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Toy Story 4 — capítulo 11
Andy Davis estaba sentado en su sala, leyendo el periódico, buscando alguna noticia de su hijo. Su esposa, Gabrielle, estaba más delgada de lo normal.
-Amor, te dije que debes comer. Le hará daño a la bebé.
-No tengo apetito, Andy.
El hombre la miró con ternura. Dejó el periódico a un lado y caminó hacia ella. Gabrielle rompió a llorar.
-Me preocupa que esté enfermo. Si no está con esos hombres, entonces, ¿dónde está?
-Yo sé que está bien, Elle. Estamos hablando de Sean. Apuesto a que está mejor ahorita que cuando estaba en esa casa. Ya vamos a encontrarlo.
-Es que si lo encuentran esos tipos, Dios sabe qué le harán. Ya sabes lo que nos dijeron cuando se escapó…
Andy abrazó a su esposa.
El teléfono sonó, y con un rápido movimiento, Andy contestó.
-¿Diga?
-¡Señor Davis! ¡Buenas noticias! ¡Su hijo Sean está aquí!
Andy gritó con júbilo, y abrazó a su esposa.
-¡Gabrielle, Sean está bien!
-¡Gracias a Dios!- exclamó la mujer, llorando de alegría.
Andy volvió a hablar por el teléfono.
-¿Dónde está?
Clarissa le dio la dirección exacta de la tienda en donde Sean estaba, impaciente por ver a sus padres.
Media hora más tarde, Andy y Gabrielle llegaron. Al ver a sus hijos, corrieron hacia él, para llenarlo de besos y abrazos.
-¡Sean! ¡Sean! ¡Por Dios, todo ha sido un infierno!
-¡Los extrañé!
-Nosotros a ti más, hijo.
-Quiero irme a casa, mami.
El matrimonio Davis agradeció a Clarissa y al señor de los periódicos, y hasta les dieron dinero. Ellos no aceptaron, ya que aseguraron que *Sean había llegado a ellos, no que ellos habían llegado a él,*y que, por lo tanto, no tenían nada de recibir.
Pero de todos modos, les dieron sus tarjetas para cualquier cosa que necesitaran.
En el auto, Sean les contaba todo lo que había pasado. Woody estaba que rebozaba felicidad.
Estaban vivos, y camino a casa.
Cuando llegaron a la casa de los Davis, la tía de Sean corrió hacia el pequeño, para cargarlo. Desde la mochila que Gabrielle tenía en su mano, Woody vio el cabello rubio de la mujer.
¿Era Molly?
-Molly, Sean no respira- dijo Andy, divertido.
Efectivamente, era la hermanita de Andy. ¿Tanto había crecido?
Aquella noche, cenaron muy rico. Gabrielle era una experta cocinera.
Sean vio que era el momento oportuno para hablar sobre Woody.
-Papi, ¿te acuerdas que me dijiste sobre tu muñeco Woody?
-Claro que sí, Sean.
-Bueno- dijo, sacando al vaquero de la mochila que tenía en sus piernas- Creo que es tuyo.
Andy tomó a Woody en sus manos. Lo vio…lo reconoció como muñeco suyo. No era cualquier vaquero Woody. Era SU Woody, con el que había jugado por tantos años.
-¿Cómo la hallaste?- le preguntó a su hijo.
-En Sunny Side, pa.
-¿Bonnie los dejó ahí?- preguntó Molly- Wao, veo a Woody luego de tantos años.
-¿Acaso lo robaste, hijo?- regañó Gabrielle.
-No, no lo robé. Él estaba en mi mochila.
-Entonces, alguien lo metió allí-insistió su madre.
-Tampoco. No vi a nadie acercarse a mi mochila- aseguró el niño.
Gabrielle enarcó las cejas. ¡Qué raro!
Sin embargo, Andy seguía viendo a Woody. Sabía que ya era un adulto, pero al ver al vaquero, se sintió de nuevo un niño.
-Mi amor, ¿es tuyo ese vaquero?- preguntó Gabrielle, dándose cuenta del trance de Andy.
-Sólo hay una forma de averiguarlo- contestó él.
Con los nervios en su interior, Andy cogió un cuchillo. Todos pensaron en que cortaría al muñeco. Hasta Sean se tapó los ojos, pero al ver que su padre llevaba el utensilio hacia la bota de Woody, se tranquilizó.
Raspó suavemente la parte de abajo de la bota. Dejó el cuchillo y sopló en el lugar raspado.
-Sí, sí es mío- confirmó.
Ahí estaba el nombre "Andy", con letras desiguales.
-Entonces, esto es fascinante- dijo Molly- Es un caso genial que tu juguete de la infancia haya llegado a las manos de tu hijo, hermano.
-Andy, ¿y ahora qué haremos?- preguntó Gabrielle.