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Harry Potter Black Lupin — capítulo 51
— ¿Fenómeno?—repitió James como si no entendiera aquella palabra en esa conversación, fue hasta que se fijó en que el desconocido le lanzaba una mirada despectiva al vientre de Ann que tenía los ojos anegados en lágrimas—. ¡Ya sé quién eres tú! Eres Adam, eres…
—Soy su esposo, así es—dijo él malévolamente.
—Pero, ¿Qué diablos…?—empezó James con el ceño fruncido, olvidándose por un momento que Adam acababa de insultar a Anne y sus bebés—. ¡Pues me importa un carajo!—bramo de repente, colocándose delante de la chica que se había erguido y había borrado de su cara todo indicio de debilidad—. Donde te vuelva a ver rondándola, ten por seguro que te costara mucho reponerte de lo que te haré.
— ¿Estás amenazándome?—pregunto Adam con un deje de temor en la voz, quizá se dio cuenta y compuso una desagradable sonrisa—. Debe ser muy fácil, ¿no es así? Con un simple movimiento, sin tener que ensuciarse las manos de verdad… oh sí, sé lo que son—añadió al ver la cara de James—. ¿Es que ella no te lo ha dicho?
— ¿Decirme qué?
—Cierra la boca—siseó Anne—. Lárgate de aquí, no sé porque me buscas…
—Oh no querida, no—se burló Adam—. Estas demasiado equivocada si crees que he venido a buscarte o algo por el estilo, creí que habías entendido que lo único que siento por ti es repulsión—el labio inferior de Anne tembló y James pudo notar que estaba a punto de desmoronarse—. No, de hecho no tenía la más mínima idea de que habías dejado Irlanda, supuse que jamás saldrías de ahí, por cierto, ¿cómo está ella? ¿Es igual de anormal que tú?
— ¡No te importa, jamás te importo!—grito ella temblando de pies a cabeza.
—Tienes razón, no me hace ninguna gracia que mis conocidos se lleguen a enterar que estoy relacionado con gente como ustedes.
—. ¡Solo fuiste un fraude, debí saberlo! No eras más que un pobre diablo que buscaba a quien sacarle el mejor provecho. Eres y siempre serás un mediocre, un patán, un don nadie, un desgraciado que no vale la pena. Soy demasiada mujer para ti, no me mereces, ojala pueda vivir el tiempo suficiente para bailar sobre tu entierro.
—Vaya, vaya—comentó Adam sin borrar la sonrisa—. Quien te conociera lo suficiente diría que lo tienes bastante ensayado, debiste pasar mucho tiempo tras la puerta, esperando mi regreso.
— ¿Has terminado?—preguntó James tranquilamente, sorprendiéndose a sí mismo de su actitud.
— ¿Por qué? Eso a ti que más te…
Pero entonces James, tomando bastante impulso, le propinó tremendo golpe que derribo a Adam y lo lanzo a la pared contraria a donde se encontraban. Sintiéndose poseído por una rabia que hacía mucho tiempo no lo visitaba, tomo de la mano Anne y se acercó a Adam, que parecía un tanto desorientado.
—Te lo repito, no te quiero cerca ni de Anne ni mucho menos de Frankie, sábete que ellas no están solas y donde te vuelva a oír expresarte de ellas o de misbebés del modo en que lo has hecho, lo lamentarás y no me hará falta una varita para enseñarte modales.
Y sin más, dio media vuelta y condujo a Anne a la entrada del ministerio. Mientras caminaban, ninguno de los abrió la boca, más que para soltar largos suspiros; cuando Harry contó a James que el padre de Frankie las había abandonado nada más enterarse que Anne era bruja y que no solo eso, se había llevado consigo todo cuanto poseían, ya que resultaba que eran descendientes de la famosísima Alice Kyteler, la bruja más antigua de Irlanda y el mundo, no pudo más que comprender el porqué de su amargura y mal carácter. Y ahora ahí estaba, llevándola de la mano de vuelta a su oficina.
—Estoy bien, puedo ir yo sola—murmuró ella con la voz rota, cuando entraban al ministerio, se detuvo en seco y se soltó suavemente de él, algo que no le pasó desapercibido.
— ¿Estás segura?
—Sí, gracias y por favor, no comentes con nadie lo que has visto y oído. No quiero que le den más importancia de la que en verdad tiene.
—Escucha—le dijo en voz baja, acercándose a ella, separados solo por el voluminoso vientre—. No hace falta ser un genio para entender tu situación con… con ese tipo—dijo con una mueca—, pero fue cierto lo que dije, no están solas.
—Yo…—Anne se detuvo y dudo, como si no supiera que decir o cómo actuar—. No hará falta, puedo hacerlo por mí misma, tal como te lo dije en aquella carta. Esto fue solo algo que se me estaba yendo de las manos. Nada más.
James la miro, y lo hizo por primera vez. Era solo media cabeza más baja que él, tenía los ojos de un castaño oscuro demasiado profundo, como si fueran un pozo sin fondo, sin ninguna pista que dar sobre su dueña; tenía labios y nariz pequeños, bien esculpidos, por lo demás, sus facciones resultaban finas, sin ningún error. Su pelo era café, largo y caía en ondas con gracia, sus manos eran pequeñas pero de dedos largos y su postura bien podría ser de la realeza. Jamás había notado que se le formaban unas graciosas arrugas en la comisura de los labios o que movía las manos a intervalos, como si supiera el lenguaje de las señas, que se pasaba la lengua por los labios cada dos por tres y que se masajeaba el vientre distraídamente.
Y entonces, se dio cuenta que era una mujer realmente hermosa, pero sobre todo, una guerrera incansable. Verla de esa manera, frente a Adam, defendiéndose a sí misma y a sus hijos…
—Sobre la carta—empezó James dubitativamente, Anne alzó una ceja—. No, nada, todo está dicho.
—Bien.
Se quedó en su lugar, balanceándose de adelante hacía atrás durante un momento, como si estuviera decidiéndose a decir algo más, pero entonces negó con la cabeza, dio media vuelta y se fue caminando a su oficina, con la cabeza bien en alto.
—James, ¿dónde rayos te metiste?—le reclamó Remus en cuanto abrió la puerta de su oficina; no estaba solo, ahí ya estaban Sirius, Gigi, Claudio y Scrimegour, este último dirigiéndole una mirada de censura, señalando con la cabeza su reloj—. Se supone que hay que cubrir un itinerario.
—Siento la demora—dijo sentándose en su lugar, sonriéndole a Gigi que le devolvió el gesto—. Un pequeño problema personal.
— ¿Todo bien?—preguntaron Remus, Sirius y Gigi al tiempo.
—Sí, nada de qué preocuparse—miro a Scrimegour y añadió—: ¿Por dónde quiere que comencemos? La señorita Greik ha mencionado que ha venido a verificar las medidas de seguridad con las que contamos.
— ¿Señorita?—dijo Scrimegour cordialmente—. ¿Qué le parece?
—Hagamos el recorrido—repuso con entusiasmo, poniéndose de pie, los hombres imitándola—. El principal propósito de esta visita es conocer las diferentes estrategias de todos y cada uno de los países que conforman nuestra Confederación, como ya saben…
Pero un extraño sonido la hizo detenerse a mitad de la frase. Al instante, los tres chicos sacaron las varitas y se miraron.
—Debe ser solo el tren subterráneo—comento Claudio sin darle importancia—. Vamos, vamos, ¿qué les sucede? Es perfectamente normal.
—Silencio—ordeno Scrimegour que también había sacado la varita y miraba hacia la puerta con el ceño fruncido—. Potter, Lupin—señaló hacia la ventana que daba al vestíbulo del ministerio, asintieron y se acercaron despacio—Señorita Greik, si fuera tan amable de colocarse detrás de mí…
—De ninguna manera—contesto enarbolando la varita, mirando con decisión al ministro que apretó los labios—. ¿Qué sucede?
Como a modo de respuesta, se oyó de nuevo aquél extraño sonido, pero esta vez mucho más fuerte, provocando que el suelo bajo sus pies temblara y se desquebrajara, cayendo sin remedio. Entonces, todo fue confusión y caos porque solo se oían gritos de desesperación, chillidos y oscuridad.
Harry Potter estaba sentado en su salón de clases, intentando resolver los ejercicios de matemáticas que la profesora les había mandado hacer mientras ella iba a la oficina de la directora, quién la había mandado llamar.
—Eh, Harry—le llamó Neville en voz baja—. ¡Harry!
— ¿Qué pasa?—contestó alzando la mirada de su libreta, sonriendo perezosamente, estirándose—. ¿Ya has terminado?
—No, pero no es eso—dijo Neville que lucía nervioso, poso los ojos en una niña que estaba sentada unas hileras al frente de ellos—. Se trata… bueno, ¿juras que no se lo dirás a nadie?
— ¿Decir qué?—preguntó con interés, fijándose en la niña de pelo rubio y coletas, se llamaba Lori y era amiga de Hermione—. Sí lo juro—añadió al ver que Neville seguía esperando su respuesta.
—Bien, es que… papá dijo que tal vez tu podrías ayudarme y…
— ¡Se supone que deben estar haciendo los deberes!—regañó Hermione a sus espaldas, sobresaltándolos, no habían notado que se les había ido acercándose sigilosamente—. En cuanto la profesora vuelva y vea que no han terminado, los castigará a ustedes y nos mandara más ejercicios.
— ¡Pero ya hemos terminado!—se quejó Harry a tal punto de mostrarle su cuaderno, que ella tomo y lo inspecciono minuciosamente.
Harry y Neville se miraron nerviosos, a la espera de la sentencia de Hermione que movía los labios sin emitir ningún sonido, haciendo cuentas con los dedos, chasqueando la lengua de vez en cuando para que al final le devolviera la libreta a Harry.
—Bien hecho—dijo sonriéndole, Harry le devolvió la sonrisa, encantado—. ¿Qué me dices tú Neville? ¿Has terminado?
—Yo…—Neville se puso más rojo que un tomate y miro a todos lados en busca de intervención divina—. ¡Profesora!—exclamó en cuanto ella abrió la puerta.
Hermione dio un respingo y volvió a su lugar a toda prisa.
—Potter, Longbottom, recojan sus cosas—ordeno la profesora con voz enérgica—. Solo por hoy se irán temprano, los esperan en la dirección.
Ambos niños se miraron con el ceño fruncido, pero hicieron caso a lo que les decía. Cinco minutos después salían del salón con las mochilas al hombro, no sin haber copiado la tarea, con paso ligeramente veloz.
— ¿Qué crees que sea?—preguntó Neville. Intentando no sonar muy ansioso.
—No lo sé—admitió Harry—. Tal vez ya hayan nacido los bebés—aventuro.
— ¿No es muy pronto?
—Sí—asintió pensativamente—. ¡Ya sé! Tal vez mi padrino nos vaya a llevar a la playa.
—Si fuera así, ¿por qué tendría que ir yo?
— ¿Y por qué no?—reto Harry alzando las cejas sugerentemente—. Imagínate, todos ahí, jugando y haciendo castillos de arena…
—Niños, por fin—dijo la directora en cuanto estuvieron cerca de ellos, tenía en la cara una expresión de preocupación; junto a ella estaban Frankie y Nina, las dos sorprendidas—. Bien, si me siguen…
— ¿Qué pasa, Harry?—preguntó Nina cuando él estiro el brazo para cargarle la lonchera, ella también parecía nerviosa.
—Estábamos diciendo que tal vez Sirius nos lleve a la playa—dijo Neville un tanto emocionado.
— ¿A la playa?—repitió Frankie con voz chillona.
—Bien, aquí los tiene—dijo la directora cuando abrió la puerta de su oficina.
Los cuatro niños se quedaron bastante sorprendidos al ver que quien los esperaba no era Sirius, James, Anne o Alice. Molly Weasley estaba parada en el centro de la habitación; era innegable que había intentado vestirse como muggle, acertando más que de costumbre pero fallando en los zapatos. Sin embargo, lucía preocupada.
—Muchas gracias—murmuró Molly al pasar por su lado, estrechando su mano.
—Espero que todo vaya bien.
Harry supo que tenía que aguardar a que estuvieran bien lejos de la directora para poder preguntar.
— ¿Qué pasa?—preguntó Nina rápidamente—. ¿Por qué no ha venido mi papi?
—Aquí no puedo decirles nada—contestó la señora Weasley guiándolos hacia el callejón que siempre ocupaban para desaparecerse—. En cuanto estemos en la Madriguera les explicare todo.
—Pero…
— ¿Todos se han desaparecido en conjunto?—pregunto, interrumpiendo a Neville, los cuatro niños asintieron con una mueca—. Bien, sujétense bien fuerte, a la cuenta de tres—se apresuraron a sujetarse de ella—. Uno, dos, ¡tres!
Fue igual que las demás veces, tan desagradable como siempre, pero agradecieron tener el suelo de nuevo bajo sus pies. En cuanto abrieron los ojos, una avalancha de pelirrojos se lanzó hacía ellos.
— ¿Lo han oído? ¡Por Merlín!—decía Ron tan rápido que costaba trabajo entenderle—. ¡Papá nos ha dicho que el mayor daño lo sufrió el Departamento de Seguridad Mágica y que…!
— ¡Ron!—alzó la voz la señora Weasley para hacerse oír entre el griterío, Ron se calló al instante—. Será mejor que entremos, hay que explicarles.
Todos asintieron, Nina interrogando con la mirada a Ginny que negaba con la cabeza, tomando de la mano a Frankie.
— ¿Qué paso?—soltó Harry nada más poner un pie en el salón de la Madriguera—. ¿De que hablaba Ron?
—Niños—empezó la señora Weasley intentando sonreírles—. Ha habido un problema en el ministerio…
— ¿Problema? ¿Qué problema?—preguntó Neville.
—Aún no sabemos muy bien, en la radio no han dicho mucho y Arthur solo vino para decirme que tenía que ir por ustedes al colegio, teníamos que saber que ustedes sí estaban bien…
—Espere—intervino Harry—. ¿Qué quiere decir con que nosotros si estábamos bien?
—Harry, cariño…
—Ron dijo algo del Departamento de Seguridad Mágica—recordó Neville—. Ahí es donde está el cuartel de los auror, ¿no?—Fred y George asintieron sin decir una sola palabra, tan serios que daba miedo.
— ¿Entonces dónde están mi papi y mis tíos?—inquirió Nina con la voz temblorosa—. ¿Están bien?
— ¿Y mi mamá?—terció Frankie que hasta entonces no había prestado mucha atención, los ojos se le estaban llenando de lágrimas.
— ¡Mis padres!—grito Neville de pronto.
—Todavía no sabemos—dijo Molly tomando la mano de Nina y Frankie—. No se sabe nada de los auror.
Nina y Frankie rompieron a llorar, abrazadas por Ginny que sollozaba mientras que Neville salía disparado escaleras arriba. Harry se había quedado petrificado en su lugar, sin saber que hacer o que decir. Solo pensaba en su padre, imaginándoselo frío e inmóvil, sintiendo que un enorme yunque le caía en el estómago.
— ¡Ayuda, ayuda por favor!—gritaba James lleno de pánico. Lo último que había visto había sido la cara de Remus, alarmada por el peligro y ahora el polvo suspendido le hacía imposible distinguir algo más que su propio cuerpo enterrado bajo un pedazo del techo que se había desprendido. Intentaba buscar su varita pero la había soltado al caer—. ¡Ayúdenme por favor!
— ¿Hay alguien ahí?—oyó de pronto, a lo lejos.
— ¡Aquí, maldición!—soltó un grito de dolor.
—Esperen, creo que he oído algo… ¡sí, por aquí!
Oyó que alguien se abría paso hasta ella, jadeando por el esfuerzo.
— ¡Joder!—gritó entonces.
— ¿Remus?
— ¡Aquí, lo he encontrado!
Más ruido de gente que tosía entre hechizo y hechizo.
— ¡Es el señor ministro y Claudio Grays!—chilló una mujer.
— ¡Rápido, sáquenlos de aquí, a San Mugo, de inmediato!
James intento librar una pierna para poder hacer ruido, pero su cuerpo no le respondía, sintiendo una oleada de pánico. Giro la cabeza y vio algo que hasta entonces el polvo le había impedido; a su derecha estaba Gigi, sangrando de la cabeza copiosamente, y en la mano su varita. Se estiro todo lo que pudo para cogerla, pero entre más lo intentaba más se enterraba entre los escombros.
— ¡Estamos aquí!—volvió a gritar, esta vez sin poder respirar muy bien—. ¡Vuelvan!—de pronto oyó algo a la izquierda, girándose para ver de qué se trataba, entorno los ojos pero era difícil hacerlo ya que no tenía puestas las gafas—. ¿Hay alguien?
— ¿James?
— ¡Sirius!—exclamó aliviado.
— ¿Qué demonios sucedió?—preguntó abriéndose paso hasta él, cuando llegó a su lado supuso que su situación era más complicada de lo que habría creído—. Espera—alargo un brazo y coloco dos dedos debajo de la nariz de Gigi—. Sigue viva, pero hay que sacarlos de aquí.
— ¿Tienes varita?
—No, se me cayó pero…
—Gigi tiene la suya en la mano, cógela y sácanos de aquí.
Comenzó a hacer un boquete por dónde salir. Cuando un rayo de luz del exterior se coló, James pudo ver que tenía un corte muy profundo en la mejilla derecha, que no movía el brazo izquierdo y que cojeaba. Pero por lo demás parecía ileso.
—Cuidado con eso—le advirtió James al notar que el peso sobre él se sentía menos—. Espera, Canuto, espera… ¡Ah!—gritó desgarrando el aire.
— ¡Lo siento!—dijo Sirius—. ¡Era la única forma!
James cerró los ojos, apretando los labios para no gritar más. Y es que cuando Sirius le había liberado de la loza que lo aplastaba, lo había lastimado bastante, pero prefirió no echárselo en cara hasta que estuvieran en un lugar seguro.
— ¿Dónde…?—pero le hacía falta el aire—. ¿Dónde está Remus?
—No lo sé—contestó Sirius con un deje de terror en la voz—. Quizá salió en busca de ayuda, vamos, te levitaré con un hechizo, porque con el brazo así no puedo cargarlo a ninguno de los dos.
—Bien, pero mejor que lo hagas con… ¡AHHH!
— ¡Remus!—gritó Alice corriendo hacia el licántropo que estaba tirado en una posición muy extraña, como si hubiera caído de una gran altura—. ¡Aquí está, pronto!
— ¡Por Merlín!—soltó Frank cuando lo vio; estaba cubierto de polvo, en la cara y manos tenía sangre y el brazo lo tenía en un ángulo que daba a entender que lo tenía fracturado —. ¡Rápido, hay que llevarlo a San Mugo!
— ¡Con cuidado!—ordeno Alice a los jóvenes auror que trasladaban a Remus, ellos por haber estado en la cafetería no habían sufrido mucho daño. Se giró a Frank que solo tenía polvo, igual que ella y pudo notar que tenía la misma expresión desconcertada—. ¡Se suponía que estaba en la oficina de James con ellos! ¿Cómo pudo llegar aquí?
— ¡Eh, mira!—señaló Frank hacía arriba—. ¡Debió salir volando por la explosión, vamos!
— ¡Frank!—grito Alice cuando se dirigían a lo que parecían ser las ruinas de la oficina de James—. ¡Espera!
— ¿Qué pasa?
— ¡Tressa!
— ¡Con un demonio!—exclamó Frank indeciso, dándose un golpe en la frente, ambos paralizados en su lugar, sin saber que hacer; el ministerio era un caos, todos los funcionarios yendo de un lugar a otro, intentando sacar a la gente de entre los escombros, dando prioridad al ministro y los altos funcionarios y sin mucha organización se hacían imposibles las labores de rescate, lo que había provocado que ellos mismos se lanzaran a la búsqueda de sus amigos—. ¿Qué hacemos?
—Yo… hay que ir por Tressa—se decidió Alice en un momento de clarividencia—. Está embarazada, Frank, es lo que ellos harían por mí y es lo que Sirius querría.
—Bien, andando.
Y sin más, salieron disparados hacia el área de cubículos, donde muy seguramente habría estado Tressa. Pero al llegar lo que vieron los dejo completamente impactados: el lugar había quedado totalmente devastado, al parecer ahí es donde se había originado la explosión, había fuego por todas partes, gente gritando y llorando desesperada por salir de ahí. Al intentar ubicar el lugar de Tressa, se quedaron horrorizados pues ahí no había nada más que una montaña de escombros siendo devorados por las llamas.
— ¡No puede ser!—grito Alice al distinguir en el suelo lo que parecía ser la varita de Tressa, era fácil reconocerla porque era la única que había visto que tuviera un lazo de color azul turquesa—. ¡Dios mío!—sollozó colgándose del cuello de Frank.
—Quizá… quizá deberíamos pedir ayuda para… para buscarla—dijo Frank aturdido—. No podemos dejarla así…
—Hagámoslo nosotros—dijo Alice recogiendo la varita de Tressa—. Se lo debemos.
—Pero…
— ¡Tressa!—gritó alguien a sus espaldas, era Toby Moore, que corría lo más rápido que podía—. ¡Que alguien me ayude, mi hermana está aquí!
— ¡Espera!—lo atajo Alice antes de que se lanzara de lleno a los escombros, rodeándolo por la cintura lo detuvo—. ¡No puedes hacer nada!
— ¡Ella está ahí, suéltame!—bramo Toby con la cara surcada de polvo e impotencia—. ¡Tengo que buscarla, ella estaba aquí, fui solo a mi oficina y ella…!
—Tranquilo, todo irá bien—le consoló Alice con la voz rota, mintiéndole porque era obvio que Tressa no lo había logrado.
— ¡Está embarazada!—gritó Toby soltándose del agarre de Alice, tirándose al suelo a quitar escombros, olvidándose de usar magia.
—Hagámoslo—murmuró Frank arremangándose las mangas de la camisa.
— ¡Remus, menos mal que estás aquí!—grito Sirius en cuanto los sanadores de San Mugo los condujeron a una habitación donde los atenderían, ya que había demasiados heridos, habían tenido que poner a varios pacientes en una sola habitación. Su amigo licántropo esta tumbado en una camilla, bebiendo una poción espumosa de color arena—. ¿Cómo estás?
—Bien—contestó débilmente—. ¿Y James y Gigi?
—Por aquí, viejo—dijo James al extremo de la habitación, haciendo muecas de dolor mientras un sanador se hacía cargo de él.
—Gigi está siendo tratada por sanadores expertos—explico Sirius sentándose a los pies de la cama de Remus—. Ha sufrido un duro golpe en la cabeza pero estará bien, ya sabes, siempre ha tenido un cráneo duro.
—Señor Black—lo llamó una sanadora acercándose a él—. Si se recuesta podré dejarlo como nuevo, parece que solo tiene el hombro dislocado y la cojera se le habrá quitado en un par de días.
—De acuerdo.
— ¿Y los niños?—preguntó de repente Remus—. Están en el colegio y…
—Están en la Madriguera con Molly—decía Sirius apretando los puños—. Arthur le pidió que fuera por ellos en cuanto sucedió esto.
—Pero, ¿qué fue lo que sucedió?
—No se sabe—dijo James sonriéndole a modo de agradecimiento al sanador una vez que hubo terminado con él—. Todos son rumores, pero parece que fue un problema muggle.
— ¿Problema muggle?
—Eso fue lo que oímos cuando nos traían para acá—dijo Sirius—No sabremos nada a ciencia cierta hasta que lo investiguemos, según sabemos el impacto fue en los cubículos y…
Se quedó a media frase, con la boca abierta y la vista perdida.
— ¿Qué te pasa, Canuto? ¿Te duele o…?
— ¡Tressa!—grito poniéndose de pie tan violentamente que se hizo daño; James y Remus compusieron la misma cara de terror al comprender—. ¡Ella tendría que estar ahí, en su lugar!
Fue directo a la puerta y salió disparado. James y Remus se miraron una fracción de segundo para salir detrás de su amigo, pero al hacer el burdo intento por ponerse de pie, ambos soltaron tremendos alaridos de dolor.
—No pueden moverse—les reprendió un sanador que entraba—. Si lo hace señor Lupin, me temo que tendrá muchas dificultades para caminar y usted señor Potter no podrá mover del cuello para abajo en varias semanas.
— ¡Pero tenemos que ayudar!—exclamó James—. ¡La novia de nuestro amigo todavía debe estar ahí, está embarazada!
—Ya hay gente buscando a los desaparecidos—dijo el sanador acomodando las almohadas de Remus—. En cuanto el ministro recupero la conciencia ordeno que todos los funcionarios del ministerio se dirigieran a la zona del desastre. Ustedes no pueden hacer nada…
—Pero…
—Descansen.
Salió cerrando la puerta tras de sí, que no tardo en volver a abrirse, esta vez entrando Alice por ella.
—Tenía que verlos para asegurarme que estaban bien—murmuró sin acercarse a ninguno de los dos; tenía los ojos rojos y se notaba que luchaba por no romper a llorar—. Tenía que cerciorarme…
—Dime que Anne está bien, por favor—pidió James asustado.
—Sí, están atendiéndola por fortuna el hermano de Tressa estaba con ella y logro protegerla, no te preocupes ha sido solo el susto, los bebés están bien.
James suspiro, aliviado.
—Alice, ¿qué sucede?—preguntó Remus sentándose con mucha dificultad—. Sirius ha salido a buscar a Tressa y nosotros no podemos movernos…
—Sirius está aquí—respondió bajando la vista al suelo—. Él está aquí…
—Eso quiere decir que Tressa también está aquí, ¿no?—aventuro James componiendo una sonrisa—. Menos mal, ¿cómo está? ¿Solo fue el susto también o…? ¿Alice?—pero ella ya no había podido contener más el llanto—. ¿Qué pasa? ¿Qué paso? ¡Alice!
—Ella estaba en el lugar preciso de la explosión y…
— ¡No!—grito Remus.
Pero otro grito procedente de afuera les helo la sangre. Alice salió disparada, James y Remus detrás de ella, haciéndose de toda su fuerza para lograrlo, no hizo falta que ninguno de los dos dijera nada porque sabían perfectamente a quien pertenecía aquél grito desgarrador de dolor. Llegaron a una mini sala de espera dónde estaban Frank, Arthur, los tres hermanos de Tressa y Alice y frente a ellos una puerta entre abierta.
— ¿Sirius?—preguntaron al unísono.
Arthur señaló con la cabeza hacia adentro, caminaron con paso lento, temblando de pies a cabeza; al pasar junto a los hermanos Moore se dieron cuenta que ninguno de los tres lloraba, se mantenían recargados en la pared, con la vista perdida y los brazos cruzados. El único que parecía al borde era Toby que se restregaba los ojos cada dos por tres.
Al entrar de lleno a la habitación sintieron que el mundo a su alrededor se desmoronaba. Tressa estaba acostado de lado, de modo que no podían verle la cara y a su lado, acostado también, abrazándola con tanta vehemencia, como si quisiera protegerla de todo y todos, estaba Sirius, con una mano posada sobre el vientre abultado de la chica.
James trago con dificultad, se acercó a Sirius y tirando de él por el brazo, le susurro en voz baja:
—Vamos, tienes que… tienes que dejarla ir, Canuto, todo estará bien, vamos…
—Vas a despertarla—siseó Sirius de mala gana.
Remus y James se miraron y luego regresaron los ojos a Sirius y Tressa. Entonces…
— ¡Oh por dios!—gritaron los dos al mismo tiempo.
Tressa se había removido en su lugar, girándose por completo hacía Sirius, escondiendo la cara en su pecho, aferrándose a él como si de eso dependiera su vida.
— ¿Qué…?
—Perdió a uno de los bebés—contestó Alice que se había colado a la habitación, colocándose detrás de ellos dos, apenas moviendo los labios.
—Oh no.