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Severus Snape a través de los años — capítulo 4

Bueno, van dos a favor del Sevmione y uno a favor del OC. Les dejo este capítulo de "medio" relleno y ya espero hasta mañana, si alguien empata o termina de ganar el Sevmione. Si no, yo escojo y bueno, ya veremos qué pasa. Saludos y besos. Gracias por leer y comentar. Se les aprecia y muchos besos. Severus Snape despertaba esa mañana, mirando a Erisabeth que dormía a un lado en la cama. Respiró suavemente, mientras recordaba lo que había sucedido la noche anterior. Erisabeth se había quedado dormida, mientras le refería acerca de su "pesadilla" o más bien aquel sueño. Se sentía sola en una vieja silla, mientras observaba el acto que solía organizar la guardería, para el día de las madres. Puesto que ella no tenía madre a quien invitar. Había visto sus lágrimas y de un momento a otro, había sentido cierta impotencia por no poder encontrar una forma viable para solucionarlo. No era una hombre romántico ni mucho menos, dado a las citas. La única forma que tenía para entretenerla y ayudarle a olvidar aquello, era escribir los cuentos que casi todos los días, cruzaban su cabeza como pesadillas varias. Unas más fuertes que las otras. Se levantó de la cama y como de costumbre, caminó hasta detenerse en la cocina. Preparar el desayuno, resultaba ser una rutina muy monótona, así que quería variar un poco. Quizá si hacía algo diferente, podía animarla. No era un maestro de la cocina, pero sí tenía algunos trucos bajo la manga. Aún a su edad y con sus años de vida. Recordaba como hacerlo. — ¿Papi? Quiero ir a la guardería, ¿recuerdas? Prometiste que me llevarías a buscar mi cuento. — Ahora hay que desayunar y parece que lloverá. Erisabeth asintió, de regreso a su habitación. Se cepillaba los dientes, mientras observaba una pequeña ventana en el baño. Llovería, pero ella quería recuperar su cuento. ¡No quería perderlos! Además que su padre lo había escrito para ella. No soportaría que otro niño se lo llevara. — ¡Yo quiero ir, papi!— dijo, junto a la mesa mientras Severus colocaba los platos con sumo cuidado y las bebidas. El resto de la comida. — Muy bien, te llevaré a recogerlo. — ¡Está bien!— exclamó, mientras se subía a la silla. Luego de conseguirlo, miró el desayuno frente a ella. Sonrió feliz.— ¡Panquecas miel! Y ¡queso! Amo el queso, papi. El desayuno tranquilo de siempre, la misma rutina, había cambiado por una Erisabeth alegre que incluso abusaba de la miel, aunque Snape le pidiera que se detuviera. Que no era buena idea un desayuno tan pesado, además del azúcar. Pero era una niña, toda esa grasa la quemaría en un santiamén. Y solo pensando. — ¡Listo!— dijo mientras apresuraba el vaso de jugo.— ¡Vamos vamos! Severus la miró con una sonrisa suave, mientras ella se bajaba de la silla y se paraba en medio del salón, brincando. — No es bueno que brinques con el estómago lleno. Ve, cepíllate los dientes una vez más y nos iremos. No demoró lo suficiente, como para que él pudiera hasta sentarse en el sofá. Salió como un relámpago en una tormenta y con un grueso impermeable. Estaban listos para volver. Y bajo un paraguas negro, Severus sostenía la mano de Erisabeth, a través de las calles en dirección a la guardería. Algunos niños estaban dentro, comenzaban a caer algunas gotas. Fría lluvia, que helaba los huesos. —¡Señor Snape, buenos días! ¡Erisabeth! — Erisabeth ha dejado algo ayer y ha venido a buscarlo.— dijo Snape y la mujer, se imaginaba de qué se trataba. — Maestra Catherine, olvidé uno de mis cuentos. ¿No lo vio por alguna parte? La mujer asintió sonriendo y se inclinó hasta estar a la misma altura que la pequeña. Hurgó dentro de un bolso que traía y lo saco de este. Erisabeth sonrió feliz y lo tomó entre sus brazos, estrujándolo contra su pecho. — Muchas gracias, maestra. — Creo que es un cuento maravilloso y ¡hasta me quedé intrigada con la continuación! Aunque supongo que a tu padre.— suspiró y sonrió— no le gustará que yo lea el resto. Debería publicarlos como te dije antes. Entonces había sido ella quien le había dado aquella idea. Había oído que había sido su maestra, pero Erisabeth no había podido olvidarlo y en cada minuto que lo veía, le recordaba acerca de publicar y enseñarle a otros niños. Ella no quería compartir el original, con la letra de su padre, pero podía compartir las copias. ¿Por qué no? Aunque no estaba segura de a qué se referían con copias. — ¡Yo se lo dije a mi papi, maestra! Pero él no quiere. Severus  inspiró mientras ella se daba la vuelta y abrazaba a su padre o lo que podía alcanzar, con aquel cuento entre sus brazos. — Lo pensaría pero...no soy escritor. Además, no conozco a nadie que lo haga y sinceramente, dudo que estén interesados en ello. Solo son cuentos, no creo que tengan algún toque en especial que los haga obras literarias a tal magnitud, como para tener éxito. — Sin duda no sabe lo que dice, con su perdón. ¡Son maravillosos! Un autor tiene esa costumbre, de rebajarse ante el resto del mundo. ¡Me ha dejado muy intrigada y si me lo permitiera, visitaría su hogar y revisara la colección! Conozco quien puede ayudarnos a publicar y estoy segura de que los amarán. Erisabeth había soltado un chillido y ambos habían bajado la vista hacia ella con sorpresa. — ¡Publica papi, publica! ¡Todos sabrán que eres mi papi! ¡Será divertido! No sabía qué decir. No sabía realmente cómo negarse. Su hija le miraba abnegada, mientras él guardaba silencio y meditaba. Publicar. No quería estar en la mira, no quería ser "famoso", ni mucho menos una figura pública de la cual se esperara algo o que terminara cambiando el mundo de una forma u otra. No quería estar en relieve. Sobresalir. Pero su hija insistía. Y aquella mujer, de igual forma. No cedía a las presiones, pero con su hija era ligeramente diferente. Estaba ilusionada. Aunque no comprendía ni la mitad de lo que decía. No comprendía qué conllevaba publicar. — ¡Papi hará felices a muchos niños, como me hace feliz a mí! Quizá.... Y hasta así; se redimía de todos sus errores pasados.