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Alec Vulturi y Renesmee Cullen... ¿Dolce amore? — capítulo 3
Dejé caer su cuerpo, que había dejado de forcejear hacía ya un buen rato. Este hizo un ruido sordo el chocar contra el colchón, y después de eso ya no se escucho nada. Me separe de ella y comencé a vestirme rápidamente, aunque no porque tuviera demasiada prisa. Me embutí en los pantalones y me calce los zapatos. Seguidamente y mientras me abrochaba uno a uno los botones de mi camisa miré fijamente su inerte cadáver.
Había que reconocer que era bonita, he incluso la muerte le daba un aura mucho más interesante, sin embargo su apariencia física jamás se podría haber comparado con la de una inmortal. Desconocía su nombre, pero eso nunca había sido un impedimento para mí. Ella simplemente había estado en el sitio equivocado y en el peor momento, y ahora la muchacha estaba tumbada en la cama, con los cabellos rubios despeinados, semidesnuda y con una pequeña herida en su cuello que emanaba sangre reseca. Su rostro estaba crispado por el dolor y la angustia, y lo único que sus ahora vacios ojos reflejaban era muerte. Pura muerte.
Acostarme con mis victimas antes de alimentarme con su sangre era algo que solía hacer, no porque el sexo con humanas fueran algo especial, sino porque me gustaba tener el control. Me gustaba demostrarme a mí mismo y a ellas que era superior. Adoraba verlas emocionadas por haber llamado mi atención y que acabaran así de mal, llorando y suplicándome que parara, porque las lastimaba con mi fuerza, pero ellas no tenían ni idea de lo que era el dolor, no lo sabían en absoluto. Por eso continuaba hasta que estaban a punto de expirar, entonces las mordía y saciaba mi sed a su costa mientras agonizaban y sus gritos se apagaban caza vez más. Eso multiplicaba el placer y hacía que siguiera mereciendo la pena continuar con todo aquello.
Aunque por supuesto… no todo eran humanas. También tenía relaciones con otras vampiras, aunque solo era por pura diversión, nada de sentimientos. Ni siquiera me importaba que ellas no disfrutaran, aunque era evidente que lo hacían. Escogía a las vampiras más hermosas del mundo, y las hacía jurar que no irían contando lo que había pasado entre nosotros a los demás yellas aceptaban como idiotas. No creo que eso afectara positivamente a mi reputación, además, debía de mantener en secreto lo que hacía porque sino Abrielle se pondría furiosa, y eso no me convenía en absoluto. No es que fuera especialmente importante para mí o que sus sentimientos me incumbieran demasiado, ni siquiera mi hermana la soportaba, (lo que por cierto le añadía una especie de morbo a la chica), pero de momento me venía bien tenerla calladita y contenta a mi lado, aunque su felicidad se sostuviera gracias a múltiples mentiras. Había ocasiones en las que me sorprendía lo inocente y estúpida que podía llegar a ser Abrielle, que no se daba cuenta de que nunca le había sido fiel. Pero pasaba unos ratos divertidos con ella, y además me hacia compañía. Aro había hecho bien en transformarla para mí.
El sonido de una puerta al abrirse en la planta baja de la casa de la chica muerta hizo que me alertara. Termine de vestirme y echando un último vistazo a la muchacha, que cada vez tenía un aspecto más lívido, salté por la ventana, aterrizando en el césped del jardín con un golpe seco. Espere unos segundo, aun agazapado, mientras unos pasos y unas voces subían hacía arriba rápidamente, Abrían la puerta y… un grito agudo, seguido de unos llantos desesperados que inundaron la habitación. Escuche a la que probablemente sería su madre repitiendo el nombre de la muchacha varias veces. "Daniela", "Daniela" gritaban una y otra vez, sin conseguir nada, evidentemente. Sonreí, como solía hacer cuando pasaba eso. Así verían que clase de furcia era su hija. Y sin vacilación, comencé a correr hacía el castillo.
No me había alejado mucho, por lo que apenas tarde en llegar. La noche había caído hacía ya mucho rato, y una profunda luna de plata refulgía en el cielo como un farolillo luminoso. Me deslice por las serpenteantes y empedradas calles de Volterra hasta llegar al castillo. Entré por una pequeña puerta que estaba oculta dentro de un callejón, esperando no tener que encontrarme con nadie por el camino. Tenía unos planes bastante diferentes. Sin embargo, la suerte no me acompaño.
-¿Ya has regresado? Has tardado mucho…- me pregunto mi hermana, saliendo de una de las esquinas del pasillo.
La mire de reojo, un poco molesto por su intromisión. Aun así, la respondí lo más cordial que pude.
-Sí, tuve que atender unos asuntos y me demore un poco más de lo planeado.
-Ya…- susurro ella,- Se qué clase de asuntos dices.
Sí, estoy seguro de que lo sabes…- respondí, mirándola sonriente. Ella me fulmino con la mirada.
Jane no era tan abierta como yo en ese tipo de cosas. Nunca le había gustado nada que tuviera que ver con la gente, por lo que no se sentía cómoda sabiendo lo que yo hacía. Ella siempre había oprimido cualquier contacto tanto físico como emocional hacía las personas, especialmente hombres. Yo sin embargo, me limitaba a rechazar al contacto emocional. ¿Qué importaba estar con alguien de forma carnal? Al fin y al cabo, no significa nada.
-¿Qué tal la caza?- pregunto, colocándose a mi lado y caminando a mi ritmo.
-Genial, como siempre. Por cierto…- dije pausadamente,- ¿Has visto a Abrielle?, ¿Ha llegado ya?
Ella puso los ojos en blanco.
-Sí, dijo que te esperaba en tu habitación. Aun no entiendo cómo puedes dejarla campar por tu cuarto a sus anchas. Ni siquiera yo tengo permiso para hacerlo- añadió ella con la voz cargada de celos.
Yo sonreí ligeramente. Las sensaciones desagradables de los demás me causaban una extraña sensación de placidez.
-Déjalo estar, hermana.- conteste neutral,- Deja que este contenta, permita que se crea que vale mucho, de todos modos no sabe nada de nada. ¿No has escuchado nunca que la ignorancia es la felicidad de los idiotas?
-Alec- me reprocho Jane, parándose y haciéndome detenerme a mí también,- No me gusta esa chica, creo que tiene poco cerebro, y además no tiene ni un talento. Pero algún día descubrirá lo que haces, sabrá que te dedicas a acostarte con todas las chicas que se te ponen delante mientras se supone que le guardas fidelidad eterna, se marchara, y no podrás evitarlo. Ahora la usas para divertirte, pero cuando te odie ya no lo pasaras bien y…
-Jane- la interrumpí medio riendo,- Si Abrielle se marcha, encontrare a otra enseguida. Ella no tiene nada de peculiar. No pasa nada. Yo lo controlo. Deja de parlotear así, no hace falta que te preocupes por mí. Estoy perfectamente, y puedo ocuparme de ella yo solo.
Y reanude el paso, con mi hermana pisándome los talones.
-Sí Abrielle no te importa en absoluto, dime Alec, ¿Por qué te esfuerzas tanto en ocultarle que eres infiel? Porque no simplemente se lo dices, para que se marche y no te atas a ninguna chica. Así no le deberás explicaciones a nadie.
Sonreía antes de responder.
-Porque me gusta jugar, hermana. Y porque adoro ver tu cara de odio cuando ves a Abrielle. Es demasiado divertido- dije, y ella me dedico una mirada envenenada.
Y sin decir nada más desapareció. Segundos después pensé que quizás ella se habría molestado, pero lo descarte sabiendo que Jane era demasiado dura como para irritante por una minucia así. Era cierto lo que decía: Abrielle era un juego. Era divertido poder demostrarme a mí mismo que podía manejar a alguien totalmente, y además… Abrielle siempre me ayudaba con mis asuntos cuando no se me permitía salir del castillo, o cuando en mediode una misión me encontraba aburrido y necesitaba entretenerme. Continúe con mi camino, y esta vez tuve la fortuna de no toparme con nadie. Llegué a mi habitación, y abrí la puerta suavemente, sabiendo por el aroma que Abrielle estaba allí, tal y como mi hermana me había dicho.
La muchacha estaba sentada en uno de los sillones que daban a la ventana. Tenía un cepillo de plata en la mano y lo deslizaba una y otra vez por su largo y ondulado pelo de color oscuro. Miraba a la ventana firmemente con sus ojos color borgoña, y tardo unos segundos en reaccionar ante mi presencia. Cuando comprendió que no estaba sola, se giro sobre sí misma y deposito el cepillo plateado en una mesita cercana. Me dedico una sonrisa que era fría y seductora a la vez. Parecía malvada aunque en el fondo era delicada como una flor y dulce como el azucar, y eso me gustaba demasiado.
-Alec, ¡Por fin has llegado!- dijo con voz pausada, mientras se acomodaba el pelo con una mano. Se levanto elegantemente y camino precisa hacía mí.
-Sí Abrielle, ya estoy aquí. Mi hermana me dijo que estabas en mi habitación, y al parecer, era cierto- añadí con una media sonrisa mientras ella seguía caminando, contoneando sus curvas.
-Sí, me encontré con tu hermana cuando venía hacía aquí. Me ignoro como de costumbre.
-Ya me imagino- la conteste,- Pero no te preocupes. Ella es así. No es que te tenga una manía especial.
-Lo sé…- respondió ella llegando a mi lado. Deposito sus manos en mis hombros y después estas descendieron por el pecho hasta llegar a mi tripa. Presiono mis abdominales mientras comenzaba a pegarse más y más a mí,- Tampoco me preocupa demasiado…
-¿A no?- le pregunte medio sonriendo, y ella me dedico una especie de mueca divertida,- Pensaba que la opinión de la cuñada era muy importante para una chica.
-No para mí- respondió salvajemente antes de agarrar mi camisa por el cuello y acercarme a ella con agresividad.
Presiono con fiereza mis labios, al mismo tiempo que la agarraba la espalda y la devolvía el beso. Sus labios hicieron más presión y su lengua se estrecho con la mía, como jugando en la boca de ambos. Noté sus dientes morder mi boca entre beso y beso, y como Abrielle exhalaba algún que otro suspiro. Ahora por fin empezaba la diversión.
La empuje con violencia hasta la cama y ella cayo de espaldas, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, respirando sin necesidad de una forma muy entrecortada. Su pelo estaba desordenado, y pensé que el cepillado que se estaba dando antes de llegar yo había sido totalmente inútil. Me deje caer encima de ella y atrape sus labios de nuevo, pegándola a la cama y sin dejarla salir por ningún lado, inmóvil debajo de mí. Me encantaba tener el control. Normalmente nuestros juegos preliminares duraban más, y pasábamos más tiempo haciendo cosas antes de que realmente nos estuviéramos acostando. Cosas divertidas y placenteras sin duda… pero que en ese mismo momento no parecían tener cabida. Esa vez era diferente, tenía demasiadas ganas de desahogarme con ella esa noche. Aunque me hubiera valido cualquier mujer, no Abrielle estrictamente.
Noté sus manos desabrochando los botones de mi camisa, primero lentamente, ya que lo hacía a tientas, pues sus ojos permanecían cerrados mientras la besaba. Cuando quedaba la mitad por desabrochar perdió la paciencia y arranco la camisa de golpe, haciéndola girones y tirándola al suelo como si se tratase de algo demasiado molesto e incomodo como para tenerlo cerca. Sonreí para mis adentros al comprobar que era lo que provocaba en Abrielle, pero esta vez fui yo él que continuo. Con un suave movimiento de muñeca raje por la mitad el vestido de raso negro que llevaba embutido, dejando ver a si su cuerpo casi desnudo, solo cubiertos por su fina y delicada ropa interior de encaje en color rojo sangre. Soltó un jadeo mientras se debatía con sus manos, intentando liberarse ella misma de los restos de su vestido ahora destrozado. Yo la contemplaba riendo, observando cómo estaba de desesperada por despojarse de las pocas ropas que le quedaban. Eso es mi época de humano tenía un nombre, y no era nada educado de decir, ramera quizás, o dómina. Cuando por fin se pudo deshacer del vestido me sonrío triunfal, y gracias a un fuerte impulso logro dar la vuelta a la situación, ponerse a ella encima y a mí abajo, con sus piernas abiertas alrededor de mí y una mirada pasional en sus ojos. Mi excitación era evidente, y eso Abrielle lo sabía muy bien. Sabía exactamente donde tenía que presionar para hacer que me descontrolase, y aprovechaba cualquier oportunidad que tenía para poder animarme aun más. Pero no era tan cruel como yo, pues no tardo demasiado en continuar. Bajo lentamente la cremallera de mi pantalón y desabrocho el botón. Con una agilidad prodigiosa bajo los pantalones y los saco, tirándolos al suelo junto con la camisa y los zapatos. Ahora estábamos en igualdad de condiciones. Sonrió y regreso a su antigua posición, justo encima de mí, rozando lo que ella sabía que más me gustaba. Llevo sus manos hacía el broche de su sujetador y lo quito rápidamente, tirándolo lejos. Permitió que la acariciara, dejando escapar graves jadeos mientras ponía expresiones extrañas en la cara. Expresiones de placer.
Pero todo esto era ya demasiado inaguantable, y ella pareció comprenderlo, porque se apresuro aun más. Abrielle se quito su propia ropa interior, e hizo lo mismo con la mía poco después, cada vez más ansiosa y más jadeante. Igual que yo.
Se coloco en una posición cómoda, echándose los cabellos para atrás para poder ver mejor. Entonces, sin que yo tuviera que hacer nada, hizo que yo fuera entrando en ella lentamente. Ambos soltamos un jadeo cuando nuestros cuerpos estábamos completamente unidos, se mordió el labio con los ojos cerrados y sonrió para sí misma antes de comenzar a moverse arriba y abajo. Había que reconocer que lo hacía bastante bien, y casi parecía estar bailando encima de mí, jadeante y excitada. Estuvimos así un tiempo, hasta que decidí que ya estaba satisfecho. Yo ya había sentido el placer más grande que podría obtener con ella, pero permití que Abrielle terminara también, haciendo sus movimientos más lentos y balanceándose de un lado a otro aun con los ojos cerrados y con las facciones de la cara alteradas por el placer. Su abdomen subía y bajaba acompasado con su agitada reparación. Lentamente se deslizo por encima de mí, cayendo a mi lado aun demasiado embotada para decir nada, se tapo con las sabanas como pudo y coloco la mano en su frente, intentando recuperar un aliento que tenía por qué haber perdido.
Yo mire al techo, relajado y mínimamente feliz por haber saciado por fin mis deseos. Contemple a Abrielle, que parecía tener intención de quedarse ahí jadeando un buen rato. Sabía que yo era impresionante, pero… ¿en realidad era para tanto? Probablemente sí, no todas las mujeres podían aspirar a esto, a que yo decidiera pasar un rato íntimo con ellas. Porque yo era Alec, Alec Vulturi, el miembro de más alto rango de la guardia, uno de los vampiros más poderosos de la tierra… Alec Vulturi el invencible.¡Hola!
Espero que os haya gustado y que hayáis disfrutado leyendo. Os prometí un Alec nuevo, y creo que es bastante diferente ahora que en mis antiguas historias. ¿Qué opináis? Decirme que os parece, aunque a lo mejor me he pasado con la arrogancia de Alec, ¿no?
Borré el capítulo anterior porque no me gustaba demasiado, voy a reescribirlo, y mientras lo hago podéis leer este. Dejarme comentarios, ¿Sí? Con peticiones, sugerencias, opiniones o críticas. No importa, adoro saber qué es lo que pensáis.
Los comentarios del capítulo que borre están abajo, me daba pena eliminarlos así que los pegué aquí. Gracias a las dos que comentaron y a los que leyeron, pronto veréis la nueva versión.
Muchos besos y Comentad.
Paulasmog.