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Alec Vulturi y Renesmee Cullen... ¿Dolce amore? — capítulo 20
El sonido de unos golpes frenéticos sobre la superficie de madera tallada de la puerta hizo que me despertara sobresaltada, incorporándome alerta en la cama. Mire en todas direcciones, confusa, y entonces repare en Jacob. Estaba tirado a mi lado, durmiendo. Permanecía bocabajo, con la sabana tapándole por debajo de la cintura, y emitiendo un suave ronquido. Ahora mismo debía de estar en la gloria, ajeno a lo que se nos venía encima. Recordé todo lo que había pasado esa noche anterior, y supe que esos recuerdos y pensamientos quedarían grabados en mi mente para siempre, como unos de los más hermosos de mi vida. Este era el final de los dos, y ya lo había aceptado. Las cosas buenas se acaban, y hay que saber encajarlo… sobre todo si tu sacrificio concede a alguien a quien quieres una segunda oportunidad para no equivocarse. Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír, ¿No? Por eso, era mejor hacer llevadero lo que ahora era inevitable. Tenía que enfrentarme a mi destino, encararlo de la mejor forma posible. Porque yo era valiente, y las cosas siempre pasan por algo, de eso estaba convencida.
Acaricie toda su espalda con una mano, sintiendo se calor, e intentando capturar su aroma para siempre, pero el ruido de los golpes en la puerta, hizo que me sobresaltara de nuevo. Mire en esa dirección con una mueca de irritación en la voz.
-¿Qué?- pregunte malhumorada.
-¡Renesmee!- exclamo Santiago al otro lado de la puerta,- Ya es la hora… Aro quiere que Jacob se valla y que tú te reúnas con ellos en la sala de los tronos.
Encaje esas palabras como si fueran golpes secos en mi estomago. Nuestros gritos provocaron que Jacob se despertara. Se incorporo mirándome confuso y desorientado, pero yo lo abrace para que no se sintiera asustado, haciendo que nuestros cuerpos, solo cubiertos por la ropa interior se tocaran ligeramente. No sé porque… pero me daba la impresión de que esto era mucho más duro para él que para mí.
-Ya vamos…- conteste con voz queda- Espera fuera, danos 5 minutos…
Su omisión de respuesta fue para mí una contestación afirmativa. Le agradecí el tener algunos minutos más para la despedida. Espere unos segundos, hasta que escuche los pasos de Santiago alejándose de la habitación. Quería darnos intimidad… en el fondo, era una buena persona. Entonces, me gire hacía Jacob, y le sonreía de forma cansada.
-Vamos…- susurre, quitándome las sabanas de encima,- Tenemos que vestirnos…
El me miro pensativo. Se quedo inmóvil mientras yo me embutía en mis pantalones, y tampoco dijo nada cuando me calce con unos sencillos zapatos negros. Al parecer necesitaba pensar muy bien lo que quería decir, estaba concentrado.
-¿Estás segura de que es lo que quieres?- preguntó,- Si has cambiado de opinión, y prefieres marcharte, no me importa quedarme… en serio… me siento mal por dejarte aquí solo para mi beneficio personal…
-Jake- dije, seria y un poco enfadada. ¿Acaso no se lo había dejado ya bastante claro?- Vístete, y no hagas esto más difícil, ¿vale?
Él asintió poco convencido, y me obedeció. Ahora todo había terminado.
Jane miro hacía el horizonte, y se colocó la capucha al mismo tiempo que el sol comenzaba a iluminar su cara, cuando su piel chisporroteaba dulces motitas multicolores. Estaba amaneciendo en Volterra, y como casi siempre que podía, había subido a una de las torres del palacio para pensar y descansar antes de enfrentase a todas las cuestiones que la acometerían el resto del día. Era algo que le permitía pensar con más claridad, y era una de las cosas que hacían soportable su existencia. Pero sobre todo… algo de lo que nadie debía enterarse nunca.
Pero en ese instante había cosas circulando por su cabeza… cosas que no le permitían estar centrada. Alec. Su gemelo, su hermano, la única persona en la que confiaba y en la que había depositado toda su esperanza, al único que le había confesado su verdadera forma de ser, sus palabras y sus deseos, él… se había convertido en un cretino y en alguien con quien no le apetecía estar nunca. Esto era algo nuevo para ella, ya que siempre habían estado muy unidos, desde que fueron bebes, se apoyaban el uno al otro con los ojos tapados. Solo él la había entendido. Jane siempre había sido conocedora del carácter difícil y "especial" de su hermano, pero nunca Alec se había portado así con ella. Tenía la impresión de que cada vez él se volvía menos humano, de que ella cada vez ocupaba un espacio menor en su corazón. Y no podía sopórtalo. Se sentía impotente al ver como alguien como su hermano, la unía persona que verdaderamente la importaba se echaba a perder de esa manera. Debía hablar con él, y cuanto antes, mejor.
Camino hasta la entrada de la torre. Bajo las escaleras, lentamente, preguntarse una y otra vez con una sensación extraña y desagradable en todo el cuerpo si se puede llegar a odiar a un hermano. En serio… ¿Podría ella llegar a odiar a Alec?
Santiago caminaba a mi lado a un ritmo bastante adecuado, aunque ese día los pies me pesaban como losas, y me costaba bastante seguir su ritmo. En ese momento me sentía como en una nube: nada parecía poder alterar mi estado de ánimo. Era como si nada pudieses llevarse a cabo… ¿Acaso debía temer perder algo más cuando ya no me quedaba nada? Jacob se había marchado, y no tenía palabras para describir como había sido. Pero de lo sí estaba completamente segura era de que jamás lo olvidaría. Tendría que cuidar bien de mis últimos recuerdos que tenía de él. De mi Jacob, y de mi familia… De momento, había decidido no pensar en ellos. Los echaba mucho de menos, pero confiaba en que Abrielle y Nicolás sabrían darles el mensaje, y en que mis padres y el resto de mis parientes aceptaran mi decisión de la mejor forma posible. No dudaba en que los echaría de menos, pero tampoco quería ponerme histérica ahora mismo, por mucho que mi corazón lo necesitaba.
No me dio más tiempo a pensar, Santiago abrió las puertas de la sala de los tronos. Me había comunicado que Aro me quería ver, y la verdad es que sentía miedo por descubrirlo. Había mucha gente. Demasiada. Al menos treinta personas, yo creo que la guardia completa. Me sorprendió verlos a todos reunidos. Eran como un escalafón: los altos mandos arriba, justo a sus esposas, la alta guardia cubriéndoles las espaldas, y los rangos bajos rodeándoles y admirando su belleza y estatus. Yo aun no sabía a dónde pertenecía, así que me limite a mirarlos a todos.
-Ven, sígueme y quédate callada- pidió, haciendo un gesto para que caminara rápido y me pusiera a su lado.
-Vale- respondí con voz tenue.
Obedecí, y nos situamos muy cerca de la pared. Todos me miraron fijamente, aunque no pude descifrar sus expresiones. Era probable que no les callera demasiado bien a ninguno de ellos. Pero tampoco es que me importara demasiado, al fin y al cabo, estaba allí porque me habían obligado. Meneé el pie varias veces con nerviosismo. ¿A qué se debía toda esta reunión?, ¿Por qué teníamos que permanecer aquí quietos?
Entonces, tuve la respuesta. Aro, Cayo y Marco entraron en la sala al tiempo que un silencio sepulcral la invadía también. Todos los miraron fijamente, con miradas cargadas de un deseo incondicional e infinito. Todos allí estaban perturbados por su presencia, abrumados. Desvié la mirada, sin quiere contemplar a aquellos que me habían hecho tanto daño. Y entonces, me tope con Alec. Estaba en la parte de arriba, rodeado de los guardias de alto rango. Justo a él permanecía su hermana, ambos con la misma expresión inquebrantable. Sus ojos me miraron despectivamente durante unos segundos, que parecieron eternos, y entonces cedió la mirada y observo a sus amos entrar. Su comportamiento era extraño, y podía afirmarlo a pesar de que apenas lo conocía. Los tres caminaron hasta la parte superior de la sala, y entonces Aro se giro, abriendo los brazos como si fuera un pájaro. En cierto modo me recordó al Cristo Redentor, en Río de Janeiro, con todo ese aire divino y majestuoso. Temiblemente hermoso. Todos le miraron expectantes, ignorando aquel peculiar y extraño comportamiento.
-¡Renesmee!- llamo con voz dulce, y yo abrí los ojos sorprendida,- Ven aquí, preciosa.
Yo me quede muda, petrificada en mi sitio y mirándole anonadada. Note la mano de Santiago empujándome para que caminara hacía él, y esa fue la única razón de que me moví. Lentamente dirigí mis pasos hasta donde él estaba, bajo la mirada evaluadora de todos. No subí hasta la parte elevada, me que abajo, mirando como ponía los brazos en su posición normal y juntaba las manos con expresión satisfecha.
-Bien querida…- murmuro, sonriendo,- Te he hecho venir porque pienso que qué asistas a esta reunión provocara una mejor adaptación. Sin embargo…- e hizo una leve pausa,- Puede que esto sea complicado para ti, así que te mostraremos como hacerlo…
Abrí la boca para contestar, pero no pude emitir ningún sonido. Justo en ese momento se abrió la puerta. Mire aterrada hacía allí, y me tape la boca con las manos. Una muchacha de no más de veinticinco años estaba siendo sujetada brutalmente por uno de los fornidos guardias. Tenía todo el cuerpo recubierto de rajas y arañazos y podía vislumbrar más de una docena de marcas de dentadura en su piel, inconfundibles de vampiro. Debía de haber sido guapa, pero ahora estaba despeinada, y tenía el rímel corrido por las lágrimas que descendían por su mejilla descontroladamente. Sentí un leve ardor en la garganta conforme se iba acercando a nosotros, y entonces recordé que llevaba tha varios días sin tomar nada de sangre. Intente ignorar el dolor de garganta, pero cada vez hacia más intenso y hacía que me desconcentrara. Yo permanecí inmóvil, sin saber que hacer. ¿Qué se suponía que iba a pasar ahora con esa chica?
-Tómala- dijo Aro,- Es tuya.
-¿Qué?- murmure, mirándole confundida y sintiendo arcadas.
-Bebe su sangre. Ya es hora de que te empieces a comportar como una verdadera inmortal. Deja atrás la burda alimentación de tu antigua familia. Sacia tu sed con ella- dijo Aro, con una sonrisa imborrable en el rostro.
-Pero yo…- conteste, sintiendo el dolor subiendo por toda mi garganta, quemándome la boca e hirviendo mi sangre,- No la quiero… no quiero matar a nadie.
-Una lástima- respondió,- En ese caso, precede, Félix.
Todo paso demasiado rápido. Ese tal Félix se acerco a la chica, que el otro guardia había dejado tirada en el suelo sin el menor de los pudores. Me sonrió, aunque había una pizca de lamentación en sus ojos. Arrancó el brazo de la chica como si fuera un pétalo de una flor, sin apenas esfuerzo. La sangre chorreo por todo el suelo, y la pobre gritó desesperada, y gimoteo de dolor. Todos estaban en tensión, pero al parece tenían la suficiente fuerza de voluntad como para soportar aquel aroma. O quizás ya sabían lo que iba a pasar y se habían preparado. Yo cerré los ojos, y el cálido y ferroso olor de la sangre lleno mis fosas nasales antes de que pudiera hacer nada.
-Vamos, preciosa Renesmee- musito Aro, aunque yo no le mire, tan solo contemplaba la sangre fijamente caer al suelo: ,- Tómala, es tuya. Bebe su sangre y apaga tu sed y tu dolor. Bebe.
Sentí como todos mis impulsos animales y todos los instintos básicos de mi especie venían a mí en un enorme chute de adrenalina. Mire a todas partes, perdida por el deseo y la sed. Apreté la mandíbula, y solté un gemido como los que alguien gimotea cuando se siente liberado de una pesada carga que les ha estado corroyendo toda su vida. Una carga de la cual podía liberarme.
Y entonces, me abalance sobre ella.
¡Hola!
Subiré el próximo capítulo pronto... ¡Ya está escrito! Son demasiado largos, así que si a alguien le molesta, hacérmelo saber. También quería recomendaros un fic: "SuckerLand" Lo adoro, deberías pasaros. Estoy muy inspirada, aunque no sé si debo continuar. La verdad es que creo que está quedando una historia demasiado larga. Tengo ya planeado como será la historia, (y ojo, no toda entera), y tiene más de 40 capítulos. Además, yo jamás escribir un Alec/Nessie. Quizás deba dejarla, ¿qué opináis?
Gracias por leer y... Comentad. =)