo mi amiga antes siquiera que yo pudiera responder.

-Bien, nos vemos entonces- exclamó riendo por el gesto de mi cara.

Y sin más, se alejó de nosotras entre la multitud, justo cuando daban la campanada que anunciaba el inicio de las aburridas clases de aquel día.

-¿Un almuerzo en la escuela podrá contar como primera cita?- preguntó mi amiga con gesto pensativo. Acabábamos de llegar a mi primera clase.

-No lo creo- dije yo pensándolo también.

-Pues ya qué- exclamó encogiéndose de hombros mientras seguía su camino-. Nos vemos en el almuerzo entonces.

Le hice un gesto con la mano mientras ella se perdía entre la multitud de alumnos que se apresuraban a llegar todavía a sus respectivos salones, para entonces darme vuelta y entrar en clase, enfrentando las miradas de mis compañeros. Aquello era sumamente incomoda. Algunos alumnos me miraban con gesto arrogante y altivo, y otros, cuando me hablaban, lo hacían tan delicado, como si temieran que fuera a romperme en cualquier momento.

Caminé lentamente hasta el último asiento, el que se encontraba más apartado del resto de la clase y tomé asiento, tratando de protegerme de los demás, de sus miradas. El resto de las primeras clases hice lo mismo, en cada salón al que entraba me sentaba al final, y así, en silencio hasta que las horas pasaron, lentas, pero seguras.

Cuando la campana que anunciaba el descanso sonó, me puse a aguardar mis cosas en la mochila, tratando de ganar un poco de tiempo para dejar que los demás salieran antes. En eso me encontraba, echando mis cuadernos lentamente uno a uno, y aguzando el oído para comprobar que el aula se iba vaciando poco a poco.

-Hola- saludó de pronto alguien sentándose en el banco frente al mío.

Levanté la mirada, esperándome topar con los ojos verdes de Brad, que de seguro al no encontrarme por ninguna parte, había ido a buscarme para almorzar juntos. Pero no, en lugar de eso, me topé con unos ojos castaños, bajo una mata de cabello despeinado.

-¡Ah!, eres tú- dije yo volviendo a lo que estaba.

-Veo que te alegras de verme- dijo él sonriendo.

-Lo siento, pero pensé que eras otra persona- expliqué sin mirarlo.

-¿Entonces esperabas a alguien más?

-Algo así.

-Y yo que esperaba que pasáramos el descanso juntos- comentó con un dejo de tristeza.

-Tal vez en otra ocasión.

Me puse en pie y me eché la mochila sobre el hombro, con la mirada fija en la puerta, decidida a salir lo antes posible.

-Anda, por favor- pidió él tomando mi mano-. Prometiste que dejarías que nos conociéramos.

-Lo sé…

-Además no tengo con quien pasar el almuerzo.

-¿Y tus amigos?- pregunté mirando a mi alrededor, como si esperara a que estos hicieran su aparición.

-He decidido descansar de ellos por hoy- dijo encogiéndose de hombros.

-¿No será a la inversa?

Solté mi mano de la suya y las crucé sobre mi pecho.

-Bueno, sí… tal vez ellos descansen de mi- exclamó soltando una carcajada-. Entonces, ¿qué dices?

Lo miré por un momento, pensando muy bien qué debía hacer: si dejar plantado a Brad, o hacer que Curt pasara solo el almuerzo de aquel día. Aparté la mirada del muchacho, de su cara que simulaba una profunda tristeza y recorrí el aula que estaba completamente sola.

-Está bien- acepté yo lanzando un suspiro.

-Bien, vamos- dijo él tratando de tomar mi mano una vez más-. Conozco un lugar en el patio que…

-Pero yo no fumo- exclamé interrumpiéndolo.

-¿Quién dijo algo de fumar?- preguntó él tratando de no reír.

-Bueno… solo decía.

Curt sonrió ante mi comentario, tomó mi mano y me guió hasta la puerta. En el pasillo ya no había ni un alumno paseando, todos debían encontrarse en la cafetería o alguna parte del patio, o no sé, tal vez también en el gimnasio ensayando o en el campo de futbol.

Salimos del edificio y caminamos por el patio, pero no nos detuvimos ahí, rodeamos la escuela hasta llegar a un lugar de los terrenos escolares a los que nunca había ido, y sin embargo me parecían familiares.

-¿Aquí pasas tus ratos libres en la escuela?- pregunté echando un vistazo a mi alrededor.

-A veces- contestó él tirando su mochila sobre el pasto y sentándose cómodamente junto a ella.

Me quedé parada por un momento sin moverme, pero entendí que yo también tenía que sentarme, así que tomé asiento junto al muchacho.

-¿No te parece muy solitario?

-Pensé que te gustaría- comentó-. Casi siempre te he visto sola y bueno…- se encogió de hombros.

-Bueno… sí, es lindo- dije yo sonriendo.

Curt sonrió, era la primera sonrisa que no tenía aquel dejo de travesura, una sonrisa sincera, que brindaba confianza, una sonrisa cálida y bonita. De pronto aquel chico un tanto oscuro y rebelde despedía una tenue luz a su alrededor, como si saliera de la sombra y el sol lo iluminara por un momento.

-¿Por qué es que nunca antes te había visto en la escuela?- pregunté yo en el momento en el que apoyaba mi peso en una de mis manos.

-Quizá quieres pasar de los demás… como quieres que los demás pasen de ti- contestó él.

Bajé la mirada y la posé en la mano que descansaba sobre la mochila que estaba sobre mi regazo.

-¿Has hablado últimamente con mi mamá?- pregunté yo tratando de sonreír.

-No lo creo.

-Entonces debe de ser verdad si más de una persona me lo ha dicho- exclamé levantando de nuevo la mirada.

-¿Tu lo crees así?- preguntó él.

-No. Pero… creo que son más bien ellos los que me alejan- dije yo en voz baja-. La forma en que me miran… ¿nunca te ha pasado?

-Más bien no me miran- exclamó él un tanto serio.

-Yo te miro.

Posé una mano sobre su ante brazo y él me miró fijamente, y eso hizo que me apenara un poco. El peso de su mirada hizo que la mía se doblegara.

-Y créeme que agradezco mucho que lo hagas… con toda el alma.

No dije nada al respecto, me trabé por completo y mis palabras no salieron de mi garganta, simplemente me limité a sonreírle al pasto y aguardar silencio.

Aquella hora fue más pasadera de lo que me hubiera imaginado. El Curt al que conocí, o más bien empecé a conocer durante aquel descanso era más agradable de lo que yo pensaba, era divertido aunque no tan irritante como lo recordaba, amable, sencillo y hasta bastante caballeroso. Y resultó que teníamos muchas cosas en común, como los gustos por las mismas bandas de música, los libros, incluso películas.

-¿Aún crees que soy un pesado?

-Yo nunca dije eso- exclamé yo.

-Casi me lo gritabas el otro día cuando fui a buscarte a la cafetería en la que trabajas- comentó él riendo.

-Bueno, tal vez lo pensé. Pero ahora me arrepiento… quizá un poco- dije yo soltando una carcajada.

-Bien. ¿Entonces quedamos aquí para nuestra segunda cita?

-¡Esto no cuenta como una cita!- exclamé sin contener la risa.

-¡Vale, vale!- dijo él-. Pensé que podría ahorrarme lo de la cena.

Reímos, era tan fácil el reír a su lado. Pero un sonido a le lejos interrumpió nuestro buen rato. La campana sonaba desde el edificio, recordándonos que aún estábamos en la escuela y que teníamos que volver a clases.

-Bueno, supongo que es hora de volver- dije yo poniéndome en pie.

-Yo no tengo clase, pero si quieres puedo acompañarte a la tuya.

-No te preocupes, no creo que me vaya a perder en el camino- exclamé colgándome la mochila al hombro.

-Entonces, ¿nos vemos?- preguntó poniéndose también de pie.

-Sí.

El instante siguiente corrió como en cámara, lenta. Curt me miró fijamente con una sonrisa en sus labios, y yo parecí quedarme congelada al ver como él se acercaba poco a poco hacía mí. Contuve la respiración, sintiendo casi sorprendida como si corazón parecía querer salir de mi pecho, y entonces sus cálidos labios rosaron mi mejilla suavemente.

-Hasta luego- dijo el muchacho en un susurro.

Solo pude asentir, lo miré por un momento, creyendo que aún no podía moverme, pero casi en automático mi pie dio un paso hacía un lado y entonces empecé a caminar hacía el edificio.

¿Por qué estaba temblando?, ¿qué era lo que pasaba conmigo?, ¿no se suponía que a mi me gustaba Brad?. Quizá solo era que lo cerca que había estado de él, o que yo sabía qué era lo que él sentía por mí.

Caminé por el pasillo ya casi vacio por completo, notando un leve temblor en las rodillas, cuando…

-¡Sam!- exclamó alguien tras de mi en tono molesto.