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Historia 7235 — capítulo 2

Capítulo II

Sólo por un poco de sangre

  • Bien chicos, todos a dormir que ya es tarde. – dijo la señora Weasley.

  • Ya, madre. Estamos grandecitos – dijo Ron mientras bostezaba.

  • Eres tan grandecito que duermes con un osito de peluche.

  • ¡Mamá, que va a pensar la profesora Li de mí!

  • Que eres muy grandecito – dijo Ayaname riendo.

Todos subieron a sus respectivas habitaciones. Ya Harry se había puesto el pijama y se recostó sobre su cama. Estaba bastante cansado, así que pensó que tendría una buena noche. De repente, la puerta de la habitación se abrió y por ella paso Ayaname trayendo dos tazas grandes de chocolate caliente.

  • Puedo pasar, Molly me pidió que les diera esto.

  • Claro profesora Li, pase adelante – dijo Ron.

  • Gracias, y me puedes llamar Ayaname – dijo mientras repartía las tazas. - ¿Qué tal estuvo la fiesta? ¿Les gusto?

  • Sí me gusto, ¡me encanto! – exclamo Ron.

  • Estuvo todo muy bonito – dijo Harry.

  • ¡Qué bueno que les haya gustado!

  • Una pregunta, Ayaname – dijo Ron.

  • Dime.

  • ¿Es verdad que eres madrina de Harry?

  • ¿Quién te dijo eso?

  • Harry, quien más. Pero yo no le puedo creer, la belleza de Hogwarts fuera la madrina del mejor jugador de Quidditch en la historia.

  • Harry – dijo Ayaname mirando con cara de recriminación. - ¿Qué fue lo que acordamos?

  • Que eso se iba a quedar entre nosotros – dijo sonriendo con inocencia.

  • Bueno, si es verdad Ron y gracias por lo de “belleza”. Realmente no soy tan bella como ustedes creen.

  • Sí, claro – dijo Ron con ironía.

  • Eso nadie se lo cree – agregó Harry.

  • En serio, Ayaname, eres muy preciosa – continuó Ron

  • Claro que sí, hermanito – terminó Fred, quien, junto a George, estaba recostado sobre la puerta.

  • ¿En serio? – dijo Ayaname bastante sonrojada. – He tenido muchos alumnos a los que dar clases y ninguno me había confesado eso.

  • Por supuesto, Ayaname, ¿le puedo decir así? – dijo George acercándosele.

  • Sí, por supuesto.

  • Bueno, como decía mí querido gemelo George – continuó Fred – es que nadie ha tenido las fuerzas para decírtelo.

Continuaron hablando y halagando a Ayaname hasta que la señora Weasley llegó a la habitación y les pidió a todos que se fueran a dormir. Harry, se le ocurrió una idea y con bastante pena le dijo a su madrina:

  • Aya.

  • Dime, Harry.

  • ¿Yo…yo quería decirte si me puede bendecir?, nadie lo ha hecho nunca.

  • Claro. Que Dios te bendiga y te proteja – besó la frente de Harry y se fue.

  • Que la suerte te acompañe, querido – dijo Ron.

  • Cállate, no te burles.

  • El bebecito de la madrina – dijo Ron con tono de burla.

  • No me ofendes, es tan lindo tener de madrina a la belleza de Hogwarts.

  • Como te acompaña la suerte. Buenas noches, “bebecito de la madrina”

  • Lo mismo digo, “Ronnie”.

  • Jajaja, que gracioso.

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La noche ya muy avanzada, el cielo estaba nublado y amenazaba una lluvia torrencial. A las afueras de La Madriguera una sombra apareció y con bastante decisión se aproximo hasta la puerta principal. Ésta se abrió por arte de magia e igualmente se cerró tras de aquello que se movía en dirección a las escaleras.

Ayaname aún seguía despierta en su habitación repasando la carta de Voldemort, que sin que Harry lo supiera la había guardado en su bolsillo. No podía creer que su ahijado supiera todo sobre ella y ese ser que había cambiado su vida con tan sólo un poco de sangre y un conjuro.

  • El destino lo quiso así, tú lo sabes – dijo una voz fría detrás de ella.

  • ¿Qué haces aquí, Tom?

  • Tenía que arreglar unas cosas contigo – dijo Voldemort acercándose a su cuello.

  • ¿Qué te hiciste, estás diferente?

  • Ummm, un ritual, para transmitir mis poderes a otro cuerpo. – Ayaname volteo y se quedo sorprendida. Al frente de ella se encontraba un hombre de piel sumamente blanca, de cabello negro, alto y con manos bastante alargadas y dedos muy finos. Sus ojos eran de un color verde brillante, pero, que a veces, se entornaban en un rojo con las pupilas alargadas. - ¿Qué pasa?, parece como si no nos hubiéramos visto en años.

  • Así…te conocí cuando tenía…

  • Quince años, ¿verdad?

  • ¿Por qué cambiaste? – dijo mientras Voldemort la llevaba hasta la cama y la recostaba sobre el objeto.

  • Para que nadie me reconociera y porque mi antiguo cuerpo se estaba haciendo muy, pero muy viejo – dijo buscando su cuello y besándolo con pequeños besos. – Tengo que arreglar unas cosas contigo, Aya.

  • ¿Qué será? – dijo mientras su respiración se hacía más agitada al paso de cada minuto.

  • ¿Cómo es eso de que vas a entregar tu vida por Potter?

  • Soy su madrina, ¿no? No voy a permitir que le hagas daño a él, no se lo merece.

  • No sé lo merece, eso lo sé, pero fuiste tú quien le distes tus poderes, lo elegiste como tú sucesor. Necesito tus poderes, todos o hacer que Harry se vuelva a mi lado.

  • Por favor, no le hagas nada.

  • ¿A cambio de qué? Ya sé, vente conmigo y pídele a tu ahijado que te devuelva hasta la última porción de poder que le distes y seremos felices los dos. Yo te tendré al fin a mi lado para siempre y tú tendrás a Harry sano y salvo para que no tenga una vida como la tuya.

  • No puedo pedirle tal barbaridad, la Diosa de la Maldad toma más poderes de los que otorgan y podría…

  • Matar a Harry, ¿verdad? – Ayaname asintió. – Te lo explico simplemente, tú no me otorgas lo que yo quiero y Harry sufres las consecuencias. – Movió su rostro tan cerca de ésta que sus narices se tocaban y prosiguió, pero ahora con una voz fría y amenazadora. – No te metas en mi camino Aya o tendré bastantes razones para matar a unas de tus hijas y tú lo sabes muy bien.

  • No lo hagas, por favor, te lo suplico.

  • ¿Me suplicas? Ah, Aya. Eres capaz de hacer tantas cosas por una simple persona, sólo quiero que te devuelva tus poderes para que pasen a mí y tú sabes muy bien como hago eso, ¿no?

  • Como…como te detesto.

  • Y yo como te amo.

Ayaname sintió como en su cuello unos dientes afilados se le clavaban en él con bastante facilidad. Se sintió cada vez más y más débil, hasta que no tuvo otro remedio que cerrar los ojos y esperar que Voldemort se fuera del lugar por ese día.