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Historia 7235 — capítulo 9
Capítulo IX
El último piso
Era una noche fría y oscura en el poblado del Pequeño Hangleton, digna para quedarse en casa, pero a pesar de estas condiciones climáticas toda la población se encontraba celebrando en la cantina del pueblo. Cuando las campanadas de las doce se hicieron sentir por todo el lugar, un par de personas, hombres, vestidos de negro entraron en el bar.
Los que se encontraban en el lugar fijaron sus miradas con cierto recelo en estás personas, pero no le dieron mucha importancia y siguieron disfrutando de la fiesta. Ojalá que se hubieran seguido preocupando por ellas, pues en un abrir y cerrar de ojos el Pequeño Hangleton se convirtió en un mar de desesperanza, lágrimas y sangre.
De repente a miles de kilómetros de distancia del lugar, una muchacha pelirroja despertó, sintiendo como el aire se le iba de sus pulmones. Desesperada, intento salir de la cama en la que estaba acostada, pero cayó desmayada sobre el suelo. Una de sus compañeras la oyó caer e inmediatamente se despertó y fue con la chica.
-
¡Ginny! ¡Ginny despierta! – dijo Luna Lovegood mientras tomaba en sus manos el cuerpo inerte de su amiga. Decidida se levantó del suelo y se dirigió a la cama que estaba al frente de ella. Descorrió las cortinas rojas que tapaban el lecho y, al aparecer la persona a la que estaba buscando, la zarandeó pronunciando con voz fuerte su nombre: - ¡Erica despierta, por favor!
-
¿Qué…qué pasa? – preguntó Erica Rockwood algo dormida, pero con voz preocupada.
-
Ginny se desmayó. Cuídala mientras que yo voy a buscar a Ron y a Hermione – le respondió Luna.
-
Sí – respondió a su vez Erica.
Erica se puso la bata rápido y se arrodilló en donde estaba Ginny desmayada. A los pocos minutos aparecieron en la puerta de la habitación Ron, Hermione y la profesora McGonagall. El hermano de la chica la cargo en sus brazos por órdenes de la maestra de Transformaciones y la llevo lo más rápidamente posible a la enfermería. Cuando llegaron, la señora Pomfrey dispuso una cama para que pusieran a la muchacha.
-
¿Qué paso? – preguntó la señora Pomfrey.
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La señorita Weasley se desmayó, pero no sabemos por qué – le respondió la profesora McGonagall.
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Me parece que le hacía falta aire – se adelantó a decir Luna.
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Le haré unos exámenes, espero que no sea nada grave. – La señora Pomfrey se fue del lugar para buscar los implementos necesarios, pero cuando estaba por irse volteó sorprendida. Ginny, que aún tenía los ojos cerrados, alzo su mano como si quisiera agarrar algo y así dijo al aire.
-
Harry…no lo hagas, por favor… - Luego se volvió a tranquilizar ante las miradas sorprendidas de los presentes.
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El Pequeño Hangleton no había podido cambiar más desde lo que había pasado la noche anterior. El ambiente y las casas de aquel pueblo habían sido sustituidas por una construcción sin precedentes. Hecha de sólidas y grises rocas, un castillo se alzaba por lo que antes había sido un poblado alegre y lleno de vida con sus imponentes y grandísimos cuatro pisos de alto. Ante su puerta principal se encontraba un largo camino de piedra y a cada lado de éste estaba un amplio cementerio con varias filas de urnas. Cerca de cada una crecían a cada instantes rosas, tanto negras como blancas.
La niebla, que siempre estaba acumulada sobre las ventanas, no dejaba ver si dentro de él había vida, lo que le daba un aire más tenebroso y misterioso. Cuando ya los primeros indicios del mediodía aparecían sobre el frío cielo, una mujer, vestida completamente de negro, se acercaba al castillo con paso ligero y veloz. Al llegar a la puerta principal, ésta se abrió y un hombre con el cabello corto y negro, ojos rojos con pupilas alargadas y tez profundamente blanca apareció tras la portezuela.
-
Querida Ayaname, - dijo este hombre - ¿a qué se debe el honor de tu visita?
-
No es precisamente una visita de cortesía la que te hago y sabes muy bien para que vine para acá, Tom Ryddle – le respondió la profesora de Duelo de Hogwarts.
-
Lo sé, querida. Pero pasa, no quiero que te enfermes de un resfriado por el frío – dijo haciendo una reverenda para que pasará.
-
Gracias. – Ayaname paso al recinto y Lord Voldemort la condujo hasta su despacho. Cuando los dos entraron en el recinto, éste encendió un par de velas e invitó a la profesora a sentarse mientras que servía dos copas de vino.
-
Gracias – dijo Ayaname mientras que recibía la copa de vino de manos de Voldemort, mirándola con bastante recelo.
-
Entonces, ¿vienes a buscar a tu querido ahijado y a Elisa? – preguntó Voldemort una vez que se hubo sentado.
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Sabes que sí. No veo el por qué tienes que llevártelos cuando tienen obligaciones que cumplir. Harry está bajo mi custodia y la de su padrino y Elisa no es sólo tu hija, también es la mía.
-
Sí, lo sé, pero si realmente quisieras a Elisa como tanto dices deberías concederle su mayor deseo, ver a sus padres juntos – dijo Voldemort sonriendo con malicia.
-
Sabes que eso no va a ocurrir nunca, tengo hijas y ahijadas a las cuales atender. Si no fuera por tu brillante decisión de llevarte a Elisa hace ya dieciséis años, ella hubiera crecido con sus hermanas – Ayaname dijo esto último con cierta ironía en la voz.
-
Yo tampoco la críe tan mal, además me ibas a separar de mi propia hija. La lleve contigo para que se pudieran conocer, el cual era su mayor deseo, y ahora ella quiere vernos juntos – Voldemort se rió con maldad.
-
Eres el ser más despreciable que conozco – le respondió Ayaname con rabia.
-
Gracias por el halago. – Ayaname miro a Voldemort con despreció mientras éste se reía.
-
¿Y se puede saber que le hiciste a Harry?
-
Nada que no pudiera hacerle. Lo convertí en mi igual, si esa es la respuesta que quieres.
-
¡¿Cómo?! – preguntó Ayaname asombrada.
-
Sí, así como lo oyes. Ahora es un ser de la oscuridad, buscando sangre fresca y matando sin piedad.
-
¡¿Por qué lo hiciste?! – preguntó Ayaname furiosa mientras que se paraba de un golpe del asiento en que estaba sentada. - ¡¿Cómo te atreves a poner a Harry en esto?!
-
No te hagas la tonta Aya, tú sabes muy bien por que lo hice – le contestó Voldemort también levantándose y dirigiéndose a Ayaname. Cuando llegó hasta ésta, empezó a desabotonarle cada uno de los botones de la chaqueta negra que traía puesta. – Si no le quitabas los poderes que le distes a Harry te dije que iba a actuar y como tú no lo hiciste yo cumplí con mi parte del trato. – Cuando culminó con su labor, le quitó la prenda delicadamente a la profesora. - ¿Estás dispuesta a hacer un pequeño trato conmigo?
-
¿Qué trato?
-
¿Aún quieres llevarte a Harry y a Elisa o viniste a quedarte?
-
¡Vine a llevarme a Harry y a Elisa y eso es lo que haré!
-
Bueno, yo te permito llevarte a Harry y a Elisa, pero con una pequeña condición.
-
¿Cuál condición?
-
Me estoy muriendo de hambre y quiero un poco de comida, ¿estás dispuesta a dármela?
-
¿Me vas a permitir llevarme a Harry y a Elisa?
-
Te juro que sí.
-
Sí estoy dispuesta a dártela, si es cumples con tu parte del trato.
-
Claro que cumpliré. Es un placer hacer negocios contigo, querida Ayaname.
Voldemort llevo a Ayaname hasta el sillón más cercano y la sentó sobre el objeto. Empezó a desabotonar los botones principales de la camisa de ésta y le sonrió antes de penetrar en su cuello sus grandes colmillos para obtener su sangre. El dolor que sentía la profesora era indescriptible y a cada minuto avanzado éste aumentaba hasta que…
-
¡Aya despierta! ¡No te me vayas! – Ayaname abrió los ojos con bastante esfuerzo y cando su vista se estableció vio a Voldemort, pero cambiado, tenía los ojos azul oscuro y una mirada de preocupación. En ese momento se abrió la puerta de un golpe y por ella entró Samantha preocupada.
-
Llevátela, Samantha. ¡Rápido! – dijo Voldemort sin atreverse a mirar a su hermana.
-
Sí, ven Aya. – Samantha ayudo a Ayaname a levantarse y salieron del lugar. Cuando llegaron a la habitación de la primera, la profesora de Hogwarts le dijo lo siguiente:
-
Samantha.
-
Dime, Aya.
-
Tu hermano está volvieron a ser el de antes. – Samantha miro asombrada a Ayaname, no podía creer lo que ésta decía.
-
¿Cómo…cómo es posible?
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Otra vez había despertado en una habitación desconocida, pensaba Harry mientras se sentaba en la cama en la que estaba acostado. El lugar en el que se encontraba era completamente de color negro, desde el techo hasta el suelo. Había una única ventana, por la que entraba una luz pobre y un viento frío bastante potente. También se encontraba otro cuarto, el cual el muchacho inspecciono y descubrió que era un baño con todas las comodidades posibles.
Dentro de la habitación estaba la cama en la que estaba recostado, la cual era de una madera parecida al roble, bastante resistente. Las sábanas y el acolchado eran de color negro, integrándose con la uniformidad del lugar. Al lado derecho de ésta se encontraba un escritorio, también hecho de madera, en el que descansaban varios papeles acomodados con esmero.
Al lado de éste se encontraba un baúl grande, el cual estaba cerrado y sobre él había un par de libros y una vela apagada. Al lado izquierdo de la cama había un único sillón, también de tapiz negro aterciopelado y sobre el techo del lugar estaba una única lámpara de aceite encendida y moviéndose al compás del viento que había en la habitación.
Estaba tan concentrado en observar aquella habitación, que no se dio cuenta que una persona se encontraba sentada tranquilamente en aquel sillón que estaba al lado izquierdo de la cama. Se trataba de Voldemort, quien esperaba calmado que Harry se fijase que tenía visita. Éste le dijo así:
-
Buenos días, Harry. Necesito hablar contigo.
-
Buenos días, Tom. ¿Qué es lo que deseas hablar conmigo?
-
Bueno, tu madrina vino a visitarnos ayer.
-
¿Y eso? No creo que Ayaname venga sola para acá a hablar justamente contigo.
-
Pues creelo. Ayaname Li vino a hablar conmigo, pero para buscarte a ti y a Elisa.
-
¿Espero que no le hayas hecho nada?
-
Sabes que yo no obligo a nadie que haga lo que no desea hacer, no le hice nada que ella no me permitiera hacerle. En fin, he decido que ya es momento para que nos vayamos a Hogwarts, tanto tú como yo tenemos que cumplir compromisos. Además, así le concedo a tu madrina lo que quiere. ¿Estás listo para irte?
-
Sí, pero he de recoger varias cosas. Tenemos todo el día, tengo pensado que lleguemos en la noche, para no despertar sospechas. Antes que vayas a tu Sala Común tengo varias cosas que enseñarte.
-
Bien. ¿Eso era todo lo que me querías decir?
-
Por ahora sí. Dentro de un rato Samantha te traerá tú desayuno.
-
Quisiera hablar con mi madrina
-
Ella ahora está descansando. Hablarás con ella después. Debemos irnos lo más pronto posible, así que será mejor que te apures.
-
Sí.
Voldemort salió de la habitación dejando a Harry a solas. Éste empezó por arreglar su cama. Una vez que hubo terminado, abrió el baúl que estaba al lado del escritorio mientras que Samantha le traía su ropa limpia y planchadita y una bandeja con su desayuno. El chico guardo la ropa ordenadamente dentro de la maleta y luego guardo los libros y demás pertenencias. No había tocado la comida en todo el proceso y cuando la hermana del Señor Tenebroso vino a recoger lo que había traído se quedo sorprendida por ver toda la comida intacta.
Unas horas después todos estuvieron listos para irse del lugar. A las afueras del castillo los estaban esperando dos carros negros. Los pocos mortífagos que estaban en el lugar llevaron los diferentes baúles a los automóviles. El primero fue montado por Voldemort, quien llevaba en sus brazos a una Ayaname que para su ahijado parecía como si estuviera muerta, pues casi no respiraba y la tez de ésta estaba muy pálida. En el segundo fueron Elisa, Samantha y Harry y cuando todos estuvieron listos, los dos autos arrancaron con destino a Hogwarts.
Cuando ya llegaron a la escuela de magia y hechicería, todos se bajaron, llevando con ellos sus respectivos equipajes. Con un silencio casi sepulcral entraron dentro del castillo y se dirigieron al pasillo principal, en donde subieron hasta el último piso. Con un toque de varita por parte de Voldemort, las luces de aquel lugar se encendieron y Harry pudo ver un largo pasillo puesto horizontalmente desde su perspectiva. A cada lado de éste se ubicaban distintas puertas, tres de cada lado. Al final de la habitación estaba una gran ventana con un alfeizar lo suficientemente grande para que una persona se sentará sobre él. A través de ésta se veía la lluvia empezando a empapar todo el campo que se encontraba en las afueras del castillo e integrándose con el lago.
Voldemort le pidió a Harry que lo siguiera mientras que los demás se dirigían a sus respectivas habitaciones. Estos entraron en la última habitación que había en la parte izquierda del pasillo.
La habitación en la que se encontraba completamente era de color negro, dándole un aspecto tétrico al lugar. En el techo se encontraba un único candelabro, que raramente iluminaba todo el sitio.
Frente a estos había una cama, en donde Voldemort recostó a Ayaname cuando llegaron a la habitación. Ésta estaba hecha a base de un roble muy oscuro y fuerte y las sábanas, que se encontraban arropando a la profesora de Duelo, eran de color negro.
Al lado de ésta se encontraba una mesita de luz y sobre ella había un candelabro con velas blancas, todas encendidas. También estaba una bandeja en la cual estaban dos vasos y una jarra de agua. A pocos metros de distancia se encontraba una biblioteca de doble compartimiento, repleta de libros de tomos muy gruesos y pasta bastante resistente.
Cerca de ésta se encontraba el escritorio, el cual tenía a su izquierda una serie de libros muy gruesos y varios pergaminos arreglados con esmero. A la derecha estaban varias fotografías del estilo muggle y en el centro de la misma, una pluma descansaba sobre su tintero y una vela que iluminaba en objeto.
Del otro lado del lecho se encontraba un ropero, bastante alto y grueso. También estaba hecho de madera y quien lo había construido se había esmerado en tallar a mano algunas figurillas y unas elegantes manijas para abrirla.
En la pared contigua se encontraba un gran ventanal. Al frente de ésta había un gran sofá y un diván, los dos de tela negra aterciopelada. Muy cerca de esto se encontraba una gran mesa de madera de roble, la cual, parecida a la de la cama, le daba al objeto cierta apariencia de dureza y resistencia.
Cerca de la puerta, que era de madera, se encontraba una gran chimenea, y al frente de ésta un sillón muy elegante de color negro, descansado sobre una alfombra en la cual se encontraba una enorme serpiente de piel verde escamosa que parecía profundamente dormida.
-
Entra, Harry – lo llamó Voldemort. Éste se le acercó sorprendido por el ambiente de aquella habitación. – De ahora en adelante has de dormir aquí – dijo.
-
¿Por qué? – preguntó Harry intrigado.
-
Pues, como tengo que enseñarte varias cosas no he encontrado un mejor lugar que éste para llevar mis planes acabo. Además, tienes que realizar varios trabajos para mí y este es el sitio más seguro para esconderte.
-
Veo, pues, tendré que arreglar mis cosas, ¿no?
-
Sí, acomoda tus cosas lo más rápido posible. Mañana tienes un examen y te has de levantar temprano, pienso.
-
Sí, será lo mejor.
Voldemort le hizo un espacio previo a Harry dentro de su armario en donde el muchacho guardo sus ropas y luego puso el baúl cerca de éste. Había una habitación es la esquina derecha, el cual era el baño, así que el chico se dio una ducha antes de irse a dormir. El Señor Oscuro le había dejado unas cuantas sábanas sobre el diván antes de sentarse en el sillón que estaba al frente de la chimenea mientras leía un libro muy grueso.
-
Buenas noches – dijo Harry una vez que se hubo acostado.
-
Buenas noches, Harry. Que descases – le respondió Voldemort.
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El mes de septiembre pasó volando y octubre llegó trayendo consigo su ajetreo para los alumnos de Hogwarts.
Harry se despertó temprano aquella mañana de miércoles, pues tenía examen de Herbología a la primera hora de clase. Cuando termino de vestirse, cogió su mochila y se fue de la habitación, no sin antes mirar a la profesora Li, quien estaba igual que ayer cuando volvió al colegio. En el pasillo se encontró a Elisa, quien lo acompañó a la Sala Común de Gryffindor, en donde tenías que dejar algunas cosas.
Cuando Harry llegó a la habitación de los chicos del sexto curso se dirigió a su cama y dejó dentro de su ropero algunas ropas que había traído de la habitación que ayer le presento Voldemort. Una vez que terminó con su labor, se dispuso a salir del lugar, pero una persona detuvo su huída.
-
¡Harry! – dijo Ron sorprendido. - ¿Cómo…cómo estás?
-
Estoy bien. ¿por qué lo preguntas?
-
Pues, la profesora Li nos dijo que no estabas en las clases porque estabas muy enfermo y te tuvieron que llevar a San Mungo.
-
Sí, pero ya estoy mejor – le respondió Harry asombrado por la excusa que les había dicho a sus compañeros y amigos la profesora Li.
-
Que bueno, me alegro. Bajemos al Gran Comedor que Hermione quiere verte desde hace días, pero no le han permitido irte a ver al hospital.
-
Esta bien, vamos.
Harry y Ron bajaron juntos al Gran Comedor, en donde todos los alumnos voltearon sorprendidos al ver al primero después de tanto tiempo de ausencia. Cuando llegaron a la mesa de Gryffindor, todos sus amigos y compañeros le saludaron y Hermione al verlo le dio un gran abrazo mientras que le hacía las mismas preguntas que su novio le había hecho al chico en la Torre de Gryffindor.
Cuando sonó la campana para comenzar las clases, los alumnos de segundo y sexto curso de Hufflepuff y Gryffindor se dirigieron a los invernaderos, en donde iban a presentar el examen de Herbología.
Una vez que salieron del examen de Herbología, los alumnos de Gryffindor se dirigieron a las mazmorras para recibir clases de pociones y los alumnos de Hufflepuff fueron a los límites del Bosque Prohibido para tener clase de Cuidado de las Criaturas Mágicas.
El día pasó con rapidez y en un abrir y cerrar de ojos ya era la hora de dormirse, así que todos los alumnos se dirigieron a sus respectivas Salas Comunes para conciliar las delicias del sueño. Parecía que todos estaban durmiendo, pero no era así, pues dos niños del primer curso, llamados Oscar y Henry, se encontraban en un paseo nocturno por los pasillos de Hogwarts. Su excursión estaba por acabar cuando lograron llegar al último piso del castillo.
Contentos decidieron adentrarlo, pero no habían dado ni dos pasos cuando vieron dos cosas que los dejaron estupefactos: una sombra y una afilada cuchilla. No habían dado ni un paso cuando fueron traspasados por aquella arma mortal, haciendo que litros de sangre escaparan de sus cuerpos mortalmente heridos. Aquella sombra se había tomado la molestia de ponerlos en las escaleras y cerrar la puerta del aquel piso.
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La mañana del jueves no se hizo esperar y mientras todos los alumnos estaban desayunando tranquilamente, Filch daba un recorrido al castillo para ver si podía pescar a un alumno haciendo algo indebido.
Cuando llegó al último piso no encontró lo que estaba buscando precisamente, pero si un par de cuerpos, atravesados por el pecho y bañados en sangre. Asustado, Filch corrió hasta donde estaba el profesor Dumbledore y le contó de la gravedad del problema. Éste dejo lo que estaba haciendo y acompaño al celador hasta aquel lugar.
Lo único que se le comunicó al los alumnos fue dicho por el profesor Dumbledore, quien dijo así:
- Queda terminantemente prohibido subir hasta el último piso de la escuela y quien se atreva a hacerlo asegurase de que está fuera del Hogwarts.