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Severus Snape a través de los años — capítulo 9

Tuve una idea mientras dormía, espero les guste. Saludos y besos. Snape sonrió, pero Erisabeth no estaba contenta. Lo miró mientras se ponía en pie y se dirigía a la maestra.  Ella no comprendía lo que estaba sucediendo. ¿De qué hablaba la pequeña niña? ¿Matar a alguien? ¿Ella ya sabía qué significaba ello? Nunca les había enseñado semejantes cosas. — Es algo complicado de explicar, no ocurre nada importante.— dijo, mientras Erisabeth halaba su mano, con mucha fuerza.— creo que será mejor que nos vayamos y hablemos de esto, en otra ocasión. Pero Erisabeth insistía. — ¡Papi, EL SEÑOR SE LOS LLEVA! Tenemos que detenerlo, ¡papi vamos! — Erisabeth, calma. Todo está bien.— dijo, mientras ella insistía. Pero la pequeña negaba con la cabeza, frenéticamente. Continuó halando su mano, tratando de hacerlo caminar. Patinaba en el suelo, debido a su peso en contra de su pequeño cuerpo. — ¡Pronto, papi! ¡VAMOS! Severus se mantuvo quieto, así que ella desistió y salió corriendo tras aquel hombre que llevaba las cajas llenas de aquellos libros. ¡Estaba por dárselos a los niños y seguramente todos sabrían de su padre y aquellos hombres malos, volverían para matarlo! Lo que fuera que conllevara ello. — ¡Señor espere, no se los lleve! No puede, son de mi papi. Dentro, la maestra parecía preocupada. Miró a su alrededor, pero Erisabeth no estaba junto a su padre. Al comentárselo, Severus ladeó la cabeza y miró hacia abajo. Al no verla a su lado, se preocupó. — Pensaba darle los originales de vuelta, señor Snape. Se está comportando muy extraño. ¿Seguro que está bien? Pero no podía precisarlo. En eso pensaba, mientras miraba los pasillos. ¿A dónde se había metido? — Estoy seguro de que todo está bien. ¿Erisabeth? ¿Dónde te has metido? Pero no podía encontrarla. — ¡Erisabeth!— exclamó, ya no quedaba nada por revisar. Los baños, el resto de los pequeños espacios que la maestra había acondicionado como salón de música, pintura y el comedor. — ¡No volví a verla, luego de que hablábamos!— exclamó la mujer, mientras corría tras él hacia la salida. La pequeña corría de igual forma, tras el hombre cuyo camión había aparcado en la otra acera. Parecía que lo había movido para guardar las cajas y empezar las ventas. No podía cruzar la calle así que miró a los lados. ¿¡Qué iba a hacer!? Su padre podía estar en problemas. ¡Tenía que detenerlo de una forma u otra! Severus había terminado en la puerta, miró hacia el frente y hacia ambos lados. Erisabeth era muy pequeña para cruzar la calle, esperaba no lo hubiera hecho. Pero eso hacía en ese preciso instante. Corriendo, sin mirar a los lados. — ¡Erisabeth! La pequeña había volteado para mirar a su padre, en una calle poco concurrida pero que igual tenía autos aparcados y flujo de vehículos. En el mismo instante en el que se había detenido, un auto no la había visto. Alguien la había arroyado accidentalmente. — ¡Erisabeth, oh por dios!— la maestra había corrido hasta el accidente, mientras un hombre alto se bajaba del auto, mirando a la pequeña que yacía en el suelo. Su cabeza había golpeado contra el suelo y ella, había perdido el conocimiento. Tenía una fea herida en el costado derecho de la cabeza y un brazo parecía estar roto. El hombre parecía ir a una velocidad moderada, pero ella se había detenido de golpe cuando había acelerado. — ¡Lo siento tanto!— exclamó.— ¡No la había visto! Pero Severus no había dicho palabra alguna. Su rostro pálido, había perdido todo el color que se pudiera decir que tenía y parecía a punto de desmayarse. Se había inclinado para tomarla cuidadosamente entre sus brazos. — No la mueva mucho, señor Snape...¡no sabríamos qué podría pasarle! ¿Algo peor? No podía haber algo peor que eso. Era su padre y la había descuidado de una forma tan... No podía pensar en un calificativo. El hombre se había ofrecido a llevarla al hospital, pagar los daños. Severus luego de pensarlo, había decidido no levantar ningún cargo en su contra. No denunciarlo. Su hija, ella había corrido tras aquel hombre puesto que él, le había dicho que podía morir si alguien leía esos cuentos. ¡Qué idiota había sido! — Ya lo verá, señor Snape. Todo saldrá bien. El doctor dijo que la trajimos a tiempo y que afortunadamente, el conductor iba a una velocidad moderada como para matarla o causarle algún daño permanente.— dijo, con una mano sobre su hombro. Snape no contestó. Miraba la recepción, con aires de inconformidad. Había sido su culpa. Solo tenía cinco años y había sido arrollada por un automóvil. Merecía esa muerte de la que tanto hablaba y que resultaba ser una mentira. Catherine permaneció sentada mientras Snape sin embargo, permanecía de pie, esperando. No creía en los mecanismos muggles de hospitales y doctores, pero no tenía más opciones y no quería exponerse, cuando Erisabeth se curara de la nada y todo estuviera en orden. Además, bueno, nunca había curado a alguien en un accidente de tránsito. ¿Y si...? ¿Y si sucedía algo luego? ¿Alguna secuela? Reprimió un escalofrío de solo pensarlo. Mientras meditaba, sintió un suave aroma a café, a un lado y ladeó la cabeza. La mujer estaba a un lado y le ofrecía café que parecía estar bastante caliente, por el humo que despedía de si. — Le hará bien. Con todo lo que ha sucedido. Creo que lo necesita. No contestó. No necesitaba atenciones, pero realmente si no distraía sus manos en algo... Luego de unas horas de estar sentado, ya comenzaba a desesperarse. No solía actuar así, pero con Erisabeth era diferente. Ella era...su hija... Lo único que tenía. — Doctor, ¿alguna novedad?— susurró la mujer, mientras el doctor emergía de la sala de emergencias. El hombre asintió, mientras se retiraba los guantes. — Está bien, tuvo mucha suerte. No hay costillas rotas, solo un hematoma en un costado. Le dolerá por unos días. Su brazo está roto pero nada grave. Su cabeza, realizamos los estudios pero está bien. Solo un poco conmocionada y una herida superficial. Nada que debamos lamentar. Está despierta ahora, por si quisieran pasar a verla. Está un poco nerviosa.  Catherine había asentido, pero sin embargo, no se había movido. Snape la miró. — Usted debe pasar. Usted es el padre, señor Snape. Yo la veré luego, supongo. Asintió y caminó hacia adentro. La habitación estaba oscura y un poco fría a causa del aire acondicionado. Podía escuchar a su hija, que le decía a alguien que supuso era una enfermera, que tenía mucho frío. — Descuida, te traeré unas mantas y estarás muy cómoda. — ¡No! Yo me quiero ir, quiero irme con mi papi. Yo, ¡yo no sé dónde está! — Estoy aquí.— contestó Snape, mientras la enfermera encendía las luces de la habitación. Severus estaba parado a unos pocos metros de la cama. — ¡Papi! La enfermera sonrió, mientras colocaba vendaje sobre la cabeza de Erisabeth, estando ella sentada en la cama. — ¡Au! Papi...lo siento. ¿Estás enfadado conmigo? Dijiste que no cruzara, ay, la calle pero...¡ay! — Sí, estoy enfadado. No te muevas y quédate quieta. Al terminar, la enfermera sonreía y salía de la habitación, mientras Erisabeth se miraba las manos. Llena de lágrimas, asustada y preocupada por el enfado de su padre. — ¡Pero papi! Yo no quise hacerlo yo... — No estoy enfadado contigo, Erisabeth.— suspiró.— estoy enfadado conmigo mismo. Pudo haber sido algo peor, pudiste...bueno...tan solo porque te dije una estupidez y realmente... — ¡Papi! ¿¡No podemos irnos a casa!? No me gusta estar aquí, me da mucho miedo. vino un doctor con una enorme cosa filosa y dijo que tenía que inye... no recuerdo qué y me dolió mucho. ¡Vámonos vámonos! Severus sonrió suavemente, negando con la cabeza y levantándose del sofá en donde estaba sentado, para sentarse en la cama junto a la pequeña. Se inclinó para depositar un beso en su cabeza. — Tienes que quedarte. A mí tampoco me gustan esas cosas, pero no tenemos otra alternativa. Tienes que descansar y recuperarte. Tuviste mucha suerte. — ¿Te vas a ir, papi? ¡No! ¡Quédate, quédate conmigo! Severus iba a contestar, pero la puerta se abría suavemente. Era la enfermera, traía una bandeja de comida y un pequeño frasco que parecía ser medicina. Erisabeth miró con curiosidad. — ¡Galletas de animales! Me encantan las galletas. — Cortesía de la casa.— sonrió la enfermera, mientras miraba los sueros y el vendaje. — ¡No te vayas papi, quédate conmigo!— exclamó Erisabeth, mientras Severus tomaba una cucharilla, para que Erisabeth pudiera tomar la sopa. Una fractura en su brazo derecho. — ¡Oh, pero si tu papá se puede quedar! Para eso es el sofá de visitas, pequeña. Tiene una niña muy dulce y encantadora, señor Snape. Erisabeth asintió, contenta y luego, miró la bandeja. Había un fallo en ello. — ¿Y mi papi? ¿Dónde está su comida? — Erisabeth, la comida es solo para los enfermos.— dijo Snape con una sonrisa suave y ella negó frenéticamente con la cabeza, generándose así un dolor en la misma. Se llevó la otra mano y se la rascó suavemente. — ¡Pero no es justo! La enferma asintió y levantándose de la cama mientras observaba sus signos vitales, caminó hasta la puerta. — Le traeré algo a tu padre entonces, aguarda. — ¡Gracias! La hora de la cena, había sido el momento más tranquilo que había tenido. Luego de ayudarla a comer, ella miraba las galletas de animales. Su padre solo le permitía comer una durante la cena. Aunque esas eran más de una. Eran un pequeño plato de porcelana, con muchas galletas. — Adelante, come las que quieras.— comentó, mientras la miraba desde el sofá, llena de mantas y sonriendo ante las galletas. Había cometido un error. No era su "verdadero padre" pero estaba seguro de que ellos lo habrían culpado de tan absurda mentira. ¿Qué habrían sentido ellos, de haberse encontrado en un momento así? Se llevó una mano a la sien y se arrepintió de inmediato, de tantas cosas al mismo tiempo. Erisabeth ahogó un bostezo, mientras él se percataba de que estaba por dormirse. Más temprano de lo usual. Supuso se trataba de las medicinas. — Papi, ese sofá no es cómodo. ¡Ven a la cama conmigo! — La cama es para los pacientes. Yo estaré bien aquí. — ¿No te vas a ir apenas me duerma, verdad? No podía. No podía dejarla sola. No luego de aquel susto que había pasado. Sí, se había sentido atrapado. No había reaccionado sino hasta que había cruzado las puertas del hospital y había notado la realidad, la diferencia entre mentir y ser sincero. Tenía que decirle la verdad, luego de aquel suceso tan extraordinario que se lo confirmaba. — ¿Cómo podría, Erisabeth?— susurró, mientras se inclinaba una vez más hacia ella, para besar su frente.— eres mi hija y como tu padre, tengo que cuidarte. Estar a tu lado. — ¡Está bien! ¡Buenas, buenas noches papi! ¡Te quiero mucho! Como él a ella. Sí. A lo único que tenía.