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Historia 7235 — capítulo 4

Capítulo IV

Las profecías de Pitonisa

La noche se extendía sobre el castillo que estaba cubierto por una espesa capa de niebla. La lluvia ya empezaba a hacer su aparición, destronadotes rayos la acompañaban dándole al lugar el aire tétrico que se merecía. En una de las habitaciones, un hombre de tez blanca, con el cabello negro y tras unas gafas de media luna se ocultaban unos ojos verdes llamativos, pero muy fríos.

La habitación en que estaba era completamente de color negro, desde el suelo hasta la pared. En el escritorio, en donde se encontraba el personaje, se encontraban varios objetos. En la izquierda de la mesa se encontraba la fotografía de una joven de cabello castaño y ojos verdes sonriendo alegremente. En la esquina derecha se encontraba una pila de libros y, al lado de ésta, varios pergaminos acomodados con esmero. Sobre éste había un pergamino y una botellita de tinta, en la que estaba introducida una pluma negra. Sólo había una vela que la iluminaba.

A lo largo de la habitación había cuadros conmemorativos a los grandes magos oscuros de épocas pasadas, de la religión cristiana, en donde se mostraba a Cristo sufriendo bajo las heridas mortales de la cruz, y otras más. A la derecha de la habitación, se encontraba un gran cuadro de Salazar Slytherin, uno de los confundadores de Hogwarts.

Cerca de este cuadro, se encontraba la chimenea, en donde ardía un buen fuego. Al frente de ésta se encontraba un gran sillón negro y tumbada sobre la alfombra, una gran serpiente de piel verde y escamosa, durmiendo placidamente mientras su amo leía.

Mientras aquel hombre pasaba la página del libro que estaba leyendo, la puerta de la habitación se abrió y por ella entro una mujer con el cabello largo y negro, ojos verdes claros y tez blanca, se trataba de Samantha Ryddle, la hermana menor de Voldemort, acercándose hasta el escritorio.

  • Tom, tienes visita – dijo.

  • ¿Y de quién se trata está vez?

  • De la persona que enviaste a Grecia en busca de información – dijo un hombre de cabello negro con reflejos azulados, ojos azules escondidos tras unas gafas y tez blanca.

  • El viejo Daniel Defoe. Al final te dignas a regresar – dijo Voldemort riendo con ironía.

  • El mismo, Tom Ryddle.

  • Hermanita, ¿podrías llamar a Rockwood, por favor?

  • Claro hermanito. – Samantha salió de la habitación y el personaje Daniel Defoe entro y se sentó al frente de Voldemort. Una vez cerrada la puerta, el segundo dijo lo siguiente:

  • ¿Qué tal te fue en Grecia? Pudiste contactar a Pitonisa.

  • Sí, con mucho esfuerzo, pero sí.

  • Y cuéntame, ¿qué te dijo?

  • En pocas palabras, que todo te iba a salir a la perfección, pero que tengas cuidado de no cometer errores que vas a perder todo lo que tienes. O sea, si tienes pensado convertir a Potter en tu igual no hagas que recuerde su pasado y aléjalo de Ayaname, ya sabes, es su madrina.

  • ¿No creo que Aya sea tan perjudicial para él?

  • ¡Ah!. Vamos, por favor. Conoces mejor que yo a la persona que cuida de la Diosa de la Muerte, creo.

  • Sí, he de pensar, ¿no? – preguntó con cierta ironía.

  • Nunca he tocado un cabello de Ayaname Li, aunque no ésta nada fea.

  • ¡¡Defoe!! No hagas que te anote en mi lista negra.

  • Calma, hombre. Ayaname es tuya y de nadie más, pues pienso que acabaste con su esposo aquella noche hace quince años, ¿no? Además, le soy fiel al recuerdo de mi esposa.

  • Me intriga tu pasado, quisiera saber un poco más de él.

  • ¿En serio?, me sorprendes. ¿Por qué tan repentina petición?

  • Sólo quiero saber como eran antes las peleas entre los dioses y lo que concierne a ella.

  • Bueno, en mi época había un tal Flaubert que fue responsable de que las diosas estuvieran con vida hoy en día y puedo decir que fue mi mayor competencia y enemigo. Éste tenía un pupilo a su cargo, del cual se enamoro mi esposa y me dejó por eso, que, aunque no lo creas, es la viva imagen de Potter. Me atrevería a decir que Harry es la reencarnación de aquel ser.

  • ¿Harry Potter? ¿El mismo que yo conozco?

  • Sí, el mismo.

  • Increíble.

  • Te dije que te ibas a sorprender.

  • Sí – dijo riendo un poco. – Continua, por favor.

  • Como había pensado que aquel ser había convencido a mi esposa para irse con él, decidí tomar venganza y rete a Flaubert a un duelo entre su mejor diosa y la mía.

  • ¿He hiciste esa diosa?

  • Más bien hice dos. Una que controlaba los poderes de la oscuridad y otra la de la luz. Se compenetraban a sí mismas.

  • ¿O sea, una no podía utilizar sus poderes bien si no estaba la otra?

  • Exacto. Como la Diosa de la Maldad no tiene nada de tonta mató a una de mis diosas. Se trataba de la que utilizaba los poderes de la luz. La otra atacó a la diosa de Flaubert y se murió.

  • ¿Me estás queriendo decir que la indestructible Diosa de la Maldad murió?

  • Sí, así que tienes esperanzas de volver a lograrlo y separarla de Ayaname. Impulsada por la ira también mató a Flaubert y a su pupilo lo hirió con su lanza en el pecho haciendo que cayera de él un collar negro que contenía los poderes de la muerte y la maldad.

  • ¿Cómo? – preguntó Voldemort sorprendido.

  • Sí, así como lo oyes – contestó Defoe.- Es un collar que guarda la esencia de la diosa.

  • ¿Qué quieres decir con eso?

  • Que guarda todos los conocimientos, poderes y técnicas secretos de la diosa, a quien le corresponde el collar. Yo intenté tenerlo, pero morí (N/A: y nos es figurativamente) en el intento. El pupilo de Flaubert fue el culpable de aquello, pero yo me lleve la vida de mi esposa a la tumba. Puedo jurar que lo sigue teniendo guardado en su pecho.

  • ¿Potter? ¿Y de qué me sirve ese collar?

  • Sí, lo conserva Potter, su reencarnación y te va a servir de mucho si es que quieres tener todos los poderes de la maldad y la muerte.

La puerta de la habitación se abrió y no pudieron seguir hablando. Por ella pasó un mortífago y le entregó algunos papeles a Voldemort. Cuando éste se retiro, continuaron hablando, de otro tema por supuesto. Al caer la noche Defoe se despidió y se retiro del castillo.