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Severus Snape a través de los años — capítulo 12

Esa noche, Erisabeth y su padre estaban de vuelta en casa. El momento de la cena y Severus pensaba qué cocinar, mientras ella colocaba su abrigo en el tramo más bajo del perchero junto a la puerta y caminaba hacia su padre en la cocina. — ¡Papi, voy a ver caricaturas! — Muy bien, pero solo un poco antes de cenar y dormir. A las nueve debes estar en la cama. — ¡Sí! La miró caminar hasta su habitación y encerrarse allí.  Se dio la vuelta, mientras pensaba en la cena. Realmente la idea de abandonar el anonimato lo había estado acosando durante toda la caminata de regreso a casa. Si los libros se vendían y llegaban a manos de algún hijo de bruja o algún mago, estaría en problemas. Quizá. Además del hecho de que tenía que explicar por qué convivía con una niña de cinco años a la que había "adoptado" como hija. La cena había tenido más que condimentos. Cosas para reflexionar. — Atún ¡me encanta el atún papi! — ¿Necesitas ayuda para comer, Erisabeth? — No papi...¡solo con el queso! Quiero mucho queso ¿sí? Sonrió asintiendo, mientras la ayudaba a llegar hasta la silla alta. Estando en la mesa, parecía complicado comer con un solo brazo, pero ella hacía su mejor esfuerzo. Frustrante, pero ella no deseaba ayuda. La observó lidiar con la cena, mientras tardaba más de lo habitual. Al terminar de cenar, se había bajado de la silla y había caminado de vuelta a su habitación. No quería perderse la hora de las caricaturas en la televisión. Severus agradecía que ya a las nueve, estaba durmiendo. No le gustaban los artefactos muggles y bien, a esa hora resultaba evidente toda la violencia y la estupidez de los muggles, por la televisión. Era preferible que no la mirara. Y sin embargo como pasaba tanto tiempo en casa, él le permitía mirarla. Se aburría de vez en cuando y estaba seguro de que con la televisión, pasaba menos tiempo sola y pensativa. En lo que fuera que pensara. Quizá en la madre o los hermanos que no tenía. Supuso. Mientras meditaba, había escuchado el sonido suave de la puerta. Alguien llamaba. Al abrir, se había encontrado con Catherine, la maestra. Traía algunas cosas que sabía que Erisabeth querría. Dulces de limón, pudin de chocolate y vainilla. La conocían más que él. A veces. — Que tenga buenas noches, señor Snape. Mañana hablaremos de cómo se han distribuido los cuentos. Supuso que tenía que ser. Supuso que al final, tenían que hablar de ello. Asintió, mientras la maestra colocaba las cosas en la cocina y se despedía con una sonrisa suave. No le gustaba el exceso de confianza, pero supuso que eso tenía que dejarlo pasar. Había causado un accidente de forma irresponsable. Ella solo pretendía ayudarle y bueno, mientras más distrajera a Erisabeth y le recordara que no estaba sola, mucho mejor para él. En cierta forma, no le gustaba verla triste. Verla llorar. — ¡Papi...¿Puedo tomar una galleta?! — Ten...tu maestra trajo algo que quizá te guste. Pudin de chocolate y vainilla, galletas de limón. — ¡Pudin, quiero pudin...! La miró sostener una pequeña copa de pudin y llevar la cucharilla en la boca, ya que no podía cargarla. Había regresado a la habitación. La podía oír reírse con las caricaturas. Se sentó en la cama y contempló la nada durante un par de minutos. ¿Cómo habría sido su vida, de haber tenido a sus verdaderos padres a su lado? — ¡La hora de dormir, papi! Las nueve en punto. Asintió, mientras la miraba subirse a la cama, lo mejor que podía. Había arrojado una almohada y una manta y Severus la acomodaba en silencio. Al terminar, ella se acercó hasta su pecho. Buscaba la postura más cómoda para su brazo roto. Se cubrió con la manta. — Bien. ¿Estás cómoda? — Sí, papi. ¡Buenas noches! Te quiero. — Yo también. Buenas noches. La contempló mientras trataba de dormir. Una vez que estuvo seguro de que estaba dormida, apagó la pequeña lámpara en la cómoda junto a él y cerró los ojos para meditar. Era muy pronto para dormir. Nunca lograba conciliar el sueño a una hora como aquella. Pero estaba bien. Quizá se acostumbraría luego, como Erisabeth. Mientras pensaba, había sentido algo cálido entre sus manos. — ¿Erisabeth? — ¿Eh? Dime...papi.— susurró y Severus inspiró. — ¿Te sientes bien? Tienes fiebre. Erisabeth asintió, sentándose en la cama. Realmente no se sentía mal. ¿Por qué tenía fiebre entonces? Severus se sentó a su lado y la miró, mientras ella lo observaba a él. Con curiosidad. — Espera aquí. Una pequeña despensa en la cocina, donde solía guardar las pócimas de remedios y otras tantas cosas. Nunca le decía de dónde los sacaba, pero a ella no le gustaban. Así que había decidido hacerlos con sabores a frutas. En cuanto las vio, negó rotundamente con la cabeza. — No, papi. No las quiero. ¡No me gustan! — Tienen sabor a fruta. Está es limón. Te gustan las galletas de limón. Las necesitas para curarte. — Está bien, ¡pero yo me siento muy bien! La bebió en poco tiempo, sin quejarse. Realmente sabía a limón y no pudo encontrar algún punto amargo o agrio como para quejarse. — Ven aquí.— susurró Snape suavemente y ella se acercó hasta él, en la cama. Se recostó cuidadosamente sobre su pecho y Severus la había rodeado con sus brazos. — ¡Cuando caminábamos papi, me pareció ver a un niño con uno de tus cuentos! ¿No es divertido, papi? Severus se preguntó si debía afirmarlo. Si debía explicarle el verdadero motivo por el cual no quería que todos supieran quién había escrito aquellos cuentos. El trasfondo real de todo el asunto. Había participado en la guerra. Había espiado y mentido. No solo era un "hombre malo". También resultaba ser "un hombre tonto". Pero esperaba que ya para esos años, nadie lo recordara más y en realidad, lo dejaran vivir en paz. Con los cuentos. Pero en paz. — Supongo. No lo sé. Espero que todo este "proceso", valga la pena. No escuchó una respuesta y bajó la vista. Claro, Erisabeth estaba dormida. Su hora de dormir. Acarició su cabello por unos minutos, hasta que se sintió tan cansado como ella. Cerró sus ojos lentamente, ante las imágenes de muchos de ellos, leyendo aquellas historias. Potter, Granger, Weasley. Draco Malfoy, incluso. Si llegaba tan lejos, estaba seguro de que ellos las leerían.  Al amanecer, por primera vez en mucho tiempo, Erisabeth había sido la primera en despertarse. Se separó de su padre de la forma más cuidadosa que pudo y se bajó de la cama. Las caricaturas matutinas y un poco de cereal. ¡Era muy entretenido! Esperaba poder alcanzar el cereal en la alacena. Y poder abrir el refrigerador para buscar leche. Normalmente Severus ponía las cosas peligrosas, lejos de su alcance. Como las botellas. Mientras caminaba hacia la cocina, el teléfono del hogar sonaba. Casi nunca lo usaban, casi nunca llamaban. Llena de curiosidad, caminó hasta el. Aunque Snape siempre le advertía de hablar con extraños. — ¿Sí? No, mi papi está dormido. Erisabeth, maestra. — Solo quería decirle a tu padre, que hasta ahora hemos vendido cuarenta ejemplares de sus cuentos. Parece que entretiene a los niños y pensábamos venderlos en la ciudad. Para saber cómo los reciben las personas. ¿Podrías darle mi mensaje? — ¡Sí maestra! Trataré de recordarlo todo. ¡Gracias!