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Severus Snape a través de los años — capítulo 11

Hola. Espero que les guste. Les dejo saludos y besos a todos :) Erisabeth estaba emocionada por volver a casa, de estar en casa. Pero lo que más le hacía feliz, era que su padre fuese un mago. ¡Era su héroe! Sin importar que hubiera sido un hombre malvado en el pasado. Ella no creía que lo fuera y había comenzado a creer que aquella mujer de cabellos rojizos era su madre y los había abandonado. ¡Pero no importaba, ella era feliz con su padre! Y además, ¡hacía trucos muy bonitos! — Ya te dije que no son trucos. Se llaman hechizos y es hacer magia. — Sí. ¡Pero yo quiero aprender, papi! ¡Enséñame ¿sí?! Sonrió, mientras meditaba cómo comprobar que ella también era. Quizá si colocaba su muñeco favorito en el estante más alto y esperaba a ver cómo lo tomaba. Sí, esas cosas pequeñas siempre funcionaban. Si misteriosamente el muñeco estaba entre sus brazos, entonces podría haber utilizado magia para tomarlo. Inconscientemente, por supuesto. — Ya veremos, pero tendríamos que esperar. Solo tienes un brazo y para ello necesitas ambos.— meditó.— ¿Vamos al lago? Recuerdo haberte prometido que iríamos. Erisabeth había asentido muchas veces con la cabeza, mientras soltaba su abrigo de forma dificultosa, sobre el sofá. Severus se inclinó para ayudarle. Después de todo, había sido su irresponsabilidad, lo que le había causado aquel accidente. — ¡Ay, ay...me duele la cabeza papi! — No la muevas tanto, acabas de salir del hospital. Sonrió, mientras Severus tomaba su mano y abría la puerta. Estaba un poco renuente a cruzar la calle, pero ya lo había dicho. Nada iba a pasarle, siempre y cuando no volviera a soltar su mano. Y se aferraba fuertemente a ella, tanto que le causaba gracia. Se habría reído de no haber recordado su error. Al llegar al lago, había soltado su mano para correr en el verde pasto. Los patos estaban echados en el suelo y el sonido, mientras graznaban, resultaba ser ligeramente inquietante. Pero ella disfrutaba aquello. Se sentó en el pasto y la miró, mientras arrojaba migajas de pan a los patos y a los cisnes. Se alejaba si alguno se acercaba lo suficiente como para asustarla. Al terminar la bolsa con las migajas, los patos parecían deseosos de volver al agua. Caía el sol del mediodía y era el momento ideal para refrescarse un poco. Zambullirse y mojar sus alas. Caminó hasta su padre y se sentó a su lado, recostando su cabeza en uno de sus brazos. — Papi...¿esa mujer de cabellos rojos era mi mami? Podía no seguir mintiendo. Podía decir que no, que ni siquiera había nacido en esa época. Erisabeth debía hasta deducirlo por sí misma. Y ya resultaba complicado no mentir al respecto. Herir sus sentimientos. Pero no podía decirle en ese preciso momento; que la había adoptado. Que sus padres habían muerto en una guerra que aún no le había explicado. No completamente. — Algo así.— susurró y ella asintió, mientras él acariciaba su cabeza cuidadosamente.— Pero no tiene mayor relevancia. Ella y yo, escogimos caminos diferentes y fue una decisión tomada por ambos. Ninguno sufrió en el proceso. O casi ninguno. — ¿¡Y por qué no la buscamos, papi!? Seguro ella se siente muy mal y quiere volver con nosotros. Ojalá pudiera solo volver. Pero no podía. Y había pasado tanto tiempo. Negó con la cabeza, suavemente y Erisabeth pareció decepcionada. — Ella...ella ya no está con nosotros, Erisabeth. — ¡Pero aún puede volver, papi! — No me refiero a eso, pequeña.— susurró.— me refiero a que ella, ya no vive. ¿Recuerdas al pequeño hámster de una de tus amigas en la guardería? Erisabeth asintió con un suspiro. — Sí. Su mami dijo que había muerto y lo enterraron en su patio. ¡Era tan bonito papi! Pero de pronto dejó de moverse y mi amiga lloró mucho. — Bueno, ella también murió Erisabeth. Hace muchos años. Al menos esa era la única parte verdadera de toda la historia. Y aquella niña se había quedado en silencio. No sabía cómo Erisabeth lidiaba con la muerte, así que esperó. La escuchó suspirar y alzó la mirada para observarlo. — ¿Ella me quería, papi? — Claro que sí. Como nada que existiera en este mundo. — ¿Y por qué no volvió contigo? No importa qué digan los demás, ¡tú no eres malvado papi! ¡Tú eres el mejor papá del mundo! Como ¡un héroe! Y ahora tienes poderes mágicos. ¡Puedes hacer lo que tú quieras! Siempre había podido. Sonrió ante su emocionada hija, que se había puesto de pie y lo miraba, sus ojos brillaban bajo el sol. — ¡Quiero tener alas, papi! Quiero volar. No estaba seguro de que pudiera hacer algo así. No sin una escoba. Se puso de pie y se inclinó hasta estar de su tamaño. — Ya veremos qué podemos hacer respecto a eso. Pero primero, tu brazo debe sanar completamente. Y estoy seguro de que muchos querrán ver tu yeso y escuchar la historia tras el accidente. Él ya no quería repetirla. Ninguna trágica historia, de hecho.