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Canciones de hielo y fuego — capítulo 3

Canciones

Sandor Clegane observaba la puerta de la habitación de la muchacha desde la lejanía. Sus ojos grises se clavaban en la madera, como un hacha. Sandor era el tipo de cara quemada. Sandor era el tipo feo. Sandor era el Perro. Y como buen Perro, obedecía a su amo, Joffrey, a pesar de no estar de acuerdo con algunas de las cosas que él decidía. Como por ejemplo, el continuo maltrato a Sansa Stark. ''Ella no es su prometida'', pensó el Perro, ''Ella es su rehén''.

Y alrededor de la media noche, la Stark salió de su cuarto. Iba vestida como una dama debía vestir, y con una capa sobre los hombros, con la capucha sobre su cabeza. Sandor sonrió de medio lado y, con largas y silenciosas zancadas fue tras ella. No la dejó avanzar mucho. Cuando llegó a ella la cogió por el codo con unos dedos de hierro.

— El pajarito no aprende —negó Sandor con los labios apretados—. El pajarito sigue sin saber cuál es la canción que quiere que le canten a Joffrey, ¿verdad?

— ¡Ser Clegane! —exclamó Sansa mirándolo a los ojos. En su mirada, Sandor pudo ver reflejado el miedo—. Yo... No es lo que parece, ser... Solo quería pasear...

— No soy ser —gruñó el Perro—. Y a mí no me mientas, pajarito: puedo oler las mentiras. Y también a los mentirosos.

— No soy una mentirosa —insistió Sansa—. Le digo la verdad. Iba a pasear.

— ¿A medianoche? —se burló él—. ¿Adónde?

— Al bosque de dioses —contestó la muchacha son sinceridad—. Iba para rezar a mi familia.

Sandor la miró en silencio durante unos segundos. Él no tenía familia a la que rezar... excepto a su hermano, Gregor, la Montaña que Cabalga. Pero Gregor no merecía que ni siquiera un desgraciado como él le rezara. Aparte de que Sandor jamás había creído en los dioses. ''El único Dios que existe es mi espada'', pensaba el Perro con ironía, ''Y si no, que se lo pregunten a los gilipollas que le ruegan y rezan que no los mate con ella''.

— Pues ve rápido, niña —ordenó Sandor—. Reza, o haz lo que tengas que hacer y vuelve antes de que algún idiota te encuentre.

Sansa asintió y el Perro soltó su brazo, dejándola ir. ''Te has vuelto un puto sentimental'', pensó Sandor mientras volvía al lugar donde hacía guardia anteriormente. Vigiló, afilando su espada, hasta que finalmente, vió a la niña Stark volver a su habitación.

A la mañana siguiente, Joffrey se sentó en su Trono de Hierro. No tardó mucho en llamar a Sandor.

— ¡Perro, ve a buscar a mi prometida! —ordenó Joffrey—. ¡Y si se niega a venir golpéala!

— Sí, mi Rey —asintió Sandor.

Sandor abandonó la sala del Trono y fue a la habitación de la Stark. Tocó a la puerta. Sansa abrió la puerta de inmediato.

— Pajarito, el Rey te reclama. Y será mejor que vayas ya —indicó Sandor con una voz ligeramente ronca.

— Ahora mismo iré. Gracias —Sansa sonrío cortésmente, hizo una reverencia y cerró la puerta. 

Sandor no supo si con aquel ''Gracias'' se refería a lo ocurrido la noche anterior o al aviso sobre Joffrey. Pero aquello no fue lo que más le importaba, si no, que durante unos momentos, Sansa Stark le había sonreído y le había hecho una reverencia.

Luego aquello dejó de tener importancia: ser Meryn volvía a golpear a Sansa. En aquel momento, la chica le diriguió una mirada asesina a Joffrey, Sandor pensó que realmente parecía una verdadera loba. Una loba de Invernalia. Una loba huargo.

''Es un simple parecido'', pensó Sandor, ''Sigue siendo un pajarito que no sabe qué canción cantar''.