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En la sala de Menesteres: Leyendo nuestro futuro — capítulo 8

—Hagrid pareció enfurecerse consigo mismo —leyó Edgar— Ese es el final del capítulo.

—Bien, es mi turno—dijo Marlene sonriendo y tomando el libro—el nombre del siguiente capítulo es: " El espejo de Oesed "

La mayoría de personas en la sala pusieron expresión de desconcierto, ya que no conocían dicho espejo y no tenían ni la menor idea de a qué se refería el título.

—¿El espejo de Oesed?—preguntó finalmente Fabian.

—Es un espejo—comenzó el profesor Dumbledore—que tiene la capacidad de mostrarnos lo que más deseamos en la vida.

Todos estaban bastante sorprendidos por la información que les había dado el profesor.

—¿Y qué tiene que ver ese espejo con los chicos?—preguntó Arthur.

—Creo que es mejor que leamos—dijo Lily, algo impaciente—. De verdad quiero saber cómo continúa todo esto.

Marlene asintió con la cabeza y comenzó la lectura del capítulo.

Todos estaban impacientes de que empezaran las vaca­ciones.

—Me da mucha lástima —dijo Draco Malfoy, en una de las clases de Pociones— toda esa gente que tendrá que que­darse a pasar la Navidad en Hogwarts, porque no los quieren en sus casas.

Mientras hablaba, miraba en dirección a Harry y a Lily.

— ¿Alguien cree que sea ilegal congelar a ese idiota  y  luego arrojarlo desde la torre de Astronomía?—preguntó Sirius molesto.

—No lo sé Canuto—respondió James apretando los dientes— pero es una magnífica idea, no se te ocurra realizarla sin mí.

—En el caso de que sea ilegal, yo me encargo de que no queden pruebas que puedan inculparnos—dijo Remus, que logró arrancar una sonrisa de sus dos amigos, Remus era el más reservado en lo que a romper normas se refería, y el hecho de que quisiera participar en una " actividad ilícita ", aunque lo dijeran en broma, era muy valioso para Sirius y James.

Lily puso en su rostro una sonrisa triste. No le gustaba  en lo absoluto la idea de que sus hijos nunca habían pasado una navidad con ella y con su esposo.

Después del partido de quidditch, Malfoy se había vuelto más desagrada­ble que nunca.

—Eso debe de ser sumamente insoportable…—comentó Sirius, dando a entender que si usualmente Malfoy era desagradable, ahora sería completamente inaguantable.

Disgustado por la derrota de Slytherin, había tratado de hacer que todos se rieran diciendo que un sapo con una gran boca podía reemplazar a Harry como buscador.

—Lo que hace la envidia…—murmuró Hagrid frunciendo el ceño, algo molesto con el chico Malfoy.

—Tienes razón Hagrid—dijo Alice— Harry es un gran buscador y eso todo el mundo lo sabe.

James sonrió, pensando en que su hijo era incluso mejor jugador en de quidditch que él, y eso era algo que le llenaba de orgullo.

Pero entonces se dio cuenta de que nadie lo encontraba gra­cioso, porque estaban muy impresionados por la forma en que Harry se había mantenido en su escoba.

Muchos sonrieron con burla, esperando que Malfoy se diera cuenta de lo tonto que era por meterse con Harry.

Así que Malfoy; celoso y enfadado, había vuelto a fastidiar a Harry y también, ya que había visto la oportunidad, a Lily, por no te­ner una familia apropiada,

—Estúpido—dijo Remus, que ya había perdido la paciencia con el niño.

—Idiota—dijo James, molesto por la idea de que Malfoy molestara a sus hijos por no tener una familia con quien pasar la navidad.

—Imbécil—gruño Sirius, que estaba considerando seriamente la posibilidad de hacerle una " visita " al chico.

Cuando abandonaron los calabozos, al finalizar la clase de Pociones, encontraron un gran abeto que ocupaba el ex­tremo del pasillo.

—Hola, Hagrid. ¿Necesitas ayuda? —preguntó Ron, me­tiendo la cabeza entre las ramas.

Molly sonrió al escuchar a su hijo hacer esa pregunta, pensando que era bueno que se mostrara atento con Hagrid. Desde que se había comenzado a portar bien con Hermione, Molly no había reprendido a Ron por casi ninguna cosa.

—No, va todo bien. Gracias, Ron.

—¿Te importaría quitarte de en medio? —La voz fría de Malfoy llegó desde atrás—. ¿Estás tratando de ganar algún dinero extra, Weasley? Supongo que quieres ser guardabosques cuando salgas de Hogwarts... Esa choza de Hagrid debe de parecerte un palacio, comparada con la casa de tu familia.

La sonrisa de Molly vaciló por un momento, pero volvió a su lugar al escuchar las exclamaciones enojadas de todos los demás, que le demostraban que sentían un cariño hacia ella y su familia. Todos estaban completamente de acuerdo en que Malfoy era un completo idiota maleducado.

¿Que nadie le había enseñado a respetar?

Ron se lanzó contra Malfoy justo cuando aparecía Snape en lo alto de las escaleras.

—¡Ron! —exclamó Molly, algo nerviosa— No aceptes las provocaciones, simplemente ignóralo, así se dará cuenta de que no puede molestarte con eso.

—¡WEASLEY!

—Maldición, lo han visto…

—Lo han provocado, profesor Snape —dijo Hagrid, sa­cando su gran cabeza peluda por encima del árbol—. Malfoy estaba insultando a su familia.

—Gracias Hagrid—dijo Arthur mirando al semigigante.

—Excelente—gruñó Fabián, que se había fijado más en el hecho de que había sido Severus el que apremió a Ron—Ahora Snape va a quitarle puntos.

—Lo que sea, pero pelear está contra las reglas de Hog­warts, Hagrid —dijo Snape con voz amable—. Cinco puntos menos para Gryffindor; Weasley, y agradece que no sean más.

Sirius y James hicieron un gran esfuerzo para no comenzar a hablar sobre lo injusto que era Snape. Los dos se fijaron en el hecho de que no le había dicho nada a Malfoy sobre estar insultando a la familia de Ron.

Malfoy, Crabbe y Goyle pasaron bruscamente, sonriendo presuntuosamente.

—Imbéciles—gruñó Sirius algo exasperado con los tres muchachos de Slytherin.

—Voy a atraparlo —dijo Ron, sacando los dientes ante la espalda de Malfoy—. Uno de estos días lo atraparé...

—Ron no está bien que quieras vengarte…—dijo Molly, algo preocupada por los deseos de su hijo.

—Si algún día lo haces, asegúrate de que yo esté presente—dijo Lily, que estaba seriamente tentada a enviarle una maldición a Malfoy. — ¿Saben? —continuó, teniendo una inspiración repentina— Tal vez pueda enviarle un regalo de Navidad a Malfoy, estoy segura de que la profesora Sprout tiene muchas plantas venenosas, no creo que tenga inconveniente en prestarme una.

Remus levantó las comisuras de los labios ligeramente, mientras que Sirius, James, Gideon y Fabián sonrieron abiertamente a las palabras de la niña. Lily parecía tener esa chispa merodeadora que hacía que las personas gastaran bromas, y eso les encantó a Sirius y a James..

—Vamos, arriba el ánimo, ya es casi Navidad —dijo Ha­grid—. Vengan conmigo al Gran Comedor; está precioso.

—Recuerdo el aspecto del Gran Comedor—dijo Frank sonriendo con algo de nostalgia—Realmente  hermoso.

Todos asintieron de acuerdo con eso. Cuando una persona iba allí para Navidad, solo podía apreciar lo increíblemente fantástica decoración que se podía ver por todos lados.

—¿Cuántos días les quedan para las vacaciones? —pre­guntó Hagrid.

—Sólo uno —respondió Hermione—. Y eso me recuer­da... Harry, Ron, Lily,  nos queda media hora para el almuerzo, de­beríamos ir a la biblioteca.

—¿A la biblioteca? —preguntaron James y Sirius como si nunca en su vida hubieran escuchado esa palabra y el hecho de oírla ahora hacía que se sintieran muy desconcertados.

—¿La biblioteca? —preguntó Hagrid, acompañándolos hasta la puerta—. ¿Justo antes de las fiestas? Un poco triste, ¿no creen?

—Sí, eso creemos—dijeron al mismo tiempo Sirius y James, solo que ahora acompañados por Edgar, Gideon y Fabián, que nunca habían pisado la biblioteca para una época festiva.

—Oh, no es un trabajo —explicó alegremente Harry—. Desde que mencionaste a Nicolás Flamel, estamos tratando de averiguar quién es.

—Ahora me gusta más la idea—comentó Sirius sonriendo, con una gran curiosidad por todo lo que implicara el misterio de la Piedra Filosofal.

—Parece que estos niños no van a rendirse ¿verdad? —dijo Alice divertida, sin duda, aquellos muchachos tenían una determinación de acero.

—¿Qué? —Hagrid parecía perplejo—. Escúchenme... Ya se los dije... No se metan. No tiene nada que ver con ustedes lo que custodia ese perro.

—No creo que eso funcione  para frenar su curiosidad, Hagrid—comentó Frank—Y estoy muy seguro de que van a descubrir lo que custodia el perro.

—Nosotros queremos saber quién es Nicolás Flamel, eso es todo —dijo Hermione.

—Salvo que quieras ahorrarnos el trabajo —añadió Harry—. Ya hemos buscado en miles de libros y no hemos po­dido encontrar nada... Yo sé que leí su nombre en algún lado.

—Vaya Cornamenta—dijo Remus sonriendo—Al  parecer Harry es más parecido a ti de lo que yo pensaba: nunca pierde la esperanza de que las cosas salgan como él quiere—terminó, dirigiendo su vista a Lily, recordando los muchos momentos en que James le había insistido a aquella pelirroja.

James sonrió y se encogió de hombros.

—No voy a decirles nada —dijo Hagrid con firmeza.

Algunos de los jóvenes se mostraron ligeramente decepcionados, ya que sabían que seguirían escuchando cómo los muchachos trataban de reunir información.

—Si cambias de opinión, ya sabes dónde estamos—dijo Lily sonriendo y guiñando un ojo a Hagrid.

—Y al parecer Harry no es el único—añadió Sirius divertido—eso de "guiñar los ojos" es un gesto muy tuyo Cornamenta.

Dejaron a Hagrid malhumorado y fueron rápidamente a la biblioteca.

—No creo que tengan muchos resultados—comentó Edgar— Yo, por mi parte, no recuerdo haber leído en ningún lado el nombre de Nicolás Flamel…

Y como había dicho Edgar, pronto todos se dieron cuenta de que los muchachos no habían tenido mucha suerte en su incursión a la biblioteca y que además de todo, la señora Pince (a quien Alice aparentemente detestaba), riñó a Harry.

Cuando comenzaron las vacaciones, los chicos  tuvieron mucho tiempo para pensar en Flamel.

Algunos se sintieron esperanzados, quizá, con el tiempo libre, podrían descubrir quién era Flamel, y así la aparente y futura acción del libro comenzaría.

En la víspera de Navidad, los hermanos se fueron a la cama, deseo­sos de que llegara el día siguiente, pero sin esperar ningún re­galo.

Varios en la sala hicieron una mueca, en especial Lily, que tenía una expresión de tristeza. Ella nunca le había hecho un regalo de Navidad a sus hijos… O al menos un regalo que ellos pudieran recordar. Suspiró. Tendría que acostumbrarse y recordarse que estaba muerta, pero eso no le impediría estar siempre con sus hijos.

Cuando al día siguiente, Harry se despertó temprano, lo primero que vio fue unos cuantos paquetes a los pies de su cama.

— ¡Le han enviado regalos! —exclamó Lily sonriendo emocionada. ¿Quién habría sido la amable persona que le había enviado un regalo a Harry…?

—¿Qué esperabas, nabos? —dijo Ron, volviéndose hacia sus propios paquetes.

Sirius rió por el chiste de Ron, al igual que varios otros en la sala. Era muy divertido notar su humor sarcástico.

—Oye ¿crees que Lily también ha recibido algo? —preguntó Harry reparando de pronto en su hermana.

—Espero que si…—dijo Lily, también reparando en su hija.

—Eso creo—dijo Ron— Si quieres podemos bajar, tal vez ya este despierta.

 Harry asintió con la cabeza y ambos bajaron a la sala común, cargando con sus respectivos regalos para abrirlos junto a Lily.

Cuando llegaron, se dieron cuenta de que Lily no se encontraba allí, así que le pidieron a una chica que entraba en ese momento si podía subir a llamarla.

Unos minutos después vieron a Lily, que también bajaba con sus regalos.

Lily y James sonrieron ante la última frase. ¡Sus dos hijos tenían regalos de Navidad! Probablemente serían los primeros regalos que recordaran en toda la vida….

 —¡Feliz navidad, chicos!—dijo la niña sonriente. — ¡Abramos los regalos!

Harry cogió un paquete. Tenía escrito: «Para Harry de Hagrid». Contenía una flauta de madera, toscamente trabajada. Era evidente que Hagrid la había hecho. Harry sopló y la flauta emitió un sonido parecido al canto de la le­chuza. Lily tenía una muy parecida, y estaba encantada con ella.

—Oh Hagrid…—dijo Lily con los ojos bañados en lágrimas. Jamás habría imaginado que alguien pudiera ser tan bueno con sus hijos.

—No tienes que decir nada, Lily—dijo el semigigante sonriendo**— Estoy seguro de que mi futuro yo lo hizo completamente encantado****.**

Lily tomó el segundo, era  muy pequeño, contenía una nota.

«Recibimos su mensaje y les mandamos su regalo de Na­vidad. De tío Vernon y tía Petunia.» Pegada a la nota estaba una moneda de cincuenta peniques.

Muchos gruñeron en la sala. ¿Era eso lo que estaban pensando que era? ¿Qué clase de regalo tan… mezquino era ese? ¿Que los Dursley no podían demostrar un poco de cariño o humanidad, al menos?

—Qué detalle —comentó Harry. Lily se limitó a reír.

Ron estaba fascinado con los cincuenta peniques.

—Oigan, ¿Qué son…?

—¿Cincuenta peniques? —se adelantó Remus— Es dinero muggle, Sirius.

Continuaron leyendo cómo los muchachos abrían el regalo de Molly, sabiendo que ese sí sería un buen regalo, dado que había sido entregado con cariño.

—Molly, muchísimas gracias…—dijo Lily, mientras James asentía con la cabeza.

—No hay de que—respondió Molly sonriendo—estoy segura de que ustedes harían lo mismo por cualquiera de mis hijos, si ellos se hallaran en la situación de Harry o Lily.

—Cada año nos teje un jersey —dijo Ron, desenvolvien­do su paquete.

—Es muy amable de parte de tu madre —dijo Harry sonriendo.

—Realmente muy, muy amable—murmuró Lily, sonriéndole a Molly, completamente agradecida con ella.

Mientras, Lily se ponía su jersey con entusiasmo, pensando que era muy bonito.

Molly sonrió, satisfecha y contenta de que a Lily le gustara su regalo.

Les  quedaba un último regalo a cada uno. Harry  cogió el suyo  y notó que era muy ligero. Lo desenvolvió.

Algo fluido y de color gris plateado se deslizó hacia el suelo y se quedó brillando. Ron bufó.

En la cara de James, Sirius y Remus se dibujó una sonrisa radiante. El profesor Dumbledore se había quedado sorprendido por un momento, recordando de pronto algo que había enterrado en su pasado, hace ya mucho tiempo…

— ¡Le enviaron la capa! —dijo James emocionado, como si estuviera escuchando algo trascendentalmente increíble.

—Había oído hablar de esto —dijo con voz ronca—. Si es lo que pienso, es algo verdaderamente raro y valioso.

—Oh, claro que lo es…—aseguró Sirius, hablando con un tono de voz que sugería que estaba describiendo algo realmente hermoso y casi sagrado.

—¿Qué es?—preguntó Lily

—Es una capa invisible —dijo Ron, con una expresión de temor reverencial—. Estoy seguro... Pruébatela.

James sonrió, muy feliz. ¡La capa! ¡Su hijo tenía la capa! ¡Eso sí que era un regalo espectacular para Navidad! No podía dejar de imaginar todo lo que sus hijos podrían hacer con esa capa.

Harry se puso la capa sobre los hombros, Lily se quedó petrificada y Ron lanzó un grito.

—¡Lo es! ¡Mira abajo!

Harry se miró los pies, pero ya no estaban.

James, Sirius y Remus no podían dejar de sonreír. Mientras la profesora McGonagall pensaba que esa capa era la razón por la cual casi nunca había podido atrapar a los merodeadores en sus bromas… Ahora podía comprender cómo habían conseguido lograr todas sus hazañas durante los siete años escolares.

—¡Hay una nota! —dijo de pronto Ron—. ¡Ha caído una nota!

Harry se quitó la capa y cogió la nota, Lily se acercó para poder ver lo que estaba escrito.

Lily se preguntó quién habría enviado esa capa, y en el fondo, se sintió muy agradecida con la persona que lo hizo, sin importar que no tenía ni idea de quién era.

Tu padre dejó esto en mi poder antes de morir. Ya es tiempo de que te sea devuelto. Utilízalo bien. Una muy Feliz Navidad para ti.

—Vaya—dijo Sirius curioso— ¿A quién le dejaste la capa, Cornamenta?

James negó con la cabeza, ya que no tenía ni idea. ¿A quién le habría dejado la capa, antes de morir? ¿Sirius? ¿Remus? ¿Peter, quizá?

Harry se sentía muy extraño. ¿Quién le había enviado la capa? ¿Realmente había pertenecido a su padre?

James podía responder a la segunda pregunta que Harry se hacía, pero en cuanto a la primera, no tenía ni el menor leve indicio de quién pudo enviar la capa.

Lily  pensaba lo mismo, cuando recordó que a ella también le faltaba un regalo. Se dirigió a tomar un pequeño paquete envuelto que cabía en su mano, lo desenvolvió con cuidado, y se quedó admirada por lo que traía adentro.

Era un collar, muy bonito, parecía hecho de oro, y al parecer podía abrirse, pero lo que más le llamaba la atención, era que en el medio de la medalla estaba escrito «Ariana».

Dumbledore se había quedado prácticamente petrificado ante la descripción del collar. ¿Sería posible…? Parecía demasiado improbable…

Pero el conflicto interno que se estaba llevando a cabo en la mente del director, pasó desapercibido a los demás presentes, que únicamente sentían curiosidad por saber quién había enviado aquellos dos extraños regalos.

Harry se había acercado a su hermana, y alcanzó a divisar la medalla.

—Es muy bonita—comentó— ¿Quién te la ha enviado?

—No lo sé—respondió la chica, todavía  observando su regalo —, no trae ninguna nota. —Le echó otra mirada al extraño collar, de verdad era muy hermoso— ¿Me ayudas a ponérmela?

—Claro—contestó Harry, sosteniendo el pequeño collar y poniéndoselo a su hermana alrededor del cuello. —Te queda bien—murmuró, sonriendo.

Lily le devolvió la sonrisa pero antes de que pudiera decir o pensar algo, la puerta del dormitorio se abrió de golpe y Fred y George Weasley entra­ron.

—¡Feliz Navidad!

—¡Eh, mira! ¡A Harry  y a Lily también les han regalado un jersey Weasley!

Molly sonrió al escuchar eso. Jersey Weasley. Se escuchaba muy bonito.

Fred y George llevaban jerséis azules, uno con una gran letra F y el otro con la G.

—No tienen la inicial en los suyos—observó George—. Supongo que ella piensa que no se van a olvidar de sus nombres. Pero nosotros no somos estúpidos... Sabemos muy bien que nos llamamos Gred y Feorge.

Todos en la sala rieron por el comentario.

—No me cansaré de decirlo…—dijo Sirius  sin dejar de reír—esos chicos son increíbles.

¡Gred y Feorge! Ahh… ¡Eso era simplemente fantástico!

—Son nuestros sobrinos—dijo Gideon riendo con orgullo, y señalándose a él y a su hermano—Es obvio que sacaron nuestros genes…

Molly suspiró, pensando que su hermano tenía razón.

Los hermanos no habían celebrado en su vida una comida de Navidad como aquélla.

Lily sonrió tristemente, haciendo lo posible para estar contenta de saber que sus hijos estaban felices en ese momento.

Leyeron sobre todo lo que había en la cena de Navidad y sobre lo divertido que estaba resultando ese día.

Hagrid, que cada vez se ponía más rojo y bebía más vino, hasta que finalmente besó a la profesora McGonagall en la mejilla y, para sorpresa de Harry y diversión de Lily, ella se ruborizó y rió, con el sombrero medio torcido.

Casi todos en la sala rieron por lo último que decía la lectura, a excepción de Hagrid y la profesora McGonagall que estaban completamente ruborizados.

Sirius estuvo muy tentado a bromear, pero la mirada de la profesora le indicó que no era una decisión prudente, aunque la profesora prefirió decírselo para que lo tuviera en cuenta:

—Le prohíbo  terminantemente que diga o haga cualquier cosa, Black.

Harry y los Weasley pasaron una velada muy diverti­da. Allí Harry es­trenó su nuevo ajedrez y perdió espectacularmente con Ron. Pero sospechaba que no habría perdido de aquella manera si Percy no hubiera tratado de ayudarlo tanto.

Eso, por supuesto, fue motivo de algunas risas en la sala. Todos estaban contentos imaginándose lo alegres que estaban los muchachos en aquél momento, con sus amigos, que siempre serían como una familia.

Lily estaba simplemente radiante, ya que había hecho una apuesta con Percy  a favor de Ron.

—Lo siento hermanito—dijo la chica, todavía riendo, en dirección a Harry— Yo iba a tomar partido por ti, pero Percy te escogió primero…

Sirius rió animadamente ante eso. Extrañaba aquellas Navidades en la sala común de Gryffindor, eran simplemente estupendas, y no había nada que se les comparara.

Fue el mejor día de Navidad de los hermanos. Sin embargo, algo daba vueltas en un rincón de la mente de ambos.

No era difícil suponer que estaban pensando en los misteriosos regalos y en quién los habría enviado; pero principalmente, en la capa. Era razonable que pensaran en eso, dado que en la nota se dejaba en claro que la capa había pertenecido a James.

Lily le había preguntado a Harry si podía quedarse a dormir con él y con Ron en la habitación de los chicos, ya que se sentía sola sin Hermione.

Escucharon cómo Harry sentía mucha emoción mientras examinaba la capa, y claro está, eso hizo que James y Sirius estuvieran encantados, mientras que Remus se sentía dividido entre las ganas de reír y la esa emoción de nostalgia al recordar los viejos tiempos.

Tenía que probarla.

James y Sirius sonrieron con orgullo, pensando que Harry era un digno merodeador.

Se deslizó fuera de la cama y se en­volvió en la capa.

De pronto, Harry se sintió muy despierto. Con aquella capa, todo Hogwarts estaba abierto para él.

Lily y McGonagall pusieron los ojos en blanco pensando que en ese momento, el instinto de James prevalecía en Harry, pero Sirius, Cornamenta y Remus sonreían contentos.

— ¡Ese es el espíritu merodeador! —dijo James con radiante.

Pero entonces Lily comprendió las intenciones de su hermano y lentamente se sentó en la cama.

—¿A dónde vas? —susurró.

Harry se quedó petrificado durante un momento y luego volvió a sentarse en la cama, junto a su hermana. Hace unos momentos había pensado que quería utilizar solo la capa, pero al ver a su hermana comprendió que con ella era diferente. No le incomodaba en ninguna forma la idea de que ella fuera con él.

—Voy a probar la capa—contestó, acostumbrando la vista a la oscuridad— ¿Vienes?

Lily pensó que tal vez, solo tal vez, su hija rechazara la propuesta y le dijera a Harry que podían probar la capa durante el día, como ella misma lo habría hecho de encontrarse en esa situación.

Lily sonrió.

—Está bien, vamos.

Lily suspiró resignada. Sus hijos podían parecerse mucho a ella, pero nada haría que perdieran el " toque merodeador " de su padre.

Escucharon con atención como los dos hermanos salían de la habitación y luego de la sala común, y después, como en un brote repentino de inspiración, se dirigían a la biblioteca para investigar más de Flamel.

Una vez allí, oyeron cómo se sentía un aire algo extraño en el lugar, y como los chicos sentían una extraña sensación de que no debían estar allí.

—Creo que será mejor que se vayan—dijo James haciendo una mueca. La biblioteca de noche era espeluznante.

—No conseguirán mucho—añadió Alice, como si alguno de los dos hermanos pudiera escucharla— Sería mejor que se fueran de una vez...

La profesora McGonagall asintió ante eso.

— En la sección prohibida no pueden tomarse libros sin el permiso de un profesor—dijo, haciendo una ligera mueca— Es muy probable que los descubran...

Los temores de McGonagall se vieron cumplidos, cuando escucharon que los hermanos habían encontrado un libro que quizá tuviera algo de información sobre lo que necesitaban.

Lo abrieron.

—Oh no…—dijo la Marlene, teniendo una vaga idea de lo que pasaría.

Un grito desgarrador; espantoso, cortó el silencio... ¡El li­bro gritaba!

Leyeron, todos muy nerviosos cómo Harry y Lily salían apresuradamente de la biblioteca, sin pensar a dónde iban y, con horror, se dieron cuenta de que había alguien cerca.

—Usted me pidió que le avisara directamente, profesor, si alguien andaba dando vueltas durante la noche, y alguien estuvo en la biblioteca, en la Sección Prohibida.

— ¡Maldición! —dijeron Sirius, Remus, James y Lily, todos preocupados. Si un profesor los sorprendía a esas horas, caminando en los pasillos, después de haber intentado entrar a la Sección Prohibida de la biblioteca, ni siquiera Merlín los salvaría de un buen castigo.

Harry sintió que se le iba la sangre de la cara. Filch de­bía de conocer un atajo para llegar a donde él y Lily estaban, porque el murmullo de su voz se acercaba cada vez más y, para su ho­rror, el que le contestaba era Snape.

Ahora todos en la sala tenían un semblante de preocupación en el rostro.

—Genial—gruñó Sirius amargamente— Esto era lo único que podía hacer que la situación empeorara: Quejicus.

Lily hizo una mueca, pero estaba demasiado preocupada por sus hijos para hacerle caso al comentario de Sirius.

Retrocedieron lo más silenciosamente posible. A la iz­quierda había una puerta entreabierta. Era su única espe­ranza. Se deslizaron, conteniendo la respiración y tratando de no hacer ruido.

Todos respiraron aliviados, al notar que el peligro ya había pasado: Snape y Filch seguramente ya se habían ido.

—Ahora solo falta que regresen a los dormitorios lo más rápidamente posible—suspiró Lily, que aún estaba algo nerviosa.

Transcurrieron unos pocos segundos antes de que se fijaran  en la habitación que los había ocultado.

Escucharon algo extrañados la descripción de la habitación en donde Harry y Lily se encontraban, nunca habían oído sobre una parte del castillo que estuviera así.

Parecía un aula en desuso. Había algo que parecía no pertenecer allí, como si lo hubieran dejado para quitarlo de en medio.

Era un espejo magnífico. Tenía una inscripción grabada en la parte supe­rior: Oesed lenoz aro cut edon isara cut se onotse.

—¿Qué significa eso? —preguntó Moody, con curiosidad.

— Esto no es tu cara si no de tu corazón el deseo . —contestó Remus casi automáticamente, después de un silencio que duró más o menos un minuto.

— ¡No lo creo! ¿Hablas idioma espejo Lunático? —Preguntó Sirius—Ni siquiera sabía que existía esa lengua…

—No seas tonto, Canuto—dijo Remus con impaciencia—Es lo que dice la frase si la lees al revés.

—Claro—dijo Lily—" De tu corazón el deseo… " y usted dijo que el espejo mostraba lo que más deseamos—añadió viendo a Dumbledore que asintió con la cabeza.

Se detuvieron  frente a él.

Harry tuvo que llevarse las manos a la boca para no gritar y Lily se había quedado petrificada.

Todos adquirieron una postura alerta en aquél momento. ¿Qué habría pasado? ¿Cuál sería el mayor deseo de los muchachos, para que reaccionaran de una forma asustada ante su imagen?

*Había mucha gente detrás de ellos.*Allí estaban, reflejados, blancos y con miradas de miedo y allí, reflejados detrás de ellos, había al menos otros diez

Lily no comprendía lo que estaba pasando. ¿Por qué sus hijos estaban viendo a esas personas en el espejo, cuando se suponía que deberían de ver sus más grandes anhelos?

Una mujer, les sonreía y agitaba la mano...

Una pequeña sospecha sobre qué era lo que estaba ocurriendo se coló en la sala. Aunque nadie se atrevía a confirmarla, a siquiera a insinuarla, ya que todos escuchaban en silencio, conmovidos.

Era una mujer muy guapa. Tenía el cabello rojo oscuro y sus ojos... «Sus ojos son como los nuestros», pensó Harry. Notó que se parecía increíblemente a su hermana.

Lily había roto a llorar al escuchar lo que sus hijos veían en el espejo. James la abrazó con fuerza.

Así que Lily era una de las personas que estaban en el espejo. No era algo difícil de imaginar, de hecho, era muy lógico. Cualquiera que hubiera crecido en las condiciones de Harry y Lily desearía poder estar con su madre…

Todos en la sala tenían una expresión  triste en el rostro, conmovidos por el mayor deseo de los niños.

El hombre alto, delga­do y de pelo negro que estaba al lado de ella le pasó el brazo por los hombros. Llevaba gafas y el pelo muy desordenado. Y se le ponía tieso en la nuca, igual que a Harry.

A James se le llenaron los ojos de lágrimas. Abrazó más fuerte a su esposa. El también estaba en el espejo…

Las emociones lo sobrepasaban. Se sentía… ¿cómo se sentía? ¿Cuál era el nombre del sentimiento que mezcla la alegría, la tristeza, las ganas de llorar y las ganas de reír al mismo tiempo?

Pensó en eso durante un minuto y en las posibles respuestas que obtendría de sus amigos…

— Bueno, James, creo que simplemente estas experimentando por un momento que deseabas poder ver, pero que, te conmueve al extremo, ya que sabes que eso es algo que probablemente nunca pase de nuevo… —esa sería la repuesta de Remus, seguramente. Casi pudo escucharlo y verlo, con esa mirada comprensiva y casi paternal que solía emplear para casos como este.

Luego, decidido a no hundirse en una extraña depresión, decidió imaginarse la opinión de Sirius…

— Bien, Cornamenta, solo puedo darte una respuesta coherente: eres bipolar, siempre lo supe… —James casi pudo ver a Canuto sonriendo burlonamente, y eso le levantó un poco el ánimo.

—¿Mamá? —susurró Harry—. ¿Papá?

Lily sollozaba con fuerza, mientras acariciaba su abultado vientre. Quería estar allí. Quería abrazar a sus hijos. Quería cortar el espacio que existía entre ellos y hablarles, no quería estar muerta. Quería vivir para ellos.

Los hermanos fueron observando los rostros de las otras personas, y vieron otro par de ojos verdes como los suyos, muchas personas con características como las suyas. Estaban mirando a su familia por primera vez en su vida.

Aquello resultaba sumamente triste. Muchos únicamente podían preguntarse, ¿por qué? ¿Por qué dos niños inocentes tenían que pasar por todo eso? ¿Por qué James y Lily no habían tenido la oportunidad de ver crecer a sus hijos? ¿Por qué, la primera vez que los dos hermanos Potter vieron a sus padres, tuvo que ser de esa manera? Era muy injusto. Yo todo tenía una misma respuesta. Voldemort. Había sido culpa de Voldemort.

No supieron  cuánto tiempo estuvieron allí. Hasta que un ruido leja­no hizo a Harry volver a la realidad. No podían quedarse allí. Apartó los ojos de los de su madre y susurró: «Volveré».

Lily se limpió las lágrimas, e intentó sonreír. Ella sabía que la promesa de su hijo sería cumplida, y , aunque sabía que no era buena idea que sus hijos regresaran al espejo, no pudo evitar pensar que ella los estaría esperando. Siempre los estaría esperando.

Sacudió a Lily, que seguía hipnotizada con el espejo.

—Lily, tenemos que irnos—susurró.

Pero Lily no le ponía la menor atención.

—Hermanita, vamos—dijo Harry alzando un poco la voz, lo cual pareció funcionar, ya que Lily levantó la mirada del espejo y observó a Harry.

—Es increíble ¿no crees? —preguntó la chica tranquilamente.

Harry asintió.

—Tenemos que irnos—repitió.

Lily le echó una última mirada al espejo y salieron apresurada­mente de la habitación.

Algunos suspiraron, quizá era mucho mejor que los hermanos se alejaran del espejo, ya que de lo contrario, podrían hacerse daño. Era muy probable que sufrieran sabiendo que, lo único que podían ver de su familia, era ese simple reflejo en el espejo.

—Podían haberme despertado —dijo malhumorado Ron.

Molly puso los ojos en blanco. Ron le recordaba ligeramente a los gemelos, aunque esperaba que cuando su, actualmente pequeño, hijo, no fuera tan bromista como Fred y George.

—Puedes venir esta noche. Yo voy a volver; quiero ense­ñarte el espejo. —respondió Harry.

Lily sintió una ligera preocupación al saber que Harry pretendía volver, y seguramente con él, su hija. No quería que aquél espejo se convirtiera en una obsesión para sus hijos.

—Me gustaría ver a su madre y a su padre —dijo Ron con interés.

James sonrió. A él le encantaría que Ron fuera alguna vez a su casa, en ese mundo paralelo que se había formado en su mente, donde él y Lily vivían y eran todos una familia muy feliz.

—Y yo quiero ver a toda tu familia, todos los Weasley. Po­drás enseñarme a tus otros hermanos y a todos.

Arthur y Molly sonrieron, contentos con la idea. Gustosos aceptarían que los muchachos conocieran a todos los Weasley.

—Puedes verlos cuando quieras —dijo Ron—. ¿No quieres tocino o alguna otra cosa? ¿Por qué no comes nada?

Harry no podía comer. El y Lily Habían visto a sus padres y los ve­rían otra vez aquella noche.

El miedo que Lily tenía de que el espejo obsesionara a sus hijos volvió a surgir. Casi deseó que Harry y Lily jamás se hubieran encontrado con aquella aula vacía que guardaba en su interior ese misterioso artefacto.

Lily no había participado en la conversación. Para ser exactos, no había dicho ni una sola palabra en todo el día.

— ¿Están bien? —Preguntó Ron—. Los veo  raros.

—Creo que no deben volver—murmuró Arthur seriamente, recordando varios casos en los que algunas personas sufrían pequeños accidentes y contratiempos relacionados con objetos extraños.

—Tienes razón—convino Remus—Esto les ha afectado mucho—él decía esto, plenamente convencido de que, si él fuera un niño de once años que nunca había visto a sus padres, seguramente actuaría de esa forma, pero también se sentiría completamente abatido.

Aquella noche, con Ron también cubierto por la capa, trataron de repetir el camino desde la biblioteca, vagando por oscuros pasillos durante casi una hora.

—Estoy congelado —se quejó Ron—. Olvidemos esto y volvamos.

Lily deseó que sus hijos siguieran la sugerencia de Ron. No era sano para ellos torturarse viendo una imagen… de algo que jamás podría ser.

Aunque a ella misma le costaba demasiado aceptarlo, tenía que reconocer de una buena vez que estaba muerta. Y que no le hacía ningún bien desear otra cosa, ya que no podía ser. De la misma manera, a ninguno de sus pequeños les convenía seguir viendo su imagen. Eso solo los haría sufrir más.

—¡No! —susurró Harry—. Sé que está por aquí.

James comenzó a preocuparse de una forma muy parecida a la de Lily. Intentó pensar, que de alguna forma él haría algo para que sus hijos no pasaran por eso.

Tenía que hacer algo. Por algún motivo el libro había sido enviado, así que, quizá, solo quizá, sería una oportunidad para cambiar las pérdidas del futuro.

Justo cuando Ron se quejaba de que tenía los pies helados, Harry divisó la pareja de armaduras.

—Es allí... justo allí... ¡sí!

Abrieron la puerta. Harry dejó caer la capa de sus hom­bros y corrió al espejo. Lily fue detrás de él, todavía sin decir nada.

Sirius pensó que aquello no era normal. Durante todo el libro, la pequeña siempre había hablado, para dar su opinión, para mostrarse inconforme, o para cualquier otra cosa, pero siempre había hablado. No escuchar que ella hablaba, hacía que el merodeador se preocupara. Y no podía evitar pensar que algo no estaba del todo bien.

—No puedo ver nada. —murmuró Ron.

—Pero mira bien, vamos, ponte donde estoy yo.

*Harry dio un paso a un lado, pero con Ron frente al espe­jo.*Ron parecía fascinado con su imagen.

El matrimonio Weasley escuchó con mucha más atención ante eso. Querían saber qué era lo que su hijo menor era lo que más aspiraba en la vida.

Sin duda era una oportunidad que probablemente no se repetiría, así que los dos, Molly y Arthur, esperaron expectantes a saber qué era lo que Ron veía.

—¡Mírenme! —dijo.

—¿Puedes ver a toda tu familia contigo?

Algunos sonrieron por la inocencia que acompañaba a esa pregunta. Todos sabían que no era muy probable que Ron estuviera viendo a su familia en ese espejo, ya que era algo que él actualmente poseía, un privilegio con lo cual nunca había soñado, dado que ya gozaba de él.

—No... estoy solo... pero soy diferente... mayor... ¡y soy delegado!

—¿Delegado? —preguntó Sirius con un ligero tono de risa burlona en la voz.

Pero Molly, que en otras circunstancias lo habría fulminado con la mirada y le habría dado una advertencia, no  le hizo caso, interesada en escuchar los deseos de su hijo.

—Estoy le­vantando la copa de la casa y la copa de quidditch... ¡Y tam­bién soy capitán de quidditch!

Bueno, eran cosas que podría lograr algún día, pensó Molly, contenta de saber las aspiraciones y deseos de su hijo. Así que quería ser delegado y capitán de quidditch…

—Déjame mirar de nuevo...—pidió Harry.

—Lo has tenido toda la noche, déjame un ratito más.

—Pero si estás sosteniendo la copa de quidditch, ¿qué tiene eso de interesante? Quiero ver a mis padres.

—No me empujes.

—Esto no está bien—dijo Alice— ¡Esta haciendo que se peleen!

Lily le pidió a Marlene que continuara leyendo, preocupada por el efecto que el espejo tenía en sus hijos. No quería que Harry y Ron pelearan. No tenía ningún sentido. Era solo una imagen, una ilusión lo que se podía observar en aquél espejo, nada por lo que valiera la pena pelear.

El espejo estaba teniendo un efecto negativo en Harry, y también en Ron. Seguramente también en Lily, que estaba inusualmente callada.

—¡Basta! —dijo Lily viéndolos molesta y hablando por primera vez en el día—Están actuando como un par de idiotas, compórtense de acuerdo a su edad ¿quieren? ¡Por Merlín! Harry, ten un poco de paciencia, Ronald, no vas a quedarte allí toda la noche, lo único que van a lograr es que todo el castillo se despierte ¿Pueden tranquilizarse? ¡No quiero que se sigan peleando!

— Al menos ya ha dicho algo —pensó Sirius, sonriente. Escuchar como la pequeña regañaba a Harry y a Ron le divertía bastante, aunque no comprendía la razón.

Un súbito ruido en el pasillo puso fin a la discusión. No se habían dado cuenta de que hablaban en voz alta.

Escucharon como los tres muchachos escapaban de la señora Norris y como lograban regresar a los dormitorios. También oyeron, con tristeza, que ni Harry ni Lily podían concentrarse en otra cosa que no fuera el espejo.

Lily tenía la mirada perdida. No estaba segura de que fuera buena idea volver, pero ella deseaba ver otra vez a sus padres, a pesar de tener el presentimiento de que algo no estaba bien .Recordaba lo que había sentido al ver a sus padres por primera vez, fue una sensación extraña, casi sonrió al darse cuenta que era cierto que su madre se precia a ella, y su padre a Harry. Suspiró. Ella volvería a ver el espejo esa noche. Volvería a notar las sonrisas cálidas de sus padres, que pocas veces había logrado distinguir. Sentía que el deseo que tenía de volver no estaba bien, pero, que a pesar de eso, nada podría impedirle que regresara.

El matrimonio Potter se sintió bastante preocupado al leer los pensamientos de su hija. Algo no estaba bien, y eso ya todos los sabían. No era correcto que los niños pusieran tanto empeño en regresar hacia la ilusión de ver a sus padres. Unos padres que, muy tristemente, no podían estar con ellos.

La tercera noche encontraron el camino más rápidamente que las veces anteriores.

Y allí estaban su madre y su padre, sonriéndoles otra vez, y uno de sus abuelos los saludaba muy contento. Ambos se sentaron frente al espejo. Nadie iba a im­pedir que pasaran la noche con su familia.

Lily lamentó que esa afirmación estuviera rota desde hace mucho tiempo antes de que sus hijos encontraran el espejo. Voldemort… el había impedido que Harry y que Lily pasaran las noches con James y con ella. Es más, había impedido que James y ella pasaran cualquier momento junto a ellos, después de que los había asesinado. Ella necesitaba que sus hijos comprendieran y aceptaran eso. Tenían que entender, que solo se poseían el uno al otro, y esa era la familia que ellos debían buscar.

Excepto...

—Entonces de vuelta otra vez, ¿no, niños?

— ¿Quién creen que sea? —preguntó Gideon, rompiendo el silencio en el que se había sumido la habitación.

Todos negaron con la cabeza, ya que nadie sabía quién podría ser. Sería muy curioso enterarse…

Sentado en un pupitre, contra la pared, estaba nada menos que Albus Dumbledore.

Varios suspiraron de alivio. No sabían por qué, pero cada vez que alguien ponía en claro que el profesor Dumbledore estaba allí, todos se sentían mucho más tranquilos.

—No... no lo habíamos visto, señor. —dijo Harry.

—Es curioso lo miope que se puede volver uno al ser invi­sible —dijo Dumbledore, que sonreía—. Entonces —continuó, bajando del pupitre para sentarse en el suelo con Harry y Lily—, ustedes, como cien­tos antes que ustedes, han descubierto las delicias del espejo de Oesed.

—Por desgracia—susurró Lily para sí misma, sabiendo que, a la larga, a sus pequeños hijos no les haría ningún bien soñar con algo que no era posible.

James, a diferencia de la gran mayoría de presentes, la escuchó. La abrazó con fuerza y con cariño. Quería que Lily sintiera todo el amor que le tenía y que supiera que todo estaría bien.

Pusieron atención, escuchando cómo el profesor Dumbledore les hablaba a los muchachos, como les preguntaba si sabían lo que el espejo hacía, a lo que Harry respondía que les había mostrado a su familia.

—Y a su amigo Ron lo reflejó como capitán.

Algunos se preguntaron cómo era que el profesor Dumbledore sabía eso, pero no esperaron tanto, ya que la pequeña Lily formuló la pregunta en el libro.

—No necesito una capa para ser invisible —dijo amable­mente Dumbledore—. Y ahora ¿pueden pensar qué es lo que nos muestra el espejo de Oesed a todos nosotros?

La afirmación del profesor, sobre queno necesitaba una capa para ser invisible, les daba a entender a todos que todo era obra de un encantamiento desilusionador, lo cual era realmente sorprendente, ya que ni Harry, ni Lily ni Ron se habían percatado de que el profesor los veía.

Harry negó con la cabeza.

—Déjenme explicarles. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed como un espejo normal, es decir, se mirará y se verá exactamente como es. ¿Eso ayuda?

—Nos muestra lo que queremos... lo que sea que que­ramos...

*La explicación que el profesor dio a continuación fue más que suficiente para que todos comprendieran. Según el director, aquél espejo nos mostraba el más**profundo y desesperado deseo de nuestro corazón.*También pusieron mucha atención a la advertencia que Dumbledore dejó al final de la explicación, que daba a entender que muchas personas habían enloquecido y se habían consumido ante aquél espejo.

Lily se asustó al escuchar eso. ¿Sus hijos habían estado en el mismo riesgo que todas aquellas personas que habían encontrado el espejo primero? Esa posibilidad la atormentaba.

—El espejo será llevado a una nueva casa mañana, y les pido que no lo busquen otra vez. Y si alguna vez se cruzan con él, deberán estar preparados. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdenlo. Aho­ra ¿por qué no se ponen de nuevo esa magnífica capa y se van a la cama?

*James y Lily sonrieron, agradecidos con el profesor. Sobre todo, ambos ponían especial interés en aquella frase que el director había dicho…**"No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir".*Los dos comprendieron que eso también se acoplaba a ellos. Entendieron que debían de dejar de preguntarse qué pasaría si ellos estuvieran vivos, y comenzar a concentrase en que sus hijos sí vivían y estaban enfrentándose al mundo juntos.

Harry se puso de pie y Lily hizo lo mismo unos segundos después.

—Señor... profesor Dumbledore... ¿Puedo preguntarle algo? —dijo Harry.

—Es evidente que ya lo has hecho —sonrió Dumbledo­re—. Sin embargo, puedes hacerme una pregunta más.

—¿Qué es lo que ve, cuando se mira en el espejo?

Todos se mostraron interesados ante eso, pero Lily también le dedicó a Dumbledore una sonrisa de disculpa, ya que aquella era una pregunta muy personal. El anciano profesor le devolvió la sonrisa y le indico que no tenía importancia con un gesto de cabeza. Como ya había pensado en varias ocasiones, encontraba simpáticos a los dos muchachos.

—¿Yo? Me veo sosteniendo un par de gruesos calcetines de lana.

Algunos miraron perplejos al profesor y otros, como Sirius, James, Gideon, Frank y Fabián sonrieron pensando que tenía gracia el comentario de Dumbledore.

Nadie podía negar que aquella era una respuesta completamente inesperada.

Harry lo miró asombrado y Lily divertida.

—Uno nunca tiene suficientes calcetines —explicó Dum­bledore—. Ha pasado otra Navidad y no me han regalado ni un solo par. La gente sigue insistiendo en regalarme libros.

James y Sirius rieron, pensando que era muy divertido lo que el profesor había dicho.

—No puedo imaginarme por qué la gente insiste con los libros…—rió Sirius, mirando al profesor— Personalmente, no entiendo por qué lo hacen.

Dumbledore sonrió divertido ante la broma de Sirius. ¡Sin duda alguna, ser profesor le encantaba!

Lily rió y antes de seguir a su hermano, que ya había salido de la habitación, se detuvo en la puerta y se dirigió al profesor Dumbledore.

—Le prometo que la próxima Navidad le  enviaré unos calcetines—dijo sonriendo y saliendo  rápidamente para alcanzar a su hermano.

El profesor Dumbledore sonrió ante las últimas palabras de la niña, al igual que muchos otros. Era muy tierno que Lily dijera eso, muy tierno y también muy gracioso.

Lily suspiró, preguntándose qué sería realmente lo que el profesor podía ver en el espejo, ya que tenía la ligera sensación de que no había sido sincero.

Aunque, después de todo, había sido una pregunta demasiado personal.