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En la sala de Menesteres: Leyendo nuestro futuro — capítulo 3

Al terminar de comer, el profesor Dumbledore agradeció el elfo domestico que les había prestado su ayuda, indicándole que lo llamaría si lo necesitaba más tarde. Una vez todos estuvieron listos, se dispusieron a leer el siguiente capítulo del libro. Cuando todos estuvieron en sus respectivos lugares, el profesor le dio el libro a Molly que estaba sentada al lado de Fabian, que había sido el último en leer.

—El nombre del siguiente capítulo es "Las Cartas de Nadie".—dijo Molly sosteniendo el libro.

— Creo que se refiere a Hogwarts —dijo una animada Lily, ante la perspectiva de que sus hijos por fin irían conocerían su origen.

— ¿Qué te hace pensar eso, pelirroja? —preguntó Sirius, también sonriente y contento porque había comido lo suficiente para aguantar hasta la noche— No me digas que ahora también eres adivina….

—Cállate Black—dijo Lily dedicándole una mirada asesina y luego miró a Molly con una sonrisa—Adelante Molly.

La fuga de la boa constrictor le acarreó a los chicos el castigo más largo de sus vidas. Cuando les dieron permiso para salir de su alacena ya habían comenzado las vacaciones de verano.

—¿Cómo es posible que los encerraran durante todo ese tiempo?—murmuró una enfadada profesora McGonagall.— En serio Albus, no entiendo por qué los dos niños tuvieron que crecer allí…

—Creo Minerva, mi futuro yo, tiene una razón para eso—contestó tranquilamente el profesor— de la cual  espero enterarme pronto, yo también tengo mucha curiosidad por mi futuro actuar…Señora Weasley, continúe por favor—pidió amablemente.

Harry y Lily pasaban tanto tiempo como les resul­tara posible fuera de la casa.

Sirius asintió comprensivamente ante eso, pensando que era lógico que quisieran escapar de aquella casa donde casi todos, parecían estar muy mal de la cabeza, sin contar lo antipáticos que eran todos los Dursley.

En septiembre estudiarían secun­daria y, por primera vez en sus vidas, no irían a la misma clase que su primo.

—Eso sería un alivio para cualquiera…—comentó Alice.

—Aunque de cualquier forma, no irán a la secundaria—razonó Lily— Ya que cuando cumplan los once irán directo a Hogwarts…

 Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío Vernon, Smelting

—¿A quién le importa?—exclamó Sirius— Me tiene sin cuidado lo que ese pequeño hijito de jirafa, ¡Perdón! De Petunia haga…

Los chicos  en cambio, irían a la escuela secundaria Stonewall, de la zona. Dudley encontraba eso muy divertido.

—Yo no le veo la gracia—murmuró Remus fríamente, pensando que si Dudley encontraba aquello divertido, sería por algo malo.

—Allí, en Stonewall, meten las cabezas de la gente en el inodoro el primer día  —dijo a Harry—. ¿Quieres venir arriba y ensayar?

Lily gruñó ante eso. Le hubiera gustado estar allí y ponerle un alto a su sobrino, ya que le molestaba mucho que hiciera ese tipo de comentarios hacia Harry.

—No, gracias —respondió Harry—. Los pobres inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu ca­beza y pueden marearse. —Luego cogió a una sonriente Lily de la mano  y salieron  corriendo antes de que Dudley pudiera entender lo que él le había dicho.

La sala entera estalló en risas ante el comentario de Harry.

James, que no podía estar más orgulloso de su hijo, sonreía ampliamente.

—¡Esa fue buena!— rió animadamente— Ahh, me hubiera encantado estar allí para ver la cara que el pequeño hipopótamo ponía…

Aquella tarde, Dudley desfiló por el salón, ante la fami­lia, con su uniforme nuevo.

—¡Que gran entretenimiento!—dijo James sarcásticamente.

Los muchachos de Smelting lle­vaban frac rojo oscuro, pantalones de color naranja y som­brero de paja, rígido y plano.

—Creo que me gusta más el uniforme que usamos aquí— declaró Molly, de una forma educada.

—Pues yo estoy totalmente seguro que me encanta diez mil veces más nuestro uniforme— rió Sirius— De hecho, creo que incluso le estoy agradecido al cielo por no tener que vestirme con esa ropa muggle que lleva puesto ese chico.

 También llevaban bastones con nudos, que utilizaban para pelearse cuando los profesores no los veían.

McGonagall hizo un ligero ruido que demostraba su abierta reprobación ante ese comportamiento.

 Debían de pensar que aquél era un buen entrena­miento para la vida futura*.*

— Eso si tus aspiraciones son terminar como un delincuente psicópata—señaló Lily, pensando que no era correcto que los niños fueran tan violentos a tan corta edad.

Mientras miraba a Dudley con sus nuevos pantalones, tío Vernon dijo con voz ronca que aquél era el momento de ma­yor orgullo de su vida.

—Mmm… Bueno, supongo que no podré decir nada que no resulte insultante, así que mejor no haré comentarios— dijo Sirius, conteniendo las ganas de reír.

 Tía Petunia estalló en lágrimas y dijo que no podía creer que aquél fuera su pequeño Dudley, tan apuesto y crecido.

—Sería más apropiado decir tan poco apuesto, y tan sobre desarrollado— opinó James, negando con la cabeza. Su cuñada estaba muy loca.

Lily susurró para ella y para Harry, que  tenía unas inmensas ganas de vomitar**(—Al fin, una reacción coherente—aprobó Sirius, riendo.)**y Harry no se atrevía a hablar. Creyó que se le iban a romper las costillas del esfuerzo que hacía por no reírse.

—No sé como lo consigue—dijo una risueña Alice—yo me habría echado una carcajada a todo pulmón.

Todos en la sala se mostraron de acuerdo, divertidos ante los pensamientos de los dos niños.

A la mañana siguiente, cuando los chicos  fueron  a tomar el de­sayuno, un olor horrible inundaba toda la cocina. Parecía proceder de un gran cubo de metal que estaba en el fregade­ro. Se acercaron a mirar. El cubo estaba lleno de lo que parecían trapos sucios flotando en agua gris.

Varios alzaron las cejas, curiosos, cuando leyeron que, al día siguiente, en el momento en el que los muchachos habían ido a desayunar, sintieron un olor desagradable, que provenía de un recipiente en el que Petunia estaba trabajando. ¿Qué serían esos "trapos" que dejaban salir tan mal olor? La más extrañada, era Lily, que sabía de la manía que su hermana tenía por el orden y la limpieza.

— ¿Qué es eso? —preguntó Harry a tía Petunia. La mujer frun­ció los labios, como hacía siempre que Harry o Lily se atrevían a pre­guntar algo.

—Tu nuevo uniforme del colegio —dijo.

Muchos de los presentes abrieron mucho los ojos, incrédulos. ¿Estaba Petunia hablando en serio?

Harry volvió a mirar en el recipiente.

—Oh —comentó—. No sabía que tenía que estar mojado.

—No seas estúpido —dijo con ira tía Petunia—

—¡No le hables así a mi hijo, Petunia!—saltó Lily furiosa— ¡No te atrevas a seguir comportándote así! ¿Qué demonios te pasa? ¡Solo te hizo una pregunta! ¡Una pregunta! Ya verás cuando te vea…

. Estoy ti­ñendo de gris algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termi­ne, quedará igual que los de los demás.

Harry pero pensó que era mejor no discutir, así que fue a sentarse.

—¿Ni siquiera puede comprarle un uniforme?—dijo furiosamente Remus. Pero el enfado de él no era nada comparado con el de Lily quien volvía a adquirir el color de su cabello.

Lily pensó que lo más prudente seria seguir el ejemplo de su hermano, pero la curiosidad la venció, ya que recordaba que las chicas de la secundaria usaban faldas, así que se acercó a tía Petunia para preguntarle:

—Y ¿Qué voy a usar yo? —.La mujer frun­ció los labios, nuevamente.

—Los vecinos de la otra calle tienen una hija —dijo con enfadada tía Petunia—. Estoy  segura de que podrán darnos algunas de las cosas que ella ya no usa.

—¡Comprarles un uniforme decente no puede salir muy caro!—exclamó Molly, indignada— Está muy mal que alguien trate a sus sobrinos así.

Lily frunció los labios ante eso. Suspiró, frustrada y luego se sentó a la mesa junto a Harry y comenzó a comer.

—No tienen que preocuparse— murmuró Alice compasivamente— No necesitarán esas cosas muggles cuando vayan a Hogwarts.

Dudley y tío Vernon entraron.

—Lo cual no supone gran mejora— gruñó Marlene— Ya de por sí Petunia no es muy agradable con los chicos, menos lo serán ellos.

 Tío Vernon abrió, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del colegio, que llevaba a todas partes.

McGonagall volvió a hacer un gesto desaprobador, ese niño estaba en muy mal camino.

Todos oyeron el ruido en el buzón.

—Trae la correspondencia, Dudley —dijo tío Vernon, de­trás de su periódico.

—Que vaya Harry

—¡Dijo que fueras tú, mocoso!—musitó James exasperado.

—Trae las cartas, Harry.

—¿Dónde está su maldita autoridad como padre?—inquirió Lily molesta— Cuando crezca, no tendrá límites, y el único culpable será él, por no haberle enseñado nunca a obedecer…

—Que lo haga Dudley. —dijo Lily molesta, ante el hecho de que ni siquiera fuera capaz de levantarse a traer el correo.

—Lily tiene razón, es simplemente inaceptable— exclamó la profesora McGonagall negando con la cabeza.

—Pégales con tu bastón, Dudley.

No era necesario dar muchas explicaciones, para darse cuenta de que todos en la sala estaban más que indignados. Especialmente, el matrimonio Potter.

Ambos chicos esquivaron  el golpe y fueron a buscar  a buscar la correspondencia juntos, Lily principalmente porque no estaba segura poder de controlarse  y  no quería hacer que los castigaran a ambos de nuevo.

—Al menos tiene algo prudencia— suspiró Molly, pensando que era más sensato no buscarse castigos.

Había cuatro cartas: una postal de Marge, la her­mana de tío Vernon, un sobre color marrón, que parecía una factura, una carta para Harry y otra para Lily.

— ¡Sí!— exclamó contenta Lily— ¡Sabia que eran las cartas de Hogwarts!

—Excelente— dijo James pensando en la época se tendrían sus hijos en Hogwarts—  Apuesto a que harán millones de bromas , como nosotros chicos—dijo mirando a Remus y a Sirius.

—¡De eso Nada!—dijo la profesora McGonagall con expresión de horror— Merlín no permitirá que yo pase de nuevo por eso—dijo con un temblor en la voz, que hizo reír a todos los presentes.

—Creo que Merlín no será de mucha ayuda profesora—dijo un sonriente Edgar

—Nuestros hijos coincidirán en Hogwarts—dijo una emocionada Molly mirando a Alice y a Lily — podrían llegar a ser buenos amigos.

—Estoy segura de que así será —dijo Lily contenta.

Harry las recogió y las miró fijamente, con el corazón vibrando como una gigantesca banda elástica. Nadie, nunca, en toda su vida, les había escrito.

Lily y James intentaron que esa información no les hiciera perder el ánimo. Ambos tenían la esperanza de que en su futuro, sus hijos sí recibieran cartas.

 ¿Quién podía ser?

Señor H. Potter Alacena Debajo de la Escalera Privet Drive, 4 Little Whinging Surrey

La otra decía lo mismo, con la única diferencia que iba dirigida a la Señorita L. Potter.

James sonreía emocionado. ¡Sus hijos estarían pronto en Hogwarts! Era tanta su alegría, que incluso tenía ganas de cantar, (cosa que no hacía nada bien)

Los sobres eran gruesos y pesados, hechos de pergamino amari­llento, y las direcciones  estaban escritas con tinta verde esmeral­da. No tenían sello.

—¡Hogwarts! ¡Oh, sí! ¡Hogwarts!— decían Gideon y Fabian alegremente.

Le dieron  la vuelta los so­bres y vieron un sello de lacre púrpura con un escudo de armas: un león, un águila, un tejón y una serpiente, que rodeaban una gran letra H.

—El escudo más genial que existe - aseguró Frank alegremente.

— Sin duda alguna - corroboró Alice, de acuerdo con su esposo.

— ¡Date prisa, chico! —exclamó tío Vernon desde la coci­na—. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas—bom­ba? —Se rió de su propio chiste.

—¿Qué clase de chiste es ese?—preguntó Sirius a Lily— Siempre he dicho que los muggles tienen un extraño sentido del humor…

—No son los muggles—replicó Lily— es un muy mal chiste, no tiene nada gracioso. —Creo que debieron abrir las cartas antes de regresar…— murmuró James, con un presentimiento no muy bueno.

Los chicos  volvieron  a la cocina, todavía contemplando sus car­tas.

—¡Papá! —dijo de pronto Dudley—. ¡Papá, ellos han re­cibido algo!

—¡Maldito chico!—Gruñó Sirius—¿Qué no puede mantener cerrada su bocota?

Ambos chicos estaban a punto de desdoblar sus cartas, que estaban escritas en los mismos pergaminos que los sobres, cuando tío Vernon se las arrancó de la mano.

—¡Deja eso, elefante con bigote mal cortado! -saltó Alice — ¡Son de ellos!

— ¡Son nuestras! —dijo Harry; tratando de recuperarlas.

—¡Oh, suéltalas, suéltalas, suéltalas!— exlamaba Marlene, pensando que los muchachos debían enterarse de una vez por todas, que eran magos.

— ¡No tienes derecho a quitárnoslas!—dijo Lily poniéndose de pie de un salto.

—Más le vale que se las devuelva—dijo  Sirius muy molesto— Creo, mis queridos compañeros— miró a James y Remus—que una vez acabado esto,  les haremos un pequeño regalo a estos muggles…

—¡Yo quiero ayudarles!—dijo Frank entusiasmado ante la idea, pensando que una buena lección no les vendría mal a aquellos muggles.

—Por supuesto— dijo James sonriente—Todo el que quiera es bienvenido a participar…

—Suficiente—dijo Lily sonriendo ante el comportamiento de los chicos, pero con un tono severo—Continua Molly…

—¿Quién les va a escribir a ustedes? —dijo con tono despectivo tío Vernon, abriendo una de las cartas con una mano y echándole una mirada.

—Espero que le dé un ataque o algo así— murmuró Sirius exasperado.

Su rostro pasó del rojo al verde con la misma veloci­dad que las luces del semáforo.

—Voy a disfrutar esto - rió James, imaginándose la cara de Vernon.

— ¡Pe... Pe... Petunia! —bufó.

Tía Petunia la cogió la carta con curiosidad y leyó la primera línea.

—A Petunia va a darle algo— suspiró Lily— Estoy segura de que no va a reaccionar bien…

 Durante un momento pareció que iba a desmayarse.

—Me extraña que aún no lo haya hecho— comentó Remus, que sabía lo que la hermana de Lily opinaba sobre cualquier cosa que implicara magia.

—¡Vernon! ¡Oh, Dios mío... Vernon!

—Quizá esté mal, pero no puedo evitar disfrutar esto—rió Sirius negando con la cabeza.

—Bueno, considerando que Petunia ha sido una grosera e insensible con mis hijos, creo que no está muy mal que lo disfrutes, pero solo un poquito—concedió Lily, sonriendo, a su pesar, ya que sabía que ella también disfrutaría de ver la cara de su hermana en aquél momento.

—Fuera de aquí, los tres —graznó tío Vernon, metiendo la carta en el sobre.

Ni Lily ni Harry se movieron.

—Hacen bien, ¡esas cartas son suyas!— exclamó James, deseando que los muggles dejaran de comportarse como cavernícolas idiotas.

— ¡QUIERO NUESTRAS CARTAS! —gritó la niña hecha una furia.

—Y aquí la pequeña hace muestra de que tiene parte Evans en su sangre—dijo Sirius riendo un poco, para luego detenerse ante la mirada enojada de Lily.

— ¡Déjame verla! —exigió Dudley

—¡Metete en tus asuntos, niño!—exclamó Edgar de malhumor— ¡Las cartas no son para ti!

—¡FUERA! —gritó tío Vernon y, cogiendo a los tres niños por el cogote, los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la cocina.

—Grandísimo y maleducado muggle—murmuró Hagrid, que estaba impaciente por que los muchachos recibieran sus cartas.

Harry y Lily se tiró al suelo para escuchar por la rendija que había entre la puerta y el suelo, mientras Dudley escuchaba por el orificio de la cerradura.

—Vernon —decía tía Petunia, con voz temblorosa—, mira el sobre. ¿Cómo es posible que sepan dónde duermen? No estarán vigilando la casa, ¿verdad?

—No seas paranoica, Petunia—negó Lily, exasperada.

Pero hubo algo en esas palabras que hizo que Dumbledore reflexionara…No estarían vigilando la casa, ¿o si?

—Vigilando, espiando... Hasta pueden estar siguiéndo­nos —murmuró tío Vernon, agitado.

—Eso ya es exagerar—suspiró James, conteniendo las ganas de reír.

—Pero ¿qué podemos hacer, Vernon? ¿Les contestamos? Les decimos que no queremos..."

—Eso no funcionará—dijo Alice sonriendo incrédulamente —¿De verdad creen que pueden impedir que los chicos vayan a Hogwarts?

—No —dijo finalmente—. No, no les haremos caso. Si no reciben una respuesta... Sí, eso es lo mejor... No haremos nada...

—Si no recibimos una respuesta, seguiremos enviando cartas—finalizó McGonagall, explicando la situación como si fuera algo completamente obvio.

—Pero...

—¡No pienso tener a dos de ellos en la casa, Petunia! ¿No lo juramos cuando recibimos y destruimos aquella peli­grosa tontería?

—¿A qué se refiere exactamente con "Peligrosa tontería"?— dijo Arthur frunciendo el seño ligeramente.

—Son gente con problemas Arthur—respondió Gideon negando con la cabeza.

Todos asintieron en señal de que opinaban lo mismo.

Aquella noche, cuando regresó del trabajo, tío Vernon hizo algo que no había hecho nunca: visitó a Harry y a Lily  en su ala­cena.

— ¿Dónde están nuestras cartas? —dijo Harry, en el momento en que tío Vernon pasaba con dificultad por la puerta.

—Me sorprende incluso que quepa—opinó Fabian, algo sorprendido.

—¿Quién nos escribió? — añadió Lily, deseando saber que era lo que tío Vernon y tía Petunia pretendían quitándoles las cartas.

—Simplemente pretenden fingir que tú y Harry no son lo que son, hija—suspiró Lily, algo molesta con la idea.

—Nadie. Estaban dirigidas ustedes  por error —dijo tío Vernon con tono cortante—. Las quemé.

Exclamaciones de indignación se escucharon en toda la sala ante eso.

Lily miró  a tío Vernon completamente ofendida ¿Acaso los creía tan estúpidos como para creerse eso de que las cartas no eran para ellos?

—Al parecer, sí es de esa opinión—gruñó Moody— ¡Que hombre tan incompetente!

Estuvo a punto de formular la pregunta cuando su hermano habló:

—No era un error —dijo enfadado—. Estaba nuestra alacena en los sobres.

—¡SILENCIO! —gritó tío Vernon, respiró profundamente y luego sonrió, esfor­zándose tanto por hacerlo que parecía sentir dolor.

—Espero que lo sienta de verdad—murmuró Sirius, sintiendo resentimiento por aquellos muggles. El jamás podría perdonarles lo que les estaban haciendo a Harry y a la pequeña Lily.

—Ah, sí ,muchachos, en lo que se refiere a la alacena... Su tía y yo estuvimos pensando... Realmente ya son muy mayores para esto... Pensamos que estaría bien que se muden al se­gundo dormitorio de Dudley.

—¡¿Tenían otro dormitorio y los obligaban a dormir en la alacena?!—dijo la profesora McGonagall enfurecida, pero su enojo no era nada comparado con el de un pelirroja embarazada que se encontraba temblando de la ira y de la indignación.

—¿Por qué? —dijo Harry

—Porque tienen miedo de que los magos se den cuenta de lo mal que los tratan—razonó Frank.

— ¡No hagas preguntas! —exclamó—. Lleven sus cosas arriba ahora mismo.

En un solo viaje los chicos trasladaron todo lo que les pertenecía a su nuevo dormitorio.

James no pudo evitar preguntarse qué habría pasado con todas las cosas que Lily y él habían comprado para su hogar, con todas aquellas pertenencias que poseían un valor sentimental, más que otra cosa.

Lily estaba bastante cansada ese día, y no estaba de muy buen humor.

—No es para menos—se compadeció Arthur.

Se sentó junto a Harry y observó alrededor. Casi todos los objetos estaban rotos y la mayoría eran posesiones viejas de Dudley.

*Muchos intentaron ignorar el hecho de que cada vez, los Dursley resultaban más y más inhumanos con los hermanos Potter, ya que, no solo los habían hecho dormir en una alacena teniendo otra habitación, sino que encima de todo, ahora iban a dormir en una especie de "**Armario"*de objetos viejos.

*—**Peor es nada—*pensó, resignándose a que al menos era mejor que dormir en la alacena.

—En eso tiene razón—señaló Marlene sin mucha convicción— Al menos es una mejora, pequeña, pero lo es.

Pero de pronto, hubo algo que llamó su atención. En el resto de las estanterías de la habitación, habían muchos libros. Era lo único que pa­recía que nunca había sido tocado.

—Eso no lo dudaría ni un segundo—afirmó James— Dudo mucho que a mini—hipopotam.. ¡perdón! Dudley, le guste leer.

Lily los miró con interés, a ella siempre le había gustado leer.

Lily sonrió, estando segura de que eso era herencia de su parte.

Desde abajo llegaba el sonido de los gritos de Dudley a su madre.

—No quiero que estén allí... Necesito esa habitación... Échenlos...

Muchos negaron con la cabeza, pensando que ese niño estaba muy, muy malcriado.

Harry suspiró y se estiró en la cama, mientras que Lily se debatía entre el enfado con sus tíos por haberles quemado las cartas y las ganas de reír que le producía el berrinche de Dudley.

James entendió perfectamente el sentimiento de su hija, ya que el estaba experimentando exactamente lo mismo, aunque estaba de mucho mejor ánimo que ella, ya que estaba seguro de que, de una forma u otra, sus hijos irían a Hogwarts.

Observó a su hermano por un minuto y luego se recostó en la cama con él, comprendiendo lo que debía estar pensando, el día anterior ha­brían estado simplemente radiantes por estar aquella habitación. Pero en aquel momento preferían volver a su alacena con las cartas a estar allí sin ellas.

.—Ya podrán leerlas—dijo Lily con cariño a sus hijos— no se preocupen, no dejaran de recibirlas… ¿verdad?—añadió viendo a el profesor Dumbledore.

—Por supuesto que no—dijo este sonriéndole a la embarazada.

A la mañana siguiente, Cuando llegó el correo, tío Vernon, que parecía hacer es­fuerzos por ser amable con Harry y con Lily, hizo que fuera Dudley.

—Eso no es suficiente, Vernon—negó Lily— Tienes que ser amable, pero porque en realidad quieres hacerlo, me parece muy desagradable que lo hagas simplemente por tu propio interés.

Lo oyeron golpear cosas con su bastón en su camino hasta la puerta.

James, Sirius, Gideon y Fabian sonrieron ante eso.

Entonces gritó.

—¡Hay otras más! Señor H. Potter, El Dormitorio Más Pe­queño, Privet Drive, 4..."

—Se los dije—dijo Lily, mirando su abultado vientre con adoración — no se darán por vencidos.

Pero su alegría no basto para callar las exclamaciones enojadas de todos los demás hacia Dudley.

Siguieron leyendo, la mayoría exasperados, que, de nuevo, los muchachos no habían conseguido su carta, sin embargo, algunos sonrieron ante la determinación que adquirieron los muchachos de recibir la próxima carta, sin perderla la próxima vez.

Tenían un plan."

—¡Eso es!—dijo Sirius sonriente— ¡espíritu de merodeador ante todo!

Todos sonrieron ante esto.

El reloj despertador arreglado sonó temprano a la mañana siguiente. Harry lo apagó rápidamente y se vistió en silen­cio: no debía despertar a los Dursley, pero, para su sorpresa, Lily ya estaba vestida, aunque estaba dormida, supuso que debió levantarse más temprano y al ver que no era la hora, volvió a dormirse.

—Sea lo que sea que tengan planeado hacer, tiene que funcionar—musitó James esperanzado, deseoso de saber las reacciones que sus hijos tendrían al leer sus respectivas cartas.

Vio con una sonrisa a su hermana por un momento. Luego la despertó y ambos salieron sigilosamente.

Esperarían al cartero en la esquina de Privet Drive y reco­gerían las cartas para el número 4 antes de que su tío pudiera encontrarlas.

—Es un buen plan—rió Sirius— Ahhh, no puedo esperar a que nuestros queridos Dursley se enteren de que ya han leído las cartas…

—¡AAAUUUGGG!

—¿Qué ocurrió?—saltó Lily, completamente desconcertada.

Harry saltó en el aire y sobre el cayó Lily. Había tropezado con algo grande y fofo que estaba en el felpudo... ¡Algo vivo!

— Esto no es bueno—negó Frank desanimado, imaginando lo que había pasado.

Las luces se encendieron y, horrorizados, los chicos se dieron cuenta de que aquella cosa fofa y grande era la cara de su tío.

—Vamos, ¿Cuánto tiempo tardaran en leer su cartas?— dijo Remus impaciente.

Gritó a ambos durante media hora y luego le dijo a Harry que preparara una taza de té.

—Maldición—gruñó James— Esta situación está empezando a fastidiarme.

Lily le dio un beso en la mejía a su esposo.

—No te preocupes, tarde o temprano recibirán sus cartas— y le dio otro beso, ahora en los labios.

—¡Búsquense un cuarto!—dijo Sirius poniendo una cara que sugería que  veía algo indecente.

Esto hizo que todos rieran, incluido James, que veía con cariño a su ruborizada esposa.

Aquel día, tío Vernon no fue a trabajar. Se quedó en casa y tapió el buzón.

—Como si eso fuera a funcionar—dijo Gideon con algo de aburrimiento— ¿Por qué no dejan a los chicos en paz con sus cartas, y ya? ¡Van a terminar recibiéndolas! Les guste, o no.

—¿Te das cuenta? —explicó a tía Petunia—. Si no pueden entregarlas, tendrán que dejar de hacerlo.

—No estoy segura de que esto resulte, Vernon.

—No resultará—dijo Marlene poniendo los ojos en blanco.

—Oh, la mente de esa gente funciona de manera extra­ña, Petunia, ellos no son como tú y yo —dijo tío Vernon.

—¡Gracias Merlín que no somos como ustedes!—dijo Fabian

Todos asintieron, muy orgullosos de ser todo lo contrario a esos muggles.

Continuaron descubriendo como llegaban y llegaban cartas para los muchachos, hasta que, al parecer, y para diversión de algunos (entiéndase, los merodeadores, Gideon, Fabian, Edgar y Frank), Vernon estaba cada vez más intimidado con cada carta.

Después de que­mar todas las cartas, salió con el martillo y los clavos para asegurar la puerta de atrás y la de delante, para que nadie pudiera salir.

—Alguien está muy paranoico—dijo Edgar con satisfacción.

Muchos rieron ante eso, pensando que era verdad. Pero Vernon Dursley se lo tenía bien merecido.

El sábado, las cosas comenzaron a descontrolarse. Veinti­cuatro cartas para Harry entraron en la casa y la misma cantidad para Lily, escondidas entre dos docenas de huevos.

McGonagall no pudo evitar sonreír con algo de satisfacción, ella sabía que, de cualquier manera, las cartas le llegarían a los chicos.

La mañana del domingo, tío Vernon estaba con aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz.

—No hay correo los domingos —les recordó alegremen­te, mientras ponía mermelada en su periódico—. Hoy no lle­garán las malditas cartas...

—Se va a llevar una gran, gran, decepción—rió Alice, como si la idea no le molestara en lo absoluto, y de hecho, así era.

Algo llegó zumbando por la chimenea de la cocina mien­tras él hablaba y le golpeó con fuerza en la nuca. Al momento siguiente, treinta o cuarenta cartas cayeron de la chimenea como balas.

—Esto empieza a ponerse bueno—dijo Sirius—¿Cuánto más creen que tarden en leer sus cartas?

—Espero que no mucho—contestó la profesora McGonagall, con impaciencia.

—Estoy seguro de que no demorará—dijo James con esperanza reluciéndole en los ojos.

Algunos suspiraron decepcionados al ver que los chicos no consiguieron sus cartas, otra vez. Pero la otra parte de la sala estaba disfrutando de la reacción de Vernon, que parecía a punto de estallar.

—Ya está —dijo tío Vernon, tratando de hablar con cal­ma, pero arrancándose, al mismo tiempo, parte del bigote—. Quiero que estén aquí dentro de cinco minutos, listos para irnos. Nos vamos. ¡Sin discutir!

—¿De verdad piensa que si se van ya no recibirán las cartas?—pregunto incrédula Marlene.

Nadie contestó, ya que era obvio que la mente de ese muggle si pensaba eso.

Diez minutos des­pués se habían abierto camino a través de las puertas tapia­das y estaban en el coche, avanzando velozmente hacia la autopista

—Esto va a alargarse bastante—suspiró Lily con algo de frustración.

Condujeron. Ni siquiera tía Pe­tunia se atrevía a preguntarle adónde iban. De vez en cuan­do, tío Vernon daba la vuelta y conducía un rato en sentido contrario.

—Creo que se está volviendo loco…—murmuró Alice, alzando las cejas— Bueno, al menos superó el nivel paranoico desde hace ya bastante…

Tío Vernon se detuvo finalmente ante un hotel de aspec­to lúgubre, en las afueras de una gran ciudad.

—Solo pierde su tiempo, las cartas van a llegar—dijo Frank, negando mentalmente ante los inútiles esfuerzos que el muggle hacía por evitar lo inevitable.

Dudley Lily y Harry compartieron una habitación con camas gemelas y sábanas húmedas y gastadas. Dudley con una para el solo y Lily y Harry en la otra.

Lily decidió ignorar eso, por el momento, pero claramente se pudo ver en sus ojos las ganas que tenía de decir algo parecido a "injusticia".

Al día siguiente, estaban a punto de terminar el desayuno, cuando la dueña del hotel se acercó a la mesa.

—Perdonen, ¿alguno de ustedes es el señor H. Potter? O ¿la señorita L. Potter? Tengo como cien de éstas en el mostrador de entrada.

Todos sonrieron, ¿Recibirían ya, de una buena vez, las cartas? Muchos esperaban que sí, ya que esta situación resultaba cada vez más cansada.

Extendió  dos cartas para que pudieran leer la dirección en tinta verde, eran iguales a las otras cartas, únicamente cambiaba la dirección.

—Yo las recogeré —dijo tío Vernon, poniéndose de pie rá­pidamente y siguiéndola.

—Oh, maldición ¡Ya, ya, ya! Ya no aguanto esto, ¿Por qué no pueden leer las cartas de una maldita vez?—estalló James enojado— ¡Ya! Esto es frustrante.

—Tranquilo, cariño—suplicó Lily, acariciando el brazo de su esposo— Ya las recibirán, tengo un buen presentimiento.

James rogó con todas sus fuerzas porque su esposa tuviera razón, pero eso no hacía que su estado de ánimo mejorara mucho. Le entristecía y enojaba al mismo tiempo que sus hijos tuvieran tantas complicaciones para enterarse de que eran magos. No podía evitar pensar, que si él y su esposa estuvieran vivos, sus hijos hubieran crecido sabiendo todo sobre la magia y al momento de recibir la carta de Hogwarts, seguramente él habría estallado de felicidad.

— ¿No sería mejor volver a casa, querido? —sugirió tía Petu­nia tímidamente, unas horas más tarde, pero tío Vernon no pareció oírla.

—Creo, Alice, que tenías razón al sugerir que perdió la cordura—sugirió Marlene negando con la cabeza.

Los llevó al centro del bosque, salió, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió al coche y otra vez lo puso en mar­cha.

—¿Qué es lo que pretende?—preguntó Moody, pensando en que aquel muggle era especialmente estúpido.

Lo mismo sucedió en medio de un campo arado, en mi­tad de un puente colgante y en la parte más alta de un apar­camiento de coches.

—Creo que piensa que si va lejos no recibirá las cartas—opinó Fabian.

—Papá se ha vuelto loco, ¿verdad? —preguntó Dudley a tía Petunia aquella tarde.

—Eso es lo único verdaderamente inteligente que ha dicho durante lo que llevamos de libro—rió Sirius.

Tío Vernon había aparcado en la costa, los había encerrado y había desaparecido. Comenzó a llover.

—Me gustaría que Vernon se dejara de tonterías y que regresaran a la casa—comentó Lily— Es peligroso ir así, con mal clima, por la calle, y demasiado alterado…

Dudley gimoteaba.

—Es lunes —dijo a su madre—. Mi programa favorito es esta noche.

—¡Que tragedia!—exclamó Sirius burlonamente— ¡El mundo va a acabarse!

Lunes. Eso hizo que Harry y Lily se acordaran de algo. Si era lu­nes en­tonces, al día siguiente, martes, era el cumpleaños número once de ambos.

Lily sonrió un poco ante eso. Once años. Sus hijos cumplirían once años. No podía evitar ponerse emotiva. A esas alturas de su vida ella solo podía acariciar a sus bebés sobre su vientre como máximo contacto y ahora, estaba descubriendo cómo serían sus vidas, dentro de once años.

Claro que sus cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos.

James y Sirius intercambiaron una mirada, sabiendo que si estaba en sus manos, eso cambiaría. Ambos se imaginaban haciendo grandes fiestas con los hermanos, claro, seguramente después de alguna serían regañados por la pelirroja embarazada, pero valdría la pena si conseguían divertirse al máximo, como debía ser.

Sin embargo, no se cumplían once años todos los días.

—¡Eso es!— dijo Arthur—Es bueno que mantengan el espíritu.

Tío Vernon regresó sonriente.

— ¡He encontrado el lugar perfecto! —dijo—. ¡Vamos! ¡Todos fuera!

—Espero que su definición de "el lugar perfecto" no sea muy distinta a la mía—suspiró Lily, algo nerviosa.

Hacía mucho frío cuando bajaron del coche. Tío Vernon señalaba lo que parecía una gran roca en el mar.

—¿Una roca del mar?—preguntó Alice estupefacta— Tiene que ser una broma…

Sin embargo, Molly negó con la cabeza, dando a entender que había leído bien.

Y, encima de ella, se veía la más miserable choza que uno se pudiera ima­ginar.

—¡Esta completamente desquiciado! ¿Nadie puede hacerle entrar en razón?—exclamó Lily enojada— ¡Esto se está saliendo de control!

— ¡Han anunciado tormenta para esta noche! —anunció alegremente tío Vernon, aplaudiendo—. ¡Y este caballero aceptó gentilmente alquilarnos su bote!

—¿Cómo es posible que planee quedarse en una choza toda la noche, si hay tormenta?—inquirió la profesora McGonagall contrariada— ¡Puede ser peligroso, y debería recordar que lleva niños con él!

En el bote hacía un frío terrible. Después de lo que pareció una eterni­dad, llegaron al peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta la desvencijada casa.

—Esto no puede ser posible…—negó Marlene estupefacta— ¿Por qué el mundo tiene que tener a alguien tan idiota?

El interior era horrible: había un fuerte olor a algas, el viento se colaba por las rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda. Sólo había dos habita­ciones.

James bufó, pensando en que esa no era la manera en la que le habría gustado que sus hijos pasaran la noche anterior al día en que cumplirían los once años.

La comida de tío Vernon resultó ser cuatro plátanos y un paquete de patatas fritas para cada uno. Trató de encender el fuego con las bolsas vacías, pero sólo salió humo.

—¿Acaso pretende enfermarlos a todos?—inquirió Edgar, exasperado— Pudo escoger cualquier otro lugar no tan… bueno, diferente a ese.

—Ahora podríamos utilizar una de esas cartas, ¿no? —dijo alegremente.

—Imbécil. No va a conseguir nada.

Estaba de muy buen humor.

Esto hizo que algunos en la sala simplemente se enojaran más.

Era evidente que creía que nadie se iba a atrever a buscarlos allí, con una tormenta a pun­to de estallar.

—Está malditamente equivocado—gruñó Sirius— Lo único que va a lograr es que todos cojan un buen resfriado.

Al caer la noche, la tormenta prometida estalló sobre ellos. La espuma de las altas olas chocaba contra las paredes de la cabaña y el feroz viento golpeaba contra los vidrios de las ventanas.

Varias de las mujeres, entre ellas McGonagall, Lily, Alice, Molly y Marlene, se mostraron angustiadas por el evidente mal clima, y todas desearon lanzarle una maldición a Dursley por semejante insensatez de salir en aquellas condiciones.

Tía Petunia encontró unas pocas mantas en la otra habitación y preparó una cama para Dudley en el sofá.

El matrimonio Potter esperó, deseando, tontamente quizá, que Petunia hiciera lo mismo por sus hijos.

Ella y tío Vernon se acostaron en una cama cerca de la puer­ta, Harry y Lily tuvieron que contentarse con un trozo de suelo y ta­parse con la manta más delgada.

Lily se mostró muy enojada ante eso, pero no interrumpió la lectura, ya descargaría todo su enfado después.

Ni Harry ni Lily podían conciliar sueño. La posición de ambos era en extremo incómoda y ambos estaban muriéndose de hambre.

La mayoría de los presentes sintieron compasión por los muchachos en aquél momento, y otra gran parte de los miembros de la Orden habrían deseado porder darle una patada al cuñado de Lily.

Dudley roncaba descaradamente, pero eso no era nada comparado con los truenos.

—Tonto, tonto, Dursley—gruñó James—Espero que se enferme y que no pueda respirar bien durante días.

El reloj lumi­noso de Dudley, colgando de su gorda muñeca, informó a Harry de que él y su hermana tendrían once años en diez minutos.

Lily no pudo evitar sentir emoción ante eso. Sabía que pronto sus hijos estarían en Hogwarts, en su verdadera casa, y eso la reconfortaba.

Cinco minutos. Se oyó un ruido afuera. James sonrió con impaciencia, deseando que, al menos, algo bueno ocurriera en ese momento. Sabía que era muy poco probable, pero, como aquél dicho muggle que Lily solía repetir, "la esperanza es lo último que se pierde" Cuatro minutos. Tal vez la casa de Privet Drive estaría repleta de cartas, a su regreso, quizá podrían robar una.

Sirius comenzó a especular animadamente un buen regalo para hacerles a los dos muchachos. Por alguna extraña razón, el no estaba allí, pero cuando los chicos nacieran, de alguna manera, el encontraría la forma de darles un obsequio.

Tres minutos. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las rocas?

Remus siguió escuchando, emocionado. Tal vez no fueran las mejores condiciones del mundo, pero los chicos cumplirían once años en poco tiempo, y eso era un suceso muy importante para cualquier mago.

Y (faltaban dos minutos) ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se estaban desplomando en el mar?

Molly rogó al cielo porque eso no estuviera sucediendo. Era un lugar peligroso ya de por sí, no quería ni imaginarse lo que pasaría si hubiera un derrumbe de pronto.

Un minuto y tendrían once años. Treinta segundos... vein­te... diez... nueve... tal vez despertarían a Dudley, sólo para mo­lestarlo... (Varios sonrieron entusiasmados con la idea) tres... dos... uno...

—Feliz Cumpleaños Harry—susurró Lily abrazando a su hermano por la cintura—. ¡Ya crecimos un año más!

—  Feliz Cumpleaños a ti también— respondió Harry, correspondiendo al abrazo.

—¡Feliz Cumpleaños!—Dijeron todos en la sala, algunos entusiasmados y otros tranquilamente.

BUM.

—¿Bum?—repitió la profesora McGonagall extrañada y preocupada a la vez. Aquél lugar no era estable y un ruido así no era muy buena señal…

Toda la cabaña se estremeció y  ambos hermanos se enderezaron, mi­rando fijamente a la puerta. Alguien estaba fuera, llamando.

—Ese es el final del capítulo—anunció Molly.

—¿Quién llamaría a la puesta en esas condiciones?—preguntó Alice atónita.

—No lo sé—respondió Marlene— Pero sea quien sea, debe estar algo loco…

—Leamos el siguiente capítulo—pidió Lily, que estaba muy impaciente.

Todos se mostraron de acuerdo. Molly le tendió el libro a su esposo y este comenzó el capitulo.

—El capitulo se llama " El guardián de las llaves".

—Creo que ya sabemos quien toca la puerta—dijo Frank sonriendo.

—Esto va estar interesante— dijo Edgar sonriendo también.

Aquél era un capítulo que prometía ser interesante.

BUM. Llamaron otra vez. Dudley se despertó bruscamente.

— ¿Dónde está el cañón? —preguntó estúpidamente.

—¿Qué demonios es un cañón?—inquirió Sirius sin comprender.

—Es un objeto muggle que se utiliza en las guerras, Sirius—explicó Lily— Cuando se dispara, hace un ruido muy fuerte.

Se oyó un crujido detrás de ellos y tío Vernon apareció en la habitación. Llevaba un rifle en las manos.

—¿Qué es un…?

—¡Un rifle!—exclamó Remus molesto—¿Cómo se le ocurre llevar un rifle a un lugar donde hay niños?

—¡Es una completa irresponsabilidad!—bramó McGonagall indignada.

—¿Qué es un…?

—¡Un rifle!—exclamó Remus molesto—¿Cómo se le ocurre llevar un rifle a un lugar donde hay niños?

—¡Es una completa irresponsabilidad!—bramó McGonagall indignada.

— ¿Quién está ahí? —gritó—. ¡Le advierto... estoy armado!

—Espero, por su propio bien, que al menos sepa utilizar al arma—gruñó Lily molesta— Lo último que nos falta es que alguien resulte herido por tanta insensatez….

Hubo una pausa. Luego...

¡HUBO UN GRAN GOLPE!

**—¿Qué sucede?—saltó Molly nerviosa, al igual que el resto de los presentes, que parecían realmente muy preocupados, ¿qué había pasado?**La puerta fue empujada con mucha fuerza y, con un golpe sordo, cayó al suelo.

¿Qué estaba sucediendo? Todos estaban preguntándose eso en aquél momento.

Un hombre gigantesco apareció en el umbral. Iba bastante despeinado, lo cual era razonable debido al clima, tenía mucho cabello y una desaliñada barba.

Signos de reconocimiento se dieron en toda la sala. No era seguro, pero aquella descripción les resultaba a todos bastante familiar. Lentamente, fueron volteando a ver desde todas las direcciones, para centrarse en un solo punto: Hagrid.

El gigante entró, agachado. Tomó la puerta en sus brazos como quien toma una pluma y la dejó de nuevo en su lugar, para luego volverse y mirarlos.

—Podríamos preparar té. No ha sido un viaje fácil...

Ahora varios sonrieron un poco, casi seguros de la identidad del nuevo personaje que aparecía en el libro.

 Se desparramó en el sofá donde Dudley estaba petrifica­do de miedo.

—Levántate, bola de grasa —dijo el desconocido. Lily sonrió ante el comentario, aunque se esforzó por disimularlo.

—Es oficial Hagrid—dijo Sirius sonriendo— A partir de hoy eres un Merodeador honorario.

—Totalmente de acuerdo—dijo James sonriendo incluso más ampliamente que Sirius.

—Bienvenido Hagrid—añadió Remus, que también sonreía.

El semi gigante en cuestión estaba rojo y sonreía a los tres jóvenes, bastante alagado y divertido a la vez.

Dudley salió corriendo de allí para posarse detrás de Petunia, que estaba escondida detrás de tío Vernon.

—Cobarde—musitó Gideon, fingiendo una tos.

— ¡Ah! ¡Aquí está Harry!  ¡Y tu debes ser Lily!—dijo el gigante.

Lily sonrió. Ahora, que Hagrid estaba allí, no habría ninguna forma de que los chicos se enteraran de la verdad. Ella estaba segura de que su amigo guardabosques haría lo indispensable para que los chicos fueran a Hogwarts.

Ambos  levantaron la vista ante el rostro feroz y peludo, y vieron que los ojos negros sonreían.

Hagrid también sonreía contento, ¡Conocería a los hijos de Lily y James en su cumpleaños número once! Y probablemente, sería él quien les diera la noticia de que eran magos.

—La última vez que los vi eran sólo unas criaturas —dijo el gigante—. Tú te pareces mucho a tu padre, pero tienes los ojos de tu madre. —señaló mirando a Harry—y tu eres increíblemente parecida a tu madre, pero tienes el cabello de tu padre—añadió mirando a Lily.

James sonrió, pensando que eso tenía gracia. Sus hijos eran como una especie de mezcla entre él y su esposa, con algunas diferencias.

Tío Vernon dejó escapar un curioso sonido.

— ¡Le exijo que se vaya enseguida, señor! —dijo—. ¡Esto es allanamiento de morada!

—¿En qué universo se considera "una morada" a una choza que está a punto de caerse en pedazos y encima de todo está sobre una piedra?—inquirió Fabian.

—Bah, cierra la boca, Dursley, grandísimo majadero —dijo el gigante. Se estiró, arrebató el rifle a tío Vernon, lo retorció como si fuera de goma y lo arrojó a un rincón de la habitación.

Todos en la sala reían ante el comportamiento de Hagrid, menos la profesora McGonagall que le echó una mirada severa.

Lily sonrió, divertida ante las palabras del desconocido, pero adquirió una expresión más cautelosa cuando se volvió hacia ella y a Harry.

—De todos modos, chicos —dijo el gigante—, les deseo un muy feliz cumpleaños. Tengo algo aquí. Tal vez lo he aplastado un poco, pero tiene buen sabor.

—¿Un pastel de cumpleaños?—inquirió Alice en voz baja, pero con un tono entusiasta.

Del bolsillo interior de su abrigo sacó una caja algo aplastada. En el inte­rior había un gran pastel de chocolate pegajoso, con «Feliz Cumpleaños, Harry y Lily» escrito en verde.

—Muchas gracias Hagrid—murmuró Lily con lágrimas en los ojos.

—No hay de que, Lily—repuso el guardabosque sonriendo.

—Se oye delicioso—rió James— Eres genial, Hagrid.

Ambos miraron al gigante. Lily con un ligero temblor en la voz le dio las gracias, (Lily asintió con aprobación ante eso) pero Harry no pudo contenerse y dijo:

— ¿Quién es usted?

—Este es uno de esos momentos en los que queda claro que es hijo de James—rió Remus cariñosamente, suponiendo que Harry tenía la inmensa curiosidad de su padre.

El gigante rió entre dientes.

—Es cierto, no me he presentado. Rubeus Hagrid, Guar­dián de las Llaves y Terrenos de Hogwarts.

—El mejor de todos los tiempos—complementó Marlene, haciendo que Hagrid se sonrojara bastante.

Extendió una mano gigantesca y sacudió todo el brazo de Harry, unos minutos después hizo lo propio con Lily.

—¿Qué tal ese té, entonces? —dijo, frotándose las ma­nos—. Pero no diría que no si tienen algo más fuerte."

— Hagrid…—comenzó la profesora McGonagall.

—Lo siento profesora—dijo Hagrid, volviendo a tener el rostro rojo, haciendo que muchos rieran, divertidos.

El ambiente iba mejorando conforme leían las acciones de Hagrid, como haber encendido la chimenea, preparar té, y cocinar unas salchichas con un olor aparentemente delicioso. Sin embargo, una de las partes que más disfrutaron fue cuando Vernon previno a su hijo de no tomar nada que Hagrid le ofreciera.

El gigante lanzó una risa sombría.

—Ese gordo pastel que es su hijo no necesita engordar más, Dursley, no se preocupe.

—Eres increíble, Hagrid—dijeron Gideon y Fabián al mismo tiempo, riendo animadamente.

 Lily volvió a sonreír ante el comentario, el gigante comenzaba a caerle bien.

Hagrid pareció contento ante eso, al igual que los demás.

—Era de esperarse—rió Frank— Una vez que conoces a Hagrid, no puedes evitar tomarle cariño.

Una vez los hermanos terminaron de comer las salchichas, como nadie parecía dispuesto a explicar nada, Harry dijo:

—Lo siento, pero todavía seguimos sin saber quién es usted.

—Sé paciente, Harry—suspiró Lily en voz baja— Hagrid ya les explicará todo, ya lo verán…

—Llámenme Hagrid —contestó—. Todos lo hacen. Y como les dije, soy el guardián de las llaves de Hogwarts. Ya lo sa­brán todo sobre Hogwarts, por supuesto.

La mayoría le echó una mirada preocupada a Hagrid. Todos sabían que para él sería una sorpresa no agradable enterarse de que los pequeños Potter no sabían nada sobre su pasado.

—Pues... no... —dijo Harry

Hagrid parecía impresionado.

—Creo que aquí empieza la mejor parte—dijo Sirius sonriendo con entusiasmo, a diferencia de los demás, él estaba ansioso porque alguien pusiera en su lugar a los Dursley.

—Lo lamento —dijo Harry rápidamente.

— Lo sentimos —añadió Lily, algo nerviosa.

Eso simplemente consiguió que varios se mostraran molestos, especialmente Lily y James, que sabían que ninguno de sus hijos tenía la culpa de no saber sobre su mundo.

Otra de las cosas que preocupó y divirtió a los presentes, fue la posible reacción de Hagrid.

— ¿Lo lamento? —preguntó Hagrid, volviéndose a mirar a los Dursley—. ¡Ellos son los que tienen que disculparse! (—¡Eso, eso!—apoyaron Gideon, Sirius, James y Fabian.) Sabía que no estaban recibiendo las cartas, pero nunca pensé que no supieran nada de Hogwarts. ¿Nunca se preguntaron dónde lo habían aprendido todo sus padres?

—Saber que ni siquiera saben que son magos, va a desquiciarte, Hagrid—comentó Edgar— Será mejor que nos preparemos…

— ¿El qué? —preguntó Harry

—Oigan, ¿creen que  podríamos pedir algo de comer para leer esta parte?—pregunto Sirius que había comenzado a imaginarse la reacción de Hagrid y estaba francamente divertido ante sus imaginaciones.

—¿Podrías tu dejar hablar sobre comida?—preguntó Remus sonriendo.

—No tiene nada de malo Lunático—respondió Sirius—Solo pensé que  disfrutaría mas el capitulo con algo de comida, ya sabes, como en esos lugares muggles donde miran imágenes moviéndose, ¿cómo se llamaba…?

—Se llama cine, Sirius—explicó Remus— Pero en este momento  no estamos viendo una película, ya sabes, esas imágenes muggles que se mueven.

—Oh, vamos, disfrutaríamos más si comiéramos algo…

—Basta ya—pidió Lily viendo sus dos amigos, dedicándole una mirada especialmente impaciente a Sirius—Continua Arthur.

— ¿EL QUÉ? —bramó Hagrid—. ¡Esperen un segundo!

Se puso de pie de un salto. Parecía muy enojado.

—Y tengo buenos motivos para estarlo—gruñó Hagrid, imaginándose la sorpresa y la indignación que sería para él enterarse de cómo habían tratado los Dursley a los hijos de sus amigos.

—¿Me van a decir —rugió a los Dursley— que estos mu­chachos,  ¡estos muchachos!, no sabe nada... sobre NADA?

—Absolutamente nada—confirmó Alice, comprendiendo la indignación del semi gigante.

Harry pensó que aquello iba demasiado lejos. Después de todo, había ido al colegio y sus notas no eran tan malas.

—Hagrid no se refiere a eso, cariño—rió Lily en voz baja, aunque su risa no reflejaba mucha alegría que digamos.

Lily también observó ofendida al gigante durante un segundo, Harry tenía razón, ellos no eran ningunos ignorantes.

Molly sonrió con ternura, muy maternalmente. Aquellos chicos eran tan inocentes…

Tío Vernon palideció. Hagrid, enfurecido, contempló a Harry y a Lily.

—Pero  tienen que saber algo sobre su madre y su pa­dre —dijo—. Quiero decir, ellos son famosos. Ustedes son famosos.

—Esto va a descontrolarse…—murmuró Remus, sintiendo, en el fondo, satisfacción por el hecho de que los Dursley pagara, aunque sea un poco, el daño que les habían hecho a los hermanos Potter.

— ¿Cómo? ¿Nuestra madre y nuestro padre... eran famosos? ¿En serio?—preguntó Harry.

Lily no pudo evitar pensar que el motivo por el cual ella, James y sus hijos eran famosos no le hacía muy feliz… Hubiera preferido ser desconocida completamente, pero tener a su familia entera.

—No sabían... no sabían... —Hagrid se pasó los dedos por el pelo—. ¿De verdad no saben lo que ellos eran? —dijo por último.

Lily alzó las cejas. ¿A qué se refería Hagrid exactamente?

—A que somos magos—dijo James, como si la pregunta hubiera sido formulada en voz alta— Nosotros y ustedes, claro.

De pronto, tío Vernon recuperó la voz

— ¡Deténgase! —ordenó—. ¡Deténgase ahora mismo, se­ñor! ¡Le prohíbo que le diga nada a los muchachos!

—¡Si, claro! ¿Cree que Hagrid va a dejarse intimidar por él?—se burló Sirius— ¡Está realmente muy, muy, loco!

Hagrid le ignoró y aún furioso, siguió hablando.

— ¿No se los ha dicho? ¿No les ha hablado sobre el conteni­do de la carta que Dumbledore le dejó? ¡Yo estaba allí! ¡Vi que Dumbledore la dejaba, Dursley! ¿Y se los ha ocultado durante todos estos años?

—Eso es exactamente lo que el gran y sobre desarrollado hipopótamo ha hecho—confirmó James— Claro, obtuvo ayuda de su encantadora jirafa…Esposa, quise decir.

— ¿Qué es lo que han ocultado? —dijo Harry en tono anhelante.

— ¿A qué se refiere? —quiso saber Lily, usando un tono bastante parecido al de su hermano.

—Se acerca el momento—murmuró Lily conteniendo la respiración, dentro de poco, sus hijos sabrían la verdad.

— ¡DETÉNGASE! ¡SE LO PROHÍBO! —rugió tío Vernon aterrado.

—Sí, ajá, y supongo que Hagrid aceptará encantado quedarse calladito…—musitó Sirius burlonamente— ¡Iluso!

Tía Petunia dejó escapar un gemido de horror.

—Voy a romperles la cabeza (—No hay ningún inconveniente en que lo hagas, Hagrid—aseguró James, contento con la idea) —dijo Hagrid—. Chicos de­ben saber que son  magos.

—Creo que te faltó un poco de tacto Hagrid—dijo Alice mirando con cariño al semi gigante.

Todos estaban expectantes. ¿Qué dirían los muchachos ante aquella revelación?

Se produjo un silencio en la cabaña

— ¿Que somos qué? —dijo Harry con voz entrecortada.

—Magos, Harry—susurró James, conteniendo la respiración— Son magos.

—Un mago y una bruja —respondió Hagrid, sentándose otra vez en el sofá—. Y muy buenos, debo añadir, en cuanto se hayan entrenado un poco. Con unos padres como los suyos ¿qué otra cosa podían ser? (Los Potter sonrieron alagados ante eso) Y creo que ya es hora de que lean la carta.

—¡Finalmente!—exclamó McGonagall, quien ya estaba bastante impaciente.

Todos escuchaban atentos y ansiosos de saber cómo reaccionarían los muchachos al enterarse de todo, e incluso, había muchos que querían enterarse qué había sido de ellos, también.

Y sacó una carta como las que ellos habían intentado leer durante tanto tiempo.

La impaciencia y la ansiedad se fue disipando, conforme todos escuchaban la lectura de la carta, desde el momento de la gran explicación que decía que Dumbledore era el director, y se mencionaban todos sus títulos, siguiendo por las palabras escritas por la profesora McGonagall, hasta la despedida que indicaba que esperaban la lechuza de los muchachos antes del treinta y uno de Julio, y que el curso comenzaba el uno de Septiembre.

Después de unos minutos, Harry  tartamudeó:

— ¿Qué quiere decir eso de que esperan mi lechuza?"

—¿Se acaba de enterar de que es mago y pregunta sobre una lechuza?—preguntó Sirius sonriendo burlonamente.

—No te metas con mi hijo Black—gruñó Lily— Tu también estarías desconcertado si, de pronto, aparece alguien y te dice "Mira, eres famoso, ohh, y lo olvidaba, también eres un mago".

James los observó divertido, su esposa y su mejor amigo nunca cambiarían.

—Gorgonas galopantes, ahora me acuerdo —dijo Hagrid, golpeándose la frente con tanta fuerza como para derri­bar un caballo. De otro bolsillo sacó una lechuza (una lechu­za de verdad, viva) (—¿Cómo puedes tener una lechuza en el bolsillo?—inquirió Frank, sorprendido y divertido a la vez) , una gran pluma y un rollo de pergamino. Con la lengua entre los dien­tes, escribió una nota que enrolló y dio a la lechuza, que la co­gió con el pico. Después fue hasta la puerta y lanzó a la lechu­za en la tormenta. Entonces volvió y se sentó, como si aquello fuera tan normal como hablar por teléfono.

—¿Felétono?—repitió James, curiosamente.

—Aún sigo preguntándome por qué tu y Sirius no tomaron Estudios Muggles—rió Remus, mientras negaba con la cabeza— Teléfono, es un artefacto que los muggles usan para comunicarse a largas distancias.

— ¿Por dónde iba? —dijo Hagrid. Pero en aquel momento tío Vernon se acercó a la chimenea.

—No irán —dijo.

*—Claro que irán—contradijo James, comenzando a enfadarse.*Hagrid gruñó.

—Me gustaría ver a un gran muggle como usted dete­niéndolos—dijo.

—¡Ja! Sería divertido verlo—rió Sirius— Creo que el nivel de locura de nuestro estimado Dursley va en aumento si de verdad cree que impedirá a los chicos ir a donde pertenecen.

— ¿Un qué? —preguntaron interesados Harry y Lily a la vez.

—Un muggle —respondió Hagrid—. Es como llamamos a la gente «no—mágica» como ellos. Y tuviste la mala suerte de crecer en una familia de los más grandes muggles que haya visto.

—¡Bien dicho Hagrid!—le felicitó Remus mientras Sirius y James volvían a reír descontroladamente. ¡Hagrid era simplemente espectacular! Estuviera bien, o mal, nadie podía negar que todos estaban completamente a favor del trato que Hagrid les estaba dando a los muggles.

—Cuando los adoptamos, juramos que íbamos a detener toda esa porquería —dijo tío Vernon—. ¡Juramos que la íba­mos a sacar de ellos! ¡Un mago y una bruja, ni más ni menos!

—¡Ser mago, o bruja, no es ninguna porquería!—saltó Lily, algo herida— Solo porque somos diferentes, no significa que seamos inferiores, o incluso peores que ustedes, Vernon, tú y Petunia están mal. Muy, muy, mal, si siguen pensando de esa manera.

— ¿Ustedes lo sabían? —preguntó Harry—. ¿Ustedes sabían que éramos...  magos?

—¡Claro que lo sabían!—exclamó Sirius, molesto con los muggles, de nuevo— ¡Lo supieron siempre!

—¡Saber! —chilló de pronto tía Petunia—. ¡Saber! ¡Por supuesto que lo sabíamos! ¿Cómo no iban a serlo, siendo lo que era mi condenada hermana? Oh, ella recibió una carta como ésta de ese... ese colegio, y desapareció, y volvía a casa para las vacaciones con los bolsillos llenos de ranas, y conver­tía las tazas de té en ratas. Yo era la única que la veía tal como era: ¡una monstruosidad! Pero para mi madre y mi pa­dre, oh no, para ellos era «Lily hizo esto» y «Lily hizo esto otro». ¡Estaban orgullosos de tener una bruja en la familia!

—¡E hicieron muy bien de estar orgullosos!—estalló James, ya bastante enojado por la forma en la que Petunia se había expresado de su esposa— ¡Lily es la bruja más increíble que he conocido, y que conoceré durante toda la vida! ¡Debería de estar feliz de tener una hermana como ella! ¡No es ninguna monstruosidad! ¡Ninguno de nosotros lo es! Si quiere hablar de aberraciones, debería de verse a sí misma y de pensar en todas las cosas que ha hecho… ¡Si quería que sus padres estuvieran orgullosos, en vez de criticar a su hermana, debió hacer algo por ella misma!

Todos estaban sorprendidos por el largo discurso de James, sin embargo, nadie podía negar que tenía toda la razón del mundo.

Lily le sonrió a su esposo, agradecida. Saber que tenía a alguien que sí la quería y apreciaba como era, la hacía sentir excepcionalmente bien.

Se detuvo para respirar profundamente y luego conti­nuó. Aparentemente hacía años que deseaba decir todo aquello.

—Luego conoció a ese Potter en el colegio y se fueron y se casaron y los tuvieron a ustedes, y por supuesto que yo sabía que iban a ser iguales, iguales de raros, un... unos anormales. ¡Y luego, como si no fuera poco, hubo esa explosión y nosotros tuvimos que quedarnos ustedes!

—¡Petunia!—exclamó Lily, enfureciéndose— ¡Ya basta! No puedes ir y decirles todo eso, ¡tan fríamente! ¡Contrólate! Ellos nunca te han hecho nada, ¡Y no te atrevas a decirles anormales, porque no lo son!

Los chicos  se habían puesto muy pálidos. Lily observaba estupefacta a su tía, estaba confirmándoles que toda la vida les habían mentido, y eso la hacía sentir… extraña.

Tan pronto como re­cuperó la voz,  Harry preguntó:

— ¿Explosión? ¡Nos dijeron que habían muerto en un ac­cidente de coche!

—Esto va a hacer que explotes, Hagrid—comentó Sirius, dirigiéndose al guardabosques— Por favor, si tienes la oportunidad, no te reprimas y arráncales la cabeza…

— ¿ACCIDENTE DE COCHE? —rugió Hagrid dando un salto,—. ¿Cómo iban a poder morir Lily y James Potter en un acciden­te de coche? ¡Eso es un ultraje! ¡Un escándalo! ¡Que Harry y Lily  Potter no conozcan su propia historia, cuando cada chico de nuestro mundo conoce sus nombres!

No había nadie en la sala que no compartiera la indignación de Hagrid. Todos comprendían lo que debía estar sintiendo al darse cuenta de cómo había sido la vida de los muchachos con los Dursley.

Sirius y James aún conservaban la esperanza de que Hagrid les lanzara una maldición o algo a los muggles, pero decidieron que era mejor seguir escuchando antes de hacer cualquier interrupción.

—Pero ¿por qué? ¿Qué sucedió? —preguntó Lily con tono de apremio. Sus padres se llamaban James y Lily… ella se llamaba igual que su madre…

Lily no pudo evitar sonreír con tristeza al escuchar los pensamientos de su hija.

*La furia se desvaneció del rostro de Hagrid. De pronto parecía nervioso.*Y todos comprendieron por qué al escuchar lo que el semi gigante del futuro pensaba, e intentaron darle ánimos al escuchar que decía que quizá no era la persona apropiada para contarles lo que había sucedido.

—Tú eres el indicado para decirles, Hagrid—murmuró Marlene con seguridad— Estoy convencida.

—Lo harás bien—aseguró Alice, tratando de infundirle confianza.

—Bueno, es mejor que sepan todo lo que yo puedo decirles... porque no puedo decírselos todo. Es un gran misterio, al menos una parte...

En aquél momento, los presentes ponían máxima atención, deseosos de saber, de una buena vez, qué era lo que había ocurrido, quién más había muerto, cuál era el misterio de la muerte de los Potter, y muchas cosas más…

A pesar de estar emocionados, los miembros de la Orden no podían evitar sentir miedo. Miedo de lo que pudieran descubrir, de todo lo que Hagrid estaba a punto de revelar.

Se sentó, miró fijamente al fuego durante unos instan­tes, y luego continuó.

—Comienza, supongo, con... con una persona llamada... pero es increíble que no sepan su nombre, todos en nuestro mundo lo saben...

— ¿Quién?—preguntó Harry, curioso.

El rostro de muchos se ensombreció. Todos sabían a quién se estaban refiriendo, y esa persona, si es que se le podía llamar así, solo despertaba desprecio entre los presentes.

—Bueno... no me gusta decir el nombre si puedo evitarlo. Nadie lo dice.

— ¿Por qué no?— preguntó Lily.

—Siempre me he preguntado eso, yo también—comentó el profesor Dumbledore— Aunque quizá la posible explicación es el miedo que el simple hombre infunde en los demás.

—Gárgolas galopantes,, la gente todavía tiene miedo. Vaya, esto es difícil. Miren, estaba ese mago que se vol­vió... malo. Tan malo como se puedan imaginar. Peor. Peor que peor. Su nombre era...

Algunos se estremecieron, pero fueron realmente muy pocos.

Hagrid tragó, pero no le salía la voz.

—Tú puedes Hagrid—dijo James con voz ronca, que abrazaba fuerte a Lily, los dos estaban muy ansiosos por saber más.

—¿Quiere escribirlo? —sugirió Harry.

—No... no sé cómo se escribe. Está bien... Voldemort. —Hagrid se estremeció— (—¡Excelente, Hagrid!—murmuró orgullosa, Marlene— ¡Sabía que podías hacerlo! No me lo hagan repetir. De todos modos, este... este mago, hace unos veinte años, comenzó a buscar seguidores. Y los consiguió. (—Idiotas locos que no sabían absolutamente nada, como mi hermano, o también esos sádicos psicópatas que simplemente están desquiciados, Bellatrix, por ejemplo—comentó Sirius sombríamente. Algunos porque le tenían miedo, otros sólo querían un poco de su poder, porque él iba consiguiendo poder. Eran días negros. No se sa­bía en quién confiar, uno no se animaba a hacerse amigo de magos o brujas desconocidos... (Muchos se sentían extraños en aquél momento, ya que lo que Hagrid describía, era exactamente lo que todos estaban viviendo.) Él se estaba apoderando de todo. Por supuesto, algunos se le opu­sieron y él los mató. Horrible. Hay que considerar que Dumbledore era el único al que Quien—tú—sabes temía. No se atrevía a apo­derarse del colegio, no entonces, al menos."

—Creo que me tienes en un concepto más alto del que merezco Hagrid—dijo el profesor Dumbledore— Nunca he llegado a subestimar a Voldemort, como para pensar en que me tenga temor, pero aun así, te agradezco que pienses eso de mí.

—De nada, profesor—repuso el mencionado, que estaba en un extraño estado de ánimo en aquél momento. Era raro escucharse así mismo hablando de su época actual, en un futuro.

»Ahora bien, su madre y su padre eran la mejor bruja y el mejor mago que yo he conocido nunca. ¡En su época de Hog­warts eran los primeros! (Ambos Potter le sonrieron a Hagrid, para ellos era muy importante cada palabra que él decía, ya que sus hijos estaban conociéndolos, muy poco, pero conociéndolos por medio del semi gigante) Supongo que el misterio es por qué Quien—tú—sabes nunca había tratado de ponerlos de su parte... Probablemente sabía que estaban demasiado cerca de Dumbledore para querer tener algo que ver con el Lado Oscuro.

Eso hizo que Dumbledore reflexionara durante un momento. Allí había algo, algo importante. ¿Por qué los Voldemort había perseguido de esa forma a los Potter? Podía ser, como sugería Hagrid, porque eran abiertamente personas que se negaban a pertenecer al Lado Oscuro, pero el profesor no podía evitar pensar que había otra razón…

»Tal vez pensó que podía persuadirlos... O quizá simple­mente quería quitarlos de en medio. Lo que todos saben es que él apareció en el pueblo donde vosotros vivíais, el día de Halloween, hace diez años. Ustedes tenían un año. Él fue a su  casa y... y...

Lily y James sintieron una sensación fría, y extraña. Así que habían muerto en Halloween, cuando sus pequeños hijos tenían únicamente un año. No era algo fácil de digerir.

De pronto, Hagrid sacó un pañuelo y se sonó la nariz con un sonido como el de una corneta.

—Lo siento —dijo—. Pero es tan triste... pensar que tu madre y tu padre, la mejor gente del mundo que podrías en­contrar...

—Gracias por los cumplidos, Hagrid—murmuró James en voz baja, tratando de distraer sus pensamientos— Eres realmente genial…

»Quien—ustedes—saben los mató. Y entonces... y ése es el verda­dero misterio del asunto... también trató de matarlos a ustedes, Su­pongo que quería hacer un trabajo limpio, o tal vez, para en­tonces, disfrutaba matando.

Lily se aferró al abrazo de James con fuerza, asustada. Ella había muerto antes que Voldemort tratara de matar a sus hijos, eso lo sabía perfectamente. Pero el saber, el imaginar, a sus bebés allí, solos, desprotegidos, frente a un mago tenebroso, completamente desalmado… Era insoportable. Le causaba simplemente un dolor inigualable.

Pero no pudo hacerlo. ¿Nunca se preguntaron cómo se hicieron esa marca en la frente? No es un corte común. Sucedió cuando una poderosa maldición diabó­lica los tocó.

Nadie comprendía como los niños habían logrado sobrevivir, pero era obvio que aquella era una parte importante de la historia. Sin duda, era la primera vez que se oía de un caso en donde alguien sobrevivía a la maldición asesina.

Fue la que terminó con su madre, su padre y la casa, pero no funcionó ustedes, y por eso son famosos.

Ninguno sabía que decir ante eso. Lily simplemente lloraba en silencio, en los brazos de James. Todos los demás estaban demasiado consternados como para decir cualquier cosa. Así como Hagrid había dicho, era algo muy triste lo que había sucedido con los Potter.

Nadie a quien él hubiera decidido matar sobrevivió, nadie excepto ustedes, y eso que acabó con algunas de las mejores bru­jas y de los mejores magos de la época (los McKinnons, los Bones, los Prewetts...) y ustedes eran muy pequeños. Pero sobre­vivieron."

La sala entera estaba sumida en un silencio sepulcral. Nadie podía decir nada.

—Esto no puede ser—susurró Molly con lágrimas en los ojos— No.. Gideon, Fabian… no, no… ¡No!

Casi mecánicamente, la pelirroja se levantó y se dirigió hacia donde estaban sus hermanos, la mujer lloraba a lágrima viva. Los abrazó fuertemente a los dos.

—T..todo está bien, Molly—dijo Fabian, dándole unas palmaditas a su hermana.

—Vamos, hermanita, se… seguimos aquí—aseguró Gideon, dulcemente— De hecho, estás ahorcándonos…

—Yo…Yo… ¡Es que no puede ser!—exclamó Molly, llorando aún— ¡Yo siempre fui dura con ustedes… y los regañé y son… son los mejores hermanos que pude haber deseado y… ¡No! No puedo aceptarlo…

—Todo está bien, Molly—murmuró firmemente Fabian—Créeme que no será tan fácil acabar con nosotros, todavía tienes hermanos para rato.

Claro, los gemelos estaban más afectados de lo que estaban dispuestos a demostrar y no eran los únicos, Marlene y Edgar estaban en un estado de estupefacción y negación muy parecido al de Molly. No sabían cómo reaccionar ante la información de que estaban muertos, lo cual era completamente razonable.

—Vamos a cambiarlo—dijo James con determinación, tratando de animar a los muchachos.

—Por supuesto—dijeron Gideon y Fabián, haciendo un esfuerzo por sonar lo más optimistas posible.

—No tengo la intención de morir tan joven—dijo Edgar intentando sonreír— Todavía tengo mucho que dar.

—Todo va estar bien—aseguró Marlene, también tratando de sonreír.

Algo muy doloroso estaba sucediendo en la mente de los chicos. Mientras Hagrid iba terminando la historia, vieron otra vez la cegadora luz verde con más claridad de lo que la había recordado antes y, por primera vez en sus vidas, se acordaron de algo más, de una risa cruel, aguda y fría.

—Lo recuerdan—susurró Lily con tristeza y pesar— No quiero que lo recuerden, James—susurró, dirigiéndose a su esposo— No lo soporto.

—Tranquila, Lily—respondió James, acariciándole el cabello a su embarazada esposa— No sé cómo, pero todo estará bien, ya lo verás.

Hagrid los miraba con tristeza.

—Yo mismo los saqué de la casa en ruinas, por orden de Dumbledore. Y los llevé con esta gente...

— Para su desgracia —pensó Sirius tristemente, intentando no caer de nuevo en la duda de dónde demonios estaría él.

—Tonterías —dijo tío Vernon.

—¡Idiota! ¡Cállate!—exclamó James— ¡Haz el favor y cierra tu enorme boca que se miraba mil veces mejor cerrada!

Los hermanos dieron un respingo. Habían pasado por alto que los Dursley estaban allí. Tío Vernon parecía haber recuperado su va­lor. Miraba con rabia a Hagrid y tenía los puños cerrados.

—Bola de grasa asquerosa, ¡Deja que Hagrid y los muchachos terminen de hablar!—gruñó Sirius—¡Nadie quiere escucharte! Solo gastas saliva y haces que las personas sufran de contaminación auditiva con tus tonterías…

—Ahora escuchen esto, chicos—gruñó—: acepto que haya algo extraño acerca de ustedes, probablemente nada que unos bue­nos golpes no curen.(James estuvo a punto de expresar en voz alta lo que le haría a cualquiera que se atreviera a ponerle una mano encima a sus hijos, pero por respeto a los demás, decidió guardarse su rabia para más tarde) Y todo eso sobre sus padres... Bien, eran raros, no lo niego y, en mi opinión, el mundo está mejor sin ellos... Recibieron lo que buscaban, al mezclarse con esos brujos... Es lo que yo esperaba: siempre supe que iban a ter­minar mal...

La sala entera estallo de indignación soltando insultos hacia Vernon Dursley, nadie comprendía cómo era posible que dijera semejantes cosas de los Potter…

Sirius y Remus parecían a punto de explotar del enfado, y el primero incluso consideró la idea de aprender a enviar maldiciones por correo.

—Está bien chicos—dijo Lily—no importa lo que ellos digan teniendo tanta gente que nos quiere. Lo que ellos opinen no nos afecta.

James asintió con la cabeza agradecido.

Pero en aquel momento Hagrid se levantó del sofá y sacó de su abrigo un paraguas rosado. Apuntando a tío Vernon, como con una espada, dijo:

—Le prevengo, Dursley, le estoy avisando, una palabra más y...

—¡No sé por qué esperas, Hagrid! Si yo estuviera allí ya les habría quitado la capacidad de hablar… aunque no sé si existe una maldición para eso…

—No lo dudamos ni un segundo, Sirius—repuso Alice, divertida— Pero concéntrate en la lectura, ¡ya no interrumpas tanto!

Al parecer el valor de tío Vernon se desvaneció de nuevo. Se aplastó contra la pared y permane­ció en silencio.

—Lo mejor que ha hecho en toda la noche—aseguró Edgar sonriendo a medias.

—Así está mejor —dijo Hagrid, respirando con dificul­tad y sentándose otra vez.

Los hermanos, entre tanto, todavía tenían muchas preguntas.

—Es algo compresible—comentó Alice con ternura, imaginándose lo que ella sentiría de estar en su situación.

—Pero ¿qué sucedió con Vol... perdón, quiero decir con Quién—usted—sabe?—preguntó Lily.

Eso despertó la atención de muchos. Aquella era una cuestión que muchos se preguntaban, y sin duda muy importante. ¿Qué había pasado después de que Voldemort trató de matar a los niños?

—Buena pregunta, Lily. Desapareció. Se desvaneció. La misma noche que trató de matarlos. Eso los hizo aún más famosos. Ése es el mayor misterio, saben... Se estaba volvien­do más y más poderoso... ¿Por qué se fue?

—¿Por qué se fue?—repitió James, deseando que alguien le contestara, pero nadie podía imaginarse la razón.

El profesor Dumbledore estaba sin duda muy atento a eso. Era importante, y él lo sabía.

»Algunos dicen que murió. No creo que le quede lo sufi­ciente de humano para morir.

—Eso es espeluznante—murmuró Molly, acercándose un poco más a Arthur, y todos eran de su misma opinión.

»La mayor parte de nosotros cree que todavía está en al­guna parte, pero que perdió sus poderes. Que está demasia­do débil para seguir adelante. Porque algo relacionado ustedes, acabó con él. Algo sucedió aquella noche que él no contaba con que sucedería, no sé qué fue, nadie lo sabe... Pero algo relacionado ustedes  lo confundió.

—La cuestión es, ¿qué? ¿Qué fue lo que sucedió?—preguntó Lily, sin comprender mayor cosa.

—Tuvo que haber sido algo que vaya más de la magia simple—razonó Remus— Tiene que tratarse de un suceso, algo que sobrepase todo lo que nosotros hicimos…

—¿Pero cómo pueden haber hecho eso unos niños?—inquirió Frank— Nosotros somos magos capacitados, adultos y hábiles en lo que se refiere a combate. ¿Cómo pudieron unos niños, que ni siquiera podían hablar como se debe, hacer algo más radical que nosotros?

Visto desde esa perspectiva, a todos les resultaba simplemente algo increíble que los pequeños Potter pudieran hacer algo en contra del mago más tenebroso de todos los tiempos.

Los presentes continuaron descubriendo lo que el libro decía, y varios sonrieron con ternura al comprobar la incredulidad de Harry ante la perspectiva de ser mago. Era casi gracioso que pensara que no era lo suficientemente apto para ser mago. Incluso algunos sintieron la necesidad de culpar a los Dursley por la poca fe de Harry, ya que quedaba claro que el niño pensaba que lo que Hagrid había dicho era una equivocación.

Mientras que Lily estaba encantada con la idea. Una bruja… sentía que aquello era lo más impresionante que le habían dicho nunca. Habría dudado si la persona que se lo dijo hubiera sido una persona normal, de la estatura de tío Vernon (incluso algo más alto) pero, considerando que ella llegaría a la estatura de aquel hombre el día en que se multiplicara en cuatro y se subiera encima de todas sus replicas no dio lugar a ninguna duda, ella y Harry eran magos.

Eso le levantó el ánimo a varios, especialmente a los Potter. Si Lily creía que sí eran magos, entonces ella podría convencer a su hermano de que lo aceptara.

Iba a decir algo pero Harry habló antes:

—Hagrid —dijo con calma—, creo que está equivocado. No creo que yo pueda ser un mago.

—Si lo eres, cariño—murmuró Lily acariciando su vientre— Si lo eres.

Para su sorpresa, Hagrid se rió entre dientes.

—No eres un mago, ¿eh? ¿Nunca haces que sucedan co­sas cuando estás asustado o enfadado?

—¡Cosas increíbles, diría yo!—rió James con orgullo, recordando el divertido accidente de Dudley en el zoológico.

Harry contempló el fuego. Si pensaba en ello... todas las cosas raras que habían hecho que sus tíos se enfadaran con él y con Lily, habían sucedido cuando él, Harry, o su hermana, estaban molestos o enfa­dados.

¡Estaba convenciéndose! Los presentes sonrieron, sabiendo que la batalla estaba ganada. Harry estaba a punto de creer, si no era que ya creía en todo lo que Hagrid había dicho. Los presentes no pudieron evitar sentir alegría por los muchachos, sabiendo que pronto dejarían a los Dursley por un buen tiempo, e irían a su verdadero hogar, a Hogwarts.

Harry miró a Lily y ella le dedicó una sonrisa radiante, una de esas sonrisas que hacía que todo lo malo se desvaneciera, luego miró de nuevo a Hagrid, sonriendo, y vio que el gi­gante lo miraba radiante.

— ¿Te das cuenta? —dijo Hagrid—. Conque Harry Potter no es un mago... Ya verás, serás muy famoso en Hogwarts.

—Lo haces bien Hagrid—dijo Remus sonriendo—Creo que ya está completamente convencido.

—Y a la pequeña ni siquiera tuviste que convencerla—añadió Sirius, que también sonreía, esa niña le despertaba un cariño especial, uno diferente al que le tenía a su ahijado, pero los dos igual de fuertes.

Pero tío Vernon no iba a rendirse sin luchar.

—Creí que ya habíamos quedado en que calladito se veía más bonito—gruñó Lily cansinamente— ¡Ya déjalos en paz, Vernon!

—¿No le hemos dicho que no irán? —dijo con desagrado—. Irán a la escuela secundaria Stonewall y nos darán las gracias por ello. Ya he leído esas cartas y necesitarán toda clase de porquerías: libros de hechizos, varitas y...

—Y pueden conseguirlas perfectamente sin tu ayuda—replicó Marlene, molesta ante la perspectiva de que alguien pudiera ser tan necio— ¡Van a ir, le guste, o no! Debería de resignarse de una vez…

—Si él quieren ir, un gran muggle como usted no los deten­drá —gruñó Hagrid—. ¡Detener a los hijos de Lily y James Pot­ter para que no vayan  a Hogwarts! (—¡Te comprendo, Hagrid!—aseguró James negando con la cabeza, con ánimo bromista— ¡Es algo completamente imposible que pretenda hacer eso!)Está loco. Sus nombres está apuntado casi desde que nacieron. (—De hecho—comentó Sirius— Están apuntados allí dese mucho antes de que nacieran…) Irán al mejor colegio de magia del mundo. Siete años allí y no se conocerán a sí mismos. Esta­rán con jóvenes de su misma clase, lo que será un cambio.(—Un cambio completamente agradable—aseguró Lily— Bueno, el hecho de que ya no tengan que verlos es simplemente estupenda…) Y es­tarán con el más grande director que Hogwarts haya tenido: Albus Dumbled...

— ¡NO VOY A PAGAR PARA QUE ALGÚN CHIFLADO VIEJO TONTO LE ENSEÑE TRUCOS DE MAGIA! —gritó tío Vernon."

—Esta vez cometió un error muy grande—dijo James sonriente, imaginándose lo que Hagrid haría—esa fue la gota que derramó el vaso…

Pero aquella vez había ido demasiado lejos. Hagrid em­puñó su paraguas y lo agitó sobre su cabeza.

—¡NUNCA... —bramó— INSULTE—A—ALBUS—DUMBLEDORE—EN—MI—PRESENCIA!

—Te agradezco que me defiendas, Hagrid—murmuró el profesor Dumbledore con sincero agradecimiento— Pero te suplico que no pierdas la paciencia con los muggles.

Agitó el paraguas en el aire para apuntar a Dudley. Se produjo un relámpago de luz violeta, un sonido como de un petardo, un agudo chillido y, al momento siguiente, Dudley saltaba, con las manos sobre su gordo trasero, mientras ge­mía de dolor. Cuando les dio la espalda, Harry y Lily  vieron una rizada cola de cerdo que salía a través de un agujero en los pantalones.

**Gideon, Fabian, Edgar, Frank, James, Sirius, Arthur y Remus se revolcaban de la risa en sus asientos bajo las miradas divertidas de el resto de los presentes.**Las risas eran tantas en la sala y no se detuvieron hasta que Sirius y James se secaron las ultimas lagrimas que les había producido la risa… la única que no encontraba divertido aquello, aunque  hacia grandes esfuerzos por no sonreir, era la profesora McGonagall, que miró a Hagrid severamente.

—Eres mi héroe Hagrid— dijo Frank todavía riéndose— mira que ponerle una cola…

Tío Vernon rugió. Empujó a tía Petunia y a Dudley a la otra habitación, lanzó una última mirada aterrorizada a Ha­grid y cerró con fuerza la puerta detrás de ellos.

—¡Esto es historia!—exclamó Gideon, un carcajeándose— ¡Oh, Hagrid! Eres el mejor guardabosque defensor del mundo…

—¡Sin duda alguna!—le apoyó Fabian—¡Una cola! ¡Una cola!—se desternilló de risa de nuevo— Oh, Merlín, esto supera los niveles de genialidad hasta hoy conocidos…

Hagrid miró su paraguas y se tiró de la barba.

—No debería enfadarme —dijo con pesar—, pero a lo mejor no ha funcionado. Quise convertirlo en un cerdo, pero supongo que ya se parece mucho a un cerdo y no había mucho por hacer.

—Hiciste un trabajo perfecto, Hagrid—aseguró Sirius, mirando al semi gigante con orgullo— ¡Fue estupendo!

—¡Épico!—aseguró James— ¡Inolvidable! Lo más genial que ha pasado en el libro, oh, sí señor… ¡Incluso más genial que lo de la boa constrictor…!

Miró de reojo a Harry y a Lily, bajo sus cejas pobladas.

Lily hacia un gran esfuerzo por no comenzar a reírse a carcajadas.

—¡Hazlo, pequeña!—alentó Sirius— Fue muy gracioso, no te reprimas…

—Les agradecería que no mencionaran esto a nadie de Hogwarts —dijo—. Yo... bien, no me está permitido hacer magia, hablando estrictamente. Conseguí permiso para ha­cer un poquito, para que les llegaran las cartas y todo eso... Era una de las razones por las que quería este trabajo...

—Puedes estar seguro de que no dirán nada—murmuró Edgar con confianza— En el fondo lo disfrutaron tanto o más que nosotros, dudo muchísimo que te delaten…—volvió a sonreír, deseando haber visto la imagen del chico con cola.

— ¿Por qué no le está permitido hacer magia? —pregun­tó Lily.

Hagrid se removió algo incomodo ente esa pregunta, sin embargo, muy pocos lo notaron, ya que la mitad de la sala ponía mucha atención a la lectura, y la otra mitad (la mayoría de los hombres) seguía riéndose por lo Dudley.

—Bueno... yo fui también a Hogwarts y, si he de ser fran­co, me expulsaron. En el tercer año. Me rompieron la varita en dos. Pero Dumbledore dejó que me quedara como guarda­bosques. Es un gran hombre.

Dumbledore sonrió agradecido hacia Hagrid. Él también le tenía mucha estima al semi gigante.

—¿Por qué lo expulsaron?—dijo Harry"

—Eso fue un poco imprudente—dijo Lily como si Harry fuera capaz de escucharla— no deberías de preguntar ese tipo de cosas…

Y le sonrió a Hagrid, quien se removía incómodamente en su asiento.

—Fue un actuar completamente injusto que expulsaran a Hagrid—explicó el profesor Dumbledore, en un tono de voz que sugería que no deseaba que se hablara más del tema.

—Gracias profesor—dijo este mirando a Dumbledore.

—Se está haciendo tarde y tenemos muchas cosas que hacer mañana —dijo Hagrid en voz alta—. Tenemos que ir a la ciudad y conseguir los libros y todo lo demás.

—¡Esto es emocionante!—exclamó Lily, muy ilusionada— ¡Ya falta muy poco para Hogwarts!

Eso hacía que más de una persona en la sala se sintiera muy contento.

Se quitó su grueso abrigo negro (el cual era suficientemente grande para cubrir a los dos chicos) y se lo dio a Harry.

—Pueden taparse con esto —dijo—. No se preocupen si algo se agita. Creo que todavía tengo lirones en un bolsillo.

—Bien, este es el final del capítulo—declaró Arthur.

—¿Siempre llevas los bolsillos llenos de cosas Hagrid?—preguntó Marlene sonriendo.

El semi gigante le respondió con una sonrisa.

Sin duda, a pesar de que había sido difícil escuchar aquél capitulo, resultó muy importante para todos, ya que contenía información bastante importante, que sería cuidadosamente guardada hasta el momento de comenzar a hacer conclusiones.

—¿Cuánto falta para la cena?—preguntó Sirius de pronto.

—¿Puedes dejar de pensar en comida por una vez en tu vida Sirius?— inquirió Lily.

—No te enfades pelirroja, era simple curiosidad—murmuró riendo ante la expresión de fastidio de Lily en el rostro.

James reía por la discusión entre Sirius y Lily, dudaba que algún día pudieran compartir la misma habitación sin discutir en un lapso de diez minutos, pero pensándolo bien, no cambiaria esos momentos por nada del mundo.