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En la sala de Menesteres: Leyendo nuestro futuro — capítulo 14

—Ese fue el final del capítulo—declaró Molly sonriendo.

— ¡Nuestras hijas se hicieron amigas! —exclamó Lily encantada con la idea.

—Y la pequeña respondió unas cuantas preguntas sobre Harry…—añadió Sirius riendo, a lo que recibió el impacto de dos almohadas, junto con un par de miradas asesinas.

—Es mi turno de leer—dijo Arthur, que todavía se notaba algo cohibido por el capitulo anterior—el capitulo se llama " En Flourish y Blotts "

— ¡Irán al callejón Diagon! —murmuró James emocionado.

La vida en La Madriguera no se parecía en nada a la de Pri­vet Drive.

Eso resultaba completamente obvio para todos los presentes. Y también muy gratificante.

  Lo que los hermanos encon­traban más raro en casa de Ron era el hecho de que allí, al parecer, todos les querían.

Lily sonrió tristemente ante eso mientras acariciaba su abultado vientre, todavía le costaba creer que su hermana y la familia de esta trataran a sus hijos peor de lo que tratarían a un extraño.

Al notar que Lily se entristecía, James la abrazó tiernamente junto a él, acariciándole la mejía y dedicándole una sonrisa para infundirle ánimo.

La señora Weasley se preocupaba por el estado de sus calcetines e intentaba hacerles comer cuatro raciones en cada comida.

—Eso se oye genial—rió Sirius—Por cierto ¿A qué hora es la...?

—Ni se te ocurra preguntar por comida, Sirius—le cortó Lily antes de que el joven animago pudiera terminar la pregunta— ¡Acabas de desayunar!

Todos soltaron una risa en aquél momento, que se prolongó cuando escucharon que a Arthur le fascinaba preguntarle a los muchachos sobre los distintos artefactos muggles que existían.

—Oh, Arthur—gruñó Molly mientras negaba con la cabeza— ¡Tú y tu obsesión con las cosas muggles!

El aludido se limitó a dedicarle una tímida sonrisa a su esposa, y a continuar con la lectura.

—Han llegado cartas del colegio —dijo el señor—. Dumbledore ya sabe que están aquí, niños; a ése no se le escapa una. También han llegado cartas para ustedes dos —añadió, al ver entrar tranquilamente a Fred y George, todavía en pijama.

— ¿Cómo le hizo para adivinar que los chicos estaban allí, profesor? —preguntó Alice con curiosidad, a lo que Dumbledore respondió con una  amable sonrisa, dejando a la bruja con intriga.

Los sobres del colegio, eran los usuales que llegaban a las casas todos los años. Lo único que desconcertó ligeramente a los presentes, fue el cambio del autor de los libros de texto, que ahora era un tal Gilderoy Lockhart.

—¿Quién es Gilderoy Lockhart? —Preguntó Remus frunciendo ligeramente el ceño— Nunca he oído de él, y al parecer en el futuro es bastante conocido…

—No tengo ni idea de quién es, pero al parecer la persona que enseñará de ahora en adelante Defensa Contra las Artes Oscuras es una bruja que está encantada con él…— respondió James sin darle demasiada importancia.

Fred y George se mostraron un poco preocupados sobre los precios de los libros de Lockhart, pero Molly dijo que ya se las arreglarían, y que confiaba en que Ginny pudiera utilizar algunas de sus cosas.

— ¡Ginny comenzará Hogwarts! —Mustió Molly contenta— ¡Será una gran bruja!

— ¿Es que ya vas a empezar en Hogwarts este curso? —preguntó Harry a Ginny

Ella asintió con la cabeza, enrojeciendo hasta la raíz del pelo, que era de color rojo encendido, y metió el codo en el pla­to de la mantequilla.

Esta vez, Sirius tuvo que disimular que había sufrido un ataque de tos bastante repentino, porque no pudo evitar reírse, ante la mirada de desconfianza de dos pelirrojas.

Después escucharon que en la habitación en la que Harry, Lily y el resto de los Weasley se encontraban, se adentraba una lechuza con una carta. Todos sonrieron ampliamente cuando escucharon que era de Hermione.

En el principio de la carta, Hermione saludaba a los tres muchachos y decía que esperaba que no hubieran tenido que romper reglas para sacarlos de Privet Drive.

—Parece que sigue respetando las normas—comentó Marlene con cariño hacia la niña.

Por supuesto, estoy muy atareada con los deberes escolares …

—¿Deberes escolares? —inquirió James incrédulo, como si no supiera el significado de esas palabras.

—Sí, Cornamenta—respondió Sirius divertido— Eran aquellos que tu madre nos obligaba a hacer un día antes de volver a Hogwarts.

El comentario de Sirius arrancó las risas de casi todos en la Sala, a excepción, por supuesto,  de  Lily  y la profesora McGonagall.

Y en la parte final de la carta, Hermione les decía que quizá podrían reunirse en el callejón Diagon la próxima vez que fueran.

—Planeo comprarme una escoba cuando vayamos al callejón Diagon—le comentó Lily a Harry sonriendo— Así no tendrás que prestarme la tuya.

— ¡Magnifico! —Saltó James emocionado— ¡Así tu también podrás entrar en el equipo de Gryffindor!

—No todo en la vida es quidditch, James—le recordó Lily, que sonreía internamente ante el comportamiento infantil que su esposo adoptaba cada vez que se mencionaba la palabra " escoba ".

Continuaron escuchando como era la maravillosa estancia en casa de los Weasley, hasta el domingo siguiente. Escucharon como, ese día, todos irían al callejón Diagon y para hacerlo, utilizarían los polvos flu, ofreciéndole a Harry ir primero.

El chico  vio que todos lo miraban.

—¿Qué... qué es lo que tengo que hacer? —tartamudeó.

—El nunca ha viajado con polvos flu…—recordó James haciendo una mueca. Era algo antinatural que una persona que era hija de magos no supiera cómo utilizar ese tipo de medios de transporte.

—Seguro que no será un problema—aseguró Edgar—Son muy fáciles de utilizar…

Finalmente, escucharon como Molly les pedía a Fred y George que pasaran primero para explicarles a los niños cómo se viajaba en polvos flu, para que no tuvieran miedo de hacerlo.

—Muchas gracias por preocuparte por ellos, Molly—dijo Lily dirigiendo la vista hacia la otra pelirroja de la Sala— De verdad, no sé cómo agradecerte…

—Está bien, Lily—respondió esta—No tienes nada que agradecer.

Al final, después de recibir muchas indicaciones por parte de la señora Weasley, Harry ser animó a intentar viajar por los polvos flu.

—Ca-ca-llejón Diagon —dijo tosiendo.

—Oh no—gimió Lily— ¡Ha tartamudeado! ¡Se perderá!

—No te preocupes, Lily—la tranquilizó Alice— Seguro solo se desviará una o dos chimeneas…

—A demás ya ha estado en el callejón Diagon, solo debe esperar a que Arthur o yo lo encontremos—añadió Molly, aunque se notaba que también ella estaba algo preocupada.

Todos escucharon, y reconocieron, la sensación que Harry sintió cuando viajó a través de la chimenea.

…cayó de bruces sobre una fría piedra y las gafas se le rompieron.

—Espero que no se haya hecho daño…—dijo Lily para sí misma, preocupada.

Mareado, magullado y cubierto de hollín, se puso de pie con cuidado y se quitó las gafas rotas. Estaba completa­mente solo, pero no tenía ni idea de dónde.

—Lo siento mucho, Harry—mustió Molly acongojada— ¡Esto es mi culpa! No debí dejar que utilizaras los polvos…

—Tranquilízate, Molly, tú no tienes la culpa de nada— la contradijo James— No te preocupes, seguramente los encontrarán pronto.

Un segundo después oyó un golpe y al voltearse se encontró con su hermana gruñendo, cubierta de hollín.

—¿Cómo es posible que Lily también haya ido a parar allí? —preguntó Remus desconcertado y preocupado a la vez.

—¿Dónde estamos? —preguntó la chica mientras se sacudía la ropa.

—No tengo ni idea. ¿Cómo es que tú también llegaste aquí…?

—Fácil—respondió Lily mientras se acercaba y examinaba los lentes de Harry— Entraste a la chimenea, y tartamudeaste, así que un segundo después la señora Weasley exclamó preocupada que seguramente te habías desviado. Solo tuve que entrar y decir «Ca-ca-llejón Diagon» yo también y henos aquí. Será mejor que salgamos —añadió echándole una ojeada al lugar.

—Muy buena idea—mustió McGonagall aprobadoramente, deseando que los hermanos salieran del lugar.

Siguieron escuchando la apariencia del lugar.

—Esto no se oye bien…—murmuró Frank frunciendo los labios.

—Es probable que se hayan desviado otro lugar…—dijo Lily con preocupación.

Después de oír todo lo que había en esa tienda, para todos fue claro que aquél lugar sin duda no era parte del callejón Diagon.

Lily, Alice, Molly y Marlene gimieron ante aquella información.

Pero lo que más desconcertó a los presentes, fue que después escucharon que alguien se hacía presente en aquél lugar, y ese alguien, era Draco Malfoy.

—¿Qué hace Malfoy en un sitio como ese? —preguntó Frank con desconfianza.

—Seguramente nada bueno—respondió Edgar meneando la cabeza.

Después de que escucharon como Harry y Lily se escondían en un armario, y como Malfoy entraba con otro hombre detrás de él.

El hombre que iba detrás de él no podía ser sino su pa­dre.

—Es un inconsciente al llevar a su hijo a un sitio como ese  —murmuró McGonagall desaprobadoramente, a lo que varios asintieron de acuerdo con ella, Malfoy podía ser el niño más idiota e irritante del mundo, pero no dejaba de ser un niño.

Escucharon como aparecía un hombre detrás del mostrador.

— ¡Señor Malfoy, qué placer verle de nuevo! —Respondió el señor Borgin con una voz tan pegajosa como su cabello—. ¡Qué honor...! Y ha venido también el señor Malfoy hijo. Encantado. ¿En qué puedo servirles? Precisamente hoy pue­do enseñarles, y a un precio muy razonable...

—Ese hombre nunca me ha caído muy bien—comentó Sirius con indiferencia.

— ¿Cómo es que lo conoces? —inquirió Alice alzando las cejas.

—Pues  a veces cuando mi querida madre me obligaba a salir con mi padre él iba a hacerle " visitas de cortesía " a Borgin y Burkes. —respondió tranquilamente el joven mago.

—¿Fue con su hijo a ese lugar para comprar cosas tenebrosas? —resopló McGonagall desaprobadoramente, refiriéndose a Malfoy padre.

—No se puede esperar menos de un mortífago como él, profesora—repuso Edgar sonriendo ante la indignación de la profesora.

—Escoria—gruñó Moody con desprecio— Eso es lo que es ese Lucius Malfoy.

—Completamente de acuerdo—asintió Frank sonriéndole al auror.

—Hoy no vengo a comprar, señor Borgin, sino a vender —dijo el padre de Malfoy.

— ¿A vender? —repitió Arthur interesado—¿Qué clase de cosas sucias y deshonestas tendrá en su casa?

Escucharon como Malfoy padre comenzaba a hablar sobre los posibles problemas que tendría con el ministerio si aquello se supiera, y también oyeron cuando el señor Borgin le decía que quizá el ministerio no se atrevería a molestarle…

El padre de Malfoy frunció los labios.

—Aún no me han visitado. El apellido Malfoy todavía inspira un poco de respeto, pero el Ministerio cada vez se entromete más. Incluso corren rumores sobre una nueva Ley de defensa de los muggles... Sin duda ese rastrero Arthur Weasley, ese defensor a ultranza de los muggles, anda detrás de todo esto...

—¡Arthur no es ningún rastrero! —bufó Lily.

—Eres grande, Arthur—rió James dirigiéndose a un pelirrojo, sin hacer mucho caso a la mirada severa que su esposa le dedicaba.

—Muchas gracias, James—respondió este satisfecho— ¡Me alegra mucho causarle problemas a Malfoy!

—Pues no deberías Arthur. —Replicó Molly frunciendo el ceño— ¡Deberías de dejar de buscar problemas con gente como Malfoy!

—No lo hago, Molly—la contradijo su esposo—Me limito a hacer mi trabajo.

—En todas partes pasa lo mismo —dijo el señor Borgin, con su voz almibarada—. Cada vez tiene menos importan­cia pertenecer a una estirpe de magos.

—Esa es la mentalidad de una estirpe de idiotas—corrigió Sirius con desdén hacia lo que el señor Borgin decía.

—No para mí —repuso el señor Malfoy, resoplando de enfado.

—Lo dicho—señaló Sirius— mentalidad de un autentico idiota.

El comentario del mago logró arrancarle una sonrisa a muchos de los presentes, a excepción de Lily y de Molly, que seguían preocupadas por los chicos.

—De acuerdo —dijo el señor Malfoy en el mostrador—. ¡Vamos, Draco!

Lily suspiró aliviada. Deseando que sus hijos salieran rápido de aquel lugar.

En cuanto se cerró la puerta, el señor Borgin abandonó sus modales afectados.

—Quédese los buenos días, señorMalfoy, y si es cierto lo que cuentan, usted no me ha vendido ni la mitad de lo que tiene oculto en su mansión.

James, Frank, Sirius, Gideon, Arthur y Fabián  soltaron una carcajada ante eso, mientras las mujeres de la Sala les miraban con impaciencia.

Luego, al fin, salieron de la tienda, pero lo que encontraron afuera no fue ningún motivo de consuelo para nadie. Todas las cosas que estaban en aquél lugar eran espeluznantes.

—No puedo creer que de todos los lugares posibles hayan terminado allí—gimió Molly, y todos supieron que se refería a aquel callejón, que, aunque nadie lo había nombrado, todos sabían qué clase de lugar era.

— ¡Oh, por Merlín salgan de allí! —suplicó Molly nerviosa.

—¡HARRY! ¡LILY!  ¿Qué demonios están haciendo aquí?

— ¡Que alivio! —Suspiró Lily— ¡Alguien los encontró!

—¿Quién creen que sea? —preguntó Remus, que seguía algo preocupado.

—Esperemos que sea alguien que los saque rápido de allí—contestó Marlene.

Hagrid, el guardián de Hogwarts, se acercaba con paso decidido y sus ojos de un negro azabache destellaban sobre la hirsuta barba.

—Bueno, espero que los saques pronto de allí, Hagrid—dijo James, mientras le dedicaba una sonrisa al guardabosques.

—¡Que alivio que estés aquí!—suspiró Lily, que seguía echándole miradas nerviosas al lugar.

Hagrid cogió a los chicos  por el pescuezo y les separó de la bruja, con lo que consiguió que a ésta le cayera la bandeja definitivamente al suelo.

—La bruja estará encantada—rió James, ganándose un almohadazo por parte de su esposa, a lo que le siguió la risa de Sirius.

—Muchas gracias, Hagrid—dijo Molly sonriéndole al semigigante— ¡ No se que hubieran hecho sin ti!

—No hay de qué, Molly—repuso este, devolviéndole la sonrisa.

—¡Harry! ¡Harry! ¡Aquí! ¡Lily! ¡Oh, Lily!

Hermione Granger estaba en lo alto de las escale­ras de Gringotts.

— ¡Se han encontrado con Hermione! —mustió Alice contenta.

—¿Qué les ha pasado a tus gafas? Hola, Hagrid. ¡Cuán­to me alegro de volver a verlos! ¿Vienen a Gringotts, chicos?

Todos se alegraban mucho de volver a escuchar a la castaña.

—¡No saben cómo la he extrañado! —comentó Sirius sonriendo.

—Fue hace unas horas que la leíste por última vez, Canuto…

—Sí, lo sé Remus, pero fueron unas horas realmente largas en las que tuve que escuchar a los Dursley en lugar de a Ron y Hermione.

Despues, como si lo que ocurrió en el horrible callejón en donde Harry y Lily habían aparecido por error, se desvaneció. Arthur había aparecido, y seguramente los demás Weasley estarían detrás de él…

—Muchachos —dijo el señor Weasley jadeando—. Esperába­mos que sólo se hubieran pasado una chimenea. Molly está desesperada..., ahora viene.

—Debes de haberla pasado mal, Molly—murmuró Lily con compasión—Te agradezco mucho que te preocupes por mis hijos…

—Está bien, Lily, — respondió la aludida—  y por favor, no me agradezcas tanto, lo hago de todo corazón.

—¿Dónde han salido? —preguntó Ron.

—En el callejón Knockturn —respondió Harry con voz triste.

Lily comprendió lo aterrador que debió resultar terminar yendo a ese lugar y sintió compasión por sus pequeños hijos.

—¡Fenomenal! —exclamaron Fred y George a la vez.

—¡No es fenomenal! —regañó Molly, como si sus hijos estuvieran en frente de ella.

—Créanme—repuso Lily viendo a los gemelos—No es fenomenal.

La señora Weasley apareció en aquel momento corriendo.

—¡Ay, Harry... Ay, cielo... Podías haber salido en cual­quier parte! ¡Lily querida…Ay..! ¿Se encuentran bien...?

Despues de decirle a Molly que se encontraban bien, los presentes escucharon como Harry y Lily le aseguraban que estaban bien, y como contaban que se habían encontrado con Draco y Lucius Malfoy y que este último quería vender algunos artefactos.

—Así que está preocupado —comentó el señor Weasley con satisfacción, a pesar de todo—. ¡Cómo me gustaría coger a Lucius Malfoy!

Molly gruñó ante eso, pensando que su esposo debería de ser mas cuidadoso.

Más tarde, escucharon como los Weasley y los dos Potter se encontraban con los padres de Hermione.

Molly bufó, sabiendo la reacción que Arthur tendría ante eso.

— ¿Qué tienen ahí? ¡Ah, están cambiando dinero mug­gle! ¡Mira, Molly! —dijo, señalando emocionado el billete de diez libras esterlinas que el señor Granger tenía en la mano.

—¿Libras esterlinas? —Preguntó Sirius sonriendo— ¿Así se le dice al dinero muggle?

—Así es, Sirius—respondió Remus con paciencia— ¿Sabes? Insisto en que debiste haber tomado la asignatura de Estudios Muggles…

—¿Para qué? Si te tengo a ti, no necesito nada más…

Siguieron con el libro, parando ligeramente en el momento en el que los chicos iban al banco, y se subían en os carritos conducidos por duendes.

— ¡Adoro esos carros! —comentó James recordando las veces que el había ido a sacar dinero.

—Pues yo los detesto—replicó Hagrid, recordando la sensación que daba subirse allí y el aspecto que había tenido en el primer libro cuando llevo  a los pequeños Potter al banco.

Escucharon como, después de salir del banco, el grupo se separó, y Harry, Ron, Lily y Hermione estuvieron caminando por todo el callejón Diagon.

Lily entró en la tienda de Artículos de cali­dad para el juego de quidditch, para comprar su escoba, una Nimbus 2000 muy parecida a la de su hermano.

James pareció inmensamente satisfecho al escuchar que su hija ya poseía una escoba y dejo escapar una enorme sonrisa.

Una hora después, se encaminaban a Flourish y Blotts.

Aquello les había parecido a todos perfectamente normal, hasta que escucharon que había demasiada gente, principalmente mujeres de la misma edad de Molly.

GILDEROY LOCKHART Firmará hoy ejemplares de su autobiografía EL ENCANTADOR

— ¿El encantador? —se burló Edgar, alzando ligeramente las cejas. Ese era un nombre que mostraba algo de… vanidad, para una autobiografía.

—¡Podremos conocerle en persona! —chilló Hermio­ne—. ¡Es el que ha escrito casi todos los libros de la lista!

—Vaya, parece que a Hermione está encantada con él…—comentó Frank, todavía sin saber quién era Gilderoy Lockhart

—¡Qué bien, ya están aquí! —dijo la señora Weasley. Parecía que le faltaba el aliento, y se retocaba el cabello con las manos—. Enseguida nos tocará.

Gideon y Fabián le dedicaron miradas burlonas a su hermana, pero decidieron que ya tenían una buena charla reservada con ella cuando todo esto acabara, así que era mejor no seguir tentando la paciencia de la mujer.

Escucharon como, en la tienda donde estaban los hermanos, había un irritado fotógrafo que empujó a Ron, haciendo que este se quejara en voz alta y que Gilderoy Lockhart levantara la vista para fijarse en el, y por ende, en Harry.

—¿No será ése Harry Potter?

—Oh, genial—masculló Lily con sarcasmo. Ahora toda la multitud acosaría a su hijo. Escucharon como Lockhart se dirigía hacia Harry y lo cogía del brazo para llevarlo adelante, junto a él.

Lily intentó camuflarse entre la gente para que no la vieran, se sentía culpable con su hermano, pero agradecía que Lockhart no la hubiera divisado.

Después de que escucharon como le tomaban fotos a Harry junto a Lockhart, también pudieron notar que el hombre no dejaba que el niño

—No me agrada mucho que digamos…—comentó Alice sinceramente.

—A mi tampoco—la apoyó Marlene.

Luego, como si fuera algo de real importancia, Lockhart anunció que le regalaría a Harry la colección de sus libros, y también una noticia que volvió loca a la multitud femenina de la tienda…

¡Sí, señoras y caballeros, tengo el gran placer de anunciarles que este mes de septiembre seré el profesor de Defensa Con­tra las Artes Oscuras en el Colegio Hogwarts de Magia!

A pesar de que todos sospechaban que la multitud de personas que se encontraban en la tienda estarían encantadas de que Lockhart enseñara en Hogwarts, ninguno de los presentes mostraba mayor entusiasmo ante eso.

—Pero ¿Dónde está Lily Potter?—Preguntó Lockhart a Harry, que sin darse cuenta dirigió la mirada hacia Lily, que seguía intentando cubrir su cicatriz— ¡Pero si allí esta! ¡Ven querida! ¡Acércate!

—Esa es muy mala suerte—se compadeció Fabián, intentando no sonreír— Al parecer Lily no desea llamar la atención.

Maldiciendo profundamente cada una de las fotos que le tomaban, Lily se acercó refunfuñando al lado de Harry, y a continuación, pareció que las fotografías aumentaron y Lily también tuvo que sostener otra colección de libros de Gilderoy Lockhart.

Después de que, por fin, los muchachos se libraron de Lockhart, tuvieron la mala suerte de encontrarse con alguien más desagradable que él: Draco Malfoy. Y, como siempre, el rubio no pudo evitar hacer comentarios desdeñosos y además, molestar a Harry por "siempre ser el centro de atención"

—¡Déjale en paz, él no lo ha buscado! —replicó Ginny Era la primera vez que hablaba delante de Harry. Estaba fulminando a Malfoy con la mirada.

—Muy mal—comentó Sirius sonriendo por la actitud de la niña—No hay que hacer enfadar a una pelirroja.

—Completamente cierto—dijeron James, Gideon y Fabián al unísono, todos sonriendo al ver que Ginny defendía a Harry.

Un momento después, escucharon como Malfoy molestaba a Ginny, y a Harry, con un "¡Vaya, Potter, tienes novia!"(****— ¡Lo que le molesta es que a él, ni siquiera su madre le hace el mayor caso! —gruñó Sirius, haciendo una mueca de desprecio hacia Malfoy)  y, un momento más tarde, escucharon como aparecían Ron y Hermione, y el primero de los dos confrontaba a Malfoy.

—No me sorprende tanto como verte a ti en una tienda, Weasley —replicó Malfoy—. Supongo que tus padres pasa­rán hambre durante un mes para pagarte esos libros.

— ¿Quién se cree que es? —bramó Lily enojada. ¡No tenía ningún derecho a hablar así de la economía de los Weasley! Si ellos tenían o no dinero, no era asunto suyo en ningún aspecto.

 Ron se puso tan rojo como Ginny.

Por un momento, todos pensaron que el pelirrojo se le echaría encima a Malfoy.

—¡Ron! —dijo el señor Weasley, con Fred y George—. ¿Qué haces? Vamos afue­ra, que aquí no se puede estar.

Molly suspiró, agradecida de que Arthur apareciera. No quería que su hijo se metiera en problemas con un tonto como Malfoy, por un asunto sin importancia.

—Vaya, vaya..., ¡si es el mismísimo Arthur Weasley!

Era el padre de Draco.

—Lo que faltaba…—resopló James poniendo los ojos en blanco, teniendo el impulso de insultar a Lucius Malfoy. Él sabía que aquella serpiente rastrera no dejaría pasar ni una sola oportunidad para hacer comentarios molestos y despectivos sobre los Weasley..

—Mucho trabajo en el Ministerio, me han dicho —co­mentó el señor Malfoy—. Todas esas redadas... Supongo que al menos te pagarán las horas extras, ¿no? —Se acercó al caldero de Ginny y sacó de entre los libros nuevos de Lock­hart un ejemplar muy viejo y estropeado—. Es evidente que no —recti­ficó—. Querido amigo, ¿de qué sirve deshonrar el nombre de mago si ni siquiera te pagan bien por ello?

—Ve quien habla de deshonrar el nombre de un mago—gruñó Arthur interrumpiéndose a si mismo, mientras Molly le ponía una mano en el brazo, tratando de tranquilizarlo. No quería que las palabras de un libro afectara a su esposo.

El señor Weasley se puso aún más rojo que Ron y Ginny.

Después de haber leído unos pocos diálogos más de la discusión, todos estaban tan rojos como el libro describía a loa tres Weasley.

Entonces el caldero de Ginny saltó por los aires con un estruendo metálico; el señor Weasley se había lanzado sobre el señor Malfoy.

Todos en la Sala se quedaron estupefactos. Por lo que conocían de Arthur, nunca habrían pensado que podía perder los estribos de esa manera, después de unos segundos, James, Sirius, Gideon, Frank, Edgar y Fabián, vitorearon al pelirrojo, sonriendo encantados.

Mientras que las mujeres de la Sala soltaban un gemido de preocupación, especialmente Molly, que parecía más enfadada que otra cosa.

Fred y George gritaban: «¡Dale, papá!», y la señora Weasley exclamaba: «¡No, Arthur, no!»

— ¡Dale Arthur! ¡Dale! —gritaban Gideon y Fabián al igual que sus sobrinos, emocionados. Querían que Arthur dejara en muy mal estado la cara de idiota que tenía Malfoy.

—¡Oh, Cállense! —les espetó Molly enojada. ¡Y pensar que ella había estado preocupada porque Ron se lanzara encima de Draco, y había terminado siendo su esposo quién se había tirado encima del padre!

Al final, Hagrid consiguió separar a Arthur de Lucius, y todos escucharon como uno tenía un ojo morado y el otro un labio partido.

Malfoy todavía sujetaba en la mano el viejo. Se lo entregó a Ginny.

—Toma, niña, ten tu libro, que tu padre no tiene nada mejor que darte.

—Estúpido—dijeron Gideon, James, Sirius, Fabián y Arthur a la vez, todos deseando que a aquél idiota lo partiera un rayo.

Molly era otra que no estaba nada contenta. Estaba enojada, tanto con Malfoy, como con Arthur. No era algo sensato que este se estuviera peleando a la menor provocación.

La señora Weas­ley estaba furiosa.

Al igual que la del libro, Molly se encontraba temblando del enfado. Decidida a no interrumpir la lectura, le dedicó una mirada asesina a su esposo durante unos instantes.

Finalmente, una vez calmados los ánimos, en el libro, escucharon como todos se disponían a volver a La Madriguera, por medio de la chimenea.

Pero antes de eso, escucharon como Lily se despedía de Hermione.

—Prométeme que no harán nada inconsciente hasta que yo este para detenerlos—pidió Hermione a Lily, antes de despedirse de ella.

James, Remus y Sirius sonrieron con nostalgia al escuchar esa petición, recordando que el joven  licántropo decía aquellas palabras al finalizar cada curso de Hogwarts.

—Está bien, Hermione—rió Lily animada, pensando que probablemente no llevaría a cabo nada de lo que Hermione consideraba inconsciente cuando regresara a La Madriguera—.No haré nada inconsciente, y haré todo lo posible para que Harry y Ron tampoco lo hagan.

Las dos pelirrojas que eran madres de los muchachos, desearon con todas sus fuerzas que aquella promesa se cumpliera.

Antes de entrar a la chimenea, Harry se quitó las gafas y se las guardó en el bolsillo. Decididamente, aquél no era su medio de transporte favorito.

—Ese fue el final del capítulo—mustió Arthur, sonriendo ligeramente. A pesar de todo, para él había resultado un capítulo divertido.

—Muy bien, el siguiente capítulo se llama " El sauce boxeador " —leyó Alice, tomando el libro que Arthur le había tendido.

James, Sirius y Remus intercambiaron una mirada cómplice, sonriendo ante el recuerdo de sus años estudiantiles.

Pero a diferencia de ellos, Lily no parecía tan contenta.

El final del verano llegó más rápido de lo que los hermanos habrían querido. Estaban deseando volver a Hogwarts, pero por otro lado, el mes que habían pasado en La Madriguera había sido el más feliz de la vida de ambos.

Lily sintió como una pequeña lagrima se escapaba de sus ojos mientras acariciaba su vientre. Estaba experimentando sentimientos encontrados, por un lado le entristecía el hecho de que el mes más feliz de la vida de sus hijos transcurriera sin que ella estuviera presente, pero por otro lado, el saber que ellos estaban felices en ese momento, era increíblemente consolador.

La última noche, la señora Weasley hizo aparecer, una cena suntuosa que incluía todos los manjares favoritos de los chicos y que terminó con un sucu­lento pudín de melaza.

—Oigan, eso de un pudín de melaza se oye delicioso. ¿Creen que podríamos…?

—Oh, por todos los cielos, Sirius, ¡Deja de pensar en comida!

—Lo siento, pelirroja.

Continuaron escuchando como los muchachos, tanto Weasley como Potter disfrutaban de una cena muy divertida, y como se divertían observando las bengalas de colores que Fred y George habían hecho volar por toda la casa.

—La mejor forma de despedirse de las vacaciones—aprobó Gideon.

—Tú lo has dicho, hermano—corroboró Fabián.

También oyeron como, al día siguiente, se preparaban para viajar en el coche encantado del señor Weasley, al que este le había hecho un hechizo para que todos pudieran viajar en él.

—No le digas a Molly ni media palabra —susurró a Harry al abrir el maletero y enseñarle cómo lo había ensan­chado mágicamente para que pudieran caber los baúles con toda facilidad.

Muchos en la Sala se encontraban divididos entre la diversión y la compasión por Arthur, que se había puesto pálido al ver la cara que ponía su esposa, pero no pudieron evitar sonreír en el momento en el que Molly, la del libro, dio su opinión sobre el nada natural y amplio coche.

—Los mugglessaben más de lo que parece, ¿verdad?

—O los esposos mienten más de lo que parece ¿vedad? —se corrigió Molly, dedicándole una mirada severa a su esposo.

Gideon y Fabián fruncían los labios para no reírse ante la mueca que tenía su hermana en el rostro.

Pero, unos momentos después, algunos de los presentes, (principalmente Lily y Molly), se mostraron algo preocupadas, ya que no había manera de que los Weasley, Harry y Lily llegaran a la estación de tren. Por una u otra razón, (como pertenencias olvidadas de Fred o Ginny), tuvieron que regresar más de una vez a la casa.

—¿Llegaremos alguna vez? —preguntó Molly exasperada, al darse cuenta de que al parecer ya llevaban mucho tiempo de retraso.

Llegaron a Kings Cross a las once menos cuarto.

—¡Será mejor que se apresuren! —comentó Marlene.

Al momento siguiente, escucharon como todos los Weasley cruzaban el andén, dejando de último a los hermanos Potter y a Ron.

—Vamos juntos, sólo nos queda un minuto —dijo Ron a Harry a los chicos.

—¡Rápido, niños! —les apremió Lily, deseando que corrieran hacia el tren de una vez por todas.

—No cabemos los tres, Ron—replicó Lily— ¡Vamos! Ustedes primero.

La muchacha esperó a que su hermano y su amigo cruzaran, y vio, con tranquilidad como se apresuraban corriendo hacia la dura pared del andén, estaban corriendo y…

¡PATAPUM!

—¿Qué? —preguntó Lily a Alice, deseando que le explicara por qué había escuchado  eso. Pero ninguna de las dos comprendía.

—Así dice el libro—explicó la embarazada pelinegra, algo sorprendida.

 Los dos carritos chocaron contra la barrera y rebotaron.

— ¿Qué ha pasado? —preguntó Moody sin comprender lo que sucedía.

—Al parecer no han podido pasar la barrera…—respondió Remus estupefacto.

— ¡Pero eso es imposible! —Murmuró Sirius, y luego se dirigió al director—Es imposible ¿no?

—La verdad es que es perfectamente posible, Sirius, pero la única explicación que encuentro es que alguien ha embrujado la barrera—.Respondió el profesor.

— ¿Quién querría hacer algo así? —inquirió McGonagall frunciendo el ceño.

—¿Malfoy? —sugirió James, aunque poco convencido.

—No lo creo—negó Frank— Es demasiado cobarde como para arriesgarse a que lo atrapen…

Lily estaba estupefacta, todavía sosteniendo su carrito, sin saber qué hacer.

Después de que Harry y Ron le explicaran a los guardias que habían perdido el control de los carritos, y de que se movieran un poco de entre la multitud, los muchachos no sabían qué podían hacer. Faltaba muy poco tiempo para que el tren partiera, y eso era algo que todos en la sala sabían.

Tres segundos..., dos segundos..., un segundo...

—Han perdido el tren—mustió Molly enojada—Quienquiera que lo haya hecho, debió tener unas intenciones horribles.

—Ha partido —dijo Ron, atónito—. El tren ya ha parti­do. ¿Qué pasará si mis padres no pueden volver a recoger­nos? ¿Tienen algo de dinero muggle?

Algunos rieron de lo irónica que resultaba esa pregunta. Fuera del dinero que Harry y Lily tenían en el banco de los magos, (el cual, por cierto, era mucho), los niños no tenían ni un solo centavo muggle.

—¡Harry! —dijo Ron, con los ojos refulgentes—. ¡El coche!

— ¿Qué pasa con el coche? —preguntaron Gideon y Fabián a la vez, preocupados. Le habían tomado mucho cariño a aquél aparato.

—¿Qué pasa con él?

—¡Podemos llegar a Hogwarts volando!

Todos en la Sala guardaron silencio durante un segundo, antes de asimilar lo que Ron había dicho.

—¡Ni se les ocurra! —bramó Lily rompiendo el silencio.

—¡Ni siquiera lo piensen! —la apoyó Molly fervientemente.

—No pueden estar pensando en eso…—murmuró McGonagall mientras asentía con la cabeza ente las palabras de las pelirrojas.

Pero al parecer, ellas eran las únicas en contra de la idea, ya que todos los demás parecían emocionados con la idea. Los únicos que se mantenían impasibles eran Moody y el profesor Dumbledore, aunque este último sonreía ligeramente.

El pánico que sentía Harry se convirtió de repente en emoción.

—¡No, no ,no y no! —gritó Lily, observando con furia la como la cara de su esposo se iluminaba.

—¡Prohíbo que lo hagan! —estalló Molly, tentada a lanzarle una almohada a Arthur para hacerlo entrar en razón.

— ¡Genial! —susurró Sirius, asegurándose que ni Lily ni Molly ni la profesora McGonagall podían escucharlo.

— ¡Esperen! —Exclamó Lily antes de que alguno de los dos dijera algo más— No podemos usar el coche.

— ¿Qué? —preguntaron los hombres de la Sala, principalmente los que se habían mostrado entusiasmados ante la idea de que los chicos llegaran a Hogwarts volando.

— ¿Qué?—preguntaron Harry y Ron observando a la chica detenidamente.

—Que no podemos usar el coche—repitió Lily, pensando, a pesar de que la idea no le disgustaba nada en lo absoluto, en la promesa que le había hecho a Hermione y en que tomar el coche definitivamente entraba en la categoría de cosas inconscientes —Debemos quedarnos aquí  y esperar a que alguien venga por nosotros, no podemos tomar el coche, estaría muy mal que lo hiciéramos—la chica no pudo evitar soltar un bufido casi inaudible ante sus palabras, pensando que Hermione estaría orgullosa.

James y Sirius pusieron los ojos en blanco, pero Molly, Lily y McGonagall sonreían aprobadoramente ante la actitud de la niña.

Harry y Ron miraron estupefactos a Lily, pensando que esa actitud era más parecida a la de Hermione que a la de ella misma.

—Lily, estamos en un apuro…—comenzó Ron, pero fue interrumpido antes de poder terminar la oración.

—Se que estamos en un aprieto, Ron—repuso la chica con fastidio—Pero lo único que podemos hacer es esperar.

—Oh, vamos, Lily—murmuró Harry— ¡Tenemos que llegar a Hogwarts!

—He dicho que no—negó la chica dedicándole a su hermano una mirada que daba a entender que estaba comenzando a enfadarse.

—No seas aguafiestas, pequeña—resopló Sirius con impaciencia.

—No está siendo aguafiestas—replicó Lily dirigiéndole una mirada envenenada al pelinegro de ojos grises— ¡Está siendo sensata!

Entonces a Harry se le ocurrió algo. Por más que Lily se negara a ir, si ella veía que Ron y él planeaban irse sin ella, su hermana no les permitiría hacerlo solos.

—Como quieras—murmuró Harry, dirigiéndose a su hermana, que se había cruzado de brazos—Iremos Ron y yo solos, si quieres puedes quedarte.

—¡Harry James Potter! —bramó Lily furiosa con su hijo, pensando que la parte "Potter" del muchacho estaba saliendo a la luz.

Como Harry había esperado, la reacción de su hermana fue favorable para sus propósitos, así que indicándole a Ron que lo siguiera, ambos comenzaron a caminar hacia donde habían dejado el coche.

— ¡James! ¡Vuelve aquí en este instante! —gritó Lily furiosa, acentuando el segundo nombre de su hermano, el cual solía emplear cuando estaba realmente enojada con el— ¿A dónde demonios creen que van? ¡Basta!

—¡Ronald Weasley!****—Mustió Molly, que parecía a punto de querer golpear a alguien—¡Vuelve y espéranos! ¡No pueden pretender irse ustedes solos en el coche!

Escucharon como Harry y Ron pasaban entre toda la gente, hacia el viejo Ford Anglia.

Lily iba farfullando detrás, diciendo frases como «están locos» o «no sean idiotas». Ron abrió el gran maletero con unos golpes de varita mágica. Metieron dentro los baúles, (el de Lily fue prácticamente  arrancado de sus manos a la fuerza) dejaron a Hedwigen el asiento de atrás y se voltearon a ver a la chica, que los miraba furiosa.

Sirius sonrió al imaginarse a la pequeña enojada, su imaginación de brindo una imagen de una Lily en miniatura, con el cabello negro azabache, y sintió un gran cariñó hacia ella.

James sonreía ampliamente, pensando en que aquella sería una gran manera de entrar en el castillo.

Remus por otro lado, se encontraba orgulloso de su ahijada, aunque sospechaba que ella tenía las mismas ganas de los chicos de ir en el coche, se dio cuenta que intentaba hacer lo correcto.

—¿Vienes? —le preguntó Harry a su hermana, componiendo una sonrisa.

—¿Tengo opción? —replicó ella fulminándolo con la mirada—No voy a dejar que se vayan solos, ¿Creen que podré soportar quedarme aquí sola, sin saber si se rompieron el cuello por que el coche tuvo una falla o algo así?

—Eres muy pesimista, Lily—le dijo Ron—Relájate.

—Y ustedes son un par de insensatos—repuso ella poniendo los ojos en blanco, y subiéndose al coche. Lily no planeaba hablarles en todo el camino.

McGonagall, Lily y Molly estaban horrorizadas y enojadas, así que nadie en la Sala se atrevió a exponer su punto de vista sobre lo que los muchachos se disponían a hacer. Ni siquiera Sirius o James, aunque los dos estaban fascinados ante la perspectiva de llegar a Hogwarts volando.

 Lily escuchó como Harry y Ron revisaban que nadie los viera, para luego accionar algo que tenía que ver con invisibilidad.

Bueno, al menos harían algo seguro, pensó Arthur, creyendo que si eran invisibles, no habían muchas posibilidades de que los descubrieran.

—¡En marcha! —dijo la voz de Ron.

Todos escucharon como el auto se elevaba en el aire y emprendía camino.

Entonces se oyó un ligero estallido y reaparecieron el coche, Ron, Lily y Harry.

—¡Vaya! —dijo Ron, pulsando el botón del accionador de invisibilidad—. Se ha estropeado.

—¡No me digas! —Estalló Molly, temblando de la furia— ¡Ahora los verán muchos muggles y tendremos problemas, Ronald!

—¡No puedo creer que lo hicieran—añadió Lily, mil veces más molesta que hace cinco minutos— Cuando te mire, Harry, estarás castigado hasta que cumplas diecisiete…

 El coche desapare­ció, pero luego empezó a aparecer y desaparecer de forma intermitente.

Muchos se mostraron preocupados ante lo que ocurría, temiendo que algún muggle los viera…pero todos tenían confianza en que el viaje a Hogwarts saldría bien.

Después de escuchar, (con mucho alivio), como conseguían divisar el tren y seguirlo, todo se volvió más relajado. Lo único que inquietaba a los muchachos de libro, era el por qué no habían podido pasar por el andén.

—Yo me pregunto lo mismo—comentó Frank— ¿Quién impediría que pasaran?

—Tengo la sensación de que nos enteraremos más tarde—afirmó Marlene con seguridad.

—Espero que así sea—repuso Remus con un toque de preocupación en la voz.

Ron apretó el acelerador y volvieron a ascender, pero al hacerlo, el motor empezó a chirriar.

Muchos en la Sala comenzaron a sentir nervios ¿Aguantaría el coche hasta llegar a Hogwarts?

Lily sintió como la invadía la preocupación mientras miraba por la ventana. Deseaba llegar a Hogwarts lo antes posible.

Lily también deseaba que los tres niños llegaran a Hogwarts lo antes posible. Le preocupaba mucho que el coche pudiera llegar a fallar… eso sería algo desastroso.

—Seguramente es porque está cansado —dijo Ron—, nunca había hecho un viaje tan largo...

—¿Por qué habla del coche como si este sintiera? —inquirió Sirius, sonriendo ligeramente.

Lily recostó la cabeza en el vidrio de la ventana, preguntándose cuanto tiempo faltaría.

—Ya queda poco —dijo Ron, dirigiéndose más al coche que a los hermanos—, ya queda muy poco.

Lily y Molly suspiraron. ¿Estaría Ron en lo cierto, y faltaría muy poco para que pudieran llegar? A las dos les asustaba que los tres niños estuvieran en aquél coche, volando en el aire.

Oyeron como volvían a encontrar el tren, y como lo seguían. Pero también, (para preocupación de Lily y de Molly), escucharon como el coche dejaba escapar chillidos y chorros de vapor.

—Espero, de verdad, que aguante un poco más…—murmuró Edgar en voz baja.

El coche osciló de manera preocupante. Se tambaleaba. Lily les dirigió, por primera vez en todo el viaje, una mirada nerviosa a sus dos acompañantes.

—No puede ocurrir nada malo—dijo Lily, tratando de convencerse a si misma—No puede pasar nada malo…

Sobrevolaban el lago. El castillo estaba justo delante de ellos.

Ya estaban cerca. Todos se relajaron un poco por un segundo, pero esa sensación de bienestar desapareció tan pronto como había llegado.

Oyeron un estruendo metálico, seguido de un chisporro­teo, y el motor se paró completamente.

Las mujeres de la Sala contuvieron la respiración, y Lily se aferraba a la mano de su esposo con tanta fuerza, que le hacía daño inconscientemente.

Escucharon como el coche, y los tres muchachos, caían rápidamente hacia el suelo.

—¡Ay Merlín! —gimió Molly asustada.

Ron soltó el volante y se sacó del bolsillo de atrás la va­rita mágica.

—¡¿De qué va a servirte la varita, Ron?¡ —gritó Molly enojada— ¡Van a estrellarse!

—¡ALTO! ¡ALTO! —gritó, dando unos golpes en el salpi­cadero y el parabrisas, pero todavía estaban cayendo en pica­do, y el suelo se precipitaba contra ellos...

—¡Vamos! ¡Alto! —gritó McGonagall aterrorizada. ¿Cómo era posible que esos muchachos se vieran metidos en tantos problemas y riesgos de forma tan rápida?

—¡CUIDADO CON EL ÁRBOL! —gritó Harry, pero era demasiado tarde.

—¿Qué quiere decir con que era demasiado tarde? —preguntó Frank preocupado.

¡¡PAF!!

Ante el sonido leído por Alice, Molly y Lily se cubrieron la cara con las manos y suplicaron al cielo porque sus hijos se encontraran bien.

Todos en la Sala mostraron preocupación por los muchachos, deseando que Alice leyera pronto que había sucedido.

Oyeron como habían chocado ruidosamente con un árbol, y, aparentemente no habían sufrido mayores daños, pero esto únicamente con los muchachos…

—¡Mi varita mágica! —dijo Ron con voz temblorosa—. ¡Mira mi varita!

Se había partido prácticamente en dos pedazos.

—¡Agradece que fue la varita y no tu cuello! —le espetó Molly suspirando aliviada por un segundo, y enfureciéndose de manera casi instantánea.

Todos habían comenzado a pensar que el peligro había pasado, pero eso fue hasta que Alice leyó que algo estaba golpeando al coche de manera realmente fuerte.

—¿Qué está pasando? —preguntó Lily, volviendo a adoptar una postura nerviosa.

—El título del capítulo…—respondió Remus con horror, y no era el único, ya que todos los demás habían asimilado en dónde  habían chocado los chicos.

El árbol contra el que habían cho­cado les atacaba…

Ya todos habían comprendido qué tenía que ver el Sauce Boxeador con aquél capítulo. Y eso resultaba realmente preocupante. Escucharon como Harry, Lily y Ron gritaban y exclamaban cosas, los tres intentando liberarse.

—¡Estamos perdidos! —gimió, viendo combarse el techo.

—¡No digas eso, Ron! —mustió Molly aterrorizada.

— ¡Cállate! —Gritó Lily asustada, pegada contra la puerta— ¡No digas eso!

De repente el suelo del coche comenzó a vibrar: el motor se ponía de nuevo en funcionamiento.

Eso suponía una pequeña esperanza para los presentes, y esta aumentó aún más cuando el coche salió disparado hacia atrás, tratando de alejarse del árbol.

—Por poco —dijo Ron jadeando—. ¡Así se hace, coche!

—Tú puedes, coche ¡Tu puedes! —gritó Sirius, olvidando que hacía unos momentos se había reído de que Ron se refiriera al coche como si este fuera un ser vivo.

Al final, el coche consiguió salir de allí, pero había quedado sin fuerzas.

De una manera que ninguno de los presentes comprendió, el auto expulsó a los tres muchachos, y a sus respectivos equipajes. Estaban sanos y salvos en el césped.

Muchos suspiraron aliviados ante eso.

Y luego, aún sin que nadie en la sala comprendiera cómo, el coche salió disparado hacia el Bosque Prohibido.

—¡Vuelve! —le gritó Ron, blandiendo la varita rota—. ¡Mi padre me matará!

—Puedes estar seguro de que si él no lo hace, tu madre estará encantada de hacerlo—replicó Fabián, volviendo a adoptar una sonrisa en el rostro.

—Vamos —dijo Harry, cansado—. Lo mejor que pode­mos hacer es ir al colegio.

Lily agradeció al cielo que Harry comenzara a pensar en cosas sensatas, finalmente.

—Nunca… —dijo Lily respirando entrecortadamente, fulminando a los dos chicos con la mirada— Nunca… volveré a subirme un coche…si no lo maneja alguien por lo menos diez años mayor que yo…

—Muy sabia decisión—afirmó Marlene, sonriendo un poco.

Unos momentos después, escucharon como Harry, Lily y Ron se asomaban para intentar ver la selección de los de primer año, y observaban así todo el Gran Comedor.

—Esperen... —dijo Harry—. Hay una silla vacía en la mesa de los profesores. ¿Dónde está Snape?

Severus Snape era el profesor que menos le gustaba a Harry.

James y Sirius se mostraron satisfechos ante eso. Los sucesos del año anterior de los chicos no habían cambiado en lo más mínimo las opiniones que los dos merodeadores tenían sobre Snape.

Pero a diferencia de Harry, Lily le tenía estima al profesor de pociones, por lo que se mostró preocupada al no encontrarlo en la mesa.

Y al escuchar eso, los dos animagos  pasaron de la satisfacción al fastidio, a diferencia de Lily, que sonrió pensando en la amistad que había entre su hija y su amigo de la infancia.

—¡A lo mejor está enfermo! —dijo Ron, esperanzado.

—No creo que tengas tanta suerte…—replicó Sirius, haciendo caso omiso de la mirada severa de una embarazada pelirroja.

—¡No digas eso Ron!—exclamó Lily, enfadándose aun mas con el pelirrojo.

Sirius y James fingieron no haber escuchado eso, pero, no pudieron evitar sentirse enfadados. Por lo visto, Lily conservaba aún aquella insensata idea de que ella y  Snape podían ser amigos.

— ¡Quizá se haya ido —dijo Harry, ignorando a su hermana—, porque tampoco esta vez ha conseguido el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras!

—Ese no será el caso—contradijo James, algo irritado. Estaba completamente seguro de que Snape no se había ido, para su desgracia.

—¡Tu también cállate!—le espetó Lily, cada vez más preocupada.

Los dos merodeadores más revoltosos que había tenido Hogwarts, no se mostraron nada contentos ante los reclamos de Lily.

—O quizá lo han echado —dijo Ron, también sin ponerle atención a la pelinegra que tenía a un lado—. Como todo el mundo lo odia...

—O tal vez —dijo una voz glacial detrás de ellos— quie­ra averiguar por qué no habían llegado ustedes tres en el tren escolar.

—Oh, maldición—gruñó James. Sabía quién había hablado detrás de Ron, y sabía que no había forma de que el encontrarse con ese hombre les hiciera ningún bien a sus hijos, o a Ron.

—Ahora sí que están en problemas—mustió Sirius negando con la cabeza.

Más tarde, escucharon como Snape llevaba a los tres muchachos a su oficina.

—Así que —dijo con voz melosa— el tren no es un me­dio de transporte digno para el famoso Harry Potter y su fiel compañero Weasley. Querían hacer una llegada a lo grande, ¿eh, muchachos? Y trajeron con ustedes a la señorita Potter también...

—Oh, cállate—gruñó James como si Snape pudiera oírlo. Claro, pensó, seguramente Quejicus estaba disfrutando de tener una oportunidad para fastidiar a Harry.

Luego, como para empeorar las cosas, oyeron como Snape leía un artículo del diario El profeta. En él, oyeron como el artículo se señalaba que el señor Weasley podría tener problemas.

Muchos dirigieron la mirada  a Arthur, que parecía preocupado, más no enfadado con los chicos. Todos sintieron preocupación por los problemas que podría implicarle lo que los muchachos habían hecho.

Lily le dedicó una mirada de disculpa, en especial. Se sentía muy mal con él.

Lily sintió como la culpa la invadía. Ella debió haber impedido que realizaran el viaje…Debió haber intentado con más excusas hasta que los padres de Ron volvieran…

Molly no responsabilizaba a Lily en lo absoluto, pero tampoco responsabilizaba ni a Harry… ni a Ron. Después de todo eran niños, y debieron estar muy nerviosos en aquellos momentos.

—He percibido, en mi examen del parque, que un ejem­plar muy valioso de sauce boxeador parece haber sufrido daños considerables —prosiguió Snape.

— ¡Como si a ti te importara lo que le suceda al árbol! —Estalló Sirius indignado— ¡No te interesa en lo más mínimo!

Ron trató de explicar que el árbol les había lastimado más a ellos, pero Snape no le dejó hablar.

—¡Silencio! —Snape, observaba únicamente a Ron y a Harry—. Por des­gracia, ustedes no pertenecen a mi casa, y la decisión de expulsarlos no me corresponde a mí. Voy a buscar a las perso­nas a quienes compete esa grata decisión. Esperen aquí. En cuanto a usted, señorita Potter, puede irse. —añadió Snape dirigiéndose hacia la chica, que lo miro confundida.

Lily también se sintió muy confundida por las palabras y la actitud de Severus. Finalmente, llegó a la conclusión de que la buena relación que él tenía con su hija interfería para que el profesor de pociones quisiera ayudar a Lily.

— ¿A qué se refiere? —preguntó Lily, recordando que no podía tutear al profesor si había alguien más presente.

—La conozco lo suficiente para afirmar que usted no estuvo de acuerdo con realizar le exposición del coche, a diferencia de Potter y Weasley.

Ron y Harry se sintieron tremendamente culpables con Lily por haberla metido en aquel lío, y se sintieron peor cuando ella se negó a marcharse.

—Eso no es cierto, señor—mintió la muchacha—Yo estuve de acuerdo con la idea de venir en coche…si nos dejara explicarle…

—Lo siento, Potter, pero me temo que como dije, iré a buscar a los que tomarán la estupenda decisión de expulsar a su hermano y al joven Weasley—murmuró Snape observando a la chica—Como ya le dije, puede irse si lo desea.

—¿Van a expulsarlos? —preguntó Molly sin poder contenerse.

—No lo creo, pero si recibirán un castigo—respondió la profesora McGonagall, imaginando su futuro actuar.

—No van a expulsarlos—aseguró Remus convencido.

—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Frank con curiosidad.

—Tenemos siete libros por delante—le recordó el joven licántropo—Y de verdad, me parecería extraño si los siguientes libros se contaran desde la perspectiva de vida en Privet Drive…

—Tienes razón—le apoyó Lily, esperanzada, y soltando un suspiro.

Lily se sentía preocupada por la suerte de su hermano, de su amigo y por la suya propia, ya que no pensaba echarse para tras en la versión de la historia en la que ella estaba de acuerdo en el viaje.

Escucharon como, después de un tiempo, McGonagall y Snape llegaban a la oficina de este último.

Habían visto en varias ocasiones a la profesora McGonagall enfadada, pero nunca la habían visto tan enojada.

—Creo que es lo primero—comentó Sirius en voz baja, a Remus, que ponía los ojos en blanco mientras sonreía ligeramente—La profesora se enfadaba más en nuestros tiempos.

Después de enfrentarse con el enojo silencioso de la profesora McGonagall, nadie pudo evitar sentirse un poco tonto cuando la mujer preguntó por qué los tres niños no habían utilizado una lechuza.

Lily sintió el impulso de golpear a su hermano cuando contestó a la profesora:

—No-no lo pensé...

Lily gruñó ligeramente. Eso resultaba completamente obvio.  Un momento después, escucharon como llamaban a la puerta, y la persona que entraba era Dumbledore. Escucharon, con algo de compasión, lo triste que se sintieron los muchachos al escuchar de la aparente decepción del profesor.

…habrían preferido es­tar con Ron recibiendo los golpes del sauce boxeador.

Muchos sonrieron ligeramente, pensando que comprendían como se sentían los muchachos.

El profesor Dumbledore también sonrió tenuemente ante el hecho de que, al parecer, los muchachos le tenían estima.

Lily sintió una horrible sensación en el estomago, y lo único que pudo hacer, fue agarrar inconscientemente el collar que llevaba puesto desde que alguien se lo había dado de regalo de navidad.

Harry se lo contó  todo a Dumbledore, salvo lo de que el señor Weasley era el propietario del coche encantado.

Arthur casi sonrió al escuchar eso, sintiendo un especial afecto ante los muchachos. Se sentía agradecido de que trataran de protegerlo.

 —Quiero dejar claro que lo que hicieron es muy grave. —dijo Dumbledore—.  Esta noche escribiré a sus familias. He de advertirles también que si vuelven a hacer algo parecido, no tendré más remedio que expulsarlos.

—Vas a matar a Ron, hermanita—comentó Fabián tranquilamente.

—Y se lo tiene bien merecido—repuso Molly, que ya estaba más tranquila.

— Yo también mataría a Harry si no estuviera muerta —pensó Lily con cierta tristeza, sin decir nada y limitándose a escuchar la lectura.

Al salir del despacho, Snape dirigió a Ron y Harry una mirada envenenada.

James y Sirius fruncieron el entrecejo. ¿Acaso Snape no podía dejar de ser tan desagradable?

 Se quedaron con la profesora McGona­gall.

En el momento en el que Ron preguntó si podía ver la Selección de su hermana, Molly no pudo evitar sonreír con ternura.

—La Ceremonia de Selección ya ha concluido —dijo la profesora McGonagall—. Tu hermana está también en Gryf­findor.

—¡Genial! —comentó Arthur sonriendo alegremente, y notando como se enternecía la expresión en el rostro de su esposa.

—Y hablando de Gryffindor... —empezó a decir severa­mente la profesora McGonagall.

Algunos sintieron temor en el momento en el que pensaron cuántos puntos podrían perder los muchachos…

Pero Harry la interrumpió.

—Profesora, cuando nosotros cogimos el coche, el curso aún no había comenzado, así que, en realidad, a Gryffindor no habría que quitarle puntos, ¿no?

—¡Muy bien, Harry! —Rió Sirius con orgullo— ¡Has aprendido como manejar a Minnie!

—Haga el favor de callarse, Black—bramó la profesora McGonagall dedicándole una mirada severa— ¡Y creí que le había ordenado que no me llamara Minnie!

Pero el orgullo que Sirius sentía no era nada comparado con el de James, que sonreía como si le pagaran muy bien por hacerlo.

McGonagall también sonrió un poco, para sus adentros.

—No quitaremos puntos a Gryffindor —dijo ella, y Ha­rry se sintió muy aliviado—. Pero ustedes tres serán casti­gados.

—Era de esperarse—murmuraron Gideon y Fabián al unísono.

Después de que la profesora McGonagall les anunciara que comerían en aquél lugar, Ron suspiró de manera muy audible.

—Creí que no nos salvábamos —dijo, cogiendo un em­paredado.

—Y yo también —contestó Harry, haciendo lo mismo.

—Son unos idiotas—comentó Lily mientras tomaba un sorbo de zumo de calabaza—Esto nos deja una lección: Hay que hacerle caso a Lily, ella sabe lo que dice.

Casi todos rieron por lo que Alice leyó, especialmente los tres merodeadores de la habitación, que sentían un cariño enorme hacia la niña.

—Lo siento, Lily—se disculpó Harry—Tienes razón, debimos hacerte caso…

—Perdónanos—añadió Ron, dedicándole una tímida mirada a la chica.

—Está bien—respondió ella, y luego dijo más para si misma, que para los otros dos: —Solo espero por su bien, y el mío, que Hermione no se entere de esto…

Los dos chicos le dedicaron una sonrisa, y después de  unos minutos, siguieron comiendo.

Después de escuchar como los muchachos hablaban por un rato más, y de oír como se dirigían a la sala común de Gryffindor, todos sonrieron al escuchar que Hermione se aproximaba corriendo hacia ellos.

—¡Están aquí! ¿Dónde se habían  metido? Corren los rumores más absurdos... Alguien decía que los habían expul­sado por haber tenido un accidente con un coche volador.

—Al menos tienes la seguridad de que no los expulsaron…—rió Sirius, animado. Estaba pensando en lo que diría Hermione cuando se enterara de toda la historia…

—Bueno, no nos han expulsado —le garantizó Harry, mientras Lily se cubría la cara con las manos.

—¿Quieres decir que vinieron hasta aquí volando? —preguntó Hermione, en un tono de voz casi tan duro como el de la profesora McGonagall.

—A veces Hermione me asusta…—confesó Sirius, intentando no reír ante la cara que la castaña debería de tener en aquel momento, aunque después todos comprobaron que la niña no pudo darles la reprimenda que hubiera querido, ya que Ron la interrumpió y le pidió que le diera la contraseña.

—Es «somormujo» —dijo Hermione deprisa—, pero ésa no es la cuestión…

Todos sonrieron un poco, cuando, de nuevo, el que parecía ser un largo discurso de Hermione se vio interrumpido por el recibimiento que le dieron a Harry, Lily y Ron en el momento en el que entraron a la sala común.

Todos estaban admirados por lo que habían hecho.

—¡Formidable! —gritó Lee Jordan—. ¡Soberbio! ¡Qué llegada! Volaron en un coche hasta el sauce boxeador. ¡La gente hablará de esta proeza durante años!

James, Sirius, Gideon y Fabián no pudieron ocultar el orgullo que sentían, y sonrieron felizmente ante lo que escuchaban, sonrieron ampliamente cuando todos los alumnos les expresaban a los niños lo estupendos que eran.

Fred y George se abrieron ca­mino hasta la primera fila de la multitud y dijeron al mismo tiempo:

— ¿Por qué no nos llamaron?

Molly bufó desaprobadoramente. Sus hijos eran todo un caso.

Un momento después de todas las felicitaciones de los miembros de Gryffindor, los muchachos decidieron que ya era suficiente alboroto por un día.

—Buenas noches —dijo Harry a Lily y a  Hermione.

—Dulces sueños—contestó Lily haciendo una mueca.

Todos los presentes en la sala escucharon como Harry y Ron iban directo a su habitación.

Ron sonrió a Harry con una expresión de culpabilidad.

Molly no pudo evitar poner los ojos en blanco.

—Sé que no tendría que haber disfrutado de este recibi­miento, pero la verdad es que...

La puerta del dormitorio se abrió y entraron los demás chicos del segundo curso de la casa Gryffindor: Seamus, Dean y Neville.

Alice sonrió maternalmente al leer el nombre de su hijo. ¡Estaba leyéndolo por primera vez desde su primer curso!

—¡Increíble! —dijo Seamus sonriendo.

James sonrió contento. Sí que había sido algo genial el hacer la proeza del auto.

—¡Formidable! —dijo Dean.

Sirius rió en voz alta, orgulloso. Ese era un digno recibimiento para su adorado ahijado.

—¡Alucinante! —dijo Neville, sobrecogido.

Remus sonrió, pensando que, al menos, Harry y Ron tendrían una buena noche.

Harry no pudo evitarlo. Él también sonrió.

—Es todo un  merodeador—comentó James tiernamente. ¡Ése era su hijo! Pero a diferencia de ellos, Lily no había tenido un recibimiento caluroso en su dormitorio.

Hermione no paro de observarla severamente y cuando la ojiverde se disponía a acostarse, su amiga la abordó con un sermón que sintió eterno.

—Siento pena por ti, pequeña—murmuró Sirius con cariño—Yo no sé qué haría si tuviera que resistir una noche de "Sermones de Remus y pelirroja combinados" …

—Créeme, Canuto—dijo Remus sonriéndole extrañamente a su amigo—Si no te callas te echaré una maldición.

Una vez pasado el regaño de Hermione, Lily se dispuso a dormir, pensando que si alguna vez se veía obligada a compartir un auto volador otra vez, se aseguraría de que este no tuviera la más mínima falla. Y que al día siguiente golpearía a su hermano y a Ron con todas sus fuerzas.