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Historia 7807 — capítulo 10

CAPITULO DIEZ

CECIL K. RETT

El tiempo de Navidad llegó casi sin que se dieran cuenta. Ya desde los primeros días de Diciembre, los terrenos de Hogwarts estaban cubiertos por una espesa capa de nieve. El lago estaba sólidamente congelado, y los estudiantes que eran tan valientes como para desafiar el intenso frío, aprovechaban para patinar sobre su superficie.

El castillo lucía su habitual decoración navideña.

El campeonato de Quidditch se había puesto interesante, ya que el equipo de Ravenclaw había logrado aplastar al de Hufflepuff y las simpatías se habían dividido. El equipo de Gryffindor ya no contaba con el apoyo de todo el colegio.

Los estudiantes Slyhterin, luego del ataque a su sala común, nos deseaban otra cosa más que vencer al equipo de Ravenclaw. A pesar de lo cual no pasaba un día sin que alguno de ellos terminara en la enfermería víctima de algún hechizo.

  • No creo que el equipo de Slytherin sea candidato a ganar la copa este año – exclamó Ron con euforia-. No pudieron reemplazar las Nimbus 2001 que rompieron Crabbe y Goyle, así que están utilizando las viejas Barredoras del colegio.

  • Creo que Malfoy ya no dispone de tanto dinero como antes – acotó Hermione con ironía - ¡Ah, y hablando de dinero…! Toma.

Hermione le tendió a Harry un rollo de billetes verdes.

  • Mis padres dicen que con eso te alcanzará para realizar varios de viajes en taxi.

  • Diles que la próxima vez que vaya al Callejón Diagon cambiaré algo de dinero mágico por dinero muggle y se los devolveré – aseguró Harry mirando los billetes.

  • ¿Me dejas echarle un vistazo a esos papelitos, Harry? Nunca he visto dinero muggle…

Harry le extendió un billete a Ron. Éste lo estudió extrañado antes de devolvérselo a su amigo.

  • Los muggles son realmente extraños. Este pedacito de papel no parece tener mucho valor, ¿no creen?

Hermione sonrió comprensiva y dirigiéndose a Harry comentó:

  • ¿Sabes, Harry? Estaba pensando que ya que tú no estarás aquí en Navidad, creo que aprovecharé la oportunidad para pasar la Navidad con mis padres. Al día siguiente podemos encontrarnos todos en La Madriguera. Creo que será divertido…

Ron y Hermione se sonrieron al mismo tiempo, pero Harry no pudo entender de qué.


Todos los estudiantes esperaban ansiosos que llegaran las vacaciones.

Todos incluido Harry.

En los años anteriores había pasado la Navidad en el colegio, por lo que para él las vacaciones no tenían una significación especial, salvo tener mucho tiempo libre y recibir regalos de sus amigos.

Pero este año era distinto. Debía salir para poder encontrar a Cecil K. Rett.

Ron, Hermione y Harry, habían pasado varios días ajustando los detalles del plan que le permitiera a Harry conseguir la autorización para pasar Navidad fuera de Hogwarts.

Así que cuando la profesora McGonagall pasó haciendo la lista de los alumnos que iban a quedarse en Hogwarts, Harry no colocó su nombre en ella.

Al día siguiente, al finalizar su clase, la profesora McGonagall retuvo a Harry un instante.

  • Potter, no he podido evitar notar que tu nombre no figura entre los alumnos que se quedarán a pasar la Navidad en colegio…

  • Es verdad – repuso Harry tranquilo-. Este año he decidido celebrar las fiestas afuera. ¿Acaso no está permitido?

  • No quieras pasarte de listo conmigo, Potter – replicó la profesora McGonagall apretando los labios.

  • Lo siento, profesora – se disculpó Harry que no quería predisponer a McGonagall en su contra.

  • Así está mejor, Potter. Te preguntaba por lo de las fiestas, porque dadas las circunstancias especiales, creo que sería mejor que te quedaras en el castillo como has hecho siempre.

  • ¿Temen que ataquen otra vez el Expreso de Hogwarts si viajo con en él? – preguntó Harry que no había previsto esa eventualidad-. En ese caso podría viajar utilizando polvos flu o incluso un traslator…

  • En primer lugar, Potter – interrumpió McGonagall con aire molesto- querría aclararte que los alumnos no utilizan el Expreso de Hogwatrs para regresar a sus hogares en las vaciones de Navidad.

  • ¡Ah! No lo sabía. – se sorprendió Harry - Nunca antes había salido en esta fecha… Bueno, el año pasado pasamos la Navidad en Grimmauld Place pero eso fue algo distinto…

  • Mi memoria aún funciona a la perfección.- La profesora McGonagall se aclaró la garganta y ajustándose los anteojos continuó:

  • Tu seguridad nos preocupa, Potter. Es verdad. Pero en este caso específicamente, me refería al problema de tus tíos. El profesor Dumbledore y el Ministro Weasley han hablado con ellos y tus tíos han aceptado – de no muy buena gana debo decir - recibirte nuevamente el próximo verano. Pero no te aconsejo que vayas a pasar con ellos la Navidad. No serías bien recibido.

Harry tuvo que ahogar una sonrisa para no estropear el plan. Que la profesora McGonagall le advirtiera sobre los Dursley era casi tan obvio como que le dijeran que Snape lo odiaba.

  • He vivido once años con mis tíos y sé que la única noticia sobre mi que los alegraría es mi muerte - dijo Harry con sinceridad.

  • No digas eso, Potter. Estoy segura de que no era una persona ingrata, así que no actúes como tal. Tus tíos te han criado y recibido en su hogar todos estos años – pero el tono de voz de la profesora McGonagall carecia de su vehemencia habitual.

De todas maneras, Harry no tenía intenciones de discutir sobre los Dursley con McGonagall, por lo que decidió recurrir a la frase que Hermione y él habían preparado:

  • Estaba pensando pasar la Navidad con el profesor Lupin – dijo Harry poniendo su mejor expresión de niño bueno-. Se encuentra solo en Grimmauld Place, como usted sabe. Y despues de lo que sufrió Sirius el año pasado, encerrado todo el tiempo allí adentro, pensé que le alegraría tener alguien que lo acompañe durante las fiestas.

Los ojos de la profesora McGongal se humedecieron, y el labio inferior le tembló ligeramente. Cuando por fin habló, el tono de su voz era el más dulce que Harry recordara haberle escuchado:

  • Has tenido una magnífica idea, Potter. Estoy segura de que el profesor Lupin se alegrará inmensamente de recibirte. Hablaré con el director para arreglar tu traslado.

Harry se levantó de la silla y se dirigó hacia la salida. Antes de que pudiera alcanzar el pasillo, la profesora McGonagall le dijo:

  • Estoy orgullosa de ti, Harry.

Harry se apresuró para no llegar tarde a la clase del profesor Flitwick. Se sentía un poco mal por no haber sido completamente sincero con McGonagall, pero estaba seguro que si decía la verdad nunca lo hubieran dejado salir.

  • ¿Y? ¿Qué te dijo? – le preguntaron Ron y Hermione que lo estaban esperando a unos metros del despacho.

  • Dijo que sí – los informó Harry jadeando.

  • Sabía que lo de Lupin resultaría – afirmó Hermione-. Y ahora corramos o llegaremos tardísimo a la clase de Encantamientos.


  • ¡Ah, Potter, Weasley, Granger! - chilló el profesor Flitwick desde la cima de una pila de libros-. ¡Qué suerte que llegaron a tiempo! Muy bien, ahora que ya estamos todos podemos partir.

La clase se puso de pie y se dirigó a la salida del salón.

  • ¿A dónde vamos? – le preguntó por lo bajo Hermione a Parvati.

  • A Hogsmeade. Hoy comenzaremos a practicar Aparición y Desaparición, ¿no es genial? – dijo Parvati dando un gritito de excitación.

Los alumnos recorrieron el camino hasta el hall de entrada, atravesaron las puertas de roble, y salieron a los helados terrenos de Hogwarts rumbo a Hogsmeade.

Filch inspeccionaba a cada alumno que salía como si se tratara de un grupo de presos que se escaparan de la cárcel.

Era un día helado, pero afortunamente había salido un pálido sol que daba la sensación de calor.

Pasaron por los altos pilares de piedra coronados con sendos cerdos alados, y giraron a la izquierda por la carretera que conducía al pueblo.

El viento y el frío hicieron de aquélla una caminata sumamente silenciosa.

Finalmente llegaron a un campo en la afueras de Hogsmeade que había sido especialmente acondicionado para ellos.

Había un gran espacio circular en el que por obra de algún encantamiento, la nieve se había derretido, dejando al descubierto el verde prado.

  • ¡Esto es fantástico! – exclamó Ron entrando en la zona libre de nieve-. ¡Ven Harry! ¡No lo podrás creer!

Harry se acercó al límite donde la nieve desaparecía y comenzaba el céped. Extendió su mano con precaución y sintió como si atravesara una barrera invisible. Del otro lado, el ambiente era cálido y agradable, similar a los invernaderos de la profesora Sprout.

  • Me pregunto cómo lo harán – murmuró Hermione asombrada-. Jamás he leído algo sobre un hechizo como éste.

El resto de los estudiantes parecía compartir el asombro de Hermione, observando el lugar con los ojos muy abiertos y expresión atónita.

Luego de despojarse de sus abrigos, los alumnos se reunieron en torno al profesor Flitwick que se había trepado al tocón de un árbol talado.

  • Bien. Ha llegado el momento de poner en práctica todo lo que hemos aprendido – comenzó el profesor Flitwick elevando el tono de su aguda voz para que todos pudieran oírlo.

Los estudiantes intercambiaron miradas de excitación.

  • Como ya les he explicado, al principio utilizaremos las varitas para enfocar el hechizo de aparición. Espero que todos hayan recordado traerlas.

Neville Longbottom llevó instintivamente su mano al bolsillo de la túnica. Trevor, el sapo que tenía como mascota, escapó del bolsillo y comenzó a saltar feliz entre la hierba.

Neville comenzó a correr detrás de él, tratando de atraparlo entre las risas del resto de su compañeros.

El profesor Flitwick, con un movimiento de su varita, detuvo a Trevor y lo hizo flotar hasta depositarlo en las manos de Neville.

  • Ponlo de nuevo en tu bolsillo y asegúrate de que no vuelva a escaparse.

Neville guardó rápidamente a Trevor con expresión avergonzada.

El profesor Flitwick carraspeó para pedir silencio y continuó:

  • Antes de que fuésemos interrumpidos por Trevor, estaba explicándoles que durante el aprendizaje nos valdremos de las varitas. Por supuesto que los magos más capacitados no las necesitan, y estoy seguro que ustedes pronto podrán aparecer y desaparecer sin necesidad de recurrir a ellas. Muy bien, el gran momento ha llegado. ¿Quién quiere ser el primero?

Un tenso silencio se apoderó del grupo. Todos se miraron entre sí, esperando que alguien alzara su mano.

  • Vamos… No hay de que temer… Si no estuvieran preparados no los hubiera traído… - los animaba el profesor Flitwick recorriendo al grupo con su mirada -. Longbottom… ¿quiere probar?

Neville se sobresaltó al oír su nombre y tragando con fuerza asintió.

  • Muy bien. Muy bien – exclamó el profesor Flitwick complacido-. Antes que nada, te pondré un hechizo localizador, sólo por las dudas.

El profesor Flitwick hizo unos complicados movimientos con su varita alrededor de Neville.

  • Ahora, Neville, ya estamos listos para comenzar. ¿Qué es lo primero que debes hacer?

  • Enfocar en mi mente el lugar en el que quiero Aparecer.

  • Correcto – aprobó el profesor Flitwick-. ¿Qué harás luego?

  • Alzaré mi varita y apuntándola contra mí, enunciaré el hechizo con voz clara, haciéndo este movimiento con la muñeca y… ¡CRACK!

  • ¡Aún no! – gritó Flitwick.

Pero era tarde. Neville había desaparecido.

  • ¡Quédense aquí! – ordenó el profesor Flitwick. Y al instante desapareció.

Los estudiantes comenzaron a murmurar entre sí con preocupación. Pero antes de lo que pensaban, Neville y el profesor Flitwick reaparecieron en el campo.

  • Eso no estuvo nada bien. Concentración, Longbottom. Lo he repetido hasta el cansancio… ¿Quién más quiere intentarlo?

Si un instante atrás lo alumnos habían estado recelosos, ahora se encontraban en un estado cercano al pánico. Luego de lo sucedido con Neville, ninguno quería ser el siguiente.

  • ¿Señorita Granger? – dijo Flitwick luego de un instante.

Hermione dio unos pasos al frente con expresión asustada. Ron aferró el brazo de Harry y lo apretó con fuerza.

  • ¿Lista?

Hermione asintió.

  • Enfóquese en un lugar cercano. Debe visualizarlo en su mente con toda claridad… Cuando esté lista alce su varita y realice el hechizo.

Todos contemplaban a Hermione con los ojos y la boca abierta de expectación.

Finalmente Hermione alzó su varita y desapareció, reapareciendo en un árbol cercano a unos 20 metros de distancia.

  • ¡Excelente! ¡Excelente, señorita Granger! ¡Veinte puntos para Gryffindor!

Hermione regresó al lado de Ron y Harry, completamente satisfecha de sí misma.

  • Realmente era muy sencillo – expresó.

Uno por uno, los estudiantes fueron apareciendo y desapareciendo con mayor o menor facilidad.

A algunos parecía costarle más que a otros, pero todos, incluso Neville, habían ido dominado el hechizo Aparición y Desaparición.

Ron, llegó más lejos que ninguno otro alumno apareciendo en el negocio de Zonko.

  • Flitwick dijo que eligiéramos un lugar que conociéramos bien – se disculpó.

Dean, Seamus, Lavender y Parvati también recibieron las felicitaciones del profesor Flitwick

  • Bien hecho, diez puntos para Gryffindor por cada uno. Potter, es tu turno.

Harry sabía lo que suponía que debía hacer: Tenía que cerrar sus ojos y concentrarse. Imaginarse a sí mismo desintegrándose, y ver todas las moléculas de su cuerpo volando hacia el lugar donde deseaba aparecer.

Luego, debía imaginar cómo las partes de su cuerpo se reintegraban en el punto de destino.

El problema era que cada vez que Harry cerraba sus ojos, recordaba el salón del Deparamento de Misterios donde Sirius había muerto; y escuchaba los misteriosos susurros llamándolo, atrayéndolo…

  • ¿Qué sucede, Potter? – esclamó el profesor Flitwick-. ¿Algún problema?

  • No, estoy bien… - repuso Harry rápidamente-. Sólo necesito concentrarme un poco más. Déjeme volver a intentarlo, profesor.

Harry cerró los ojos nuevamente tratando de concentrarse en algún lugar cercano. Pero antes de qe pudiera fijar algún sitio concreto en su mente, sintió que su cuerpo se separaba en miles de pequeñas partes y era arrastrado hasta un lugar desconocido. Sin que supiera exactamente cómo lo había hecho, se encontró en un oscuro salón que ya había visto antes en sus sueños. Frente a él, Voldemort sonreía con una expresión malévola.

Harry quiso correr, escapar, o incluso mover su varita, pero sentía como si estuviera clavado en el suelo. Voldemort se acercó cada vez más a él, escrutando su mente con malévola impaciencia.

  • Al fin, Potter… - dijo Voldemort con satisfacción. Volvemos a vernos. Nuestro último encuentro fue interrumpido bruscamente… ¿Estás en sexto año, verdad? – su voz era profunda y helada -. ¿Cómo te está yendo en tus clases de Aparición?

El Señor Oscuro soltó una risa perversa.

  • Nuestra conexión mental puede resultar muy útil… Pero no perdamos más tiempo… El pergamino, Potter… ¿Qué contiene ese pergamino?

  • No… Debo cerrarle mi mente… - pensó harry esforzándose por controlar sus sentimientos.

Sin embargo, las imágenes se agolpaban en la superficie de su mente, más rápido de lo que Harry podía devolverlas a las profundidades.

Lo único en lo que podía pensar era en regresar al prado en las afueras de Hogsmeade.

  • Me tienes cansando, niño estúpido. Has estropeado mis planes demasiadas veces… No necesito ninguna profecía para acabar contigo - Voldemort alzó su varita y gritó:

  • ¡Avada Kedravra!

  • ¡NOOOOOOO! –gritó Harry mientras el rayo de luz verde se dirigía hacia él.

Cuando abrió los ojos estaba tendido sobre el húmedo césped del prado en las afueras de Hogsmeade. La cicatriz le quemaba como si le hubieran colocado encima un hierro caliente.

Ron y Hermione y el resto de la clase lo observaba con expresión preocupada.

  • ¿Te encuentras bien, Harry? – preguntó Ron tendiéndole la mano para ayudarlo a ponerse de pie.

  • Sí – respondió incorporádose rápidamente -. Estoy bien.

  • Cuando regresemos, quiero que vayas a la enfermería ver a Madam Pomfrey, Potter – ordenó el profesor Flitwick preocupado.

  • Ya dije que estoy bien – repuso Harrry molesto ante la mirada asustada de sus compañeros.

  • Y yo te ordené que fueras a la enfermería – chilló Flitwick molesto-. Regresemos al castillo, ya casi es hora de almorzar.

Madam Pomfrey tuvo a Harry en observación un par de horas, le hizo beber cinco clases distintas de pociones, cada una con sabor más horrible que el anterior, antes de ceder a las súplicas del muchacho y permitirle retirarse.

  • ¿Qué te sucedió, Harry? - le preguntaron Ron y Hermione preocupados cuando ingresó a la sala común.

Los chicos se dirigieron a un rincón solitario y Harry comenzó narrar toda la historia

  • Esto es grave, Harry. Deberías ir a ver a Dumbledore. Si quieres, Ron y yo podemos acompañarte – sugirió Hermione.

  • Estoy bien – dijo Harry molesto-. Después de todo fue sólo un mal pensamiento… Ya los he tenido antes…

  • Yo no estaría tan segura - afirmó Hermione preocupada-. La primera vez que lo intentaste no desapareciste… Pero la segunda, estuviste ausente más de un minuto, antes de volver a aparecer.

  • ¿Crees que Voldemort haya utilizado la conexión mental que tenemos para atraerme de alguna manera? –Harry lucía realmente preocupado.

  • Esa es una posibilidad que no descartaría. La otra sería que tú inconscientemente pensaste en él y te transportaste al lugar donde se encontraba – sugirió Hermione.

  • No creo que tengas de que preocuparse, Harry. Flitwick nos dijo que con las prácticas de hoy daba por terminadas la clases de Aparición. Y como no cumplirás diecisiete hasta el verano, con que no vuelvas intentar aparecer o despaparecer será suficente… - dijo Ron tratando de animar a su amigo.

Pero Harry no estaba tranquilo.

  • Aún no estoy listo para enfrentarme con Voldemort – dijo Harry por fin pensando en la profecía.

  • ¿Enfrentarte con Voldemort? ¿Por qué tendrías que hacer eso? ¡Harry, no hables así que me preocupas! – gimió Hermione-. Insisto en que deberías hablar con Dumbledore.

  • Lo haré esta noche después de la cena – dijo Harry.


  • ¿A dónde crees que vas, Potter? – preguntó Snape con voz helada.

  • Necesito hablar con el director – respondió Harry intentando acercarse a Dumbledore. La cena acababa de concluir y el director ya se alejaba por el pasillo rumbo a su despacho.

  • El Director es una persona sumamente ocupada como para atender a cada estudiante que quiera hablar con él – replicó Snape con dureza.

  • Se trata de algo importante – dijo Harry con expresión de fastidio.

  • ¡Oh, por supuesto! – se burló Snape que parecía estar disfrutando-. El famoso Harry Potter, debe hablar asuntos importantes con el Director. ¿Y cuáles serían esos asuntos importantes, Potter?

  • Dije que quería hablar con el Director y no con usted – respuso Harry enfadado.

  • Diez puntos menos para Gryffindor por tu insolencia – replicó Snape con una sonrisa burlona en el rostro-. Y ahora vuelve a la sala común de tu casa antes de que te descuente cincuenta puntos más.

Conociendo a Snape, Harry supo que era inútil insisitir y optó por retirarse. Podía hablar con Dumbledore al día siguiente.

Pero esa mañana comenzaban las vacaciones de Navidad y Dumbledore parecía haber dejado el castillo.

  • Es que necesito hablar con él – suplicó Harry a la profesora McGonagall mientras lo conducía al despacho del Director-. Es muy importante...

  • Y yo te dije, Potter, que el Director partió esa mañana y que no me ha dejado dicho a dónde fue. Ni bien lo vea le daré tu mensaje. ¡Brujas fritas! –gritó la profesora McGonagall al llegar frente a la gárgola que custodiaba el ingreso al despacho de Dumbledore.

La Gárgola de piedra se puso en movimiento, permitiendo el acceso al despacho del director.

En sus interior todo estaba igual que como Harry lo recordaba desde su anterior visita. Los retratos de los directores anteriores dormían o estaban vacíos.

La profesora McGonagall se acercó a la chimenea, tomó un recipiente de oro que contenía polvos flu y se lo ofreció a Harry.

  • Feliz Navidad, Potter – saludó en su tono habitual-. Saluda de mi parte a Remus Lupin. Él ya ha sido informado de tu visita y te está esperando.

Harry tomó un puñado de polvos brillantes, los arrojó en la chimenea y luego de gritar “al número 12 de Grimmauld Place”, desapareció en medio de una llamarada esmeralda.


Lupín se alegró muchísimo de recibir a Harry. Parecía muy emocionado por el hecho de que el muchacho hubiera decidido pasar la Navidad con él.

Una vez que conluyeron los saludos y las bienvenidas, los dos magos se sentaron en la larga mesa de madera de la cocina. El profesor Lupin había preparado un modesto desayuno para Harry.

  • ¿Y cómo anda ese asunto del pergamino, Harry? – preguntó Lupin dando un sorbo a su botella de cerveza de manteca.

  • Bien. Hemos hecho algunos progresos – comentó Harry bajando la voz y mirando con suspicacia a su alrededor-. ¿Dónde está Kreacher?

  • La última vez que lo vi se encontraba en el piso superior, recolectando algunos objetos de la familia Black. ¿Quieres que vaya a cerciorarme de que sigue allí? – preguntó Lupin.

Harry asintió y luego tomó una tostada y le untó una sustancia gelatinosa que parecía ser un dulce.

Lupin desapareció con un sonoro ¡crack! para volver a reaparecer unos segundos después.

  • Sigue allí – informó Lupin.

Entonces Harry, manteniendo el tono de su voz lo más bajo que pudo, puso al corriente al profesor Lupin de sus avances en el tema del pergamino, incluyendo el hecho de que Voldemort se hubiera enterado de la existencia del mismo.

  • ¿El profesor Dumbledore está al corriente de todo esto, Harry? – preguntó Lupin. Su rostro lucía muy preocupado.

  • No. Intenté decírselo pero Snape me lo impidó – dijo Harry feliz de dejar mal a Snape-. Y al día siguiente Dumbledore se había ido del colegio... Dadas las circusntancias no creí prudente enviarle una lechuza…

  • Has hecho muy bien… ¿Dices que Snape te impidió hablar con Dumbledore? – preguntó Lupin-. Todo esto es muy extraño…

  • Sí, bueno… En realidad no es nada del otro mundo… Snape siempre anda haciendo esas cosas…

Lupin asintió, pero su expresión no había variado.

  • Lo bueno es que pareces haber asimilado lo suficiente de Oclumencia como para resisitr a Voldemort.

  • Sí… Aunque la última vez no fue tan sencillo. Si hubiera permanecido en la habitación un instante más creo que hubiera podido penetrar mi mente o algo peor… - Harry no pudo terminar la frase.

  • No tienes nada de qué avergonzarte, Harry. Como siempre, has superado todas las expectativas. Magos supuestamente mejor preparados no han ofrecido ni la mitad de la resistencia que tú. Estoy orgulloso de ti.

Harry sonrió con timidez sin saber qué responder. Un calor agradable le recorrió el cuerpo.

  • Bien, Harry. ¿Qué quieres hacer? Aunque el hecho de que hayas querido pasar la Navidad conmigo me halaga, estoy seguro de que ese no fue tu único motivo para salir del colegio, ¿en qué pudo ayudarte? -dijo Lupin manteniendo la vista fija en los ojos de Harry.

  • Realmente quería hacerle compañía… - afirmó Harry poniéndose colorado-. Pero necesito localizar a un muggle que podría tener la clave de todo...

  • Lo sospechaba – afirmó Lupin con sencillez.

  • Si mi teoría es correcta y Cecil Rett es un muggle, entonces mi madre debió conocerlo durante su infancia. Y hay solo una persona viva que compartió esos años con mi madre: mi tía Petunia.

  • ¿Cómo piensas llegar a la casa de tus tíos?

  • Hermione me consiguió algo de dinero muggle – respondió Harry, sacando el rollo de billetes del bolsillo y mostrándoselo a Lupin -. Pensaba tomar un taxi.

  • Ya veo que, como de costumbre, tú y tus amigos han pensado en todo – aprobó Lupin-. ¿Crees que tu tía accederá a ayudarte?

  • Lo dudo – afirmó Harry-. Pero después de tantos años he aprendido algunos trucos que creo que me servirán para obligarla.

  • Sólo recuerda que no debes hacer magia fuera del colegio – adviritó Lupin.

  • No lo haré, descuide - dijo Harry.

  • ¿Cuándo quieres partir? – preguntó Lupin.

  • En cuanto haya terminado de hablar con Kreacher– informó Harry.

Si Lupin encontró algo exraño en el pedido de Harry, no lo demostró.

Salió de la cocina y al poco rato apareció seguido del elfo.

  • ¡Oh, triste destino el de Kreacher el amo ha vuelto a atormentarlo! ¿Por qué no terminará con la cabeza cortada como todos sus antepasados? – rezongó el elfo haciendo una torpe reverencia.

  • ¡Silencio! – ordenó Harry con una voz profunda y cortante que impresionó incluso a Lupin-. Hablarás solo cuando te lo ordene…

Kreacher guardó silencio, pero continuó moviendo los labios.

  • ¿Has hablado con alguien sobre el pergamino que te mostré? – preguntó Harry con fiereza.

  • ¡El amo duda de Kreacher! ¡El amo piensa que Kreacher lo ha traicionado! Si Kreacher pudiera… - balbuceó el elfo mirando de reojo a Harry con una expresión calculadora - ¡Pero el amo sabe que Kreacher no puede hablar! Kreacher lo ha prometido… ¡Oh triste destino…!

  • ¡CÁLLATE! – gritó Harry perdiendo la paciencia-. ¿Le has contado a Voldemort sobre el pergamino?

Kreacher se tapó los oídos al oír el nombre de Voldemort y comenzó a aullar como si le hubieran pegado.

  • El amo no debe pronunciar ese nombre… Los traidores a la sangre no deben… ¡Kreacher no ha hablado con el Señor Oscuro!

  • ¿Has revelado la existencia del pergamino a alguien que pudiera informarle? – insistió Harry.

  • ¡Kreacher querría…! ¡Oh, si Kreacher pudiera hablar! El Señor Oscuro lo recompensaría… - un brillo codicioso iluminó los ojos oscuros del elfo-. Pero Kreacher no puede… lamentablemente el amo lo obligó a que prometiera no decirlo.

Harry parecía confundido. Un elfo podía buscar la forma de traicionar a sus amos, pero Hermione le había asegurado que no podían mentirle.

  • Puedes retirarte. Y recuerda que no debes hablar de esto con nadie.

Kreacher se retiró refunfuñando, dejando a Harry y a Lupin sumidos en sus propios pensamientos.


A Harry le pareció que viajar en un taxi muggle no era muy distinto que hacerlo en el Autobus Noctámbulo. La única diferencia residía en que Ernie apartaba los objetos de su camino valiéndose de la magia, y el conductor del taxi en el que viajaba lo hacía gritando toda clase de insultos e improperios a cuanto aútomovil o persona se cruzara en su recorrido.

El taxímetro finalmente se detuvo en el número cuatro de Privet Drive. Harry pagó el viaje cuidando de hacerlo con dinero muggle y se apeó.

Tocó el timbre de la casa de sus tíos y esperó.

Aún no había decidido como iba a encarar la situación.

Durante el viaje había pensado y descartado varios planes.

Al cabo de un rato escuchó los pesados pasos de su primo Duddley acercándose hacia la puerta y…

  • ¡Sorpresa! – gritó Harry ensayando su mejor sonrisa.

Duddley realmente parecía sorprendido. Pero no era una sorpresa de las agradables.

  • Parece que has olviado tus modales Gran D. – dijo Harry en el mismo tono jovial- Hola Harry ¿cómo estás? ¿quieres pasar? .

El primo de Harry no sólo no movió su inmensa figura de la puerta de entrada sino que gritó:

  • ¡Mamá! Harry está en la puerta de calle y pretende entrar!

  • ¡¿Quién?! – se escuchó la voz de Petunia proveniente de la cocina.

Casi al instante se asomó la tía Petunia, secándose las manos con el delantal.

  • ¿Qué haces tú aquí? – le espetó de mala manera-. Esos raros que nos visitaron nos aseguraron que no tendríamos que recibirte hasta el verano.

  • ¿Es que nadie se alegra de que haya decidido venir a pasar la Navidad con ustedes?

Duddley gimió como si le hubiera dado un golpe.

Tía Petunia puso su peor cara de disgusto y expresó:

  • ¿Crees que te dejaremos entrar después de lo que nos hiciste el verano pasado?

  • Yo no les hice nada, ¿lo olvidas? Fue Bellatrix Lestrange quien los atacó. Y en todo caso era a mí a quien buscaba.

Tía Petunia apretó los labios y respondió:

  • No me importa. Tu presencia en esta casa no es bienvenida. Y agradece que Vernon se encuentre en el trabajo, sino ya te hubiera puesto de patitas en la calle.

  • No lo dejes entrar mami – gimió Duddley con tono lastimero -. Arruinará nuestra fiesta de Navidad.

Petunia abrazó a su hijo y le habló al oído utilizando el mismo tono que si fuera un bebito pequeño.

  • No lo hará, mi pequeño Pompkin Dunksin. Mamá no permitirá que ese muchacho horrible arruine la Navidad de su hijito.

Duddley le echó una mirada maliciosa a Harry mientras su madre lo besaba.

Las orejas de Harry se pusieron coloradas.

  • ¿Qué ocurre, Dudders? ¿Tienes miedo de que en lugar de Santa Claus entre un Dementor por la chimen…?

Harry se mordió la lengua para no terminar la frase, pero era demasiado tarde.

Duddley abrió los ojos espantado y Petunia llevó una mano a su boca espantada.

Eso era exactamente lo que temían.

  • ¡Fuera! – dijo Petunia señalando hacia la calle.

  • No me iré – dijo Harry.

  • Pues, puedes quedarte allí fuera en el jardín hasta que te canses – dijo Petunia mientras cerraba la puerta-. De ninguna manera te dejaré entrar.

  • Por mí está bien – dijo Harry sacando su varita-. Me entretendré haciendo un poco de magia…

Petunia se tapó lo oídos como si Harry hubiera dicho una horrible palabrota.

  • N-no n-o puedes – tartumedó con una mezcla de indignación y temor-. Te echarían de ese colegio…

  • ¿Y cómo sabes que no me han expulsado ya? – remató Harry-. ¿Por qué otro motivo querría venir a pasar la Navidad con ustedes?

Petunia se quedó callada por un momento.

  • No me importa que te hayan expulsado. No pasarás la Navidad con nosotros. Ya demasiado tenemos con recibirte durante el verano.

  • Bien. Entonces me quedaré aquí en el jardín haciendo magia. ¿No sería interesante se hiciera crecer alguno de esos enanos? –dijo Harry sacando su varita y apuntado a las estatuas de yeso que decoraban el jardín de los Dursley- Quizás hasta pueda lograr hacerlos bailar… Estoy seguro que los vecinos encontrarán el espectáculo muy interesante.

Si había algo que molestaba a Petunia casi tanto como la magia era que sus vecinos pensaran que tenían alguna relación con ella. Sus ojos expertos descubrieron algunas cortinas corridas en las casas cercamas, señal inequívoca de que estaban siguiendo con mucha atención lo que sucedía en su jardín.

  • ¿Qué es lo quieres, muchacho? Habla pronto…

Eso era lo que Harry estaba esperando.

  • Quiero saber si conoces a Cecil K. Rett y cómo encontrarlo.

  • Cecil K. Rett –dijo su tía Petunia frunciendo el ceño-, Supongamos que lo conozca, ¿qué tienes que ver con él?

  • Entonces sí lo conoces…

  • Por supuesto, era un chico que vivía al lado de nuestra casa cuando era niña y…

  • ¿Cómo puedo encontrarlo?

  • ¿Para qué lo quieres saber?

  • Eso no te incumbe – dijo Harry. Pero viendo la expersión en la cara de su tía agregó:

  • Quiero hacerle algunas preguntas sobre mi madre. No es nada relacionado con mi mundo. Lo prometo.

La tía de Harry dudó por un instante.

  • ¿Si te doy la dirección te irás y no regresarás hasta el verano?

  • Prometido - dijo Harry haciendo una señal sobre su pecho y tratando de ocultar su alegría.

  • Bien – dijo Petunia como llegando a una decisión-. Dudders, cuida que no vaya a meterse en la casa mientras mami busca la dirección.

Duddley abrió sus piernas rechonchas y apoyó sus manos sobre el marco de la puerta. Pero no lucía muy seguro de sí mismo.

Tragaba saliva con demasiada frecuencia y evitaba mirar a Harry directamente a los ojos. Si Harry hubiera querido entrar no hubiera ofrecido demasiada resistencia.

Un par de minutos después, su tía apareció con un trozo de papel en el cual habían sido anotados una dirección y un teléfono.

  • Aquí tienes –le dijo a Harry alcanzándole el papel por debajo de uno de los brazos de Duddley-. Y ahora vete.

  • Gracias – dijo Harry tomando el papel-. Nos veremos en el verano…

Y sin darle tiempo a contestar, se alejó a toda prisa de la casa de sus tíos.


Otro taxi lo depositó en la dirección que su tía había escrito en el papel.

Harry miró el cartel del nombre de la calle dos veces para constatar que esa era la dirección correcta.

La casa parecía estar abandonada. Solo esperaba que su tía no lo hubiera engañado para librarse de él.

Aunque también era posible que el señor Rett se hubiera mudado.

La reja del jardín estaba vencida y oxidada.

Las pintura de las paredes estaba descascarada y manchada por todas partes, como si alguien su hubiera entretenido en arrojar bombas fétidas contra la casa.

La ventanas estaban cerradas y las persiana bajas.

El césped estaba descuidado como si hiciera mucho tiempo que no lo cortaran.

A los Dursley no le hubiera gustado para nada aquél jardín.

Harry atravesó la reja y tocó el timbre.

Minutos después, la mirilla de la puerta se descorrió dando lugar a un par de ojos asustadizos.

  • ¿El señor Cecil Rett? – preguntó Harry.

  • ¿Qué quieres, muchacho? Burlarte de mi nombre como todos, ¿no es cierto? Te advierto que no compro nada, no me suscribo a nada, no hago donaciones, no compro galletas o bonos contribución y que por ningún motivo me obligarás a abrir esta puerta.

  • No soy un vendedor. Quisiera hablar un momento con usted. Es muy importante.

  • ¿H-hablar conmigo? ¿Qué clase de broma es esta, niño? ¿Eres Testigo de Jehová? No, no puedes ser. Ellos vienen de a dos… Además eres muy pequeño. T-tú no eres de este barrio. Conozco a t-todos los muchachos de este barrio y te aseguro que ninguno viene aquí a hablar conmigo. Solo vienen a molestar. T-te advierto que si se trata de una broma, ya he hecho la denuncia en la seccional de p-policía… Sólo tengo que llamar y el patrullero llegara aquí enseguida…

  • No quiero molestarlo. Estoy aquí porque necesito que me responda unas preguntas sobre Lily Potter.

  • ¿Lily Potter? ¿Potter? No conozco a ninguna Lily Potter. ¿Qué clase de truco es este? Si no te vas llamaré a la policía. T-tengo el teléfono justo en mi mano…

Harry parecía desconcertado, pero entonces comprendió lo sucedido.

  • Lily fue mi madre. Usted la conoció como Lily Evans, creo que eran vecinos cuando eran niños.

  • ¿Lily Evans? ¿Dices que eres el hijo Lily Evans?

  • Así es. Mi nombre es Harry.

Harry ensayó su mejor sonrisa.

La puerta se abrió apenas un centímetro. Todo el largo que permitía la cadena de seguridad.

  • ¿Tienes alguna identificación?

Harry tocó instintivamente los bolsillos de su pantalón.

  • No. Ninguna. Lo lamento.

  • ¿C-cómo sé que en verdad eres el hijo de Lily, eh?

  • En realidad lo soy. Lo juro… Mi madre era pelirroja y tenía los ojos verdes – y con una súbita inspiración agregó-. Todos afirman que mis ojos son iguales a los suyos.

El señor Rett permaneció un instante en silencio.

  • Acércate, muchacho. Pero no mucho.

Harry se acercó a la puerta cautelosamente hasta que el señor Rett lo hizo detener con un gesto. Un hombre flaco de piel muy blanca lo observaba cautelosamente a través de la rendija de la puerta.

Finalmente la puerta se cerró. Y luego de un instante que a Harry se le hizo eterno, escuchó cómo descorría el cerrojo y se abría la puerta invitándolo a entrar.

  • Entra, niño. Rápido.

Harry penetró en el hall de lacasa, mientras el señor Rett se apresuraba a cerrar y trabar la puerta nuevamente.

  • Así que eres el hijo de Lily Evans. ¿Cómo dijiste que te llamabas?

  • Harry. Harry Potter.

Por primera vez en mucho tiempo. Harry experimentó la placentera sensación de que su nombre no significara absolutamente nada para una persona.

El señor Rett lo hizo pasar al salón contiguo y sentándose en un sillón encendió la lámpara de pie que estaba junto al mismo.

  • V-ven, acercate a la luz, muchacho – pidió.

El señor Rett movió la lámpara apuntando a directamente a sus ojos.

Harry pestañeó rápidamente y cubrió la luz con la mano.

Luego de un incómodo silencio el señor Rett sentenció:

  • Jamás p-podría olvidar unos ojos como los de tu madre. Tienes razón, tus ojos son iguales a los de ella. Eso es seguro. S-siéntate si quieres. ¿C-cómo te hiciste esa cicatriz?

  • Eehh… En un accidente de auto cuando era niño – respondió Harry aplastandose el flequillo.

  • Lo lamento. ¿C-cómo está tu madre?

Harry inspiró profundamente antes de responder.

  • Murió, al igual que mi padre, en el mismo accidente en que me hice esta cicatriz – respondió Harry pensando que no tenía ningún sentido contarle al señor Rett la verdad.

  • Oohhh… ¿Lily ha muerto? ¡C-cuánto lo siento…! ¿Qué edad tenías cuando s-sucedió?

  • Un año. Fui criado por mi tía Petunia y mi tío Vernon.

El señor Rett asintió.

  • Recuerdo a Petunia, la hermana de Lily. S-siempre metiéndose en los asuntos d-de los demás. B-burlándose y d-despreciándo a todos los chicos que no le agradaban. S-se creía muy importante p-porque sus padres tenían dinero. U-una mala persona si me perdonas q-que lo diga.

  • Está bien… A mí tampoco me agrada - dijo Harry contento de que alguien coincidiera con él en la opinión que tenía de su tía.

  • Tu madre, en cambio, era una gran persona… S-sí, señor. Un buena amiga Era la única que j-jugaba conmigo sin importar lo que p-pensaran los demás. M-muy dulce… Luego tus abuelos la enviaron a estudiar a un internado y la dejé de ver… - el señor Rett suspiró y poniéndose de pie exclamó-. D-debes disculpar m-mis malos modales, Harry. N-no te he ofrecido nada para tomar –Me t-temo que no recibo visitas muy a menudo. ¿Té? ¿Gaseosa?

  • Nada, gracias — contestó Harry.

  • ¿No…? - el señor Rett parecía desilusionado-. Bien, ¿qué puedo hacer por ti, Harry?

  • Verá - dijo Harry extrayendo el diario de su madre de su mochila-. Hace poco tiempo llegó este pergamino a mis manos, y me preguntaba si usted podría ayudarme a entender qué es lo que dice. Su nombre aparece escrito en la primera línea.

Harry le alargó el pergamino al señor Rett. Este lo tomó entre sus manos temblorosas, lo examinó unos instantes y una sonrisa iluminó su rostro.

  • Sí, claro que sí… Era un clave que inventamos con Lily cuando éramos niños… Déjame recordar cómo era exactamente – dijo el señor Rett mientras acercaba el pergamino a la luz para verlo mejor-. Hace muchos años… Esta era la “V”, por supuesto y está era la “K”… Sí…

Harry tosió.

  • ¿Señor Rett?

  • Eh… Oh H-harry perdona. Me has traido m-muchos recuerdos con esto. Uno de los j-juegos favoritos que jugábamos con tu madre e-era inventar m-mensajes en c-clave. Pasamos horas c-creando un código que nadie más que nosotros pudiera leer. Así nos librábamos de la molesta de Petunia q-que siempre andaba husmeando en todo.

  • ¿Puede traducir lo que dice? – preguntó Harry tragando saliva.

  • C-creo que sí… Ha pasado mucho tiempo… No es m-muy difícil una vez que se conoce la clave… Déjame recordar… “El a-arma más terrible que p-posee Lord Voldemort es e-el Avada Kedrava…”. ¡Oh, parece ser un cuento…! ¡Recuerdo c-cuanto le gustaban a Lily! Siempre tuvo muc-cha imaginación. Le enc-cataba disfrazarse de bruja para Halloween…

  • Ehh… señor Rett, ¿podrías enseñarme a leer el código?

  • Sí, p-por supuesto. En realidad es m-muy sencillo, Harry. Ven, acércate. Todo se trata de entender qué letras reeemplazan…

El señor Rett tenía razón. A Harry no le tomó más de diez minutos comprender el código secreto. Resultaba sencillo una vez que se conocía la clave.

Mucho más le costó despedirse del señor Rett. Había insistido tanto para que Harry se quedara a almorzar, que tuvo que inventar un compromiso. Sólo lo dejó salir cuando Harry le prometió que regresaría otro día con más tiempo para continuar conversando sobre su madre.

Harry guardó el diario y el pergamino en su mochila y buscó con la mirada otro taxí que lo llevara de regreso a Grimmauld Place. Se sentía de muy buen humor Las cosas no podían haber salido mejor.

Mientras intentaba llamar la atención de un taxi, Harry advirtió que una lechuza se acercaba a él a toda velocidad.

El ave planeó hasta donde se encontraba Harry y se posó en su hombro.

Era Pig., la lechuza de Ron. Quizás fuera la imaginación de Harry pero parecía excitada.

Harry desató el pergamino atado a su pata y lo leyó.

El mensaje había sido escrito apresuradamente.

Harry:

Atacaron a Hermione y su familia.

Ven a San Mungo tan pronto com puedas.

Ron

Harry sintió como si una de las ramas más grandes del sauce boxeador lo hubiera golpeado en el estómago. Sacó su varita deseando que el Autobus Noctámbulo no fuera a tardar.