← Harry Potter Black Lupin · de
Harry Potter Black Lupin — capítulo 49
Era increíble como la paternidad afectaba a todos los hombres de distintas formas. Teniendo en cuenta que influyen muchas cosas, aun así, siempre se tenía un patrón. Lo seguían tanto adolescentes como adultos, muggles y magos, lo que quería decir que Sirius y James no eran la excepción y cada uno lo asumía como podía. Aunque no fuera de la mejor manera.
— ¿Todo bien?—preguntó Sirius sentándose cómodamente en la nueva oficina de James. Esa mañana, Scrimegour había anunciado el nuevo nombramiento, que fue bien recibido por la mayoría de los aurores, los menos inconformes solo agradecían una cosa: que Sirius no iba a tener más poder del que podía manejar.
— ¿Necesitas algo, Sirius?—contestó James sin apartar los ojos de los papeles que estaba revisando con el ceño fruncido—. Tengo mucho trabajo.
—Lo sé, yo también—se quejó haciendo un berrinche—. Tengo un nuevo jefe y es un idiota sin remedio, me puso a ayudar en la academia, ¿puedes creerlo?
James tuvo que hacerse de todo su autocontrol para no soltarle un golpe y esconder una arrogante sonrisa.
—Vaya, supongo que tu nuevo jefe podría alargar el tiempo que vas a estar enseñando en la academia—murmuro ya sin poder evitar su diversión, Sirius rodó los ojos, poniéndose de pie, dispuesto a irse—. Así me gusta, ve a hacer tu trabajo hijo mío.
—Solo porque el jefe eres tú y no puedo hacértelo más difícil, de lo contrario ya te hubiera mandado al diablo.
—Y te lo agradezco—dijo James sonriendo sinceramente.
—Aunque tú también podrías ayudarme—añadió Sirius pícaramente—. ¡Solo tendrías que asignarla conmigo y ya!
—Ni hablar, si quieres arreglar las cosas con Tressa yo no voy a intervenir—dijo rotundamente, negando enérgicamente con la cabeza—. ¡Y mucho menos en cuestiones de trabajo!
—Vale, vale, tranquila mamá—se burló Sirius de mala gana—. Solo fue una idea, la más inocente de todas las que he tenido.
— ¿Qué dijiste?
—Nada, solo digo que… ¡James!—chilló Sirius a la desesperada, cerrando la puerta de un portazo, sobresaltando a su amigo que no entendía el cambio tan radical en su comportamiento. Porque justo ahora, Sirius parecía al borde del colapso—. ¿La has visto? ¿Has visto a Tressa?
— ¿De qué hablas? ¡Por supuesto que la he visto!
— ¡Entonces sabes a lo que me refiero!
—Claro que no, explícate.
Sirius se metió un puño a la boca, reprimiendo su grito, haciendo reír a James.
— ¡No es gracioso!—le riño a la desesperada—. ¡Seis meses, James, seis meses!
— ¿Seis meses? ¿De qué…? ¡Oh por Merlín!—grito James con una mueca de asco, entendiendo a la perfección la ansiedad de Sirius, ahora entendía porque se iba a correr todas las mañanas y todas las noches antes de dormir—. ¡Sirius! ¿Quién te dijo que quería saberlo?
— ¡Y tener que verla!—gimió Sirius sin hacer caso de las protestas de su amigo—. ¡Todos los días! ¿Has visto como se puso? Digo, desde antes ya tenía lo suyo, pero ahora… ¡uff!
—Aggg, que asco, cierra la boca, Canuto—pidió James sacudiéndose—. No me mal intérpretes, Tressa es una mujer hermosa, pero no quiero oír cómo fue que concibieron a los gemelos.
—Lo siento, pero tenía que decírselo a alguien. Ya me siento mejor, gracias.
Y regalándole una enorme sonrisa a James, Sirius salió de la oficina más relajado de lo que había entrado, dejándolo pensando que él tenía el mismo tiempo de… ¡Déjalo ya, James!
—Harry, hola—saludo Tressa amablemente al estar a su lado. El pequeño estaba fuera del cubículo de Sirius y como estaba vacío, la chica no dudo en acercase; Harry la abrazo, con dificultad, y le planto un sonoro beso que la sorprendió—. ¿Qué haces, cariño?
—Nada, pensando en el apocalipsis zombie—contesto tranquilamente, encogiéndose de hombros.
— ¿Zombies? Vaya—Tressa se sentó a su lado, acariciándose la barriga—. Tenía entendido que te daban miedo, ¿cómo ha cambiado eso de la noche a la mañana?
—Hum… no sé, pero cuando los vea voy a matarlos—sonrió malévolamente, la chica le encontró un enorme parecido a las sonrisas que Sirius le daba últimamente, haciéndole sentir escalofríos—. Tío Sirius dijo que puedo atravesarles la cabeza con un hechizo sencillo.
Tressa no pudo evitar rodar los ojos.
—Podría enseñarme el hechizo y ser yo quien le atraviese la cabeza—murmuró sin pensar.
—Sí, él dice que lo odias—comentó Harry como si nada, haciendo que se sonrojara y se mordiera el labio inferior—. Y también dice que extraña esto—le dijo pasándole un pequeño y regordete dedo por la mejilla—. Tío Sirius a veces es tonto y loco y muchas veces es más niño que Nina y yo juntos—a cada palabra Tressa sentía como un enorme nudo se formaba en su garganta y las lágrimas amontonarse en sus ojos—, pero él ya sabe que no fue bueno contigo y se dio cuenta que te quiere. Si yo fuera tú, lo perdonaría.
— ¿Eso crees?—logro preguntar.
—Sí, pero a los adultos nos les importa mucho lo que los niños digan. Eso dice Frankie.
—Oh, claro que nos importa, Harry—dijo Tressa dulcemente—. A mí sí me importa.
—Entonces perdona a mi padrino, por favor.
—Harry, yo…
—Por favor—añadió Harry con una mirada implorante, juntando ambas manos, haciendo que sus labios temblaran.
— ¡Por favor!—chilló Sirius saliendo de la nada con un ramo de rosas rojas en las manos y con la mejor de sus sonrisas.
Harry se dio un golpe en la frente, negando mientras que Tressa se ponía de pie y apretaba los labios en señal de indignación.
—No puedo creerme que uses al niño de esta forma—siseó la chica empujándolo al pasar por su lado—. Eres un estúpido inmaduro.
—Por supuesto que no lo uso—defendió Sirius yendo detrás de ella, dejando a Harry encogido de hombros. Tressa se detuvo un momento, a la espera de su explicación—. ¿Crees que Harry accedería así nada más porque sí? ¡Tuve que pagarle!
—Oh dios, aléjate de mí—dijo rodando los ojos.
—Para ya, ¿quieres?—soltó Sirius resoplando, tomándola por el codo la condujo a la sala de juntas que estaba vacía, Tressa le dirigió una mirada entre sorprendida y desafiante—. ¡Ya no puedo más! Simplemente, ya no sé qué más hacer, ¡todo el tiempo te niegas a aceptar las atenciones que tengo contigo como si fuera yo un peligroso delincuente! Fui estúpido, lo sé, lo reconozco y solo quisiera hacerte olvidar lo que te hice, pero no puedo. Pero es todo—dijo finalmente, en un tono que helaba la piel, irguiéndose, tomando una posición que hacía mucho no asumía; petrificando por completo a Tressa—. He cambiado y te niegas a verlo, he tenido suficiente de esta mierda de seguirte por todos lados a tal grado de humillarme. Cuando huí de mi casa me jure a mí mismo no recaer en lo mismo y mírame ahora, no lo estoy llevando bien así que, termine contigo. Y por supuesto esto no quiere decir que me esté haciendo a un lado con lo que a los bebés se refiere, soy su padre y tengo derechos y obligaciones con ellos, no así contigo. Ahora, si me permites.
Camino con decisión hacia la puerta, pero cuando tomo el pomo para girarlo y salir, se detuvo un par de segundos. Giro la cabeza solo un poco, para ver a Tressa pero ella tenía la vista clavada en la larga mesa que ocupaba casi toda la habitación, se sacudió y salió, sin más. Le pareció oír un sollozo pero una intermitente voz en su cabeza le dijo que eso precisamente, por primera vez, no era culpa suya.
— ¡Eh, Remus!—gritaba Frank para hacerse oír entre el murmullo de los novatos que salían de las aulas de la academia—. ¡Remus!
—Hey, hola—saludó el licántropo deshaciéndose del grupito de estudiantes que se galopaba a su alrededor—. Iba para el cuartel, ¿Qué tal va la investigación?
—Un poco lenta—respondió Frank, ambos hombres caminando hacia los ascensores—. La verdad es que sería más sencillo sí Wilkins se pusiera a hacer su trabajo en vez de amenazar a todos con lanzarnos tentáculas venenosas.
Remus soltó una risita gutural, nada propia en él.
— ¿Eso por qué?—preguntó curiosamente—. Siempre ha sido un hombre muy cuerdo y capaz, seguro es algo pasajero.
—Eso mismo dice James.
—Oh—murmuró Remus distraídamente—. ¿Por qué me buscabas?
Por la cara que puso Frank, su intento por cambiar de opinión había sido muy obvio. Pero eran preferibles aquellos segundos de apuro que tener que hablar de la tensa relación que estaba llevando con uno de sus dos mejores amigos, no tenía nada de qué avergonzarse pero sabía que las aguas estarían más calmadas si las dejaba seguir su cauce.
—Sí, claro—musitó Frank sacándose un sobre de la túnica—. Es para ti, de Nymphadora Tonks, dice que es urgente.
— ¿Quién?—dijo sorprendido sacando con agilidad la carta—. ¿Nymphadora…? ¡Ya, la hija de Andrómeda!
—Es cierto—coincidió Frank todavía con arrugas en la frente por el esfuerzo de pronunciar el nombre de la chica—. Dromeda es la única mujer que podría nombrar así a su hija.
—Seguro se equivocó, debe ser para Sirius.
—No, el sobre dice "Remus John Lupin"—leyó Frank en voz alta.
— ¿Por qué mi nombre completo?—refunfuñó Remus estirando la carta, encontrándose con una letra pequeña y amontonada, incluso torpe, nada típico de una chica de dieciséis años.
Hola, Remus:
Seguro te sorprende que te escriba, la verdad a mí también pero tengo algunos problemas con la clase de DCAO y mi madre ha sugerido que recurriera a ti. Me ha dicho que ahora eres profesor de la academia, así que ¿quién mejor que tú? Espero no causarte ningún inconveniente, son solo algunas dudas que mi profesor no ha podido contestar, aunque raramente lo hace. Esperaré tu respuesta, sí no puedes o no quieres, no habrá ningún inconveniente.
Gracias por todo, Tonks.
—Vaya—comenta Frank rascándose la barbilla—. Pensé que nunca habías visto a la chica.
—Y así es—aseguro Remus guardándose la carta en un bolsillo, sintiéndose extrañamente excitado—. Nunca hemos coincidido, sinceramente es algo que llama mi atención.
— ¿Por qué tendría que hacerlo?
—Bueno, yo…—la frase de Remus quedo suspendida en el aire, sintió como toda la sangre de su cuerpo se aglomeraba en su cara—, es un decir. Será mejor que vaya por Harry, debe de estar a punto de hacer que un bowtruckle se ponga a cantar.
—Sí, será mejor que te des prisa, le vi con la intención de ir detrás de bañera que baila que tiene Arthur en su oficina.
—Gracias, nos vemos mañana Frank, un beso a Naomie.
Remus bajó del ascensor, caminando a grandes zancadas. Todavía pensando en la inesperada carta de Nymphadora Tonks… ¿por qué le resulta tan extraño? Más aún, ¿por qué se emociona tanto al oír su peculiar nombre? Es como si sintiera que la ha visto, incluso puedo imaginarse la sonrisa de la chica, ¿por qué? ¡Solo tiene dieciséis años! Trece menos que él. Sacude la cabeza, haciéndose de todo su autocontrol para evitar que aquellos pensamientos tomen una ruta aún más descabellada.
—Remus, por fin—suspiró Anne saliendo del servicio de damas, sus ojos tienen un extraño brillo y acaricia su vientre, describiendo enormes círculos, lo que llama la atención de Remus.
— ¿Todo bien?—preguntó enarcando una ceja.
—Sí, solo que Harry estaba tan desesperado que fue con Arthur y…
— ¿Se hizo daño?
—No precisamente.
— ¿Qué quieres decir?—preguntó, dándose cuenta que ya trotaba hacia el cubículo de Sirius.
Pero antes de esperar una respuesta de Anne, echó a correr, con la preocupación desbordándosele a cada zancada. Implorando que no fuera nada de cuidado, tan solo un susto y nada más…
—No puedes hacer esto, ¿entiendes?—decía la voz enfadada de James cuando Remus llegó a su destino, soltó un resoplido de alivio al ver a Harry en una sola pieza. El alivio fue instantáneo ya que algo en la escena no encajaba, no tuvo que ser un genio para saber que estaba mal: Harry estaba pálido, con los ojos sobre sus pies mientras que James echaba lumbre por los ojos—. La próxima vez voy a castigarte, si ya sabes que está mal no veo porque lo haces.
— ¿Qué pasa aquí?—preguntó colocándose junto a Harry que se aferró con él inmediatamente.
—Nada—contestó James fríamente—. Todo bajo control.
— ¿Bajo control?—se burló Remus—. Mira como está Harry, ¿qué te ha pasado?—preguntó al niño que negó enérgicamente con la cabeza—. ¿Qué le has dicho, James?—insistió enojado.
—Simplemente lo he regañado porque todo el departamento de Arthur ha quedado hecho un desastre por su culpa.
— ¿Y por eso le hablabas de esa forma? ¡Es un niño, Merlín!
—Por favor, Remus, no quiero discutir contigo.
—No pretendo hacerlo tampoco, pero aun así…
— ¡Me he enterado de lo que has hecho!—chilló Sirius llegando a ellos con una enorme sonrisa de complicidad que Harry le devolvió a medias—. ¡Ha sido tan increíble que todavía no han podido repararlo! ¿Cómo se te ocurrió?
—Sirius, no…
—Cállate, Cornamenta, he tenido suficiente de ti y tu maldito humor. Relájate, has solucionado el problema con Anne así que ríete un poco de las cosas divertidas que hace tu hijo, te lo digo en serio, te has perdido bastante.
James se queda de pie, con los labios apretados, tanto como si quiere reprimir el impulso de reír o de gritarle a Sirius. Cualquiera de las dos opciones, no son viables así que se recarga en la pared, cruzándose de brazos, sin mirar a nadie en particular.
—Así que… ¿Qué ha pasado, Harry?—preguntó Remus hincándose para estar a su altura.
—Bueno…
El niño miró dubitativo a James que lo ignoró olímpicamente, Sirius bufó y murmuró en su oído:
—Ignora, imagina que no está aquí, yo lo hago a veces y resulta bastante bien. Vamos, cuéntanos.
Harry no necesitó que se lo dijeran dos veces, tomó aire y comenzó a relatar su pequeña aventura en el Departamento Contra el Uso Incorrecto de Objetos Muggles. A medida que avanzaba el relato, las carcajadas y la admiración en los rostros de Sirius y Remus se hicieron visibles, fue entonces que James no pudo resistirse más y cayó rendido ante la inteligencia y picardía de su hijo. Era imposible estar molesto con él, además, no tenía la culpa de nada de lo que sucedía y… Sirius tenía razón: todo estaba solucionado ya.
—Bien, podría decir que te has ganado un helado—dijo finalmente James.
— ¿Con nueces?—preguntó Harry esperanzado.
—Por supuesto—asintió su padre cargándolo y poniéndolo sobre sus hombros, riendo ambos a carcajadas.
— ¿De qué iba eso?—preguntó Remus a Sirius una vez que James no pudo oírlos.
— ¿Qué cosa?
—Dijiste que las cosas con Anne estaban arregladas.
— ¿Ah sí?
—No me mientas, Sirius. De alguna u otra manera voy a saberlo y mejor que sea de ti y ahora.
—Sería preferible que James te lo dijera; escucha, esta cosa estúpida que se traen no me incumbe, tienen que hablar y decirse las cosas en la cara, ¿sabes? Decirse lo que piensan sin enfadarse. Él hizo mal, tú hiciste mal, compórtense y déjenme a mí fuera que tengo muchos problemas sin añadir los suyos. Lo siento, pero esta vez el adulto aquí soy yo.
Remus se quedó bastante anonado como para sujetar a Sirius por el brazo y obligarlo a que le dijera lo que sabía. Lo más extraño de todo era que sabía que su amigo tenía toda la razón.
Desde que lo hablamos no he podido dejar de pensar en ello, de darle vueltas y vueltas al asunto y creo que es la mejor solución a la que podríamos llegar. Sin duda es algo que un día alguno de los dos lamentara, pero una vez hecho no habrá marcha atrás, ¿lo entiendes? Porque yo asumo toda responsabilidad, me creo lo suficientemente capaz para hacerlo por mi cuenta. Habrá que hacerlo legal, de forma que en un futuro no haya ningún problema. Debes jurar que nunca lo sabrá, ni siquiera cuando llegue el momento de llevarlos a Hogwarts, siempre hay más opciones: Beauxbatons, incluso algún colegio en América. Así que… todo depende de ti. Házmelo saber en cuanto tomes una decisión, por favor.
Anne Kyteler.
James seguía repasando la carta que ella le había enviado hacía apenas una semana, a la cual había respondido de inmediato, con una respuesta afirmativa, sin embargo seguía pensando en el asunto, intentando hallarle algún fallo al plan pero todo su instinto le decía que era lo correcto. Aun así, seguía con una pequeña duda flotando en su cabeza. Por después de todo, ¿no sería cruel separar a los gemelos, él quedarse con uno y ella con el otro? Y olvidarse del otro bebé por completo.
—Por supuesto que no, lo llevas bien, viejo—musitó una voz en su cabeza.
Sirius cerró el libro que leía, sonriendo de oreja a oreja, lo abrazo y beso como si su vida dependiera de ello.
— ¡Ah, eres una maravilla!—dijo contento.
Doce formas de hechizar a una bruja descansaba en un lugar privilegiado de la mesita de noche de Sirius.