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Inuyasha: Viaje al pasado — capítulo 15
Al abrir los ojos lo primero que vio fue la pared de una cabaña de madera. Nunca se había sentido tan desorientado y era una sensación que no le gustaba en absoluto. No recordaba demasiado que había ocurrido ni donde estaba y eso era algo incomodo.
Se incorporó y se acordó que había sufrido graves heridas, pero al comprobar cómo se encontraban se dio cuenta de que no le dolían en absoluto. Se quitó la venda y con las manos palpo una espalda lisa, libre de herida alguna.
Eso era realmente asombroso, no sabía que había pasado pero él no se curaba tan deprisa, y aunque era cierto que se debía encontrar mejor, la señal de la herida debería estar allí. Se fijo en la venda que había quitado y se dio cuenta de que había una pasta en ella.
Kagome.
Y cuando se giró un poco se dio cuenta de que había un cuerpo tenido junto a él. La joven se había quedado dormida a su lado después de curarle.
Como siempre hacía, como siempre le curaba y le cuidaba cuando estaba herido.
Ese era uno de los motivos por los que la amaba.
La observó con una mirada llena de ternura mientras miraba su carita descansar tranquilamente. Los pequeños suspiros hicieron que se concentrara en el pequeño compás que daba su pecho al respirar.
Era tan hermosa
Sus cabellos revueltos de dormir en el suelo le formaban rizos y parecía un oscuro revoltijo, y a pesar de que podría decirse que eso no era atractivo, en ella era excepcional. Era muy sexy, nunca se había dado cuenta de cuánto lo era. Y tan bella que se asombraba que la confundiera con Kikyo la primera vez.
Eran muy distintas. Su forma de dormir era tranquila y descuidada, por eso su cabello era un hermoso revoltijo y sus labios entreabiertos daban profundos suspiros. Por eso los brazos los tenía por encima de la cabeza y la mitad posterior del cuerpo tirado a un lado, con las ropas totalmente descolocadas. En cambio Kikyo nunca había sido así, siempre dormía bien peinada y en una posición perfecta. Sus labios jamás se despegaban y su cabello no se despeinaba por mucho que durmiese. Era perfecta, si. Pero ahora que veía a Kagome mientras dormía, mientras la había visto tropezar y vencer demonios o las trampas de Naracu después de haberse equivocado millones de veces antes de conseguir salir viva, se daba cuenta de que esa imperfección que ella poseía la hacía perfecta.
Era curioso que aquello que todo el mundo veía en Kikyo y por la que la adoraban fuese la perfección que Kagome nunca había tenido y nunca tendría. Y más curioso aún que fuese esa imperfección precisamente lo que más le gustaba de la chica. Porque esa imperfección era lo que la hacía perfecta.
Le retiró un rizo que se pegaba a su mejilla con las garras con mucho cuidado y vio como se retorcía un poco mientras emitía un pequeño quejido. Se deleitó con el movimiento de la joven sin perder detalle. Como sus labios se habían juntado y su espalda se había arqueado para colorase de nuevo bien. Como sus piernas se habían cambiado de posición a una frontal y con estas un poco separadas.Y como ahora, una mano reposaba sobre su vientre haciendo que se moviera con el ritmo de la respiración tranquila, señal que confirmó que seguía durmiendo.
Le acarició una mejilla y se sorprendió al ver como una sonrisa aparecía en su rostro ante el contacto. Se aproximó un poco hacia ella y pudo oler su aroma, uno inconfundible, dulce y agresivo a la vez. Un olor que no tenía nada que ver con el de Kikyo. El de la sacerdotisa había sido sensual, si, el de una mujer hecha y derecha, y le había atraído mucho en su momento. Pero no había nada que comparara a esa mezcla exótica que poseía la muchacha del futuro. Dulce, agresivo. Un olor como a rosas mezclada con el aroma que trae el viento del océano. Un aroma libre, fresco y tranquilo. Hacía que se sintiera en casa, seguro. Como si todo pudiese lograrlo.
Y en cierto modo desde que la conoció fue así. No entendía porque hasta que se dio cuenta de que su olor le provocaba bienestar, seguridad y persistencia en todo lo que hacía. Por eso cuando ella no estaba volvía a ser como era antes de conocerla.
Su olor le motivaba,y su persistencia e iniciativa le daban coraje para seguir adelante.
Y no estaba bien compararlas, pensó a escasos centímetros de la joven. No estaba bien porque no era posible compararlas, simplemente eran almas iguales con diferente personalidad, lo que las convertía en personas totalmente distintas.
Y rozó sus labios con los suyos. El roce era tan suave, tan tranquilizador, que no pudo evitar besarla de verdad y profundizar el beso.
Y ella despertó. Y correspondió su beso.
Inuyasha se asustó en el primer momento, pero al notar como ella seguía besándole optó por no decir nada y disfrutar el momento.
Se separó unos pocos centímetros de ella y observó sus ojos confusos. Seguía tendida y sin moverse y cuando se percató de que era él sus ojos se ensancharon y se asustó. Aun así su mirada cambió al instante a una más tranquila. Inuyasha, pero, ya había empezado a retroceder y arrepentirse por lo que había hecho.
-Espera. -dijo en un susurro mientras con una mano le cogía de la nuca para detenerlo.
El joven se quedó mudo observándola aún a escasos centímetros de ella.
Y sin saber cómo sus labios volvieron a unirse. Pero esta vez no era Inuyasha quien había acortado las distancias. Ella le había instado a besarla de nuevo, mirándole con cara de suplica como una muda declaración.
Su beso fue tierno, dulce, y una sonrisa se formó cuando sus labios se separaron unos centímetros.
-Buenos días -dijo la joven sin aliento.
-Buenos es decir poco -murmuró en el mismo tono.
Y de golpe las imágenes del día anterior le vinieron a Kagome a la mente.
-¡Dios mío! -exclamó mientras se levantaba de golpe y se daba un fuerte golpe contra la cabeza de Inuyasha.
-¡¿Estás loca!? -exclamó el joven enfadado mientras se frotaba la sien en el lugar donde ella le había dado.
-¡Calla! ¡Tus heridas! -dijo mientras le quitaba la manta que cubría el torso de su compañero y le examinaba la espalda.
Las manos de la joven mientras la recorrían en busca de las señales de la herida le provocaron un escalofrió y sin quererlo realmente se vio obligado adarse la vuelta y pararla.
-¿Es necesario que armes tanto escándalo? -dijo sujetándola de las muñecas. - ¡Mira que eres fastidiosa! -dijo con su tono de costumbre.
Ella le miró sin demostrar ninguna emoción.
-¿Estas curado del todo? -dijo sin denotar ningún signo de enfado o alegría.
-¡Por supuesto que sí! ¿Qué te crees que soy, un débil humano? -dijo con aires de prepotencia.
-Oh, claro que no entonces ¡Siéntate! -gritó a pleno pulmón la última palabra provocando que su compañero se estampara contra el suelo.
La joven se levantó dejando al medio demonio en el suelo y abrió la puerta para comprobar que la lluvia había parado un poco pero el cielo amenazaba con volver a desatar la tormenta de un momento a otro.
-JoderKagome ¿Por qué siempre tienes que decir la "palabrita"? -murmuró en el suelo de madera.
Pero Kagome ya no le escuchaba. Se había quedado estática delante de la puerta mirando un punto concreto del exterior.
Un relámpago iluminó el oscuro lugar a causa de la gran cantidad de nubes negras que había en el cielo. Seguramente de no ser por la hora que era habría supuesto que todavía era de noche, o al menos de madrugada. Y aunque no llovía, el cielo amenazaba con volver a hacerlo.
Pero no fue por el tiempo por el que Kagome se había quedado completamente quieta en la puerta de la cabaña de madera. Fue por la joven muchacha que andaba con una manta roja hacia un lugar que creía que no volvería a pisar nunca más.
Sin ser muy consciente de lo que hacía, salió de la cabaña vestida con el jersey holgado que se había puesto el día anterior. Algo descolocado, mostraba parte del hombro izquierdo e impedía ver si llevaba la falda o no, pues le llegaba prácticamente por medio muslo. Ni siquiera se molestó en arreglar el nido en que se habían convertido sus cabellos.
Al ver su expresión ausente y su paso decidido, Inuyasha no pudo hacer más que seguirla e impedir que hiciese una locura. Como mostrarse ante la joven, o mejor dicho, niña que andaba triste hacia un lugar conocido por la joven sacerdotisa.
La niña con la mantita roja se detuvo en frente de una lápida en la que la seguían tres más. Miró hacia la que tenía delante y con un pequeño quejido se dejó caer en el suelo.
El olor a sal no se hizo esperar e Inuyasha rezó para que ese olor proviniera solamente de la niña que ahora se hallaba de rodillas a la lápida.
Kagome observaba la escena desde detrás de un fornido árbol donde Inuyasha aguardaba a su lado, esperando su reacción.
Una mujer apareció caminando cautelosa hacia la joven y situó una suave mano encima de un hombro.
-Kagome deja de lamentartepor favor -suplicó la mujer a la niña con la mantita roja.
Kagome ensanchó los ojos a pesar de que ya sabía lo que la mujer había confirmado. La niña con la mantita roja era ella, hacía siete años. Y la mujer que acababa de hablar, era sin lugar a duda, su madre.
Y la tumba
-Kagome -murmuró Inuyasha.
-Es el día -comenzó Kagome. Pero la voz de su madre la interrumpió volviendo a confirmarle lo que ya sabía.
-Cariño -dijo mientras se agachaba a la altura de la niña. -Hace un año que murió debes dejar que se vaya
La pequeña Kagome de diez años no dijo nada. Seguía con la mirada fija en la tumba sin siquiera pestañear ante las lágrimas que le caían.
Si. Ese mismo día hacía ya un año, su padre había muerto.
Y ella aún se lamentaba
Lo que no se había dado cuenta era hasta que punto seguía lamentándose
-Kagome -dijo de nuevo Inuyasha, y al mismo tiempo la mujer volvió a pronunciar su nombre.
-¿Cuándo volverás a hablar? ¿Cuándo volverás hija? -y repentinamente la mujer le dio la vuelta a su hija cogiéndola por los hombros. Al mismo tiempo, la Kagome que se hallaba detrás del árbol dio un respingo al recordar el momento.
-¡Reacciona, maldita sea! ¡Ha sido él quien ha muerto! ¡Tú sigues aquí! Tú sigues -pero las lágrimas impidieron que siguiera hablando. Y la pequeña Kagome no reaccionaba.
La joven escondida detrás del árbol se negó a seguir mirando y salió corriendo en dirección contraria. Quería escapar de todo, de todo cuanto la rodeaba. Pero sobre todo quería escapar de su pasado, de algo que creía haber olvidado, haber superado.
Inuyasha la siguió de cerca hasta lograr alcanzarla. La paró a tiempo antes de que el barro que había en el suelo lograra hacerla caer.
-¡Suéltame! -gritó intentando zafarse de su agarre. Pero él seguía manteniéndola sujeta acomodando su posición y agarrándola por los brazos para que no siguiera corriendo.
-¡Kagome para! ¡Deja de huir! -pero seguía forcejeando inconscientemente hasta que las fuerzas se le acabaron y sus piernas le fallaron. Inuyasha reaccionó al momento cogiéndola en volandas y sentándola en una roca.
Se agachó frente a ella consciente de que las lágrimas que había olido hacia apenas unos segundos ya no pertenecían solo a la Kagome del pasado. Le levantó el mentón con mucho cuidado y la miró sin saber muy bien que debía hacer en una situación como esa.
Nunca había pensado que tendría que consolar a Kagome o hacer que se diera cuenta de algo. Simplemente nunca creyó que ella pudiese guardar un pasado oscuro como el que él tenía. Y muy a su pesar, la joven lo había mantenido oculto más que él y demasiado tiempo. Ni siquiera se permitía pensar ella misma en ello. Y eso no era bueno.
-Cuéntamelo, Kagome -dijo suavemente mientras le secaba las lágrimas con la yema de los dedos.
La joven le miró con los ojos llenos de tristeza y supo que no sería sencillo. Era demasiado dolor escondido por demasiados años.
-Porque ¿Porque me han traído aquí? -murmuró con la voz quebrada.
-Empiezo a creer que todo esto tiene un motivo personal. No sé quien nos ha traído aquí, pero está claro que intenta que nos demos cuenta de algo. -ella le miró con los ojos inundados de lagrimas pero por lo visto había dejado ya de llorar. Atenta a sus palabras logró hablar sin que la voz se le quebrara.
-¿Por qué dices eso? Yo no me he dado cuenta de nada. ¿Tu si? -dijo extrañada. De qué diantres tenía que darse cuenta. ¿De que su vida era una completa farsa y fingía ser una persona mejor de la que era? Eso no era necesario que se lo dijesen, ya lo sabía.
-Sí. -dijo simplemente. Ella le miró expectante.
-De que. -dijo secamente mientras miraba hacia otro lado.
-De que eres lo más importante que tengo y me niego a perderte, Kagome.
Ella se volvió a mirarle pero no dijo nada.
-Creo que se de lo que tienes que darte cuenta. -dijo sin esperar a que ella pretendiese decir algo.
-¿A si? -dijo fingiendo desinterés.
Él la miró sin perder un solo detalle. La joven seguía sin decirle que le amaba, si realmente lo hacía, claro. Así que no iba a seguir insistiendo, cuando quisiera ya lo haría.
Además, la situación de la joven era más importante que eso.
-Tienes que enfrentarlo, Kagome -dijo suavemente. Ella se negó a mirarle.
-No sé de qué me hablas.
Él se levantó abruptamente y frunció el ceño algo enfadado. La chica no quería enfrentarse a lo que temía, pero debía hacerlo. Su reacción lo demostraba. Así que la cogió en volandas sin previo aviso y mientras ella pataleaba y gritaba que la dejase en el suelo, la llevó delante de la tumba de su padre.
La joven se quedó quieta mientras seguía llorando y gritando, negándose a mirar la tumba, negándose a encarar a su padre.
-¡Deja de odiarte! -le gritó. -Te culpas por su muerte porque crees que fue culpa tuya, pero realmente le odias por haberte abandonado, ¿verdad?
Kagome le miró con los ojos encendidos de la ira. Se levantó y empezó a golpearle mientras le insultaba y le decía que dejase de hablar de lo que no sabía. Inuyasha se mantuvo quieto soportando la tempestad. Por una vez, iba a ser él quien sirviera de bote salvavidas y la rescataría de la tormenta. Tormenta que también había dado inicio en el mundo real.
La lluvia volvió a mojar los cabellos y las ropas de ambos jóvenes, pero eso no pareció importarles en lo más mínimo.
-¡Eres un carbón! ¡No tienes ni puta idea de lo que estás hablando! ¡Así que cállate! -aunque sorprendido por su vocabulario, pues nunca pensó que su dulce Kagome pudiese soltar tantos sapos y culebras por su hermosa boca, no dejó que ella lo notara.
-¡Se perfectamente lo que estoy diciendo! Yo también pasé por ello, ¿recuerdas? ¡Mi madre murió cuando era pequeño! ¿Y te crees que no me lamente? ¡Dios! ¡Me odie millones de veces por ser como soy y por haber matado a mi madre, porque aunque no directamente creí que yo había sido el causante de su muerte! -le gritó.
-¡Tu no le hiciste nada! ¡Yo si lo hice! ¡Le empujé hacia el coche! ¡Le mate!
-¡No! ¡No lo hiciste! ¡No le mataste Kagome! ¡Como yo tampoco maté a mi madre! ¡Y toda esa ira no es hacia ti! ¡Es hacia tu padre! ¡Porque te abandonó, te dejó sola cuando más le necesitabas! -Kagome paró los golpes mientras le miraba. -No es malo que le odies -dijo más suave al ver que tenía toda su atención. -Se que le odias por abandonarte, yo también lo hice Si tienes que enfadarte enfádate con él.
-Yo -dijo conteniendo el torrente de rabia.
-Tú le querías. Querías que estuviese contigo Pero él se marcho, ¿no es cierto? Te abandonó. ¡Nunca le has odiado, siempre te has guardado ese rencor hacia ti misma cuando a quien debías dirigirlo era hacia tu padre!
Kagome le miró mientras más lágrimas se acumulaban en sus ojos y sin previo aviso se giró y se arrodilló frente a la tumba de su padre y empezó a golpearla sin fuerzas.
-¡Maldito seas! -gritó mientras más lágrimas salían de sus ojos. -¿Por qué tuviese que marcharte? ¡Porque no esperaste a que mamá se le pasara el enfado! ¡Porque me abandonaste! -gritó.
A Inuyasha se le rompía el corazón ver a Kagome de ese modo, pero sabía que debía pasar por eso sola.
Siguió llorando largo rato hasta que se calmó y se quedó dormida encima de la tumba de su padre, como si hubiese tenido una rabieta y se hubiese quedado dormida al rato en brazos de su padre. Pero no era su padre quien la había recogido del suelo completamente cubierta de barro. Y no había sido su padre quien había escuchado todo su dolor y su rabia contenida.
Se encaminó de nuevo hacia la cabaña mientras miraba a la joven dormir después de haberse pasado toda la mañana llorando a pleno pulmón. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar y sus labios, aún más rojos, estaban levemente mojados por la lluvia y algunas lágrimas.
Sonrió mientras la miraba y pensó que realmente era ese el propósito de ese viaje. Tenía que darse cuenta de cuán importante era esa muchacha para él. Y ahora lo sabía.
Casi adivinó el momento exacto en el que la oscuridad les invadió, y tuvo la sensación de que ahora que Kagome se había desahogado frente a la tumba de su padre su viaje por el pasado habría terminado.
Cerró los ojos mientras sujetaba a la joven contra su cuerpo con más firmeza y esperó. Pronto pudo ver la luz a trabes de sus párpados y se decidió por abrirlos.
Lamentablemente, lo que vio al abrir los ojos no era precisamente lo que imaginaba