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Toy Story 4 — capítulo 8
Un hombre y una mujer estaban sentados en la pequeña sala, con el teléfono frente a ellos. De vez en cuando, la mujer se paraba y caminaba por la casa, con sus brazos cruzados en su pecho. Parecía estar abrazándose por el frío.
El hombre, mientras tanto, tenía una mano apoyada en su barbilla, y con la otra, golpeaba levemente la mesa.
El teléfono sonó, y ni siquiera hizo un segundo timbre, ya que el hombre ya había contestado.
Su esposa corrió hacia él, y lo miró, con los ojos rojos.
-¿Diga?- preguntó el hombre.
-¿Papi?
El hombre respiró tranquilamente, y sonrió. La mujer abrió los ojos. Él, con sus labios, formó la palabra "Sean".
-¡Hijo, ¿dónde estás? ¿quiénes te han secuestrado? ¿te han hecho daño?!- a cada pregunta, el hombre se aferraba más al teléfono.
-Estoy bien, papi. Ellos me han dicho que me soltarán sólo si les das dinero.
-¿Están ahí contigo?
-Si, pero quieren que yo hable.
-De acuerdo, Sean, ¿cuánto quieren?
Sean despegó su rostro del teléfono, y preguntó a sus secuestradores. Una voz gruesa le respondió. Al padre del niño no se le hacía familiar esa voz.
-Quieren $ 500,000.00 (quinientos mil dólares)- informó el niño.
Su padre tragó saliva. ¿De dónde iba a sacar ese dinero? Todos sus ahorros eran para una casa más grande, cuando naciera su hija…
-De acuerdo. Diles que pongan en altavoz, porque quiero hablar con ellos.
-Ya.
Unos segundos después, la misma voz sonó a través del teléfono.
-Habla.
-Mira, no le hagas daño a mi hijo. Conseguiré ese dinero, pero no le hagas daño.
-Pues no te demores, porque mi paciencia no es eterna. Estaremos llamándote.
-Hijo, no olvides que te queremos. No te preocupes, todo saldrá bien.
Sean asintió. El hombre colgó el teléfono, y lo puso en una mesa. Otro hombre, más bajo que el anterior, encendió un cigarrillo, y empezó a fumarlos cerca a Sean.
-Mami dice que fumar es malo para la salud.
-Tu mami es una tonta- se burló este, seguido por los otros.
-No es tonta. Es doctora, así que sabe todo. En cambio tú, no sabes nada. Por eso fumas.
Otro hombre, con rasgos orientales, se rio ante esto.
-Tiene razón, compañero.
El que estaba fumando levantó los hombros, y se alejó del lugar.
Woody estaba muy incómodo en la mochila. Tenía ganas de salir y darles una buena paliza a esos cuatro. Pero luego recordó que era un juguete. ¡Qué dilema!
-¡Mikaela!- gritó el hombre gordo- ¿Dónde está esa niña estúpida? ¡MIKAELA!
Un instante después, la chica de quince años apareció en la sala, caminando lentamente.
-¿Qué?
-Tráeme una gaseosa, pero que este helada. Si no está como yo quiero, ya verás cómo te dolerá el golpe que te daré. ¡Apúrate, niña!
Mikaela le dio la espalda a su padre, y rodó los ojos. Estaba harta.