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Historia 82078 — capítulo 2
La pequeña casa estaba en orden. O casi, en realidad.
Como Lupin había pensado, todo ahí era acogedor. Aunque hacía mucho tiempo que alguien vivía ahí, los aromas eran dulces y suaves, los colores eran de tonos pasteles y anaranjados, rojos y violetas, lo cual daba una sensación de querer quedarse leyendo un libro de aventuras, mientras la chimenea daba calor y vida al lugar. El living apenas tenía un lindo sofá rojo con una pequeña mesa de madera, en donde reposaban distintos adornos hechos a mano; algunos parecían confeccionados por niños. La cocina era pequeña pero muy iluminada, casi brillante.
Tonks fue la última en estar en esa habitación. Tomó un pastelillo que descansaba encima de una mesa y se fue al espacioso dormitorio en donde relucía una tenue luz que apenas si alumbraba. Esquivó las maletas aún llenas que estaban al lado de la cama y saltó a esta, para luego taparse completamente con las sabanas y saborear el pastelillo que tenía en las manos.
Miró hacia el lado y vio a Lupin con los anteojos puestos devorando un libro, algo muy normal en él. Se quedó escuchando el silencio de la brisa de afuera y el sonido que hacía Lupin cuando daba vuelta una página. Se comió el último pedazo de pastelillo y se quedó quieta mirando la pared de enfrente por algunos minutos.
―Es raro cuando te quedas callada ―le dijo Lupin sin apartar los ojos de su libro.
Tonks no sonrió y se acerco a él lo más que pudo, para sentir su calor. Si tan solo él supiera cuánto lo quería, y cuánto quería que esos días que iban a pasar solos y juntos resultaran ser de lo más agradable. Quería estar segura de algo, de hecho, de varias cosas, como por ejemplo: si es que Lupin se sentía bien a su lado, si es que ella era suficientemente buena para él, se preguntaba si es que Lupin se imaginaba a sí mismo y a ella envejeciendo juntos, pero sobre todo, quería estar segura si es que él de verdad la amaba, porque ella sí lo hacía, y mucho.
―Te quiero, Remus ―murmuró.
El detuvo sus ojos pero no los separó del libro. Las palabras de Tonks le atravezaron el cerebro y, aunque aquellos sonidos que aparecieron de los labios de Tonks habían sido apenas unos susurros, estos fueron directo hacia su corazón, como un torbellino. Se sentía demasiado asustado para decirle que la amaba. Sabía que ella no entendería sus razones de por qué no podía decirle aquello, así que prefirió alargar la salida de sus pensamientos y solo la acercó más a él, dándole un sincero beso en la frente, mientras decía "yo también".
"Yo también", pensó Tonks. "Siempre dices 'yo también'".
―Mañana será un gran día ―empezó ella, intentando alejar la pena―, iremos al pueblo, exploraremos los campos, andaremos en bote por el lago, nadaremos…
―Recuerda, Tonks, que solo será por dos días ―dijo Remus, dejando el libro en la mesita de noche que había a un lado.
―Lo sé, lo sé… Aunque aún no comprendo por qué debe ser por tan poco tiempo.
Remus suspiró.
―En tres días más será luna llena, ya sabes lo que pasara…
―Oh, verdad.
Tonks se sintió mal por haber olvidado semejante fecha que Remus siempre tenía en cuenta. Lo había olvidado por completo, pero es que ella nunca había sido demasiado buena recordando fechas, menos los días en que la luna llena aparecería.
Remus miró su cara de preocupación y rió.
―No te preocupes, ya me acostumbré a tu mente olvidadiza y torpe.
―Ey, no es para que me insultes ―respondió ella intentando no evidenciar una sonrisa.
―Nunca te salió hacerte la enojada.
Tonks rió finalmente porque le estaban doliendo los músculos de la cara al forjar una expresión seria. Rió con ese sonido alegre que solo detonaba felicidad y que Remus percibió; él no aparto la vista de su rostro resplandeciente.
Finalmente, los dos se quedaron callados otra vez. Tonks apoyó la cabeza en las piernas de Remus, y no paraba de mirarlo. Él fingíó estar enfrascado en la lectura de nuevo, solo que esta vez ya no tenía ese aspecto sombrío y melancólico que tenía hace unos minutos atrás.
―La risa sí que cura algunas cosas ¿no? ―dijo Tonks de repente.
―¿Qué quieres decir?
―Te ves más contento luego de haber reído un rato.
Remus sonrió, pero no dejo de mirar el libro.
―Deja de leer ese libro ―dijo Tonks.
―¿Por qué?
―Ni siquiera lo estás leyendo, no has movido los ojos en todo este rato.
Remus dejó el libro boca abajo, derrotado, y se quedó mirando los ojos de Tonks. Ella, que hace poco tenía una cara casi burlona en el semblante, de pronto tenía esencia de tristeza.
―¿Qué pasa, Tonks? ―preguntó Remus, preocupado.
―Nada ―Remus no se convenció y acarició su mejilla con los dedos, a lo cual Tonks reaccionó dando un saltito―. Te quiero ―susurró.
Tonks notó la voz de suplica en su voz y se odió a sí misma. Sabía que él la había notado también. Sentía que se había dejado en descubierto, como una chica joven que es, completamente enamorada del hombre del cual no debería sentir nada, sentía como si hubiera dicho todas sus inseguridades en frente de Remus, del miedo que tenia de que él se fuera y la dejara sola, ¿por qué su voz y sus emociones la delataban de esa manera?
Remus acercó su rostro al de ella rápidamente, antes de que las cosas pasaran hacia una escena en que se imaginaba a una Tonks devastada y él sin saber cómo controlar la situación, y la besó con fuerza. Tonks logró sentarse sin dejar de tocar sus labios y oprimió las ganas de llorar en sus besos. Los dos se aferraron con fervor el uno al otro por varios segundos.
Tonks, sin siquiera pensar ni proponérselo, tomó un impulso y se situó encima de Remus, besandolo con más pasión que nunca, intentando desabrochar algunos botones de su camisa.
―Tonks… ―susurró Remus, pero no se pudo despegar de ella― ¡Tonks! ―repitió y la empujó suavemente hacia atrás. Tonks se resistió, pero finalmente dejó los labios del licántropo libres.
―¿Qué? ―dijo ella casi con desesperación, con una mano tocando la piel que Remus tenía bajo su camisa.
―Tonks… Estoy cansado. Además, es muy tarde y mañana tendremos que levantarnos temprano ¿cierto? ―la tomó de los hombros y la movió lentamente hasta recostarla a su lado. Ella no lo miraba―. Hoy… Hoy no.
Tonks se metió rápidamente bajo las sabanas haciendo mucho ruido, y le dio la espalda a Remus. Este suspiró, apagó la luz y se recostó sobre la cama también, abrochándose los botones lentamente.
―Lo siento ―susurró.
Tonks cerró los ojos con fuerza al escuchar aquel susurro y se aferró a su almohada. Aplastó su rostro en ella para evitar que alguna lágrima se le escapara de los ojos. Pero no lo logró: minutos más tarde sus mejillas estaban llenas de lágrimas silenciosas que corrían como si estuvieran en plena pista de autos de carrera.
El día siguiente amaneció nublado. Estaba todo gris y un frio inusual para esa fecha se extendía por todo el campo. Tonks despertó tarde y se encontró sola en la cama, vio la luz que se extendía por la habitación y recordó todo lo que había sucedido por la noche. Le dolían los ojos, había llorado demasiado. Sin más se levantó y fue directo a la cocina, ahí se encontraba Remus con una tostada en la mano y un libro en la otra; no se dio cuenta de la presencia de Tonks hasta que esta se sentó en frente suyo. Sus ojos se encontraron por un momento, pero ella los desvió de inmediato. Se sentía la tensión en el aire y Tonks quería matar esa sensación a como dé lugar. No quería ver los ojos de Remus por un rato, o sino toda la rabia que se le había acumulado iba a despertar otra vez, y no quería discutir… Solamente quería pasar un tranquilo y lindo día con él. Tan simple como eso. No quería más altibajos.
Una hora más tarde los dos iban saliendo rumbo al pueblo.
Un pequeño perro blanco con manchas negras se les había unido mientras caminaban, y de pronto Tonks recuperó la alegría que se le había quitado la noche anterior, le lanzó varas de madera al perro, y de vez en cuando se emocionaba mucho cuando este las atrapaba en el aire.
―¡Mira, Remus! ¡Mira! ―gritó sin medir el volumen de su voz mientras llegaban al final del camino rodeado de bosque―, ¡lo ha atrapado de una forma espectacular! ¡¿No es genial?!
Remus solo se dedicó a poner los ojos en blanco y reír cuando la situación lo ameritaba. Se estaba relajando de a poco mientras veía que el cabello de Tonks volvía a cambiar de marron oscuro a rosa poco a poco…
Finalmente llegaron al pueblo, un lugarcito muy pequeño pero muy concurrido de gente muggle. Todos caminaban de una tienda comercial a otra con gesto distraído y hablando animadamente, además de llevar grandes bolsas de compras. Dieron varias vueltas alrededor. Tonks agarró la mano de Remus y lo arrastró por las calles, mostrándole emocionada cosas que solía ver cuando niña y que no veía hacía años. Remus se dejaba, de hecho, cuando sonreía lo hacía de verdad, y reía sin parar cada vez que Tonks hacia una locura. Se sentía feliz. Se sentía tan feliz que mientras vagaban por la plaza, la agarró de la mano, tiró de ella, hizo que esta llegara limpiamente hacia su cuerpo y la besó entre medio de los ladridos de aquel perro que estaba indignado porque Tonks ya no le prestaba atención. Pero luego el perro tuvo que resignarse puesto que ella, un tanto sonrojada y desconcertada ante aquella muestra de amor en público (algo que Remus nunca había hecho antes), tomó la mano de Remus y caminó muy cerca de él, sin prestarle atención a nada más.
Finalmente, llegaron a un gran cerro. Tonks insistió en ir, aunque Remus no estaba muy seguro. Era un parque y tenían que subir todo para ver paisajes muy lindos y museos y naturaleza autóctona ―según Tonks. Empezaron a caminar por un camino de tierra, alrededor se veían árboles y plantas verdes que Remus nunca había visto, y mientras más subían, más hermoso era el paisaje que tenían adelante, en donde se exhibía un rio con bastante agua en la lejanía. Tonks tenía razón, ese lugar era hermoso.
Llegaron a la cima en donde habia un lúgubre museo mientras las nubes se ponían más negras que nunca y de pronto empezó a lloviznar. Ese museo era pequeño, color azul oscuro con muchas puertas y ventanas, en donde distintas personas con ropa ligera miraban con sorpresa las gotas de lluvia. Tonks y Remus entraron ahí más que nada porque la lluvia empezaba a caer como si no hubiera un mañana y no tenían ningún otro lugar en donde refugiarse. Varios turistas habían hecho lo mismo y de a poco el museo estaba casi a su tope. Nadie prestaba atención a las antiguas armas que estaban colgadas en la pared, o en la preciada colección de monedas de todo el mundo que exhibían en el medio de la sala, todos parecíeron preocupados porque el viento empezó a soplar fuerte, y no tardó en que los relámpagos aparecieran.
―¿Por qué llueve así? ―se preguntó Tonks en voz alta. Estaba devastada, al parecer su plan de día perfecto había acabado y apenas eran las cuatro de la tarde.
―Supongo que es normal ―dijo Remus observando un maravilloso relámpago que iluminó todo el lugar. Tonks se aferró más a él.
―Pero la primavera ya está por empezar…
De repente varios guardias empezaron a llegar y a movilizar a los turistas al centro del hall para reunirlos a todos, y explicarles que lo mejor era quedarse en aquel lugar un rato, que irse del parque podía resultar peligroso debido al temporal que había afuera. Algunos niños pequeños empezaron a llorar debido al ruido que hacia el viento al golpear los ventanales y se abrazaron a sus padres lo más que pudieron, quienes se veían preocupados.
―Tenemos mala suerte ―dijo Remus mirando a Tonks con una sonrisa, lo cual la tranquilizó un poco.
Pasaron dos horas y el temporal no disminuyó, al parecer iba peor mientras avanzaban los minutos. Tonks y Remus se hallaban sentados en el suelo al igual que lo habían hecho varias muggles a su alrededor. Había bastante silencio y Tonks solo podía escuchar el ruido del viento y de los truenos que iban aleatoriamente mientras cada vez oscurecía más; se aferró a Remus, quien le acarició el cabello rosa distraídamente.
Casi cuando estaba por oscurecer, y los turistas se mostraban mas alterados que nunca, un guardia de aspecto débil salió por una puerta. Al instante, la mitad de los adultos de la habitación ahogaron de gritos al pobre hombre.
―¡Llevamos horas aquí!
―¿Cuándo podremos volver al pueblo? ¡Necesito ir!
―¡Esto es una abominación! ¡Dejarnos encerrados en este lugar!
―¡Cálmense! ¡Cálmense! ―gritó inútilmente el guardia mientras sus mejillas se teñían de rojo a pesar del frío―. ¡Por favor! ¡YA CALLENSE! ―los turistas cerraron sus bocas con aire ofendido―, bien, ahora si… ―continuó el guardia algo aliviado―. Bien, tendrán que escucharme muy claramente y, por favor, no se alteren ―tomó una gran bocanada de aire y se armó de valor―: los caminos que llegan al pueblo están totalmente cortados debido a la lluvia, es muy peligroso intentar bajarlas a pie y aun más en algún vehículo, así que por favor les pido que se acomoden en este lugar porque me temo que tendrán que pasar la noche aquí. En un rato más llegaran colchones, sabanas y un poco de comida…
Pero el guardia no pudo terminar la frase porque en ese momento los demás turistas que se hallaban sentados, más los que ya lo estaban se abalanzaron contra él con gritos de furia y rabia. Los niños se quedaron ahí con cara de susto viendo a sus padres discutir de esa manera. El guardia se cubrió la cabeza con las manos y desapareció detrás de una puerta, murmurando algo como "lindo trabajo el que tengo…"
Tonks y Remus miraron el espectáculo desde una esquina donde había una muestra de animales disecados. Estaban sentados y apenas eran visibles debido a la poca luz del lugar y sus vestimentas oscuras. Tonks estaba visiblemente preocupada, ¿pasar la noche ahí, en una sala llena de muggles? Le había prometido a Remus que aquel paseo iba a ser inolvidable, y ahora se quedaban encerrados en un museo fantasmagórico mientras afuera llovía torrencialmente. ¿Cómo iban a salir de ahí? ¿Y si se tenían que quedar otro día mas? ¿Y si la luna llena aparecía…?
Miró a Lupin instantáneamente, quien observaba al grupo de muggles gritar inútilmente. Él parecía calmado, estaba pensando y parecía muy sumido en sus pensamientos. Tonks se acomodó en su pecho y escuchó su corazón que iba más rápido de lo normal.
Al poco rato llegaron colchones y cosas para pasar la noche. Nadie hablaba mucho, los muggles ya se habían calmado y se acomodaban con resignación en algún espacio.
―Tenemos que salir de aquí ―empezó a susurrar Tonks. Su voz era apenas audible porque la lluvia seguía azotando el lugar. Estaban acomodados en la misma esquina, sentados encima del colchón que les habían facilitado.
―Lo sé, pero no se me ocurre cómo ―contestó Remus mirando alrededor―, aquí está lleno de muggles, es muy difícil ocupar la magia.
―Remus, lo siento ―dijo Tonks mirando el suelo ―, pensé que este día iba a ser inolvidable y se ha transformado en esto…
Remus le tomó la mano, y cuando Tonks alzó la vista, vio que estaba sonriendo.
―"¿En esto?" Vamos, este lugar es sensacional, nunca había visto a una gaviota tan de cerca ―y apuntó a una pequeña gaviota disecada que estaba sobre ellos, con sus alas abiertas de par en par. Tonks rió―. No te preocupes, no quiero que te preocupes por nada. No sabías que iba a haber una tormenta hoy.
―¿Y tú? ¿No estás preocupado por algo? ―preguntó ella, mirándolo susceptiblemente.
Remus dejó de sonreír y se quedó mirando los ventanales que tenían enfrente. La luz que entraba se iba apagando poco a poco, ya anochecía..
―Si ―miró el suelo mientras algo parecido a un escalofrió le recorría el cuerpo―, no puedo ver la luna debido a las nubes… Y no estoy 100% si es que esta noche va a aparecer…
―No lo hará ―dijo rápidamente Tonks con miedo en su voz, al mismo tiempo que se tiraba a abrazarlo.
Remus le devolvió el abrazo sorprendido y, aunque pensaba que Tonks pasaba peligro cada minuto que pasaba con él, aun así, por un momento se sentió feliz de que ella estuviera a su lado, brindándole su apoyo.