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Entre bolas de estambre y muérdago — capítulo 4

Es común que las brujas llegando a cierta edad, tengan por costumbre en invierno el tejer; tejer suéteres para seres queridos, tejer abriguitos de mangas esponjosas para sus gatos o perritos, tejer bufanditas para los niñitos que vienen en escobas prestadas a las casas para cantar villancicos, tejer chambritas para cubrirse las piernas en el frío invierno. Pero ella no hace esas cosas, ella es intrépida, decidida, ruda, firme y poderosa, ella teje palabras todos los días y movimientos de varita cuando nadie le mira, ella obsequia a sus seres queridos transformaciones prodigiosas, como esa vez que, con ocho fáciles movimientos de varita, obsequió a Albus una botella de hidromiel que bailaba un zapateado y entonaba un cántico navideño.

                Cada año era lo mismo, Pomona se presentaba en la última reunión con un cesto atiborrado de galletitas exóticas hechas con la esencia de alguna de sus plantas, cuidadas con esmero, regadas con amor; Rolanda aparecía trayendo recuerdos de partidos, relatos de jugadas extraordinarias y abrazos fuertes y sacudidos, entre presuntuosas exhibiciones de las cicatrices que le dejaban los partidos; Poppy aparecía con alguna suave sonrisa y una que otra bufandita de punto glorioso, de punto imposible de reproducir y cada año todas, sí, incluso ella, preguntaban mirando fijamente su obsequio, cómo lograba tejer así. Ella, ella compraba libros, agendas, juegos de plumas, frascos de pociones, balanzas de plata, separadores, estatuillas bailarinas o tinteros que se rellenaban solos. Ella no tejía.

                Entonces ocurrieron demasiadas cosas juntas o mejor dicho, consecutivas, la muerte de Albus, la invasión del Colegio, las batallas, los festejos, la calma al fin; una calma duradera que se le metió en los huesos como un alivio profundo y como una paz venenosa y pasó lo que creyó nunca ocurriría: empezó a sentirse vieja. Y como es común en las brujas de cierta edad, Minerva McGonagall fue hasta una tienda especializada, eligió una gran canasta, unas enormes agujas y acudió a la enfermería nada más empezar el invierno.

                -Poppy… enséñame a tejer. -Y Argus Filch que estaba ahí tratándose una artritis horrenda, se quedó con la boca tan abierta que Sir Nicholas tuvo que "cerrársela".

                Dos semanas después Poppy había desarrollado una jaqueca casi crónica y lo único que Minerva había aprendido y descubierto además, era que si se convertía en gato, pasaba un rato de fábula entre los estambres dentro de la canasta; las bufandas le quedaban curvas y largas como cuerdas, los chalecos eran suéteres de mangas hechas jirones, los calcetines (que decidió tejer como homenaje a su adorado amigo Albus) acabaron por ser medias que llegaban a las ingles de quien se las pusiera y los gorros y chambritas terminaban con apariencia de alfombra.

                -Tu problema, Minerva, es que no sabes dónde parar… y te falta pasión para el tejido. -McGonagall se había retirado indignada ante aquel comentario y no fue sino hasta que se tiró felina entre las bolas de estambre que comprendió que Poppy tenía razón. Necesitaba un aliciente que le llenara de pasión al tejer, como los tenía para transformar cosas con pasión, y así, una noche de invierno entre los tejidos de todas, Pomona, Sybill y Rolanda le vieron tejer con más ahínco que nunca, como si en ello se le fuera la vida y cuando terminó Poppy aprobó con tanta alegría el trabajo, que un par de gruesos lagrimones le rodaron por el rostro.

                Esa noche, sobre la tumba de Albus Dumbledore, Minerva McGonagall fue a dejar un obsequio navideño de su corazón: un banderín rojo y dorado con un pequeño león algo inclinado y chueco en el centro. Una cosa por la que los dos sintieron una gran y amorosa pasión siempre, Gryffindor.