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Historia 74019 — capítulo 5
CapítulosLas cartas de nadiebLas cartas de nadie
Alice cogió el libro y empezó a leer.- ``Las cartas de nadie´´
-Como van a ser unas cartas de nadie.- Pregunto Remus.
-No sé, pero teniendo en cuenta que Harry tiene cerca de 11 años y que sabe de quién son las cartas, me atrevería a decir que son de Hogwarts.- Dijo Lily.
-Si probablemente tengas razón.- Dijo Remus. Y Alice comenzó a leer.
La fuga de la boa constrictor le acarreó a Harry el castigo más largo de su vida. Cuando le dieron permiso para salir de su alacena ya habían comenzado las vacaciones de verano y Dudley había roto su nueva filmadora, conseguido que su avión con control remoto se estrellara y, en la primera salida que hizo con su bicicleta de carreras, había atropellado a la anciana señora Figg cuando cruzaba Privet Drive con sus muletas.
Harry se alegraba de que el colegio hubiera terminado, pero no había forma de escapar de la banda de Dudley, que visitaba la casa cada día. Piers, Dennis, Malcolm y Gordon eran todos grandes y estúpidos, pero como Dudley era el más grande y el más estúpido de todos, era el jefe. Los demás se sentían muy felices de practicar el deporte favorito de Dudley: cazar a Harry
-Malditos bastardos.- Dijo Sirius en un susurro.
Por esa razón, Harry pasaba tanto tiempo como le resultara posible fuera de la casa, dando vueltas por ahí y pensando en el fin de las vacaciones, cuando podría existir un pequeño rayo de esperanza: en septiembre estudiaría secundaria y, por primera vez en su vida, no iría a la misma clase que su primo. Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío Vernon, Smelting. Piers Polkiss también iría allí. Harry en cambio, iría a la escuela secundaria Stonewall, de la zona.
-No iras a Hogwarts.- Dijo Sirius como si fuese lo más obvio del mundo.
Dudley encontraba eso muy divertido.
—Allí, en Stonewall, meten las cabezas de la gente en el inodoro el primer día —dijo a Harry—. ¿Quieres venir arriba y ensayar?
—No, gracias —respondió Harry—. Los pobres inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu cabeza y pueden marearse.
-Muy buena impresionante.- Dijeron todos, peros los que peor estaban eran James, Sirius y Ron que estaban rodando por el suelo entre carcajadas.
-Parece que Harry tiene mi habilidad para el insulto.- Dijo James orgulloso.
-No te creas Cornamenta, sabemos que la pelirroja es muy buena en ese ámbito.- Dijo Sirius.
-Si recuerda cuando te insultaba, era la única que conseguía deprimirte.- Dijo Remus entre carcajadas.
-Gracias Canuto y Lunatico ya os la devolveré.
—Luego salió corriendo antes de que Dudley pudiera entender lo que le había dicho.
Un día del mes de julio, tía Petunia llevó a Dudley a Londres para comprarle su uniforme de Smelting, dejando a Harry en casa de la señora Figg. Aquello no resultó tan terrible como de costumbre. La señora Figg se había fracturado la pierna al tropezar con un gato y ya no parecía tan encariñada con ellos como antes. Dejó que Harry viera la televisión y le dio un pedazo de pastel de chocolate que, por el sabor, parecía que había estado guardado desde hacía años.
Aquella tarde, Dudley desfiló por el salón, ante la familia, con su uniforme nuevo. Los muchachos de Smelting llevaban frac rojo oscuro, pantalones de color naranja y sombrero de paja, rígido y plano. También llevaban bastones con nudos, que utilizaban para pelearse cuando los profesores no los veían. Debían de pensar que aquél era un buen entrenamiento para la vida futura.
-Bueno no sé si será bueno o no. Pero si será divertido para atizarse unos a otros.- Dijo Sirius mientras reía.
Mientras miraba a Dudley con sus nuevos pantalones, tío Vernon dijo con voz ronca que aquél era el momento de mayor orgullo de su vida. Tía Petunia estalló en lágrimas y dijo que no podía creer que aquél fuera su pequeño Dudley, tan apuesto y crecido. Harry no se atrevía a hablar. Creyó que se le iban a romper las costillas del esfuerzo que hacía por no reírse.
Por suerte en la sala no tenían ese problema y todos reían a carcajadas.
A la mañana siguiente, cuando Harry fue a tomar el desayuno, un olor horrible inundaba toda la cocina. Parecía proceder de un gran cubo de metal que estaba en el fregadero. Se acercó a mirar. El cubo estaba lleno de lo que parecían trapos sucios flotando en agua gris.
—¿Qué es eso? —preguntó a tía Petunia. La mujer frunció los labios, como hacía siempre que Harry se atrevía a preguntar algo.
—Tu nuevo uniforme del colegio —dijo.
-Venga ya, a mi hijo no le puedes hacer eso.- Dijo James.
-Tranquilo James, Petunia sabrá que Harry va a ir a Hogwarts y no quería malgastar el dinero comprando un uniforme que no va a usar.
-Cierto, continua Alice, por favor.
Harry volvió a mirar en el recipiente.
—Oh —comentó—. No sabía que tenía que estar mojado.
-Harry el sarcasmo no funciona con ella.- Dijo Lily.
-Lo sé pero tenía que intentarlo.
—No seas estúpido —dijo con ira tía Petunia—. Estoy tiñendo de gris algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termine, quedará igual que los de los demás.
Harry tenía serias dudas de que fuera así, pero pensó que era mejor no discutir. Se sentó a la mesa y trató de no imaginarse el aspecto que tendría en su primer día de la escuela secundaria Stonewall. Seguramente parecería que llevaba puestos pedazos de piel de un elefante viejo.
-Desde cuando eres tan divertido.- Dijo Ron mientras reía con el resto.
Dudley y tío Vernon entraron, los dos frunciendo la nariz a causa del olor del nuevo uniforme de Harry. Tío Vernon abrió, como siempre, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del colegio, que llevaba a todas partes.
Todos oyeron el ruido en el buzón y las cartas que caían sobre el felpudo.
—Trae la correspondencia, Dudley
-Que? No me lo puede creer van a hacer trabajar al pequeño gordo.- Dijeron todos.
-Se acabo el fin del mundo.- Dijo Sirius.
—dijo tío Vernon, detrás de su periódico.
—Que vaya Harry
-Y el mundo vuelve a la realidad.- Dijo Sirius.
—Trae las cartas, Harry.
—Que lo haga Dudley.
—Pégale con tu bastón, Dudley.
-Harry quítale el bastón y pégales a los dos.- Dijo Sirius mientras Remus Y James asentían.
Harry esquivó el golpe y fue a buscar la correspondencia. Había tres cartas en el felpudo: una postal de Marge, la hermana de tío Vernon, que estaba de vacaciones en la isla de Wight; un sobre color marrón, que parecía una factura, y una carta para Harry.
-Bien Harry tiene una carta.- Dijeron todos.
Harry la recogió y la miró fijamente, con el corazón vibrando como una gigantesca banda elástica. Nadie, nunca, en toda su vida, le había escrito a él.
-En eso creo que te equivocas.- Dijo Neville.- Seguro que mucha gente te escribió solo que no te llegaban las cartas. Yo se que te escribí una vez.
-Si yo te invite a mi decimo cumpleaños.- Dijo Hanah un poco avergonzada.- pero supongo que no te llego la invitación. Ante esto todos empezaron a reír momento que Harry aprovecho para susurrarle a Ginny.
-Tú me has escrito alguna vez?
-Harry sabes que si, ahora que estamos separados te escribo siempre antes de dormir, para que tengas una carta mía todas las mañanas y tu haces lo propio.
-No me refiero a esas cartas, me refiero a cartas de Fans, cuando no me conocías.- Cuando Ginny escucho esto se puso colorada.
-Claro que si, te escribió muchísimas, seguro que mama las tiene guardadas.- Dijo Ron.
-Me encantaría leerlas.- Dijo Harry
-Harry si me amas, por favor no se las pidas.- Dijo Ginny rogando que eso funcionara.
-No te preocupes Harry yo se las pediré por ti.- Dijo Ron.
-Atrévete y yo le pediré las que escribiste tu.- Dijo Ginny haciendo reír a Hermione y Harry que eran los únicos que habían escuchado la conversación.
¿Quién podía ser? No tenía amigos ni otros parientes. Ni siquiera era socio de la biblioteca, así que nunca había recibido notas que le reclamaran la devolución de libros. Sin embargo, allí estaba, una carta dirigida a él de una manera tan clara que no había equivocación posible.
Señor H. Potter
Alacena Debajo de la Escalera
Privet Drive, 4
Little Whinging
Surrey
El sobre era grueso y pesado, hecho de pergamino amarillento, y la dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda. No tenía sello.
Con las manos temblorosas, Harry le dio la vuelta al sobre y vio un sello de lacre púrpura con un escudo de armas: un león, un águila, un tejón y una serpiente, que rodeaban una gran letra H.
-Hogwarts, Hogwarts. Empezaron a cantar todos lo que hizo que al profesor se le iluminara la cara.
—¡Date prisa, chico! —exclamó tío Vernon desde la cocina—. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas-bomba? —Se rió de su propio chiste.
-Ah, eso era un chiste.- Dijo Sirius mientras levantaba una ceja.
Harry volvió a la cocina, todavía contemplando su carta. Entregó a tío Vernon la postal y la factura, se sentó y lentamente comenzó a abrir el sobre amarillo.
-Mal movimiento cachorro.- Dijeron Remus y Sirius.
-Tú también vas a empezar?- Le pregunto Harry a Remus.
-Sí creo que viene bien no?
-Cierto.- Respondió Harry para luego susurrarle a Ginny.- Recuérdame que ese es un buen mote para nuestro pequeño ahijado.- A lo que Ginny simplemente asintió.
Tío Vernon rompió el sobre de la factura, resopló disgustado y echó una mirada a la postal.
—Marge está enferma —informó a tía Petunia—. Al parecer comió algo en mal estado.
—¡Papá! —dijo de pronto Dudley—. ¡Papá, Harry ha recibido algo!
-Te lo avisamos.- Dijeron ambos con una voz de ``ya te lo dije´´.
Harry estaba a punto de desdoblar su carta, que estaba escrita en el mismo pergamino que el sobre, cuando tío Vernon se la arrancó de la mano.
—¡Es mía! —dijo Harry; tratando de recuperarla.
—¿Quién te va a escribir a ti? —dijo con tono despectivo tío Vernon, abriendo la carta con una mano y echándole una mirada. Su rostro pasó del rojo al verde con la misma velocidad que las luces del semáforo. Y no se detuvo ahí. En segundos adquirió el blanco grisáceo de un plato de avena cocida reseca.
—¡Pe... Pe... Petunia! —bufó.
Dudley trató de coger la carta para leerla, pero tío Vernon la mantenía muy alta, fuera de su alcance. Tía Petunia la cogió con curiosidad y leyó la primera línea. Durante un momento pareció que iba a desmayarse. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido.
—¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon!
Se miraron como si hubieran olvidado que Harry y Dudley todavía estaban allí. Dudley no estaba acostumbrado a que no le hicieran caso. Golpeó a su padre en la cabeza con el bastón de Smelting.
—Quiero leer esa carta —dijo a gritos.
-Pero ni siquiera es tuya.- Gritaron todos los de la sala.
-Ya pero como nunca le habían negado nada, y esa carta parecía importante.- Dijo Harry con un encogimiento de hombros.
—Yo soy quien quiere leerla —dijo Harry con rabia—. Es mía.
-Muy bien dicho cachorro imponte.- Dijo Sirius
—Fuera de aquí, los dos —graznó tío Vernon, metiendo la carta en el sobre.
Harry no se movió.
—¡QUIERO MI CARTA! —gritó.
-Si parece que Harry tiene el temperamento de Lily.- Dijo James.
-Y que tiene eso de malo.- Respondió Lily.
-Nada amor nada.- Dijo James.
-Por cierto Alice, si pone y lo pone en mayúsculas deberías gritarlo.- Le dijo Sirius.
-Lo siento pero no pienso gritar.
—¡Déjame verla! —exigió Dudley
—¡FUERA! —gritó tío Vernon y, cogiendo a Harry y a Dudley por el cogote, los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la cocina. Harry y Dudley iniciaron una lucha, furiosa pero callada, para ver quién espiaba por el ojo de la cerradura.
-Vamos Harry tu puedes.- Exclamaron los merodeadores.
-No, no puedo me saca cuatro cuerpos, suerte tuve que no decidió dentarse encima.- Dijo Harry haciendo reír a todos.
Ganó Dudley, así que Harry, con las gafas colgando de una oreja, se tiró al suelo para escuchar por la rendija que había entre la puerta y el suelo.
—Vernon —decía tía Petunia, con voz temblorosa—, mira el sobre. ¿Cómo es posible que sepan dónde duerme él? No estarán vigilando la casa, ¿verdad?
—Vigilando, espiando... Hasta pueden estar siguiéndonos —murmuró tío Vernon, agitado.
—Pero ¿qué podemos hacer, Vernon? ¿Les contestamos? Les decimos que no queremos...
-Eso no va a funcionar.- Dijeron los merodeadores con una voz cantarina.
-Además no hay ninguna forma en la que el famosísimo Harry Potter no valla a Hogwarts.
Harry pudo ver los zapatos negros brillantes de tío Vernon yendo y viniendo por la cocina.
—No —dijo finalmente—. No, no les haremos caso. Si no reciben una respuesta... Sí, eso es lo mejor... No haremos nada...
-No funcionara.- Repitieron los merodeadores.
—Pero...
—¡No pienso tener a uno de ellos en la casa, Petunia! ¿No lo juramos cuando recibimos y destruimos aquella peligrosa tontería?
Aquella noche, cuando regresó del trabajo, tío Vernon hizo algo que no había hecho nunca: visitó a Harry en su alacena.
-Corre cachorro, no quieres hablar con él.- Dijo Sirius.
—¿Dónde está mi carta? —dijo Harry, en el momento en que tío Vernon pasaba con dificultad por la puerta—. ¿Quién me escribió?
—Nadie. Estaba dirigida a ti por error —dijo tío Vernon con tono cortante—. La quemé.
—No era un error —dijo Harry enfadado—. Estaba mi alacena en el sobre.
—¡SILENCIO! —gritó el tío Vernon, y unas arañas cayeron del techo. Respiró profundamente y luego sonrió, esforzándose tanto por hacerlo que parecía sentir dolor.
—Ah, sí, Harry, en lo que se refiere a la alacena... Tu tía y yo estuvimos pensando... Realmente ya eres muy mayor para esto... Pensamos que estaría bien que te mudes al segundo dormitorio de Dudley
-Como tenían un segundo dormitorio, dijeron todos los del pasado, los del futuro ya sabían de la existencia de esa habitación, porque era la futura habitación de Harry.
-Como se atreve.- Dijo Lily.
-No te preocupes mama.- Dijo Harry.- Eso ya paso, además aunque fue duro, fue lo mejor para mí. Prefiero ser a si a un niño mimado como mi primo, realmente creo que le hicieron más daño a él que a mí.
-Cierto tienes razón.
—¿Por qué? —dijo Harry
-Y encima le cuestionas realmente cachorro.- Dijo Sirius.
—¡No hagas preguntas! —exclamó—. Lleva tus cosas arriba ahora mismo.
La casa de los Dursley tenía cuatro dormitorios: uno para tío Vernon y tía Petunia, otro para las visitas (habitualmente Marge, la hermana de Vernon), en el tercero dormía Dudley y en el último guardaba todos los juguetes y cosas que no cabían en aquél. En un solo viaje Harry trasladó todo lo que le pertenecía, desde la alacena a su nuevo dormitorio. Se sentó en la cama y miró alrededor. Allí casi todo estaba roto. La filmadora estaba sobre un carro de combate que una vez Dudley hizo andar sobre el perro del vecino, y en un rincón estaba el primer televisor de Dudley, al que dio una patada cuando dejaron de emitir su programa favorito. También había una gran jaula que alguna vez tuvo dentro un loro, pero Dudley lo cambió en el colegio por un rifle de aire comprimido, que en aquel momento estaba en un estante con la punta torcida, porque Dudley se había sentado encima. El resto de las estanterías estaban llenas de libros. Era lo único que parecía que nunca había sido tocado.
-Para variar.- Dijo Hermione.
Desde abajo llegaba el sonido de los gritos de Dudley a su madre.
—No quiero que esté allí... Necesito esa habitación... Échalo... Harry suspiró y se estiró en la cama. El día anterior habría dado cualquier cosa por estar en aquella habitación. Pero en aquel momento prefería volver a su alacena con la carta a estar allí sin ella.
-Cachorro la carta te llegara antes o después, pero la oportunidad de cambiar de habitación no.- Dijo Remus.
-Sí pero yo no sabía que enviarían mas cartas.
A la mañana siguiente, durante el desayuno, todos estaban muy callados. Dudley se hallaba en estado de conmoción. Había gritado, había pegado a su padre con el bastón de Smelting, se había puesto malo a propósito, le había dado una patada a su madre, arrojado la tortuga por el techo del invernadero, y seguía sin conseguir que le devolvieran su habitación. Harry estaba pensando en el día anterior, y con amargura pensó que ojalá hubiera abierto la carta en el vestíbulo. Tío Vernon y tía Petunia se miraban misteriosamente.
-Y ahora te das cuenta.- Dijo Remus.
Cuando llegó el correo, tío Vernon, que parecía hacer esfuerzos por ser amable con Harry, hizo que fuera Dudley. Lo oyeron golpear cosas con su bastón en su camino hasta la puerta. Entonces gritó.
—¡Hay otra más! Señor H. Potter, El Dormitorio Más Pequeño, Privet Drive, 4...
Con un grito ahogado, tío Vernon se levantó de su asiente y corrió hacia el vestíbulo, con Harry siguiéndolo. Allí tuvo que forcejear con su hijo para quitarle la carta, lo que le resultaba difícil porque Harry le tiraba del cuello. Después de un minuto de confusa lucha, en la que todos recibieron golpes del bastón, tío Vernon se enderezó con la carta de Harry arrugada en su mano, jadeando para recuperar la respiración.
-Bueno por lo menos le diste unos cuantos golpes.- Dijo Sirius.
—Vete a tu alacena, quiero decir a tu dormitorio —dijo a Harry sin dejar de jadear—. Y Dudley.. Vete... Vete de aquí.
Harry paseó en círculos por su nueva habitación. Alguien sabía que se había ido de su alacena y también parecía saber que no había recibido su primera carta. ¿Eso significaría que lo intentarían de nuevo? Pues la próxima vez se aseguraría de que no fallaran. Tenía un plan.
-Oh, dios los planes de Harry cuando no son improvisados nunca salen del todo bien.- Dijo Ron.
-Como todo un merodeador.- Dijeron los otros tres.- Nunca un plan sale del todo bien y hay que improvisar.
El reloj despertador arreglado sonó a las seis de la mañana siguiente. Harry lo apagó rápidamente y se vistió en silencio: no debía despertar a los Dursley. Se deslizó por la escalera sin encender ninguna luz.
Esperaría al cartero en la esquina de Privet Drive y recogería las cartas para el número 4 antes de que su tío pudiera encontrarlas. El corazón le latía aceleradamente mientras atravesaba el recibidor oscuro hacia la puerta.
-Pues parece un buen plan, yo habría hecho lo mismo.- Dijo James mientras le chocaba los cinco ante la divertida mirada del resto.
—¡AAAUUUGGG!
-Que ha pasado!- exclamaron todos.
Harry saltó en el aire. Había tropezado con algo grande y fofo que estaba en el felpudo... ¡Algo vivo!
-Muy bien Harry por lo menos le has pisado di que si.- Dijo James.
Las luces se encendieron y, horrorizado, Harry se dio cuenta de que aquella cosa fofa y grande era la cara de su tío. Tío Vernon estaba acostado en la puerta, en un saco de dormir, evidentemente para asegurarse de que Harry no hiciera exactamente lo que intentaba hacer. Gritó a Harry durante media hora y luego le dijo que preparara una taza de té. Harry se marchó arrastrando los pies y, cuando regresó de la cocina, el correo había llegado directamente al regazo de tío Vernon. Harry pudo ver tres cartas escritas en tinta verde.
—Quiero... —comenzó, pero tío Vernon estaba rompiendo las cartas en pedacitos ante sus ojos.
Aquel día, tío Vernon no fue a trabajar. Se quedó en casa y tapió el buzón.
—¿Te das cuenta? —aexplicó a tía Petunia, con la boca llena de clavos—. Si no pueden entregarlas, tendrán que dejar de hacerlo. —No estoy segura de que esto resulte, Vernon.
—Oh, la mente de esa gente funciona de manera extraña,
-No la tuya es la que funciona de forma extraña.- Dijeron todos, y Sirius dijo un idiota extra.
Petunia, ellos no son como tú y yo
-Y menos mal saltaron todos.
—dijo tío Vernon, tratando de dar golpes a un clavo con el pedazo de pastel de fruta que tía Petunia le acababa de llevar.
El viernes, no menos de doce cartas llegaron para Harry. Como no las podían echar en el buzón, las habían pasado por debajo de la puerta, por entre las rendijas, y unas pocas por la ventanita del cuarto de baño de abajo.
Tío Vernon se quedó en casa otra vez. Después de quemar todas las cartas, salió con el martillo y los clavos para asegurar la puerta de atrás y la de delante, para que nadie pudiera salir. Mientras trabajaba, tarareaba De puntillas entre los tulipanes y se sobresaltaba con cualquier ruido.
El sábado, las cosas comenzaron a descontrolarse. Veinticuatro cartas para Harry entraron en la casa, escondidas entre dos docenas de huevos, que un muy desconcertado lechero entregó a tía Petunia, a través de la ventana del salón. Mientras tío Vernon llamaba a la oficina de correos y a la lechería, tratando de encontrar a alguien para quejarse, tía Petunia trituraba las cartas en la picadora.
—¿Se puede saber quién tiene tanto interés en comunicarse contigo? —preguntaba Dudley a Harry, con asombro.
-Pues realmente, mucha gente tiene intención de comunicarse con Harry.- Dijo Ginny.
La mañana del domingo, tío Vernon estaba sentado ante la mesa del desayuno, con aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz. —No hay correo los domingos —les recordó alegremente, mientras ponía mermelada en su periódico—. Hoy no llegarán las malditas cartas...
-Que te lo crees tú.- Dijo Sirius con una sonrisa maliciosa en el rostro.
Algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina mientras él hablaba y le golpeó con fuerza en la nuca. Al momento siguiente, treinta o cuarenta cartas cayeron de la chimenea como balas. Los Dursley se agacharon, pero Harry saltó en el aire, tratando de atrapar una.
-Harry porque coges una del aire, y no una del suelo?- Pregunto Lily sorprendido.
-Pues no se la verdad.- Dijo Harry.
-Yo si sé, será porque tu instinto es coger cosas que vuelan.- Le dijo Ginny con una sonrisa.
—¡Fuera! ¡FUERA!
Tío Vernon cogió a Harry por la cintura y lo arrojó al recibidor.
-Ni se te ocurra tocar a mi hijo asquerosa foca.- Dijo Sirius.
Cuando tía Petunia y Dudley salieron corriendo, cubriéndose la cara con las manos, tío Vernon cerró la puerta con fuerza. Podían oír el ruido de las cartas, que seguían cayendo en la habitación, golpeando contra las paredes y el suelo.
—Ya está —dijo tío Vernon, tratando de hablar con calma, pero arrancándose, al mismo tiempo, parte del bigote—. Quiero que estéis aquí dentro de cinco minutos, listos para irnos. Nos vamos. Coged alguna ropa. ¡Sin discutir!
-Ya esta se ha vuelto loco.- Dijo James
-Pensaba que ya lo estaba.- Dijo Sirius
-Claro Sirius claro.- Dijo Ginny como si hablara con un niño de dos años. Lo que hizo reír al resto y enfadarse a Sirius.
-Genial hijo, guapa, graciosa y pelirroja. Muy buena combinación.- Dijo James.- Si jugara al quiditch seria perfecta. Por te gusta el quiditch?
-Bueno no está mal, pero bueno.- Dijo Harry.
-No, tienes que jugar al quiditch lo llevas en la sangre.
-Lo siento papa, pero soy como soy.- Dijo Harry con una sonrisa, y varios de los niños del futuro tuvieron que esconder sus risas.
-Está bien, supongo que harás bien otra cosas.- Dijo James aunque no pudo ocultar un deje de decepción en su voz.
-Eres malo Harry Potter.- Le dijo Ginny en un susurro.- Y me gusta.- Le dijo antes de darle un beso.
-Arg, te juro que si siguen así voy a pegarle, odio que Harry bese a mi hermana y yo no pueda besarte.- Le susurro Ron a Hermione.
-Calla, quiero ver si era tan obvio como dicen que nos amábamos. Y no te preocupes, a la noche te recompensare.- DijoHermione, a lo que Ron le respondió con una sonrisa.
Parecía tan peligroso, con la mitad de su bigote arrancado, que nadie se atrevió a contradecirlo. Diez minutos después se habían abierto camino a través de las puertas tapiadas y estaban en el coche, avanzando velozmente hacia la autopista. Dudley lloriqueaba en el asiento trasero, pues su padre le había pegado en la cabeza cuando lo pilló tratando de guardar el televisor, el vídeo y el ordenador en la bolsa.
-Realmente le pego.- Dijo Harry.- Creo que nunca había hecho eso. Me encanta haberles causado tantos problemas.
-Sí, mi hijo no jugara al quiditch, pero por lo menos es un travieso rompe reglas.- dijo James con orgullo.
Condujeron. Y siguieron avanzando. Ni siquiera tía Petunia se atrevía a preguntarle adónde iban. De vez en cuando, tío Vernon daba la vuelta y conducía un rato en sentido contrario.
—Quitárnoslos de encima... perderlos de vista... —murmuraba cada vez que lo hacía.
No se detuvieron en todo el día para comer o beber. Al llegar la noche Dudley aullaba. Nunca había pasado un día tan malo en su vida. Tenía hambre, se había perdido cinco programas de televisión que quería ver y nunca había pasado tanto tiempo sin hacer estallar un monstruo en su juego de ordenador.
Tío Vernon se detuvo finalmente ante un hotel de aspecto lúgubre, en las afueras de una gran ciudad. Dudley y Harry compartieron una habitación con camas gemelas y sábanas húmedas y gastadas. Dudley roncaba, pero Harry permaneció despierto, sentado en el borde de la ventana, contemplando las luces de los coches que pasaban y deseando saber...
-Pronto sabrás Harry, no te preocupes.- Le dijo Lily con una sonrisa.
Al día siguiente, comieron para el desayuno copos de trigo, tostadas y tomates de lata. Estaban a punto de terminar, cuando la dueña del hotel se acercó a la mesa.
—Perdonen, ¿alguno de ustedes es el señor H. Potter? Tengo como cien de éstas en el mostrador de entrada.
Extendió una carta para que pudieran leer la dirección en tinta verde:
Señor H. Potter
Habitación 17
Hotel Railview
Cokeworth
Harry fue a coger la carta, pero tío Vernon le pegó en la mano. La mujer los miró asombrada.
—Yo las recogeré —dijo tío Vernon, poniéndose de pie rápidamente y siguiéndola.**—¿No sería mejor volver a casa, querido? —sugirió tía Petunia tímidamente, unas horas más tarde,
-Debió de darse cuenta que era inútil.- Dijo Lily.- Per debería haberlo sabido desde el principio.
pero tío Vernon no pareció oírla. Qué era lo que buscaba exactamente, nadie lo sabía. Los llevó al centro del bosque, salió, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y otra vez lo puso en marcha. Lo mismo sucedió en medio de un campo arado, en mitad de un puente colgante y en la parte más alta de un aparcamiento de coches.
—Papá se ha vuelto loco, ¿verdad? —preguntó Dudley a tía Petunia aquella tarde. Tío Vernon había aparcado en la costa, los había encerrado y había desaparecido.
-Por fin se da cuenta.- Dijo Remus.
Comenzó a llover. Gruesas gotas golpeaban el techo del coche. Dudley gimoteaba.
—Es lunes —dijo a su madre—
-Bravo se sabe los días de la semana.- Dijo Sirius haciendo reír a todos.
. Mi programa favorito es esta noche. Quiero ir a algún lugar donde haya un televisor.
Lunes. Eso hizo que Harry se acordara de algo. Si era lunes (y habitualmente se podía confiar en que Dudley supiera el día de la semana, por los programas de la televisión), entonces, al día siguiente, martes, era el cumpleaños número once de Harry. Claro que sus cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos: el año anterior, por ejemplo, los Dursley le regalaron una percha y un par de calcetines viejos de tío Vernon. Sin embargo, no se cumplían once años todos los días.
Ante esto todos miraron abajo deprimidos y Ginny abrazo fuertemente a Harry y le susurro.
-Sabes quizá no te dieran buenos regalos pero yo te voy a compensar por todos esos.
-Ya lo has hecho, el año pasado me diste el mejor regalo que me habían dado nunca.
-Pues este año lo pienso mejorar, antes de irnos a la cama.
Tío Vernon regresó sonriente. Llevaba un paquete largo y delgado y no contestó a tía Petunia cuando le preguntó qué había comprado.
-Eso no puede ser bueno.- Dijo Remus.- Nada que le haga sonreír puede ser bueno.
—¡He encontrado el lugar perfecto! —dijo—. ¡Vamos! ¡Todos fuera!
Hacía mucho frío cuando bajaron del coche. Tío Vernon señalaba lo que parecía una gran roca en el mar. Y, encima de ella, se veía la más miserable choza que uno se pudiera imaginar. Una cosa era segura, allí no había televisión.
—¡Han anunciado tormenta para esta noche! —anunció alegremente tío Vernon, aplaudiendo—. ¡Y este caballero aceptó gentilmente alquilarnos su bote!
Un viejo desdentado se acercó a ellos, señalando un viejo bote que se balanceaba en el agua grisácea.
—Ya he conseguido algo de comida —dijo tío Vernon—. ¡Así que todos a bordo!
En el bote hacía un frío terrible. El mar congelado los salpicaba, la lluvia les golpeaba la cabeza y un viento gélido les azotaba el rostro. Después de lo que pareció una eternidad, llegaron al peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta la desvencijada casa.
El interior era horrible: había un fuerte olor a algas, el viento se colaba por las rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda. Sólo había dos habitaciones.
La comida de tío Vernon resultó ser cuatro plátanos y un paquete de patatas fritas para cada uno. Trató de encender el fuego con las bolsas vacías, pero sólo salió humo.
—Ahora podríamos utilizar una de esas cartas, ¿no? —dijo alegremente.
-Yo que tu no cantaba victoria rápidamente.- Dijo Sirius con una sonrisa maligna.
Estaba de muy buen humor. Era evidente que creía que nadie se iba a atrever a buscarlos allí, con una tormenta a punto de estallar. En privado, Harry estaba de acuerdo, aunque el pensamiento no lo alegraba.
Al caer la noche, la tormenta prometida estalló sobre ellos. La espuma de las altas olas chocaba contra las paredes de la cabaña y el feroz viento golpeaba contra los vidrios de las ventanas. Tía Petunia encontró unas pocas mantas en la otra habitación y preparó una cama para Dudley en el sofá. Ella y tío Vernon se acostaron en una cama cerca de la puerta, y Harry tuvo que contentarse con un trozo de suelo y taparse con la manta más delgada.
-Que te hicieron dormir en el suelo!-Gritaron todos. Pero antes de que dijesen algo mas continuo leyendo, quería acabar con esto cuanto antes.
La tormenta aumentó su ferocidad durante la noche. Harry no podía dormir. Se estremecía y daba vueltas, tratando de ponerse cómodo, con el estómago rugiendo de hambre. Los ronquidos de Dudley quedaron amortiguados por los truenos que estallaron cerca de la medianoche. El reloj luminoso de Dudley, colgando de su gorda muñeca, informó a Harry de que tendría once años en diez minutos. Esperaba acostado a que llegara la hora de su cumpleaños, pensando si los Dursley se acordarían y preguntándose dónde estaría en aquel momento el escritor de cartas.
Cinco minutos. Harry oyó algo que crujía afuera. Esperó que no fuera a caerse el techo, aunque tal vez hiciera más calor si eso ocurría. Cuatro minutos. Tal vez la casa de Privet Drive estaría tan llena de cartas, cuando regresaran, que podría robar una.
-Buen plan Harry estoy muy orgulloso de ti.- Dijo James.
Tres minutos para la hora. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las rocas? Y (faltaban dos minutos) ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se estaban desplomando en el mar?
Un minuto y tendría once años. Treinta segundos... veinte... diez... nueve... tal vez despertara a Dudley, sólo para molestarlo... tres... dos... uno...
-Feliz cumpleaños Harry.- Dijo Lily con una sonrisa.
-Lily te das cuenta de que le estás hablando al libro.- Dijo Sirius
-No es su cumpleaños.- Aseguro ella.- No sé porque lo sé, pero lo sé.
-No me lo creo, un galeón, es imposible que aciertes.
-Hecho.- Y ambos miraron a Harry que tenía una sonrisa en el rostro.
-Hoy es mi cumpleaños y ayer fue el de Neville.- Respondió este.
-Lo sabia.- Dijo Lily, recibiendo el galeón de Sirius, y después de cinco minutos de felicitaciones continuaron leyendo.
BUM.
Toda la cabaña se estremeció y Harry se enderezó, mirando fijamente a la puerta. Alguien estaba fuera, llamando.
-Este es el final del capítulo.- Dijo Alice.- Quien lee ahora.
-Yo leeré.- Dijo Sirius mientras cogía el libro.- Tengo un buen presentimiento.
-Valla suerte la nuestra.- Dijo Harry con una sonrisa.- Aunque creo que el siguiente capítulo os va a gustar.