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En la sala de Menesteres: Leyendo nuestro futuro — capítulo 4

La discusión entre Sirius y Lily duró algunos minutos más, para diversión de todos los presentes. Pero una vez acabada, decidieron seguir con la lectura. Arthur le tendió el libro a una sonriente Alice y ella comenzó: —El nombre del capítulo es "El Callejón Diagon"—dijo Alice.

—¡Eso es estupendo!—dijo Lily emocionada— El callejón va a encantarles, yo nunca olvidaré lo feliz que me sentí cuando fui por primera vez.

—Creo que ninguno de nosotros—dijo Remus sonriendo— Estoy seguro que ellos tampoco lo harán…

—Cada vez nos acercamos más a Hogwarts—murmuró James contento— ¡Cada vez más cerca!

Harry se despertó temprano aquella mañana. Aunque sabía que ya era de día, mantenía los ojos muy cerrados.

Ha sido un sueño —se dijo con firmeza—. Soñé que un gigante llamado Hagrid vino a decirnos que vamos  a ir a un colegio de magos. Cuando abra los ojos estaré en casa, en mi alacena y tendré que despertar a Lily…

Remus no pudo evitar sonreír por los pensamientos de Harry, dándose cuenta, una vez más, del cariño que sentía por el niño y por su hermana, claro. Durante una fracción de segundo, incluso recordó que, en sus propios tiempos de Hogwarts, él tenía la tarea diaria de despertar a James, lo cual nunca había sido muy fácil…

¡Hermosos recuerdos, sin duda!

 Se produjo un súbito golpeteo.

«Y ésa es tía Petunia llamando a la puerta», pensó Harry con el corazón abrumado.

—Va a ponerse muy feliz cuando abra los ojos—comentó Alice sonriente— Muy, pero muy feliz.

Pero todavía no abrió los ojos. Ha­bía sido un sueño tan bonito...

Toc. Toc. Toc.

—Está bien —rezongó Harry—. Ya me levanto.

—No fue un sueño, hijo—dijo James sonriendo— ya verás cuando despiertes completamente. ¡Será un día estupendo!

—Probablemente pasarán el mejor cumpleaños de sus vidas—suspiró Lily, con muchos sentimientos encontrados, pero decidida a mostrarse feliz por la felicidad de sus hijos.

Se incorporó y se le cayó el pesado abrigo negro de Hagrid, que terminó cubriendo a su dormida hermana por completo. Hagrid estaba dormido en el sofá y había una lechuza golpeando con su pata en la ventana, con un periódico en el pico.

Todos sonrieron contentos. Harry estaba despierto, y ahora podía comprobar que nada había sido un sueño. La emoción era casi tangible en la sala, ya que todos estaban ansiosos por ver lo que pasaría a continuación.

Harry se puso de pie, tan feliz como si un gran globo se expandiera en su interior.

—Eso me alegra muchísimo—exclamó Lily contenta— ¡Todo será mejor a partir de ahora!

Le  quitó de encima  el abrigo de Hagrid a Lily y comenzó a despertarla.

—Lily, despierta—le dijo sacudiéndola suavemente—vamos abre los ojos…

Sirius casi pudo recordar su época en Hogwarts en ese momento, y a Remus diciendo: —Despierta, James—casi nunca obtenía respuesta a la primera—Vamos James, arriba—nada de nuevo— ¡James Potter! Llegaremos tarde a transformaciones de nuevo—ronquido— ¡Oh, Merlín! Es imposible tratar contigo…

Luego Peter intentaba hacer algo, y como siempre, James parecía seguir gozando de un sueño perfecto.

Al no obtener mayores resultados, Sirius era quien se hacía cargo de la situación**.**

— ¡Eh, James! ¡Mira! ¡Es Lily Evans besando a ese chico de Ravenclaw!

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Qué chico?—exclamaba James, saltando completamente de la cama, ante las carcajadas de sus amigos— Si, ajá, muy gracioso…

Sin duda, aquellos habían sido días gloriosos, pensaba Sirius con una sonrisa en el rostro.

La niña en respuesta fue abriendo los ojos lentamente y dejó escapar un bostezo, pero de inmediato le dedicó una sonrisa a Harry.

—Buenos días— dijo, para luego percatarse de la lechuza que golpeaba la ventana— creo que deberíamos dejarla pasar…

 Fueron hacia la ventana y la abrieron. La lechuza entró dejó el periódico sobre Hagrid, que no se despertó.

—Tienes el sueño pesado amigo— dijo Sirius sonriendo al semigigante— incluso más que la pequeña…

Pero se calló al ver a una pelirroja fulminándolo con la mirada, Lily era muy susceptible en lo que a sus hijos se refería. Aunque, en el fondo, le parecía muy tierno que su hija heredara el sueño, obviamente profundo, de su esposo.

Entonces la lechuza se posó en el suelo y comenzó a atacar el abrigo de Hagrid.

Harry trató de apartar a la lechuza, pero ésta continuó atacando el abrigo.

—¡Quiere que le paguen!—razonó Marlene, señalándolo como si fuera lo más normal del universo— Por eso picotea el abrigo.

— ¡Hagrid! —dijo Harry en voz alta—. Aquí hay una le­chuza...

—Págala —gruñó Hagrid desde el sofá.

— ¿Qué? —preguntó Lily.

—¿Cómo que qué?—inquirió Sirius alzando las cejas.

—Ellos no saben nada sobre dinero mágico, y tampoco sobre tratar con lechuzas, Sirius—le recordó Remus con paciencia— Todavía tienen mucho que aprender….

—Quiere que le paguen por traer el periódico. Busquen en los bolsillos.

—Eso será algo complicado, considerando los numerosos bolsillos que tienes, amigo—rió Gideon, dirigiéndose a Hagrid, que también sonrió.

El abrigo de Hagrid parecía hecho de bolsillos y contenía un sin fin de cosas

—Denle cinco knuts —dijo soñoliento Hagrid.

—Al parecer el precio de la mensajería a aumentado—comentó Alice sin darle mucha importancia, como una simple observación.

— ¿Knuts? —preguntó Lily.

—Monedas, mágicas—explicó Lily, sin poder reprimir el deseo de enseñarles todo sobre el mundo mágico a sus hijos.

—Esas pequeñas de bronce.

Harry contó las cinco monedas y se las metió a la lechuza en una bolsita de cuero que llevaba atada. Luego salió volando por la venta­na abierta.

—Espero que leas el periódico, Hagrid —comentó James— La verdad es que me gustaría enterarme de todo lo que sucede en el mundo mágico en esa época…

Hagrid bostezó con fuerza, se sentó y se desperezó.

—Es mejor que nos demos prisa, chicos. Tenemos muchas cosas que hacer hoy. Debemos ir a Londres a comprar todas las cosas del colegio.

Escuchar eso hizo que muchos sonrieran contentos. Como ya habían dicho antes, Hogwarts estaba muy cerca y eso ponía de buen ánimo a todos los presentes, que se imaginaban todo lo que los muchachos harían al llegar al colegio.

Lily estaba entretenida jugando con las monedas mágicas, observándolas con curiosidad, nunca había visto monedas tan extrañas.

Lily sonrió, recordando que ella había sentido algo muy parecido al ver por primera vez el dinero mágico, hacia ya varios años. ¡Que rápido pasaba el tiempo!

Pero Harry acababa de pensar en algo que le hizo sentir que el globo de felicidad en su interior acababa de pincharse. —Mm... ¿Hagrid?—preguntó este.

—¿Qué ocurre?—inquirió Sirius, preocupado. Se había hecho el firme propósito de hacer lo más feliz posible a su ahijado, y a la pequeña, desde el momento en el que ambos naciera, así que no deseaba que nada les estropeara la felicidad.

— ¿Sí? —dijo Hagrid, que se estaba calzando botas.

—Nosotros  no tenemos  dinero y ya oíste a tío Vernon anoche, no va a pagar para que vayamos  a aprender magia.

Lily hizo una mueca ante eso, pensando que era verdad.

—¿Piensan que no les dejamos nada?—preguntó James preocupado, sabiendo que eso no era cierto. De hecho, sus hijos podrían vivir cómodamente bien por muchos años con todo el dinero que había en su cámara… —No te preocupes por eso, James—le respondió Hagrid— lo más probable es que mi futuro yo los lleve a su Cámara en Gringotts. —Tienes razón—reconoció James más tranquilo, y dedicándole una sonrisa a su amigo semigigante.—No se preocupen por eso —dijo Hagrid, poniéndose de pie y golpeándose la cabeza—. ¿No creerán que sus padres no les dejaron nada?

James sonrió ante la pregunta formulado por el Hagrid. —Pero si su casa fue destruida...—dijo Lily

—¿Eso que tiene que ver?—inquirió Alice curiosa, sin comprender.

—Lo que sucede, es que algunos muggles, la verdad muy pocos, guardan sus pertenencias en sus hogares—explicó Lily tranquilamente— Bueno, supongo que es cuestión de preferencias.

— ¡Ellos no guardaban el oro en la casa, muchachos! No, la primera parada para nosotros es Gringotts. El banco de los magos.

— ¿Los magos tienen bancos?—preguntó Harry. —Sólo uno. Gringotts. Lo dirigen los duendes.

—Que de hecho, son muy desagradables…—comentó Marlene, frunciendo el entrecejo ligeramente.

—¿Malas experiencias con duendes?—inquirió Edgar con curiosidad, dirigiéndose a Marlene.

—Si—bufó esta, recordando— Tuvimos un pequeño percance por una corona de bodas… Era de mi madre, pero ellos salieron con su rollo ese de "Está hecho por duendes, entonces es nuestro…"

Varios asintieron comprensivamente, sabían que tratar con duendes no era muy fácil en algunas ocasiones, menos cuando había objetos implicados.

Lily  dejó caer el pedazo de salchicha que le quedaba.

— ¿Duendes?—preguntó.

—Ajá... Así uno tendría que estar loco para intentar robarlos…Nunca se metan con los duendes, chicos.

—Buen consejo Hagrid—dijo Remus—aunque no creo que tengan motivos para hacerlo…

—Nunca se sabe, señor Lupin— dijo Dumbledore sonriendo misteriosamente— Hay ocasiones en las que los detalles más pequeños, a los que usualmente no ponernos mayor atención, son los que después nos sirven de ayuda.

Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieran guardar, excepto tal vez Hogwarts. Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos modos. Por Dumbledore. Asuntos de Hogwarts. —Hagrid se irguió con orgullo—. En general, me utiliza para asuntos importantes. ¿Lo tienen todo? Pues vamos.

—¡Vamos, vamos, vamos!—exclamaban Gideon y Fabian emocionados. A pesar de que no conocían a los chicos Potter, los encontraban ciertamente simpáticos, y les agradaba la idea de que hubiera algo que hiciera que sus vidas se tornaran mejores.

Los hermanos  siguieron a Hagrid fuera de la cabaña. El bote que tío Vernon había alquilado todavía estaba allí.

— ¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Harry.

—Volando —dijo Hagrid.

—¿Volando?—repitió Alice, algo desconcertada, incapaz de imaginar la escena de Hagrid flotando por los aires, sería algo muy raro de ver…

— ¿Volando? —preguntó Lily.

—Sí... pero vamos a regresar en esto. No debo utilizar la magia, ahora que ya los encontré.

McGonagall asintió, sonriendo aprobadoramente ante la perspectiva de un Hagrid que obedecía las normas. Le ponía muy contenta que tomara con prudencia la situación, y tenía que reconocer, que en el fondo había pensado que el guardabosque iba a utilizar más magia…

Subieron al bote.

—Sin embargo, me parece una lástima tener que remar —dijo Hagrid, dirigiendo a los niños una mirada de soslayo—. Si yo... apresuro las cosas un poquito, ¿les importaría no men­cionarlo en Hogwarts?

—Oh Hagrid—dijo meneando la cabeza la profesora McGonagall, confirmando sus sospechas, ante las risas de todos los demás—no deberías hacer magia una vez que no la necesitas—terminó, dedicándole una mirada severa al semigigante.

—Lo siento mucho profesora—dijo Hagrid algo apenado.

—Por supuesto que no —respondieron los hermanos, deseosos de ver más magia. Hagrid sacó otra vez el paraguas rosado, dio dos golpes en el borde del bote y salieron a toda velocidad hacia la orilla.

La profesora suspiró, resignada. No habría forma de impedir nunca que Hagrid hiciera de las suyas (aunque esto no le molestara demasiado) y era completamente de esperarse, tratándose de los hijos de James Potter, que los muchachos aceptaran guardarle el secreto al guardabosques.

— ¿Por qué tendría que estar uno loco para intentar robar en Gringotts? —preguntó Lily.

—Bueno, veamos, hay muchos hechizos, todo tipo de maldiciones, duendes locos capaces de hacer magia, he oído rumores de que hay dragones, si te quedas atrapada en una bóveda estas oficialmente muerta…

—Sirius, nosotros ya sabemos eso—rió Remus— No necesitamos que nos lo expliques tan detalladamente…

—Hechizos... encantamientos —dijo Hagrid, desdoblando su periódico mientras hablaba—... Dicen que hay dragones custodiando las cámaras de máxima seguridad.

Lily sonrió ante eso…dragones. No pudo evitar pensar que  sería estupendo ver uno.

—Sí, claro—ironizó Lily, a quien no le agradaban tanto los dragones— Siempre y cuando no te rosticen cuando escupan fuego, sería muy interesante ver uno… Cuando ya seas mucho, mucho, mayor.

—Y además, hay que saber encontrar el camino. Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres. morirían de hambre tratando de salir, aunque hubieran podido robar algo.

—Creo que sería preferible mandar a los ladrones a Azkaban—comentó Marlene— Bueno, al menos así no morirían, y pagarían por su crimen… Pero quedar atrapados así, bueno, me parece algo horrible…

—Es precisamente por eso que así es el banco—explicó Frank— Lo que sucede es que al saber los riesgos que se corre al intentar robar algo, la gente prefiere ni siquiera planteárselo… Aunque tienes razón, sería mejor mandarlos a Azkaban.

—El Ministerio de Magia está confundiendo las cosas, como de costumbre —murmuró Hagrid, dando la vuelta a la hoja.

—¿Hay un Ministerio de Magia? —preguntó Lily, sin poder contenerse.

—Sí, si lo hay, y solo un cuarto de personas que trabajan allí son decentes, más de la mitad son idiotas incompetentes…

—James, cállate y déjanos escuchar—pidió Lily, mientras ponía los ojos en blanco—Ya después podrás despotricar contra el ministerio, si quieres.

—Por supuesto —respondió Hagrid—. Querían que Dumbledore fuera el ministro, claro, pero él nunca dejará Hogwarts, así que el viejo Cornelius Fudge consiguió el trabajo.

—¿Cornelius Fudge?—preguntó Frank—¿Cómo es posible que consiguiera el cargo?

—Creo que vamos de mal en peor…—murmuró Sirius— espero que por lo menos haga bien su trabajo.

—Creo que no podemos confiarnos de que así sea—murmuró Arthur negando con la cabeza— Aunque yo llegué a pensar, que el cargo lo ocuparía Barty Crouch...

—Sí, eso es lo que parece más probable en estos momentos—reconoció Edgar— Pero supongo que cambiarán muchas cosas de aquí a los siguientes años…

—Nunca ha existido nadie tan chapucero. Así que envía lechuzas a Dumbledore cada mañana, pidiendo consejos. —dijo Hagrid

—Era de esperarse—murmuró Gideon riendo.—Pero ¿qué hace un Ministerio de Magia? —preguntó Lily.

—Bueno, actualmente, no hace absolutamente nada, solo está allí, sentadito, mientras los aurores y nosotros hacemos todo el trabajo…—musitó Sirius amargamente.

—Bueno, su trabajo principal es impedir que los mug­gles sepan que todavía hay brujas y magos por todo el país.

—Al menos sabemos que no van a descubrirnos durante un tiempo…—rió James amargamente, pensando que con todos los problemas con mortífagos que actualmente se estaban dando, era una suerte que los muggles no volvieran a creer en la magia.

En aquel momento, el bote dio un leve golpe contra la pared del muelle. Hagrid dobló su periódico y subieron los esca­lones de piedra hacia la calle.

Las personas observaban mucho a Hagrid, y no era para menos, no solo era de la altura de dos hombres juntos, sino que iba señalando cosas totalmente normales.

—Recuerda que debes ser un poco más cuidadoso, Hagrid—le dijo con apremio, la profesora McGonagall— Sería todo un lío si te descubrieran, intenta no desentonar demasiado.

Claro, estaba extralimitándose con su última petición, ya que la altura de Hagrid impedía completamente que el guardabosque evitara desentonar.

— Hagrid —dijo Harry, jadeando un poco mientras él y Lily  correteaban para seguirlo—, ¿no dijiste que había dragones en Gringotts?

—Bueno, eso dicen —respondió Hagrid—. Me gustaría tener un dragón.

—Y a mí un hipogrifo mascota—comentó Sirius divertido— Pero, ni modo… ¡Querer es bueno!

—Si algún día lo consigues ¿puedo ayudarte a cuidarlo?—preguntó Lily emocionada.

—Vaya, parece que Hagrid no es el único a quien le gustan los dragones—dijo Edgar sonriendo a el matrimonio Potter.

James también sonreía, divertido con la idea, pero Lily negaba con la cabeza, nerviosa. Los dragones únicamente eran de su agrado cuando estaban dormidos, a más de veinte metros de sus hijos.

Habían llegado a la estación. Salía un tren para Londres cinco minutos más tarde. La gente los miraba más que nunca en el tren.

Eso era completamente entendible, así que nadie hizo ningún comentario. Continuaron viendo cómo iban avanzando en el trayecto, mientras que escuchaban todo lo que los muchachos necesitarían para su primer curso en Hogwarts, como el uniforme, los libros, los calderos, las varitas, el resto del equipo de magia, y la regla sobre las escobas…

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE ALOS DE PRI­MER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.

Todos los chicos de la sala, menos Dumbledore, Moody , y Remus pusieron una expresión de des acuerdo en el rostro ante esa norma.

 Aunque Hagrid parecía saber adónde iban, era evidente que no estaba acostumbrado a hacerlo de la forma ordinaria.

Eso era comprensible para todos los magos que no eran hijos de muggles, ya que, a veces, cuando se veían obligados a recorrer los lugares muggles, les resultaba bastante complicado.

 —Es aquí —dijo Hagrid deteniéndose—. El Caldero Chorreante. Es un lugar famoso.

—Recuerdo la primera vez que fui—comentó Alice sonriendo— Allí me compraron mi primera mascota…

Era un bar pequeño y de aspecto sucio. La gente ni lo miraba. En realidad, los hermanos  tuvieron  la extraña sensación de que sólo ellos y Hagrid lo veían.

—Es que solo puede ser vista por magos—dijo Lily sonriendo a su vientre.

—Ya lo sabemos, pelirroja—murmuró Sirius, solo para molestarla y en respuesta recibió una mirada asesina, que arrancó la risa de todos los demás.

Antes de que alguno de los dos pudiera decirlo, Hagrid los hizo entrar. Había muchas personas allí. El suave murmullo de las charlas se detuvo cuando ellos entraron. Todos parecían conocer a Hagrid**.**

El aludido sonrió, pensando que eso era casi verdad. El conocía a gran parte de los magos que visitaban el caldero chorreante.

Lo saludaban con la mano y le sonreían, y el cantinero buscó un vaso diciendo: — ¿Lo de siempre, Hagrid?

—No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de Hogwarts —respondió Hagrid, señalando a los chicos.

No se sabía por qué, pero en aquél momento todos tuvieron un extraño presentimiento que sugería que las personas del lugar iban a alborotarse cuando se dieran cuenta de quienes eran los chicos que acompañaban a Hagrid.

—Buen Dios —dijo el cantinero, mirando atentamente a los hermanos—. ¿Son estos... pueden ser...?

—Excelente—dijo Molly sarcásticamente— Ahora todo el mundo va intentar conocerlos.

—Es natural—dijo tranquilamente Marlene— se supone que son famosos ¿no? Era de esperarse.

El Caldero Chorreante había quedado súbitamente inmóvil y en silencio.

Todos escucharon, algunos divertidos, otros exasperados, y otros sorprendidos, de la bienvenida que siguió en la lectura a continuación. Los magos del Caldero Chorreante parecían estar simplemente encantados con los muchachos.

—Bien, creo que los chicos son más famosos de lo que yo esperaba—dijo Sirius bastante sorprendido.

—¿Qué esperabas Canuto?—preguntó James sonriendo ante el hecho de que la comunidad mágica le tuviera cariño a sus hijos— son mis hijos, no podías esperar menos.

Todos rieron ante el comentario. ¡James jamás cambiaría!

Harry y Lily estrecharon manos una y otra vez. Un joven pálido se adelantó, muy nervioso. Tenía un tic en el ojo.

— ¡Profesor Quirrell! —dijo Hagrid—. Chicos, el profesor Quirrell les dará clases en Hogwarts.

—¿Quirrell?—repitió Alice extrañada— Nunca había oído de alguien con ese apellido…

—Al parecer le dará clases a nuestros hijos— comentó Molly, meditando sobre el asunto— Bueno, espero que sea un buen profesor.

—Los dos P—P—Potter —tartamudeó el profesor Quirrell—. N—no pue—e—do decirles l—lo contento que—e estoy de co—onocerlos.

— ¿El tic y la tartamudez es algo natural en el o lo hace por la presencia de los chicos?—preguntó Marlene extrañada.

Todos negaron, en señal de que no tenían ni la menor idea.

— ¿Qué clase de magia enseña usted, profesor Quirrell?—preguntó Lily intentando entablar conversación con su futuro profesor.

—D—Defensa Contra las Artes O—Oscuras —murmuró el profesor Quirrell, como si no quisiera pensar en ello.

— ¿Soy yo, o parece que Quirrell le teme a lo que enseña?—preguntó Remus algo desconcertado.

—No amigo, parece que le pesa enseñar esa materia—contestó James intrigado por el comportamiento del hombre.

Al fin, Hagrid exclamó:

—Tenemos que irnos. Hay mucho que comprar. Vamos, Harry, vamos Lily.

Lily sintió mucha emoción al imaginar a sus hijos caminando por el callejón Diagon buscando sus nuevas cosas, y deseó que todo se apresurara para seguir con esa parte.

Salieron del bar, y se dirigieron hacia otra parte del lugar.

Hagrid miró sonriente a los hermanos.

—Tres arriba... dos horizontales... —murmuraba—. Correcto. Un paso atrás, niños. Dio tres golpes a la pared, con la punta de su paraguas.

— No sé por qué, pero cuando era niño siempre me gustó ver cómo se abría la entrada del callejón Diagon — recordó James, con algo de nostalgia al pensar en aquellos tiempos, cuando iba allí con sus padres.

Un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para Hagrid, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.

—Bienvenidos —dijo Hagrid— al callejón Diagon.

—Excelente, esto va a fascinarles—dijo Molly que le había tomado aprecio a los dos niños.

Lily sonreía, pero con un poco de tristeza, pensando que le habría gustado ser ella quien llevara a sus hijos por primera vez al Callejón Diagon, recordando la primera vez que estuvo allí, caminando y entrando en todas las tiendas posibles, comprando emocionada… Aquél día había sido simplemente muy feliz.

Fueron caminando por el lugar, observando todo a su paso, aunque parecía que dos ojos no eran suficientes para cubrir todo el lugar. Varios chicos de la edad de los hermanos pegaban la nariz contra un escaparate lleno de escobas. «Miren —oyeron los chicos que decía uno—, la nueva Nimbus 2.000, la más veloz.»

De pronto casi toda la población masculina en la sala, a excepción de Dumbledore, Remus, y  Moody ,puso en su rostro una mueca de anhelo, que arrancó la risa de todos los que mantenían  la compostura.

—Tienen que comprarse una—dijo James, al vientre de su divertida esposa— por favor, tienen que comprarse una.

—No le servirá de nada James— le recordó Lily poniendo los ojos en blanco— los de primero no pueden tener escobas.

—Siempre he creído  que esa es una regla absurda—dijo Sirius negando con la cabeza.

—Es por la propia seguridad de los alumnos, Black—repuso la profesora McGonagall.

—Gringotts —dijo Hagrid.

Habían llegado a un edificio, blanco, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas.

Se pudo ver una señal de reconocimiento en el rostro de todas las personas de la sala. No había nadie que no conociera aquél lugar.

Delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había...

—Duendes—bufó Marlene, sintiendo todavía su aversión hacia ellos.

—Sí, eso es un duende —dijo Hagrid en voz baja, mientras subían por los escalones.

Cuando entraron los saludó. En otras puertas que estaban más adelante, esta vez de plata, con unas palabras grabadas encima de ellas, parecía una especie de advertencia.

— Esa advertencia es espeluznante — comentó Molly, arrugando un poco la frente — Y muy intimidante también…

—Esa es su finalidad, Molly—le explicó su esposo— Entre más intimidadas estén las personas, menos se atreverán a robar.

Siguieron con la lectura, escuchando como los muchachos pasaban por el banco y como un duende los atendía, y Hagrid le entregaba la llave de la bóveda de los Potter, pero se detuvieron un momento cuando Hagrid habló sobre lo que le había encomendado el director de Hogwarts.

—Y también tengo una carta del profesor Dumbledore —dijo Hagrid, dándose importancia—. Es sobre lo—que—usted—sabe, en la cámara setecientos trece.

Lily miró a Hagrid con interés, muriéndose de ganas de preguntarle sobre lo que acababa de decirle al duende.

—Creo que no debiste decir eso en frente de los chicos Hagrid—dijo Remus— Al parecer Lily heredó la curiosidad de sus padres…

**El matrimonio Potter sonrió un poco ante eso. Si, los dos eran algo (muy) curiosos, había que admitirlo. —Espero que les cuentes Hagrid—dijo Sirius sonriente— Yo también quiero saber qué es lo que el duende sabe…**El duende leyó la carta cuidadosamente.

—Muy bien —dijo, devolviéndosela a Hagrid—. Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Griphook!

Griphook era otro duende.

— ¡No me digas! —exclamó Sirius burlonamente, divirtiéndose con las explicaciones que daba el libro, y preguntándose por qué sería tan especifico en cosas como esas…

Siguieron a Griphook hacia una de las puertas de salida del vestíbulo.

— ¿Qué es lo—que—usted—sabe en la cámara setecientos trece? —preguntó Harry.

—Y aquí nos damos cuenta que la pequeña no es la única que heredó la curiosidad de sus padres— rió Sirius.—No lo puedo decir —dijo misteriosamente Hagrid—. Es algo muy secreto. Un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió.

—Creo que no fue la mejor forma de calmar la curiosidad de los niños Hagrid— dijo Molly sonriendo.

Y muchos estaban de acuerdo con eso. No solo eran dos niños de once años, sino que, encima de todo, eran hijos de James Potter y Lily Evans… Sería un milagro que no fueran curiosos.

Sin embargo esa contestación hizo que la curiosidad de los hermanos aumentara considerablemente, pero decidieron que sería mejor preguntar después.

Esto consiguió que los presentes tuvieran una sonrisa en el rostro, estaban comenzando a conocer a los niños Potter, y eso les ponía contentos.

Griphook les abrió la puerta. El duende silbó y un pequeño carro llegó rápidamente por los raíles. Subieron y se pusieron en marcha.

— ¡Adoro esos carros! —comentó Sirius divertido— ¡Son tan geniales!

—Yo no diría que son "geniales" —le contradijo Hagrid, mareándose solo de pensarlo— Es más, a nadie le haría daño si fueran un poco más lento, eso sería más saludable…

Fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos. El carro por fin se detuvo, ante la puerta pequeña en pared del pasillo, Hagrid se bajó, parecía muy mareado.

Varios le dirigieron a Hagrid miradas llenas de compasión, aunque encontraban algo divertido todo lo que leían. Entre tanto, el guardabosque hacía una mueca de desagrado pensando en el su futuro viaje en un carrito del banco mágico.

Griphook abrió la cerradura de la puerta. Dentro había una gran cantidad de monedas de oro. Muchísimas de monedas de plata. Montañas de pequeños Knuts de bronce.

—Todo es de ustedes —dijo Hagrid sonriendo.

James sonrió, algo triste, pensando que al menos les había dejado un bien económico a sus hijos, y eso ayudaría a que no tuvieran que pasar ningún apuro. Era bueno saber, que de alguna forma, él estaba siendo de utilidad para sus niños.

Todo de ellos, era increíble. Los Dursley no debían saberlo. ¿Cuántas veces se habían quejado de lo que les costaba mantener a los hermanos?

Lily gruñó, pensando en que su hermana le debía una buena explicación. Ella creería eso de que les había costado mucho mantener a sus hijos, si al menos les dieran cosas decentes, pero lo único que hacían era obligarles a usar prendas viejas de Dudley, y al parecer, nunca salían de paseo, o iban a hacer algo que les gustara, simplemente vivían allí.

Hagrid ayudó a los niños a poner una cantidad en una bolsa.

—Las de oro son galeones —explicó—. Los de plata son sickles y los knuts de bronce. Bueno, esto será suficiente para un curso o dos. —Se volvió hacia Griphook—. Ahora, por favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?

Todos rieron por la pregunta de Hagrid, aunque la mayoría estaban más atentos a lo que decía sobre la cámara setecientos trece. ¿Qué habría allí? ¿Por qué era un secreto?  ¿Sería algo importante? La verdad era que no muchos se hacían estas preguntas, sino que simplemente tenían curiosidad por saber qué era lo que Hagrid iría a recoger.

—Una sola velocidad —contestó Griphook.

Hagird bufó, en evidente desacuerdo con eso.

Ahora fueron más abajo. Llegaron entre sacudidas al otro lado de una hondonada subterránea. La cámara setecientos trece no tenía cerradura.

Aquello era la confirmación de que en esa cámara no había algo normal, tenía que ser algo bastante importante para que el lugar no tuviera cerradura.

—Un paso atrás —dijo Griphook. Tocó la puerta con uno de sus largos dedos y ésta desapareció.

Lo primero que se podía pensar al ver la cámara, es que estaba vacía. Entonces vieron un sucio paquetito, que estaba en el suelo. Hagrid lo cogió y lo guardó en las profundidades de su abrigo.

— ¿Qué podrá ser?— preguntó James, con curiosidad renovada. ¿Por qué un objeto, aparentemente insignificante, estaba en una cámara de alta seguridad? —Algo relacionado con la piedra filosofal, sin duda—repuso la profesora McGonagall, diciéndolo como si fuera algo evidente. — ¿Qué le hace suponer eso Minnie?— preguntó Sirius sonriendo a su antigua profesora, haciendo que esta lo viera con una mirada severa. — ¿No le dije que no me volviera a llamar así, Black?—respondió una muy enfadada profesora—Por favor, continúe la lectura Señora Longbottom. Sirius hizo una mueca, ya que la profesora lo había dejado con la duda, se volvió a Lily para preguntarle,  pero antes de que dijera algo,  Alice continuó leyendo. Escucharon como los chicos y Hagrid salían del banco, se caminaban de nuevo por el callejón Diagon, y como su amigo, el guardabosque les preguntaba si les importaría ir solos a la tienda de Madame Malkin , que era la mujer que vendía las túnicas de Hogwarts, ya que él aún se sentía algo mareado.

 Madame Malkin era una bruja sonriente y regordeta.

Muchos sonrieron ante la descripción de la mujer. Era muy familiar a la manera en que ellos la recordaban.

— ¿Hogwarts, guapos? —dijo, cuando Harry empezó a ha­blar por los dos—. Tengo muchos aquí... En realidad, otro muchacho se está probando ahora.

En el fondo de la tienda, un niño de rostro pálido y pun­tiagudo estaba de pie sobre un escabel, mientras otra bruja le ponía alfileres en la larga túnica negra.

— ¿Quién creen que sea el otro chico?— preguntó Sirius, pensando que el aspecto del rostro del muchacho le traía recuerdos de alguien…

—No lo sé—le respondió James— pero la descripción me recuerda a alguien…espero estar equivocado.

Lily estuvo a punto de preguntar a quién le recordaba, pero prefirió no interrumpir la lectura… Aunque no era difícil hacerse una idea de a quién se estaba refiriendo James.

 —Hola —dijo el muchacho—. ¿También Hogwarts?

—Sí —respondieron Lily y  Harry al mismo tiempo.

—Mi padre está en la tienda de al lado, comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas —dijo el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las pala­bras—. Luego voy a arrastrarlos a mirar escobas de carre­ra. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me compre una y la meteré de contrabando de alguna manera en Hogwarts.

La profesora McGonagall frunció los labios desaprobadoramente, no le gustaba la actitud de ese chico. Y ella no era la única de esa opinión: Lily, Molly y Alice habían alzado las cejas, en señal de que no les agradaba mucho el corto dialogo que habían escuchado.

— ¿Tienen escoba propia? —continuó el muchacho.

—No —dijo Harry.

James intentó no prestar atención a eso, aunque no pudo evitar pensar que si él hubiera estado vivo, una de las primeras posesiones que sus hijos hubieran tenido, habría una sido una escoba, y no una simple y normal, sino que la mejor.

— ¿Juegan al menos al quidditch?

—No —dijeron ambos, de nuevo, preguntándose qué diablos sería el quidditch.

Ante eso James puso en su rostro una expresión digna de estar viendo algo terrible.

—Mis hijos no saben lo que es el quidditch—dijo consternado—voy a matar a esos muggles…

—No te preocupes Cornamenta—dijo Sirius, que también tenía una mueca de estupefacción en el rostro— ya verás que alguien va iluminarlos, alguien va a decirles lo que es el quidditch, lo presiento…

Todos los demás reían ante la actitud de los dos jóvenes. Especialmente las chicas, que no comprendían por qué los hombres adoraban de sobremanera aquél deporte.

—Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no me eligie­ran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuer­do. ¿Ya saben en qué casa van a estar?

Ambos hermanos negaron con la cabeza, de nuevo. Se sentían realmente ignorantes.

—No se sientan mal—dijo Lily acariciando su vientre— ya verán que pronto aprenderán….

—Ah, y, por cierto, van a estar en Gryffindor—murmuró James, con total seguridad.

—Cabe la posibilidad de que no sea así, James—le recordó Remus.

Pero James negó con la cabeza, algo le decía, muy dentro de él, que sus hijos serían Gryffindor.

—Bueno, nadie lo sabrá realmente hasta que lleguemos allí, pero yo sé que seré de Slytherin, porque toda mi familia fue de allí. (—No tienes mucho de que alardear, entonces—murmuró Sirius, haciendo una mueca.)¿Se imaginan estar en Hufflepuff? Yo creo que me iría, ¿no les parece?

—Mmm —contestó Harry, deseando poder decir algo más interesante. Lily se limitó a enarcar las cejas.

—Hufflepuff no tiene nada de malo— dijo Arthur, frunciendo el entrecejo— Son chicos muy agradables…

—Este chico no me gusta nada— comentó Remus, había algo en el muchacho que no terminaba de agradarle.

 —¡Oye, miren a ese hombre! —dijo súbitamente el chico, señalando hacia la vidriera de delante. Hagrid estaba allí, sonriendo a Harry y a Lily y señalando tres grandes helados, para que vieran por qué no entraba.

Lily le sonrió al semigigante, agradecida con él. Se estaba portando estupendamente bien con sus hijos, y para ella eso era muy valioso, y era algo que jamás, en todo lo que le quedara de vida, podría olvidar.

—Ése es Hagrid —dijo Harry, contento de saber algo que el otro no sabía—. Trabaja en Hogwarts.

—Oh —dijo el muchacho—, he oído hablar de él. Es una especie de sirviente, ¿no?

—Es el guardaboques—gruñó James, pensando que alguien debería enseñarle a ese chico como dirigirse a los demás.

—Es el guardabosques —dijo Lily fríamente, sintiendo que ese chico  no le agradaba nada.

Hagrid se revolvió incomodo en su asiento ante el comentario del chico.

—No le hagas caso Hagrid—dijo Marlene— Tu eres más que eso, eres nuestro amigo.

—Tiene razón—le apoyó Alice— Eres el mejor guardabosques del mundo entero.

Todos en la sala asintieron sonriéndole a Hagrid, ninguno podría imaginarse a Hogwarts sin el semigigante.

El Hagrid les sonrió  agradecido. Le hacía muy feliz que sus amigos pensaran eso de él.

 —Sí, claro. He oído decir que es una especie de salvaje, que vive en una cabaña en los terrenos del colegio. Trata de hacer magia y termi­na prendiendo fuego a su cama.

Varios estuvieron a punto de replicar a lo que el muchacho decía, pero decidieron esperar a que la lectura continuara, ya que últimamente se hacían muchas interrupciones.

—Yo creo que es estupendo —dijo Harry con frialdad.

— ¿Lo ves Hagrid?—dijo Sirius sonriendo— Los chicos opinan igual que nosotros. Tú eres estupendo, no importa lo que el tonto ese diga.

—¿Eso crees? —preguntó el chico en tono burlón—. ¿Por qué está aquí con ustedes? ¿Dónde están sus padres?

—Eso no es asunto tuyo—gruñó James, molesto porque se tocara el tema.

—Están muertos—replicó Harry.

Lily se encogió un poco al escuchar eso. No le gustaba escuchar que ella y James estaban muertos.

—Oh, lo siento —dijo el otro, aunque no pareció que le importara—. Pero eran de nuestra clase, ¿no?

—Definitivamente, no me agrada—murmuró Sirius, por lo que había escuchado, aquél niño no solo tenía cualidades de Slytherin, sino que creía que era uno de esos que se creían superiores por ser sangre limpia.

—Eran un mago y una bruja, si es eso a lo que te refieres— respondió Lily mordazmente. Definitivamente aquel chico no le agradaba nada.

James sintió algo de alivio al notar que, aparentemente, ni a Harry ni a Lily les agradaba aquél chico. No era una buena influencia.

—Realmente creo que no deberían dejar entrar a los otros ¿no les parece? (—No, no les parece—gruñó Sirius, negando con la cabeza.) No son como nosotros, no los educaron para conocer nuestras costumbres. Yo creo que debería quedar todo en las familias de antiguos magos. **(—Pues estás muy mal, chico—farfulló James, mordazmente)**Y a propósito, ¿cuál es su apellido?

Pero antes de que alguno de los dos pudiera contestar, Madame Malkin dijo:

—Ya está listo lo suyo, lindos.

Lily sonrió, contenta de que sus hijos se alejaran lo más posible de ese chico. Ella estaría completamente contenta si el muchacho quedara en una casa que estuviera lo más alejada posible de donde estuvieran sus niños.

Y los hermanos, sin lamentar tener que dejar de hablar con el chico, bajaron  del escabel.

—Creo que a los chicos no les agrada el muchacho—dijo Edgar, aunque en el fondo no lo lamentaba en lo más mínimo, incluso le alegraba.

—Y es una suerte que así sea—dijo Gideon quien no había perdonado al chico por su actitud hacia Hagrid.

Todos los que estaban en la sala, menos los profesores (que reprobaban la actitud del muchacho) , asintieron en señal de estar de acuerdo.

— ¿Qué sucede? —preguntó Hagrid, una ves hubieron salido de la tienda.

—Nada —mintió Harry.

—Hagrid, ¿qué es el quidditch? —preguntó Lily de pronto, deseosa de saber.

Nadie pudo reprocharle que preguntara eso, e incluso, algunos (James, por ejemplo) se alegraron  inmensamente de que la niña preguntara eso. Una gran mayoría de los chicos esperaron ansiosos a que Hagrid diera una explicación sobre el tema.

—Vaya, sigo olvidando lo poco que saben... ¡No sa­ber qué es el quidditch!

James hizo una mueca, sintiéndose peor que hace unos momentos. Pero no podía dejar de pensar que Hagrid tenía razón, ¿Quién, en toda Inglaterra, que fuera un mago, no sabía lo que era el quidditch?

—No nos hagas sentir peor —dijo Harry. Y  le contaron a Hagrid lo del chico pálido de la tienda de Madame Malkin.

—... y dijo que la gente de familia de muggles no debe­ría poder ir...

—Eso es completamente falso, chicos—murmuró Marlene, exasperándose por la forma en la que algunos magos creían que eran superiores a los que venían de familias muggles.

—Ustedes no son de una familia muggle. Si hubiera sabido quiénes son... Él ha crecido conociendo sus nombres, si sus pa­dres son magos. De todos modos, qué sabe él, algunos de los mejores que he cono­cido eran los únicos con magia en una larga línea de muggles. ¡Miren  a su madre! ¡Y miren la hermana que tuvo!

—Gracias Hagrid—dijo Lily, que se había ruborizado—eres muy amable por decir eso de mi, y por animar a los chicos. De verdad, no sé como agradecerte…

—No hay de que Lily, solo dije la verdad—respondió el semigigante sonriendo. Completamente seguro de que lo que había dicho cosas muy ciertas sobre Lily.

—Entonces ¿qué es el quidditch? —preguntó Harry.

—Eso es Hagrid enséñales—dijo James, deseoso de que sus hijos supieran sobre el quidditch—. ¡Haz que estén enterados!

—Es nuestro deporte. Deporte de magos. Es... como el fútbol en el mundo muggle, todos lo siguen.(—¿Qué es el fútbol—inquirió Sirius, sin tener la menor idea de a qué se refería Hagrid.) Se juega en el aire, con escobas, y hay cuatro pelotas... Es difícil explicar las reglas.

—¿Y qué son Slytherin y Hufflepuff? — dijo Lily.

—Casas del colegio. Hay cuatro. Todos dicen que en Huf­flepuff son todos inútiles, pero...

Hagrid pareció avergonzado ante eso, pero todos los demás reían, a excepción de la profesora McGonagall.

—Seguro que yo estaré en Hufflepuff —dijo Harry desa­nimado. A lo cual Lily puso los ojos en blanco, no le gustaba que su hermano se menospreciara a sí mismo.

A Lily tampoco le hacía gracia que Harry se desanimara por cosas como esas. Ella sabía, estaba segura, que su hijo era especial.

—Es mejor Hufflepuff que Slytherin**(James y Sirius se mostraron abierta y completamente de acuerdo ante eso)**—dijo Hagrid con tono lúgubre—. Las brujas y los magos que se volvieron malos habían estado todos en Slytherin. Quien—tú—sabes fue uno.

Un estremecimiento recorrió a algunos de los presentes. Les resultaba sumamente difícil imaginar que Voldemort hubiera sido alguna vez un niño.

—¿Vol... perdón... Quien—tú—sabes estuvo en Hogwarts? —preguntó Lily, mientras Harry esperaba la respuesta con interés.

La mirada de Hagrid se ensombreció, recordando los sucesos que pasaron durante los años en Hogwarts de Tom Riddle.

—Hace muchos años —respondió Hagrid.

Siguieron escuchando, cada parte de la caminata de los chicos, desde que compraron los libros hasta cuando compraron los ingredientes de pociones…

—Sólo faltan las varitas... Ah, sí, y todavía no les he buscado un regalo de cumpleaños.

Lily miró a Hagrid con verdadero cariño en aquél momento. No podía imaginarse a alguien con quien sus hijos pudieran pasar un mejor cumpleaños.

Harry se había ruborizado. Y Lily viendo con cariño a Hagrid le dijo:

—No tienes que...

—Sé que no tengo que hacerlo. Les diré qué será, les com­praré un animal. Les daré una lechuza. Son muy útiles, llevan su corres­pondencia y todo lo demás.

—Muchas gracias Hagrid—dijo James mirando al semigigante— no sabes cuanto significa para nosotros, de verdad que eres el mejor… Eres muy, muy especial, amigo.

—No es nada—respondió el guardabosques sonriendo—Estoy encantado de darles un regalo, sus hijos son maravillosos.

Un poco más tarde, salieron del Emporio de la Lechuza, con una hermosa le­chuza blanca. Hagrid había insistido en comprar una para cada uno, pero Lily se negó rotundamente y dijo que una era suficiente para los dos.

—Las lechuzas blancas son muy hermosas—comentó Alice— Y tambien bastante extravagantes, según mi punto de vista…

—A mi siempre me han gustado las lechuzas no comunes—murmuró Lily, sonriendo— Siento que cada una tiene algo especial…

Y ninguno de los  dejó de agradecer el regalo, tartamudeando como el pro­fesor Quirrell.

—Ese fue un gesto lindo Hagrid—dijo Lily mirándolo con cariño.

Hagrid, que había comenzado a ruborizarse le restó importancia con un gesto de la mano.

—Ni lo mencionen—dijo Hagrid con aspereza—. No creo que los Dursley le hagan muchos regalos.(Lily pensó con tristeza que aquello era verdad. Dudaba que su hermana hubiera hecho alguna vez un regalo decente) Ahora nos queda solamente Ollivander, el único lugar donde venden varitas, y tendrán la mejor.

James sonrió emocionado. La eleccion de varitas podía resultar algo extraña… Pero sin duda era realmente muy emocionante, y muy interesante.

La última tienda era estrecha y de mal aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: «Ollivander: fabricantes de excelentes varitas desde el 382 a.C.».

—Las mejores varitas del mundo—recitó Marlene sonriendo. La joven le tenía mucho cariño a su varita.

Al entrar, sonó una campanilla en el fondo de la tienda. Era un lugar no muy grande, y silencioso. Hagrid se sentó en una silla larga, y no dijo nada más.

Estar allí daba una extraña sensación.

Eso era completamente verdad. Todos los que alguna vez habían ido a comprar una varita sabían que al entrar a aquella tienda se sentía un aire misterioso, casi intimidante…

—Buenas tardes —dijo una voz amable.

Todos estuvieron seguros de que aquella persona era el señor Ollivander, así que sonrieron un poco en señal de reconocimiento.

Un anciano estaba ante ellos; sus ojos, grandes y páli­dos, brillaban como lunas en la penumbra del local.

—Ah, sí —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba que iba a verlos pronto, señores Potter. —No era una pregunta—. Tienen los ojos de su madre. Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una preciosa varita para encanta­mientos.

—Recuerda mi varita—dijo Lily sorprendida, reconociendo la descripción de la varita, que en ese momento se encontraba entre sus manos.

—Ese hombre tiene una memoria excelente —reconoció Arthur, también bastante sorprendido de que recordara eso.

 El señor Ollivander se acercó a Harry.

—Su padre, por otra parte, prefirió una varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más poderosa y excelente para transformaciones. Bueno, he di­cho que su padre la prefirió, pero en realidad es la varita la que elige al mago.

—Veo que también recuerda la mía— dijo James, estando de acuerdo en que ese hombre tenía una memoria descomunal, sonriendo a medias al escuchar cuando el señor Ollivander dijo lo de "un poquito más poderosa y excelente para transformaciones".

El señor Ollivander muy cerca de Harry. Harry podía ver su reflejo en aquellos ojos velados.

—Y aquí es donde...

El señor Ollivander tocó la luminosa cicatriz de la frente de Harry, con un largo dedo blanco.

A Lily le habría gustado estar allí para pedirle al señor Ollivander que se contuviera de curiosear la historia de sus hijos. Ella sabía que aquello les haría sentir muy incómodos, y la molestaba que la gente no tuviera algo de discreción con eso.

—Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso —dijo amablemente—. Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en las manos equivoca­das...

El profesor Dumbledore suspiró ante eso, comprendiendo lo que el señor Ollivander quería decir. El sabía como se sentía el ver crecer a una persona, desde la edad de los once años, sin siquiera imaginar que después se convertiría en alguien tan desalmado como lo era Voldemort.

Negó con la cabeza y se acercó a Lily

 —Bueno, ahora, Lily... Déjame ver. —Sacó de su bolsillo una cinta métrica—. ¿Con qué brazo toman la varita? —preguntó a los dos hermanos.

—Eh... bien, el derecho —respondió Harry.

—Nunca olvidaré lo horrible que se siente esa cinta—dijo Molly, haciendo una mueca de disgusto.

—Yo tampoco— dijo Sirius torciendo el gesto— es francamente desagradable como sientes, es como si una serpiente te recorriera todo el cuerpo…

 —Extiende tu brazo. Eso es. —Midió a Lily en todos los lugares imaginables. Luego hizo lo propio con Harry. — Cada varita Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, niños. Utilizamos pelos de uni­cornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de dra­gón. Nunca obtendrás tan buenos resultados con la varita de otro mago.

—Las varitas siempre me han parecido muy interesantes—comentó Arthur— Son como los artefactos muggles…

— ¿En qué se parecen las varitas a los artefactos muggles? —inquirió Fabian sonriendo, conteniendo las ganas de echarse a reír por la cara que Molly ponía.

—Bueno, en que son muy interesantes…—repuso Arthur emocionado, haciendo reír a los demás presentes.

El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando cajas.

—Esto ya está —dijo—. Bien, Harry Prueba ésta. Madera de haya y nervios de corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Bonita y flexi­ble. Cógela y agítala.

James sonrió. Estaba esperando expectante para conocer qué varitas utilizarían sus hijos. También Remus tenía mucha curiosidad por eso, y Sirius estaba simplemente feliz de al menos poder estar, de alguna forma, en momentos tan especiales para su ahijado y la pequeña Lily.

Harry cogió la varita ante la mirada interesada de su hermana y  la agitó a su Continuaron escuchando de todas las varitas que los chicos probaban, de múltiples y distintos elementos cada uno, incluso James comenzó a desesperase un poco, pero se calmó al escuchar a Remus decir que "Vamos James, no te desesperes. Quizá se está tardando un poco, pero eso significa que las varitas que les toquen serán geniales…"

—Qué clientes tan difíciles, ¿no? **(— ¡Ni que lo digas! —rió Sirius, negando con la cabeza, divertido)**No se preocupen, encon­traremos a sus parejas perfectas por aquí, en algún lado. Me pregunto... sí, por qué no.

El señor Ollivander se dirigió a traer una nueva caja y se la mostró a los dos chicos, tenía dos varitas muy parecidas.

La emoción incrementó en varios. No sabían por qué, pero tenían el presentimiento de que ya había llegado la hora de ver las que serían elegidas para ser las varitas de los Potter.

— Una combinación poco usual, acebo y plumas de fénix, veintiocho centímetros, bonitas y flexibles. —dijo

Harry tocó una varita y Lily la otra. Sintieron un súbito calor en los dedos. Ambos las sacudieron ligeramente, e hicieron aparecer chispas rojas, que volaron por todos lados. Hagrid los vitoreó y aplau­dió y el señor Ollivander dijo:

James sonrió, contento. Así que usarían plumas de fénix… ¡Le parecía estupendo! Cada vez la ilusión de ver a sus hijos convertidos en magos se hacía mucho mayor, y eso hacía que el joven merodeador estuviera muy feliz.

—¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien, bien, bien... Qué curioso... Realmente qué curioso...

— ¿Qué es curioso?— preguntó Sirius.

—Tal vez el hecho de que los chicos cogieran varitas parecidas—dijo Remus bastante sorprendido—.Es algo bastante interesante…

—Debe ser por el hecho de que son hermanos—dijo Lily meditando aquello— De cualquier forma, ¡me pone muy contenta que ya tengan una varita cada uno!

Puso las varitas  en su caja y la envolvió en papel de embalar, todavía murmurando: «Curioso... muy curioso».

—Perdón —dijo Harry—. Pero ¿qué es tan curioso?

Sirius sonrió ante la pregunta formulada por su ahijado.

 —Recuerdo cada varita que he vendido, Harry Potter. Y resulta que la cola de fénix de don­de salió la pluma que está en tu varita y la pluma que está en la de tu hermano dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy curioso que estuvieran desti­nados a esas varitas, cuando fue su hermana la que les hizo esa cicatriz.

— ¡¿Qué?!—preguntaron casi todos en la sala, incrédulos.

El único que se mantuvo callado fue el profesor Dumbledore que meditaba esa información. Eso sería muy importante. No tenía dudas. Así que las varitas de los hermanos y de Voldemort compartían núcleos… Interesante. — ¿Cómo es posible?—dijo Lily completamente consternada.

—No puedo creerlo— dijo James— Mis hijos tienen una varita que es gemela de la de Voldemort.

Hubo un estremecimiento  por parte de algunos al oír ese nombre.

— ¿A qué se debe eso profesor?— pregunto Frank, que estaba tan sorprendido como todos los demás.

—Me temo que no lo sé señor Longbottom, pueden haber muchas razones, pero creo que si seguimos leyendo  podríamos enterarnos.

 —¿Están bien, chicos? Los  veo muy silenciosos —dijo Hagrid, una vez hubieron salido de el Callejón Diagon, para regresar a la estación.

Hagrid suspiró, pensando que tal vez le hacía falta tener un poco de tacto con los niños, como bien había dicho Alice hace algunos momentos.

—Todos creen que somos especiales—dijo Lily  finalmente, al ver que Harry no hablaba—. Piensan que tenemos algo que nos hace distintos. Pero la verdad es que aún no tenemos idea de prácticamente nada. No sabemos que fue lo que pasó cuando nuestros padres murieron, ni nada. Toda esa gente está esperando grandes cosas de nosotros, pero no sabemos como hacerlo.

Lily sintió algo extraño al escuchar hablar a su hija sobre cómo se sentía y lo único que podía hacer era entender lo que ellos sentían. No se imaginaba lo que ella misma sentiría si se encontrara sola, únicamente con alguien de su misma edad, sin nadie que le explicara que era lo que debía hacer, seguramente sería muy duro y le dolía que sus hijos pasaran por eso.

Harry miró agradecido a su hermana, pero sin sorprenderse de que ella supiera lo que él pensaba en ese momento, ya que si había alguien que lo conocía bien, era ella.

Sirius se sintió ligeramente identificado con eso, pensando en que cuando el  no sabía que decir (cosa que no ocurría muy seguido), James siempre decía o hacía lo que el necesitaba, (usualmente incluso hacía más) y esa era la razón por la que el lo quería como un hermano.

Hagrid se inclinó sobre la mesa, les sonreía bondadosamente.

—No se preocupen. Aprenderán muy rápido. To­dos son principiantes cuando empiezan en Hogwarts. Van a estar muy bien. Sencillamente sean  ustedes mismos. Sé que es difícil. Han estado lejos y eso siempre es duro. Pero van a pasarlo muy bien en Hogwarts, yo lo pasé y, en realidad, todavía lo paso.

—No sé cómo pagarte todo lo que haces por ellos Hagrid— dijo Lily con lagrimas en los ojos— siempre estaremos en deuda contigo. Yo no podría haberles dicho eso de ninguna forma mejor a la que tú lo hiciste.

James simplemente asintió, viendo al semigigante con agradecimiento. No sabía cómo pagarle a su amigo todo el apoyo que les estaba dando a sus hijos.

—No tienen que agradecer nada—dijo Hagrid ruborizándose.

 Hagrid  los ayudó a subir al tren que lo llevarían has­ta la casa de los Dursley y luego les entregó un sobre.

Algunos  no pudieron contener un bufido al escuchar que los chicos tenían que regresar con los Dursley, pero, si le veían el lado positivo, al menos faltaba menos para que empezaran las clases.

—Su billete para Hogwarts —dijo—. El uno de septiem­bre, en Kings Cross. Cualquier proble­ma con los Dursley y me envían una carta con su lechuza, ella sabrá encontrarme... Los veré pronto, chicos.

Era muy reconfortante saber que Lily y Harry tenían ahora a alguien que pudiera ayudarlos, pensó James con una sonrisa, Y era mejor aún, sabiendo que ese alguien era Hagrid.

El tren arrancó de la estación. Se levantaron del asiento y apretaron la nariz contra la ventanilla, esperando despedirse de Hagrid,  pero parpadearon y Hagrid ya no estaba.

—Este es el fin del capítulo—declaró  Alice.

—Creo que te han tomado cariño—dijo Remus con una sonrisa, a Hagrid.

—Es imposible conocer a Hagrid y no tomarle cariño—repuso Alice sonriéndole al guardabosques cariñosamente.

El semigigante los miro con lágrimas en los ojos, pero se las secó de inmediato.

—Creo que olvidaste algo importante Hagrid—dijo Frank, frunciendo un poco los labios.

Todos lo miraron interrogativamente.

—No les dijiste como traspasar la barrera del andén nueve y tres cuartos— finalizó este.

Hagrid se llevó una mano al cabeza, preocupado.

—No te preocupes— lo calmó Lily al semigigante— estoy segura de que ellos podrán hacerlo, además Petunia sabe cómo entrar.

—Leamos el siguiente capítulo—pidió James, impaciente— ¡Falta muy poco!

—Es mi turno de leer— anunció Frank, cogiendo el libro— el nombre del capítulo es "El viaje desde el Anden nueve y tres cuartos".

— ¡Directo a Hogwarts!— dijo Edgar contento.

El último mes de los hermanos con los Dursley no fue divertido.

— ¿Alguna vez pasaron un mes divertido allí? —inquirió Alice alzando las cejas, aunque todos sabían que la respuesta era "no".

Harry  y Lily se quedaban en su habitación, con su nueva lechu­za. Decidieron llamarla Hedwig, un nombre que Lily  encontró en "Una historia de la magia".

—Suena lindo—comentó Lily sonriendo— Hedwig les será de mucha utilidad cuando estén en Hogwarts, estoy completamente segura.

El último día de agosto pensaron que era mejor hablar con sus tíos para poder ir a la estación de King Cross, al día si­guiente.

—Espero que no se pongan pesados y que no les causen ninguna dificultad para ir a la estación—comentó James, algo nervioso y entusiasmado a la vez.

Así que bajaron al salón, donde estaban viendo la televi­sión.

—Hum... ¿Tío Vernon? —dijo HarryTío Vernon gruñó, para demostrar que lo escuchaba.

—Saludar y preguntar qué es lo que necesitan no estaría mal—gruñó Remus, algo exasperado.

—Estoy completamente de acuerdo con usted, señor Lupin—comentó la profesora McGonagall, sonriendo internamente ante el punto de vista de su ex alumno.

—Hum... necesitamos estar mañana en King Cross para... para ir a Hogwarts.

James sonrió emocionado al escuchar a Harry decir eso. Hogwarts sonaba mucho mejor cuando cualquiera de sus hijos lo decía.

—¿Podría ser que nos lleves hasta allí? —preguntó Lily.

Otro gruñido. Los chicos  interpretaron que quería decir sí.

—Al menos no tendrán problemas con eso—suspiró Marlene aliviada— Podrán tomar el tren sin problemas una vez estén en la estación.

—Muchas gracias. —dijo Harry.

Continuaron leyendo, todos bastante emocionados, hasta la parte en donde los muchachos llegaban a la estación, pero, al parecer, no tenían ni la menor idea de cómo hacer para poder entrar.

Hagrid debió de olvidar decirles algo que tenían que hacer. Harry se preguntó si debería sacar su varita y comenzar a golpear la taquilla, entre los andenes nueve y diez, pero Lily desecho la idea diciendo que no era probable que funcionara.

—Sin contar que llamarías de sobre manera la atención…—complementó Sirius, algo nervioso.

—Todo estará bien—murmuró James, tratando de ser positivo—Yo sé que lograrán entrar…

En aquel momento, un grupo de gente pasó por su lado y captaron unas pocas palabras.

—... lleno de muggles, por supuesto...

**—¡Una familia de magos!—dijo Lily aliviada, al menos habría alguien que podría ayudarles—espero que les ayuden…continua Frank—**terminó, impaciente por saber que pasaría.

Ambos chicos se volvieron  para verlos. La que hablaba era una mu­jer regordeta, que se dirigía a cuatro muchachos, todos con pelo de llameante color rojo.

**—Creo que ya sé quién puede ser—**dijo Sirius sonriendo, su intuición le había fallado pocas veces hasta ahora.

En aquél momento, todos  miraban a Molly, que deseó poder ser ella la que ayudara a los hermanos.

**—Espero de todo corazón que seas tú—**comentó Lily mirando a Molly.

Esta le sonrió a modo de respuesta.

—Y ahora, ¿cuál es el número del andén? —dijo la madre.

—¡Nueve y tres cuartos! —dijo una niña, también pelirroja, que iba de la mano de la madre—. Mamá, ¿no puedo ir...?

**—No creo que sea yo—dijo Molly, tratando de ocultar la decepción en su voz—**nosotros no tenemos ninguna niña…

—No tienes edad suficiente, Ginny Ahora quédate quieta. Muy bien, Percy, tú primero.

El que parecía el mayor de los chicos se dirigió hacia los andenes nueve y diez.

**—Nuestro tercer hijo se llama Percy—dijo Arthur de pronto—**creo que si podrías ser tu, cielo…

Molly hizo que se callara e indicó a Frank que siguiera con la lectura, si aquello era cierto, eso quería decir que había tenido una hija ¡Una Hija! Ese era uno de sus mayores anhelos…

 Los hermanos no querían perderse nada. Pero justo cuando el muchacho llegó a la división de los dos andenes, una larga caravana de turistas pasó frente a ellos y, cuando se alejaron, el muchacho había desaparecido.

—Fred, eres el siguiente —dijo la mujer regordeta.

En aquél momento Molly había roto a llorar, todos la miraron extrañados excepto su marido que parecía estar radiante.

— ¡Oh Arthur!-exclamó Molly—Tenemos una hija ¡Tenemos una hija!—Si…es impresionante, no ha habido una niña en generaciones—dijo Arthur con una enorme sonrisa en la cara—****¡Esto es increíble! ¡Increible!

Todos en la sala miraban a la alegre pareja y tras unos minutos, comenzaron a felicitarlos. Gideon y Fabián empezaron a cantar algo que sonó como "¡Somos tíos, de nuevo! ¡Somos tíos de nuevo! " Una vez acabadas las felicitaciones, Molly dijo:

**—**Esto no deja lugar a dudas, estoy segura de que yo soy la mujer del libro…

Lily sonrió, estaba segura de que Molly ayudaría a sus hijos.

—No soy Fred, soy George —dijo el muchacho—. ¿De ve­ras, mujer, puedes llamarte nuestra madre? ¿No te das cuen­ta de que yo soy George?

—Ohh.. ¡Gemelos! —exclamó Sirius, emocionado— ¿Alguien se imagina lo que hubiéramos podido hacer, de haber sido trillizos? —inquirió, dirigiéndose a Remus y a James, que le sonrieron en respuesta.

—La pregunta correcta sería, "Te imaginas lo que hubiéramos podido hacer, de haber sido cuatrillizos" —le corrigió James, son una sonrisa, incluyendo a Peter.

—Bueno, sea lo que sea que hubieran hecho—repuso Lily divertida—La verdad dudo mucho que hubiera sido diferente a lo que hacen ahora…

—Lo siento, George, cariño.

—Estaba bromeando, soy Fred —dijo el muchacho, y se alejó.

No había nadie más.

**—Estos gemelos me agradan—**dijo Sirius sonriendo, tenía la impresión de que esos chicos eran algo bromistas.

**-****—A nosotros también—**dijeron Gideon, Fabián, James, Remus, Edgar y Frank a la vez.

—Discúlpeme —dijo Lily a la mujer regordeta.

—Hola, queridos —dijo—. Primer año en Hogwarts, ¿no? Ron también es nuevo.

Molly sonrió. ¡Estaba escuchando cómo sería el primer viaje de Ron por el expreso de Hogwarts! Eso, sin duda, ponía feliz a cualquier madre.

Señaló al último y menor de sus hijos varones. Era alto, flacucho y pecoso, con manos y pies grandes y una larga nariz.

El matrimonio Weasley sonrió. La descripción de su hijo era bastante parecida a la del resto de su familia.

—Sí —dijo Harry—. Lo que pasa es que... es que no sabemos cómo...

— ¿Como entrar en el andén? —preguntó amablemente, y Harry asintió con la cabeza.

Ya todos se encontraban aliviados en la sala. Si había alguien que ayudaría a los hermanos Potter sin dudarlo ni siquiera un segundo, esa, definitivamente era Molly.

—No se preocupen —dijo—. Lo único que tienen que ha­cer es andar recto hacia la barrera que está entre los dos an­denes. No se detengan y no tengan miedo de chocar, eso es muy importante. Lo mejor es ir deprisa, si están nerviosos. Vayan ahora, antes que Ron.

**—Muchas gracias Molly—dijo Lily sonriendo a la mujer—**De verdad, es muy importante para mí que les ayudaras, no sé qué habrían hecho sin ti…

**—No fue nada—repuso Molly sonriéndole de vuelta—**Me alegra mucho haber sido yo la que les indicara como hacerlo, tus hijos son realmente encantadores.

—Hum... Está bien —dijo Harry.

Miró a su hermana, que le sonreía, claramente intentando darle confianza.

Empujó su carrito y se dirigió hacia la barrera. Parecía muy sólida.

La emoción que sintieron James y Lily en ese momento fue demasiado grande. Escuchaban atentamente cómo Harry había ido corriendo lo más rápido posible, y, aunque asustado, logró pasar la barrera.

Una locomotora de vapor, de color escarlata, esperaba en el andén lleno de gente. Un rótulo decía: «Expreso de Hog­warts, 11 h». Harry lo había logrado. Un minuto después, Lily estuvo a su lado, sonriendo encantada ante todo el lugar.

—La primera impresión de todo es muy sorprendente—rió Lily, recordando— Era espectacular ir allí, el primero de septiembre de cada mes y a pesar de que los años pasaban, siempre seguía siendo tan genial como la primera vez.

Había humo saliendo de la locomotora del tren. Los primeros vagones de este ya estaban repletos de estudian­tes Harry y Lily continuaron caminando para colocar sus baúles en el tren. Pasaron  al lado de un chico de cara redonda que decía:

—Abuelita, he vuelto a perder mi sapo.

—Oh, Neville —oyó que suspiraba la anciana.

Alice sonrió ante la mención del muchacho que había perdido su sapo, pensando en que la escena le recordaba mucho a ella misma, luego reparó en el nombre y se dio cuenta de algo…

**—Frank, nuestro hijo se llamará Neville—**murmuró lenta y pausadamente.

El hombre pareció pensarlo por un momento, sopesando la posibilidad…

—****¿Crees que…?

Alice abrió mucho los ojos, emocionada.

**—Creo que nos enteraremos si sigues leyendo—****intervino Sirius riendo ante las expresiones de sus aurores amigos.**Los hermanos se abrieron paso hasta que encontraron un comparti­miento vacío, cerca del final del tren. Después de acomodar a Hedwig, trataron de subir el baúl, tuvieron varias dificultades con eso, ya que pesaba mucho.

— ¿Quieren una mano? —Era uno de los ge­melos pelirrojos.

Sirius sonrió, le gustaba que los gemelos pelirrojos aparecieran, tenía la sensación de que le agradaban bastante, al igual que James, que presentía que aquellos pelirrojos eran una nueva generación merodeadora…

—Sí, por favor —jadeó Lily.

— ¡Eh, Fred! ¡Ven a ayudar!

Con la ayuda de los gemelos, los baúles  finalmen­te quedaron en un rincón del compartimiento.

Molly asintió aprobadoramente. Le gustaba que sus hijos se mostraran amables con Harry y con Lily. Eso le demostraba, que aunque al parecer sus hijos eran unos natos bromistas (por el comportamiento que habían mostrado hasta ahora), también podían ser encantadores.

—Gracias —dijo Harry, quitándose de los ojos el pelo húmedo.

— ¿Qué es eso? —dijo de pronto uno de los gemelos, seña­lando la brillante cicatriz de Harry

Para muchos fue evidente que el gemelo que había hablado, se refería a la cicatriz en forma de rayo.

—Vaya—dijo el otro gemelo—. ¿Son ustedes...?

— ¿Quiénes? —preguntó Lily.

—Harry y Lily Potter —respondieron a coro.

—Oh, ellos—dijo Harry—. Quiero decir, sí, somos nosotros.

En la sala algunos reían ante el comportamiento de los chicos. Era divertido ver como de desenvolvían, aunque Lily estaba algo nerviosa al notar que cuando decían que sus hijos eran muy famosos, no exageraban. Le preocupaba que la fama los asediara demasiado.

De pronto, una voz llegó a través de la puerta abierta del compartimiento.

— ¿Fred? ¿George? ¿Están ahí?

—Ya vamos, mamá.

Arthur no pudo evitar sonreír ante la mención de su esposa. Aunque se preguntaba si él aparecería en algún momento del libro, escuchar como Molly llevaba a sus hijos era muy gratificante.

Con una última mirada a los chicos, los gemelos saltaron del vagón.

Lily estaba acomodando sus cosas, cuando notó que Harry se sentaba en la ventanilla. Después de terminar de arreglar sus cosas, se sentó junto a él, y observó que afuera estaba la familia de pelirrojos.

—Ron, tienes algo en la nariz.

Molly sintió un extraño tipo de satisfacción maternal al notar que su pequeño Ron, aquél bebé con pecas que había nacido hace no mucho, ya estaba grande, e iba ir a Hogwarts por primera vez, junto con Harry y Lily Potter. Quizá, solo quizá, incluso pudieran convertirse en amigos, pensó, con esperanza.

El menor de los varones trató de esquivarla, pero la ma­dre lo sujetó y comenzó a frotarle la punta de la nariz.

Sirius rió ente eso, pero se detuvo al ver la mirada de enfado que Molly le dedicó. El joven mago estaba comenzando a pensar que las pelirrojas, y la profesora McGonagall, tenían algo que las hacía temibles cuando se enojaban.

Continuaron escuchando, sin mayores acontecimientos que comentar, solo escuchaban como Molly les daba explicaciones a sus hijos.

**—Es oficial—dijo Sirius riendo, después de haber escuchado como los gemelos bromeaban sobre su hermano, Percy, el que era prefecto—**adoro a tus hijos, Molly.

James asintió, a él también le caían muy bien los gemelos.

Gideon y Fabián no podían estar más orgullosos de sus sobrinos, y para demostrarlo, se unieron a las risas de Sirius y James.

A los presentes les hico mucha gracia, en especial, cuando los gemelos consideraron buena idea el tomar un inodoro de Hogwarts para enviárselo a su hermanita.

Lily simplemente estaba muy agradecida con Molly, ya que, no sabía como agradecerle después de haber escuchado la parte en la que la pelirroja les advertía a sus hijos que no hicieran preguntas incómodas a Harry y a Lily.

Finalmente, escucharon con emoción cuando, una vez ya hubo partido el tren de la estación, el menor de los hijos de Molly, Ron, se dirigía al asiento de los hermanos Potter.

—¿Hay alguien sentado ahí? —preguntó, señalando el asiento opuesto a los hermanos—. Todos los demás vagones están llenos.

— ¡Espero que se hagan amigos! —exclamó Lily sonriente— ¡Sería fantástico!

Harry negó con la cabeza y el muchacho se sentó. Parecía agradable. Aún se podía notar en él la mancha en la nariz.

—Eh, Ron.

Los gemelos habían vuelto.

James, Sirius, Gideon y Fabian se mostraron abiertamente entusiasmados ante eso. Los gemelos eran claramente bromistas, y eso hacía que sus apariciones divirtieran a los dos merodeadores y a los gemelos Prewett.

—Mira, nosotros nos vamos a la mitad del tren, porque Lee Jordan tiene una tarántula gigante y vamos a verla.

—Eso se oye genial—murmuró Sirius, interesado— Una tarántula gigante, me gustaría ver una…

—Pues a mí no me emociona en lo más mínimo esa clase de animales—le contradijo Marlene haciendo una pequeña mueca—Me ponen los pelos de punta.

—De acuerdo —murmuró Ron.

—Chicos—dijo el otro gemelo—, ¿les hemos dicho quiénes somos? Fred y George Weasley. Y él es Ron, nuestro hermano. Nos veremos después, entonces.

Molly sintió aquella misma satisfacción de hace algunos momentos al darse cuenta de que sus queridos Fred y George ya estaban bastante creciditos. Si hacía bien las cuentas, seguramente estarían en tercero, dos años después que Ron.

—Hasta luego —dijeron Lily, Harry y Ron. Los gemelos salie­ron y cerraron la puerta.

— ¿Son realmente los Potter? —dejó escapar Ron.

Asintieron.

—¿Y realmente te hicieron eso... ya saben...?

—¡Ron! —exclamó Molly apenada— No deberías de estar preguntando eso.. ¡Oh! Lo primero que les advierto a todos, y lo primero que se le ocurre hacer…

—No te preocupes, Molly—repuso James, restándole importancia—Estoy seguro de que a los chicos no les molesta que Ron pregunte, al menos cosas simples, sin entrar en muchos detalles…

Señaló la frente de Harry.

Harry se levantó el flequillo para enseñarle la cicatriz. Ron la miró con atención.

A varios también les hubiera gustado poder ver aquella cicatriz con atención. Muchos sentían curiosidad por la forma que habían descubierto que tenía. Sin embargo, no podían hacer mayores suposiciones sobre las marcas que los niños Potter tenían, así que tendrían que conformarse con lo que sabían.

— ¿Así que eso es lo que Quien-ustedes-saben...?

—Sí —dijo Lily—, pero no recordamos que sucedió.

—¿Nada? —dijo Ron en tono anhelante.

—Eran solo unos bebés cuando sucedió, Ron—le cortó Molly con impaciencia, deseando que su hijo dejara el tema por la paz— Cuando se supone que eso ocurrió, tú apenas podías hablar, no puedes esperar que lo recuerden…

—Bueno... recuerdo una luz verde muy intensa, pero nada más.-dijo Harry.

Lily suspiró. Esa debía ser la maldición asesina con la que Voldemort había intentado matar a sus hijos. Era difícil pensar en ello, pero era aún más duro darse cuenta de que sus niños aún recordaban eso, aunque fuera levemente.

—Vaya —dijo Ron.

— ¿Son una familia de magos? —preguntó Lily, ya que ella y Harry  encontraban a Ron bastante fascinante.

—Ya lo creo que sí—rió Gideon, haciendo referencia a lo numerosa que era su familia.

—Oh, sí, eso creo —respondió Ron—. Me parece que mamá tiene un primo segundo que es contable, pero nunca hablamos de él.

Los Weasley parecían una de esas antiguas familias de magos de las que había hablado el pálido mucha­cho del callejón Diagon.

—Con la excepción de que Lucius Malfoy me odia a mí a todo lo que tiene que ver conmigo—complementó Arthur, dejando completamente claro con su expresión que el sentimiento era mutuo.

—Oí que se habían ido a vivir con muggles —dijo Ron—. ¿Cómo son?

—Bueno, sin contar que son unos locos maniáticos con temor por los magos y que al parecer se les olvidó como tratar bien a la gente, son bastante… no, siguen siendo horribles sin contar todo eso—opinó Sirius, torciendo el gesto.

—Horribles... Bueno, no todos ellos. Nuestra tía, Nuestro tío y Nuestro  primo sí lo son. —respondió Harry.

—Hubiéramos  preferido tener tres hermanos magos—añadió Lily con sinceridad— Bueno, eso sería mejor que tener dos tíos y un primo como los que tenemos.

James miró con tristeza el libro que Frank sostenía ante el comentario de su hija. Pero el haría que Harry y Lily pasaran la mejor infancia de sus vidas, a pesar de que no sabía cómo. Se los debía.

—Cinco —corrigió Ron. Por alguna razón parecía depri­mido—. Soy el sexto en nuestra familia que va a asistir a Hogwarts.(****—¡Vaya que sí son una familia numerosa! —rió Sirius, divertido)Bill y Charlie ya han terminado.(Molly soltó un suspiro ante eso, sus hijos mayores ya eran todos unos hombres)Percy es prefecto.(Una pelirroja apellidada "Weasley" sonrió por eso) Fred y George son muy revoltosos, pero a pesar de eso sacan muy buenas notas y todos los consideran muy divertidos.(****—¡Son simplemente geniales—complementó James sonriente) Todos esperan que me vaya tan bien como a los otrosAdemás, nunca tienes nada nuevo, con cinco herma­nos. Me dieron la túnica vieja de Bill, la varita vieja de Char­les y la vieja rata de Percy

Ron buscó en su chaqueta y sacó una gorda rata gris, que estaba dormida.

Aquella rata le hizo sentir a Remus una extraña sensación familiar, aunque no supo muy bien con qué relacionarla.

—Se llama Scabbers y no sirve para nada, casi nunca se despierta. A Percy, papá le regaló una lechuza, porque lo hi­cieron prefecto, pero no podían comp... Quiero decir, por eso me dieron a Scabbers.

Arthur suspiró, algo afectado. Sabía bien que, a pesar de que le gustaba su trabajo, no ganaba lo suficiente para cumplir todos los gustos de cada miembro de su familia.

Molly pareció notar que Arthur estaba un poco incómodo, ya que le acarició cariñosamente el brazo y le dedicó una sonrisa.

Las orejas de Ron enrojecieron. Parecía pensar que ha­bía hablado demasiado, porque otra vez miró por la ventanilla.

Lily le sonrió al chico, pensando que el no comprar una lechuza no era nada malo. Harry le contó a Ron que había tenido que llevar la ropa vieja de Dudley y que nunca les hacían regalos de cumpleaños. Eso pareció ani­mar a Ron.

**—Eso es un gesto muy amable de su parte—**dijo Molly agradecida, al matrimonio Potter.

Los cuales le sonrieron en respuesta a la mujer. Ella también hacía hecho algo bueno por los muchachos, así que les alegraba que sus hijos animaran a Ron.

Mientras conversaban, el tren había pasado por campos llenos de vacas y ovejas. A eso de las doce y media se produjo un alboroto en el pasillo, y una mujer de cara sonriente, con hoyuelos, se aso­mó y les dijo:

— ¿Quieren algo del carrito?

— ¡Oh, como extraño a la mujer del carrito! —comentó Sirius nostálgicamente— ¡Me encantaba comprarle dulces!

—Jamás llegué a comprender como podías tragarte todo lo que le comprabas y seguir con hambre durante el banquete de Hogwarts—rió Remus, negando con la cabeza.

Sirius adquirió una expresión de anhelo en el rostro al escuchar que Harry iba a comprar algunas cosas y regresaba con un poco de todo.

—No debería gastar tanto—comentó Lily frunciendo el ceño—¡Hasta en eso me recuerda a James!—el aludido sonrió— Una de las primeras cosas que haré cuando crezcan, será enseñarles a ahorrar…

**—Vamos pelirroja—dijo Sirius—**Sus tíos no eran muy complacientes que digamos, déjalos disfrutar. Además, James se gastaba lo de un mes en dos horas, así que podemos decir que los chicos son muy ahorrativos…

—Vamos, sírvete un pastel — le dijo Lily a Ron— No vamos a comernos todo esto entre nosotros dos—añadió, señalándose a sí misma y a Harry.

—Muchas gracias—****musitó Arthur viendo a los Potter, que le respondieron con un gesto de cabeza y una sonrisa sincera.—¿Qué son éstos? —preguntó Harry a Ron, cogiendo un envase de ranas de chocolate—. No son ranas de verdad, ¿no?—Comenzaba a sentir que nada podía sorprenderlo.

—Comprendo perfectamente la sensación—rió Lily, recordando que a cada minuto de estar en el mundo mágico, si tienes once años, las posibilidades de que algo te sorprenda van disminuyendo, aunque siempre sigues estando encantada con lo que ves.

—No —dijo Ron—. Pero mira qué cromo tiene. A mí me falta Agripa.

—¡Ja! —rió Fabian— ¡Yo conseguí la mayoría de la colección hace algunos meses!

— ¿Qué? —preguntó Lily.

—Oh, por supuesto, no deben saber... Las ranas de chocolate llevan cromos, ya saben, para coleccionar, de brujas y magos famosos. Yo tengo como quinientos, pero no consigo ni a Agripa ni a Ptolomeo.

—Ohh, yo no he conseguido aQuong Po por más que me he esforzado en encontrarlo…****—comentó Gideon con tristeza— Incluso, una vez me gasté el dinero para el regalo de cumpleaños de Fabian intentando encontrarla…

—Agradece que yo había ahorrado para él—murmuró Molly negando con la cabeza— ¡Ustedes dos son increíbles! Siempre, cuando pienso que ya no pueden hacer nada más increíble, se superan.

Harry desenvolvió su rana de chocolate y sacó el cromo. En él estaba impreso el rostro de un hombre. Llevaba gafas de media luna, tenía una nariz larga y encorvada, cabello plateado suelto, barba y bigotes. Debajo de la foto estaba el nombre: Albus Dumbledore.

El profesor sonrió alegremente al notarse a sí mismo en el cromo de Harry. Una de las cosas de su vida que más la había gustado, era aparecer en las ranas de chocolate, a las cuales él encontraba deliciosas.

—¡Así que éste es Dumbledore! —dijo Lily, tomando la tarjeta de su hermano. Sintiendo una extraña sensación de familiaridad ante el rostro del hombre.

**—Creo que lo recuerda profesor—**comentó Edgar.

**—Si, al parecer lo hace—reconoció Dumbledore sonriendo—**y me alegra comprobar que todavía me encuentro en los cromos de las ranas de chocolate, me gustan mucho.

Toda la sala rió ante el comentario. ¡Nunca habría un director como Dumbledore!

Lily dio la vuelta a la tarjeta y leyó en voz alta:

Albus Dumbledore, actualmente director de Hogwarts. Considerado por casi todo el mundo Como el más grande mago del tiempo presente, Dumbledore es particularmente famoso por derrotar al mago tene­broso Grindelwald en 1945, por el descubrimiento de las doce aplicaciones de la sangre de dragón, y por su trabajo en alquimia con su compañero Nicolás Fla­mel. El profesor Dumbledore es aficionado a la músi­ca de cámara y a los bolos.

Varios rieron ante lo último, incluido el anciano profesor, aunque…

—¿Qué son los bolos? —inquirió Sirius, deseando saber por qué muchos se reían.

—Debí persuadirte de que tomaras Estudios Muggles—suspiró Remus antes de responder— Los bolos, son un deporte muggle que se juega con una pelota, pero es muy diferente al quidditch.

En aquel momento, el paisaje que se veía por la ventani­lla se hacía más agreste. Se oyó un golpe en la puerta del compartimiento, y entró el muchacho de cara redonda que los muchachos habían visto al pasar por el andén nueve y tres cuartos. Parecía muy afligido.

Frank sintió una leve preocupación ante eso, y no pudo evitar volver a preguntarse si cabría la posibilidad de que ese niño fuera hijo suyo.

—Perdón —dijo—. ¿Por casualidad no han visto un sapo?

Cuando los tres negaron con la cabeza, gimió.

Lily sonrió con ternura. Ese niño le parecía agradable y le recordaba vagamente a alguien…

—Ya aparecerá —dijo Lily, dedicándole una sonrisa al chico

—Sí —dijo el muchacho apesadumbrado—. Bueno, si la ven...

Alice sonrió por la aparición del chico, pensando en las probabilidades de que fuera su hijo. En caso de que lo fuera, estaría muy contenta, ya que podría verlo desde comienzos de su primer año.

Se fue.

—No sé por qué está tan triste —comentó Ron—. Si yo hubiera traído un sapo lo habría perdido lo más rápidamente posible.

—Deberías de aprender a cuidarla mejor, entonces, Ron—murmuró Molly, poniendo los ojos en blanco.

—Podría estar muerta y no notarías la diferencia —dijo Ron con disgusto—. Ayer traté de volverla amarilla para ha­cerla más interesante, pero el hechizo no funcionó. Te lo voy a enseñar, mira...

Varios alzaron las cejas, ¿Volver la rata amarilla a su edad? Los Weasley no sabían por qué, pero tenían el presentimiento de Fred y George tenían algo que ver con eso…

Acababa de coger la varita cuando la puerta del compar­timiento se abrió.

Había regresado el chico del sapo, pero llevaba a una niña con él.

— ¿Alguien ha visto un sapo? Neville perdió uno —dijo. Tenía voz de mandona, mucho pelo color castaño y los dientes de delante bastante largos.

Alice no pudo evitar sonreír al escuchar que el niño regresaba. Tenía la sensación de que sí era su Neville y eso la emocionaba de sobre manera. Era en ese momento que comprendía cuando Lily sonreía por cualquier eventualidad sobre sus hijos.

—Ya le hemos dicho que no —dijo Ron, pero la niña no lo escuchaba. Estaba mirando la varita que tenía en la mano.

—Oh, ¿están haciendo magia? Entonces vamos a verlo.

Se sentó. Ron estaba desconcertado.

Al igual que varios en la sala. El comportamiento de la chica les parecía extraño, aunque quizá fuera simplemente curiosidad.

—Eh... de acuerdo. —Se aclaró la garganta—. «Rayo de sol, margaritas, volver amarilla a esta tonta ratita.»

Todos en la sala reían por lo que decía el muchacho. James, Sirius, Gideon y Fabian estuvieron seguros de que Fred y George habían tenido algo que ver en esto.

Agitó la varita, pero no sucedió nada. Scabbers siguió durmiendo, tan gris como siempre.

— ¿Estás seguro de que es el hechizo apropiado? —pre­guntó la niña—. Bueno, no es muy efectivo, ¿no? Yo probé unos pocos sencillos, sólo para practicar, y funcionaron. Na­die en mi familia es mago, fue toda una sorpresa cuando reci­bí mi carta. Ya me he aprendido todos los libros de memoria, desde luego, es­pero que eso sea suficiente... Yo soy Hermione Granger. ¿Y ustedes quiénes son?

— ¿Alguien tiene idea si la chica respiró mientras decía eso? —inquirió Sirius sorprendido.

Y algunos tenían en el rostro la misma mueca de desconcierto que él. Lily, sin embargo, tuvo el ligero presentimiento de que esa chica sería importante, al igual que Neville en su momento.

Harry y Ron parecían aún más desconcertados. Mientras Lily le sonreía a la chica, había algo en ella que le agradaba.

Lily era de exactamente la misma opinión.

—Yo soy Ron Weasley —murmuró Ron.

—Harry Potter —dijo Harry.

—Lily Potter—terminó Lily

— ¿Son ustedes realmente? —dijo Hermione—. Lo sé todo so­bre ustedes, conseguí unos pocos libros extra para prepararme más y ustedes figuran enHistoria de la magia moder­na, Defensa contra las Artes Oscuras y Grandes eventos má­gicos del siglo xx.

**—Vaya, al parecer los chicos son  mucho más famosos de lo que esperábamos—**dijo Remus muy asombrado ante la perspectiva de que los chicos aparecieran en libros.

**—Estoy de acuerdo contigo—**dijo Frank.

**—Es muy impresionante—**asintió James, extrañado.

Lily había fruncido un poco el entrecejo, no muy segura de que le gustara la idea de que sus hijos aparecieran en libros. Eso acarrearía mucha atención sobre ellos, y le disgustaba que en un futuro eso pudiera traerles momentos incómodos o no tan agradables.

— ¿Estamos nosotros? —dijo Harry, sintiéndose mareado.

Lo cual era comprensible, pensó Remus, No debía ser fácil enterarte de que toda una comunidad conoce tu nombre y que incluso apareces en libros, a la simple edad de once años.

—Dios mío, no lo saben. Yo en su lugar habría buscado todo lo que pudiera —dijo Hermione—. ¿Saben a qué casa van a ir? Estuve preguntando por ahí y espero estar en Gryffindor, parece la mejor de todas.(****—¡En eso estamos de acuerdo—asintió James sonriente.) Supongo que Ravenclaw no será tan mala... De todos modos, es mejor que sigamos buscando el sapo de Nevi­lle. Y ustedes dos deberían cambiarse ya, vamos a llegar pronto.

— ¿Hablará tanto usualmente? —comentó Fabian, sintiendo curiosidad por la forma en la que la chica parecía saber muchas cosas, para ser de familia muggle.

Y se marchó, llevándose al chico sin sapo.

—Cualquiera que sea la casa que me toque, espero que ella no esté —dijo Ron. Arrojó su varita al baúl—. Qué hechi­zo más estúpido, me lo dijo George. Seguro que era falso.

**—Obviamente era falso, no deberías de tomarte en serio todo lo que te digan tus hermanos—rió Sirius—**Pero estoy de acuerdo contigo cuando dices que no quieres que te toque con la chica, parece una Evans pequeña…

**Y de pronto se dio cuenta de lo que había dicho, pero Lily lo miraba con una expresión amenazadora, después de unos minutos dijo:****—**Ya me la pagaras Black, continua Frank

—A mi me ha parecido agradable—dijo Lily— es un poco mmm… no lo sé pero creo que podríamos llevarnos bien con ella.

—A mi también me ha parecido que pueden tener amistado con ella—comentó Alice sonriente— O, por lo menos llevarse bien…

Ron y Harry la miraron por unos segundos sin decir nada, luego Harry tuvo curiosidad por algo…

— ¿En qué casa están tus hermanos? —preguntó

—Gryffindor**—hizo una pausa** — ¿Cuál es su equipo de quidditch?

—Eh... no conocemos ninguno —confesó Harry.

James volvió a poner expresión consternada en su rostro, esperando con todas sus fuerzas que Ron les enseñara algo de quidditch a sus hijos. Era tan, tan, tan, difícil imaginarse que alguien que llevara el apellido "Potter" no jugara el quidditch… Y lo era más aún pensar que ni siquiera supieran cómo jugarlo, ni los equipos, ni nada más…

—¿Cómo? —Ron pareció atónito**(James daba la misma apariencia)—. Oh, ya verán, es el mejor juego del mundo...(****—Si que lo es—suspiraron varios chicos en la sala, con una expresión que parecía la de alguien enamorado)** —Y se dedicó a explicar todo sobre las cuatro pelotas y las posiciones de los siete jugadores, cuando otra vez se abrió la puerta del compartimiento.

Entraron tres muchachos, y los hermanos reconocieron de inme­diato al del medio: era el chico pálido de la tienda de túnicas de Madame Malkin.

Algunos bufaron con disgusto al escuchar sobre el chico. Nadia había olvidado lo mal que se había portado con Hagrid, ni sus desagradables comentarios despectivos hacia él.

— ¿Es verdad? —preguntó—. Por todo el tren están di­ciendo que Harry y Lily Potter están en este compartimento. Así que son ustedes, ¿no?

Arthur no pudo evitar sentir antipatía ante el chico. Sin duda se parecía, y le recordaba mucho a su padre, y eso no era bueno.

—Sí —respondió Harry.

Lily observó a los otros muchachos. Eran muy grandes, y parecían guardaespaldas situados atrás del rubio.

—Oh, éste es Crabbe y éste Goyle (Las muecas aumentaron al escuchar esos nombres, todos los que estaban allí reconocieron los apellidos, e identificaron que pertenecían a dos mortífagos)—dijo el muchacho pá­lido con despreocupación, al darse cuenta de que Lily los miraba—. Y mi nombre es Malfoy, Draco Malfoy

**—Excelente—gruñó James sarcásticamente—**Un Malfoy.

**—No te preocupes, ninguno de los dos entablará amistad con él—**dijo Remus muy seguro, sabiendo que a los muchachos no les agradaba el chico Malfoy.

—Eso espero—comentó Sirius, haciendo una mueca— Lo último que necesitamos es que ese chico pariente de Lucius-idiota-Malfoy se haga amigo de Harry y de la pequeña.

Ron dejó escapar una débil tos, que podía estar ocultan­do una risita. Malfoy lo miró.

—Te parece que mi nombre es divertido, ¿no? No necesi­to preguntarte quién eres. Mi padre me dijo que todos los Weasley son pelirrojos, con pecas y más hijos que los que pue­den mantener.

En la sala todos soltaron una exclamación de indignación en contra del muchacho. Todos allí querían mucho a los Weasley y les parecía de muy mala educación que el chico dijera eso.

Mientras tanto, Arthur no pudo dejar de sentir más antipatía aún, pero esta vez no solo por el niño Malfoy, sino por el padre también. Así que hablaba de él y de su familia mientras estaba en casa…

Se volvió hacia los hermanos.

—Muy pronto descubrirán que algunas familias de ma­gos son mucho mejores que otras. No querrán hacerse  amigos de los de la clase indebida. Yo puedo ayudarles en eso.

Era oficial. A nadie en aquella sala le agradaba el chico. James, incluso hizo una nota mental, recordándose que una de las primeras cosas que les diría a sus hijos antes de ir a Hogwarts sería que no se hicieran amigos de Malfoy, bajo ninguna circunstancia.

Extendió la mano, para estrechar primero la de Harry; pero Harry no la aceptó.

—Creo que podemos darnos cuenta solos de cuáles son los in­debidos, gracias —dijo con frialdad. Mientras Lily asentía con la cabeza a lo que su hermano decía.

Lily sonrió, orgullosa. Sabía que sus hijos tomarían la decisión correcta respecto a Malfoy y comprobarlo le hacía sentirse sumamente satisfecha.

Otro que parecía muy contento era James, a quien la respuesta de Harry le había parecido magnífica.

 Draco Malfoy no se ruborizó, pero un tono rosado apare­ció en sus pálidas mejillas.

—Yo tendría cuidado, si fuera ustedes—dijo con cal­ma—. A menos que sean un poco más amables, van a ir por el mismo camino que sus padres. Ellos tampoco sabían lo que era bueno para ellos. Sigan con gentuza como los Weasley y ese Hagrid y terminarán como ellos.

En la sala todos explotaron enfadados ante las palabras del chico. Se soltaron muchas exclamaciones de enojo, principalmente de Sirius, Remus, James, Edgar, Marlene y Frank, que tomaron un color rojo que reflejaba lo molestos que estaban. ¡Hablar así de James y Lily enfrente de los hermanos Potter! Eso sí que era una completa falta de educación, mucho más grande que las ya cometidas por el chico Malfoy.

Harry, Ron  y Lily  se levantaron al mismo tiempo.

—Repite eso —dijo Lily irguiéndose lo más que pudo, roja de la rabia.

—Oh, van a pelear con nosotros, ¿eh? —se burló Malfoy.

James y Sirius asintieron, como si la pregunta se la hubieran hecho a ellos. Sin duda, de haber estado ellos dos allí, no habrían rechazado el desafío, quizá porque eran jóvenes, y hasta cierto punto inmaduros aún, pero no habrían parado hasta hacer que Malfoy se tragara sus palabras.

—Si no se van ahora mismo... —dijo Harry, con más va­lor que el que sentía, porque Crabbe y Goyle eran mucho más fuertes que él y Ron y definitivamente más fuertes que Lily.

Eso preocupó a Sirius durante un segundo, dándose cuenta de que sería una imprudencia que Harry, Ron, y más aún, Lily, se batieran con el trío de imbéciles, ya que, ninguno de ellos podía estar lo suficientemente preparado para eso, incluso ni siquiera Malfoy y sus dos amigotes…

—Pero nosotros no tenemos ganas de irnos, ¿no es cierto, muchachos? Nos hemos comido todo lo que llevábamos y ustedes parece que aún tienen algo.

—Vete al infierno—dijo Lily temblando de la furia y poniéndose en frente de algunos de sus bocadillos, no porque le importara la comida sino porque no pensaba permitir que un idiota como Malfoy les molestara de ese modo.

**—Bien dicho pequeña—dijo Sirius—**Todos ellos son una bola de idiotas.

Arthur se mostró completamente de acuerdo con eso, aunque no lo dijo en voz alta para no molestar a su esposa, que parecía exasperada con toda aquella situación.

Goyle se inclinó para coger una rana de chocolate del lado de Ron. Pero antes de que tocara dejó escapar un aullido te­rrible.Scabbers colgaba de su dedo. Crabbe y Malfoy retrocedieron, hasta que, final­mente, Scabbers salió volando, chocó contra la ventanilla y los tres muchachos desaparecieron.

Varios rieron animadamente ante eso, deseando haber visto como esos tres cobardes salían del compartimiento.

James, Sirius y Arthur parecían excepcionalmente contentos con el comportamiento de la rata.

Un segundo más tarde, Hermione Granger volvió a entrar.

**—¿Ahora qué quiere?—**preguntó Sirius exasperado.

— ¿Qué ha pasado? —preguntó.

— ¿Conocían ya a Malfoy? —preguntó Ron, ignorando a Hermione.

Molly gruñó un poco con desaprobación, deseando que Ron se comportara un poco mejor con la chica Granger.

Lily le explicó el encuentro en el callejón Diagon.

—Oí hablar sobre su familia —dijo Ron—. Son algunos de los primeros que volvieron a nuestro lado después de que Quien-ustedes-saben desapareció. Dijeron que los habían hechizado.(****—¡Mentiras, por supuesto! —exclamó Arthur negando con la cabeza)—Se volvió hacia Hermione—. ¿Podemos ayu­darte en algo?

**—¡Ron!—**le reprendió Molly molesta-eso es muy grosero de tu parte.

—Mejor que se apresuren y se cambien  de ropa. Acabo de ir a la locomotora, le pregunté al conductor y me dijo que ya casi estamos llegando. No se estarían peleando, ¿verdad? ¡Se van a meter en líos antes de que lleguemos!

—En eso tiene razón—razonó Lily— ¡Es mejor no meterse en problemas! Y menos el primer día de clases cuando aún ni siquiera han llegado al colegio. Será mejor que le hagan caso, solo cámbiense e ignoren a los tontos como Malfoy.

Ni James ni Sirius estaban de acuerdo con eso, pero decidieron que era mejor no contrariar a Lily.

—Scabbers se estuvo peleando, no nosotros —dijo Ron, mirándola con rostro severo—. ¿Te importaría salir para que nos cambiemos?

—Muy bien...—dijo Hermione en tono despectivo—. A propósito, ¿te has dado cuenta de que tienes sucia la nariz?

Molly no pudo evitar hacer una mueca. ¡Al parecer, Ron era tan necio como el resto de sus hermanos!

Ron le lanzó una mirada de furia mientras ella salía.

—Creo que fuiste un poco grosero con la chica— le dijo Lily, torciendo el gesto.

**—Oh vamos, pequeña—**dijo Sirius poniendo los ojos en blanco ante la mirada de satisfacción de una pelirroja embarazada que estaba muy cerca de él.

—Bien, yo también voy a salir para que se cambien, nos vemos en un rato—anunció Lily viendo a Harry y a Ron.

Salió del compartimento y se encontró con Hermione Granger en el corredor. Se acercó a ella.

—Disculpa ¿sabes dónde puedo cambiarme? —le preguntó sonriendo.

—Si quieres puedes venir a mi compartimiento, creo que se encuentra vacío en este momento—le respondió Hermione, correspondiendo a la sonrisa.

—Sí, gracias y oye por cierto, quería disculparme por lo que paso en  mi compartimiento, es solo que Ron estaba un poco irritado—murmuró Lily tímidamente viendo a la chica.

—Está bien—respondió ella—en todo caso es él y no tú quien tiene que disculparse, pero anda vamos a que te cambies, falta poco para llegar. —terminó, dedicándole una sonrisa, y las dos se dirigieron al compartimiento charlando animadamente.

**—La pequeña Lily ya ha hecho una amiga—comentó Alice a Lily sonriendo—**eso es genial.

**—Seria genial si su amiga no fuera una sabelotodo—**musitó Sirius en voz baja, haciendo una leve mueca.

**—Cállate Black—**dijeron Lily y Alice viendo ceñudas al chico. ¡Siempre encontraba una manera de exasperarlas!

 Una voz retumbó en el tren.

—Llegaremos a Hogwarts dentro de cinco minutos. Por favor, dejen su equipaje en el tren, se lo llevarán por separa­do al colegio.

Todos en la sala sonrieron contentos. ¡Iban a comenzar un año en Hogwarts! Aunque fuera por medio de los chicos Potter, no podía dejar de sentirse la emoción de la primera vez allí.

El tren aminoró la marcha, hasta que finalmente se de­tuvo. Harry y Ron se encontraron con Lily, ya vestida, en el corredor.Todos se empujaban para salir al pequeño y oscuro an­dén. Enton­ces apareció una lámpara moviéndose sobre las cabezas de los alumnos, y los hermanos oyeron una voz conocida:

—¡Primer año! ¡Los de primer año por aquí! ¿Todo bien por ahí, chicos?

Hagrid sonrió, siempre le había gustado recibir a los muchachos de primer año. ¡Le había parecido muy emocionante desde que comenzó a hacerlo! Nadie en la sala había olvidado aún lo que habían sentido cuando Hagrid había dicho aquellas palabras por primera vez. Todos se sentían como si estuvieran yendo de nuevo al colegio.

La gran cara peluda de Hagrid rebosaba alegría sobre el mar de cabezas.

—En un segundo, tendrán la primera visión de Hog­warts —exclamó Hagrid por encima del hombro—, justo al doblar esta curva.

**—Va a encantarles-—**dijo Lily sonriendo feliz. Aquél era el mejor momento en el libro desde que habían comenzado a leerlo, sin duda.

Se produjo un fuerte ¡ooooooh!

Habían parado frente a un gran lago negro, y desde allí se podía ver un asombroso castillo.

—¡No más de cuatro por bote! —gritó Hagrid, señalando a una flota de botecitos alineados en el agua, al lado de la ori­lla. Harry y Ron y Lily subieron a uno, seguidos por Her­mione.

Siguieron leyendo emocionados. Ya estaban sumamente cerca de, lo que estaban seguros, sería la mejor experiencia de los muchachos durante los próximos siete años. Continuaron escuchando, hasta la parte en donde se indicaba que ya habían llegado a la puerta del castillo.

Subieron por unos escalones de piedra y se reunieron ante la gran puerta de roble.

— ¿Están todos aquí? Tú, ¿todavía tienes tu sapo?

Hagrid levantó un gigantesco puño y llamó tres veces a la puerta del castillo.