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Severus Snape a través de los años — capítulo 8
Hola. Lamento haberme tardado, gracias por todo. Besos y cariños :). Su padre había asentido con la cabeza, mientras ella corría hasta su habitación, en busca de su mochila. Severus la miró correr de vuelta, con una sonrisa. Se inclinó hasta estar a su altura, mientras ella lo observaba. Muy contenta. — Tú y yo deberíamos hacer algo juntos.— comentó y ella parpadeó, confusa.— ¿Qué te parece si luego de ir a la guardería, vamos al lago? Con toda esa lluvia, seguramente los patos y los cisnes, estarán en el césped. Descansando. Erisabeth sonrió y brincó en el mismo punto donde estaba de pie. Severus la miró, mientras ella se llevaba un dedo a los labios y meditaba en silencio. — Papi...¿puedo tener un pato como mascota? Severus inspiró y se imaginó un pato dentro de casa. Normalmente eran animales serenos y poco violentos, pero estaba seguro de que podían hacer bastante daño y si decidía jugar con él y este, se ponía de mal humor. — No creo que eso sea posible, Erisabeth. Los patos podrían ser muy peligrosos. La pequeña asintió y Severus se puso en pie, cediéndole el paso. Caminó junto a ella hasta la puerta y miró el día. Soleado y brillante. Aún había agua en el follaje. Respiró fuertemente. Le gustaba el aroma luego de la lluvia. Y durante. — ¡Mira papi, un charco! — No brinques sobre el. Se te mojarán los zapatos. Erisabeth lo miró, mientras sostenía su mano. — Es muy divertido. ¿Nunca has brincado dentro de uno, papi? — En muchos, pero ¿no crees que me vería muy mal haciendo eso a la edad que tengo justo ahora? Ella negó con la cabeza y sonrió, cerrando los ojos. Como si pensara en algo. Snape bajó la vista y la contempló. — Mi maestra los brinca con nosotros y en las hojas secas durante el otoño, papi. Además, ella siempre dice que nunca se es tarde para divertirse y ser un niño de vez en cuando. Él nunca había tenido tiempo de ser un "niño". Había tenido que crecer rápidamente. Y aprender muchas cosas tan rápido, que había olvidado las que por instinto y naturaleza, ya sabía y nunca pudo aplicar. Jugar, tener sueños. Dibujar y escribir. Nada de ello. — ¿Papi? ¿Te sientes bien? Hace mucho rato que estamos aquí parados. — Entonces, ¿quieres saltar sobre ese charco? — Bueno, si tú dices que no está bien, no lo haré papi. Pues ese había sido el primer día de su vida, luego de mucho tiempo, donde había saltado en un charco, junto a su hija. Y sin importar cómo se viera. Sin importar cuántos años tuviera. Lo había hecho. Y cierta parte dentro de sí, lo había disfrutado. El placer de no reprimirse. Erisabeth soltó su mano y corrió hasta la guardería, miró dentro. Había un enorme camión estacionado. Parecían ser libros nuevos. Erisabeth continuó su camino, llena de felicidad. Le gustaban los libros nuevos. Miró a la maestra, mientras los colocaban por lotes, sobre la mesa que ella solía utilizar para sus "clases". Se puso en puntillas, para mirar lo que estaban colocando allí. Los conocía, pero ahora tenían dibujos. Dibujos como ella había soñado, que su padre le había contado. ¡Eran sus cuentos! — Maestra ¡maestra maestra! Pero ¡su padre podría estar en peligro! — ¿Erisabeth, qué haces aquí pequeña? — ¡Papi me trajo, porque necesitaba decirle algo! ¡Pero ya tiene todos esos cuentos y les puso dibujitos! Severus miraba lo mismo que ella y pensaba igual que su hija. Pues sus cuentos estaban allí. En físico. Los contempló. Dibujos a color, así, habían captado su esencia. El personaje se parecía bastante a él. Y no se había descrito. ¿Por qué? — ¡Señor Snape, espero que les gusten! Nos basamos en uno de los dibujos de Erisabeth. Ella me lo trajo para el día de muestra y explica. ¡Creo que quedaron bastante bien! ¿Qué opina? Sé que le dije que se lo consultaría, no fue mi culpa. ¡Fue culpa de mi editor! Me dijo que tenía una sorpresa para mí. ¿Qué iban a hacer ahora? Erisabeth se había puesto a llorar y tanto Snape como su maestra, habían bajado la vista. — ¿Erisabeth?— preguntó Snape suavemente. — ¡Ahora van a matar a mi papi! No supo si reírse de su verdad a medias o ponerse nervioso de que la mujer hiciera muchas preguntas que no podía contestar. Ambas las sentía en ese mismo momento. Ambas sensaciones. Se inclinó nuevamente hasta estar a su altura y ella se echó a sus brazos. Sollozando. — Nadie va a matarme, te lo prometo. — ¡Pero tú dijiste que...! Sí, lo había dicho. ¡Él y sus benditas ideas!