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Historia 98878 — capítulo 2
Llegué, al lugar y me puse, mi antifaz. Entré a la fiesta y tenía una decoración, muy hermosa con los colores rojo, anaranjado y negro. Caminé, hacia la fuente de color naranja y me serví un poco de jugo.
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Hola - dijo, Maritza -. Tienes un disfraz, sencillo pero hermoso, Clarisa.
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Gracias, me puse uno de mis vestidos favoritos y además, yo misma diseñé el antifaz.
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Se nota - susurró, Katia con una sonrisa burlona.
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Bien chicas, las dejó, iré a disfrutar de la fiesta - murmuré, dándoles la espalda y yéndome, al centro de la pista de bailé, a bailar.
Esa noche, me divertí cómo loca. Baile, hasta que mis pies no aguantaron más, era la una de la mañana, cuando me fui de la fiesta. Al aproximarme al sitió, dónde aquel joven, llamado Alexander me ayudó, vi un auto, con la capota arrancada, así que me asusté y frené de golpe para bajarme a ver. Al acercarme, al vehículo tenía sangre en el asiento.
- Hola, no te han dicho que fisgonear, trae problemas - replicó, el joven mirándome profundamente a los ojos, me desvanecí y caí en sus brazos.
Me levanté, pero no estaba en mi cama, me encontraba en una habitación, oscura alumbrada con una tenue luz.
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¿Que rayos hago aquí? - murmuré, en voz alta caminando fuera del cuarto -. Hay alguien en este lugar.
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Sí, yo - contestó, el joven.
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Por qué, estoy en este sitió, tan horrible - mascullé, enojada.
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Te desmayaste y decidí traerte a mi hogar - murmuró, Alexander.
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¿Dónde esta mi cartera?
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Está en la mesa - susurró, señalando el lugar.
Fui, abrí la cartera y busqué el celular para ver la hora, eran las ocho de la mañana del domingo.
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Pase, toda la noche aquí - manifesté asombrada.
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Te molesta - dijo riendo.
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¡No! - contesté y luego añadí -. ¿El auto dónde está, para poder irme? - pregunté, mirándolo a los ojos.
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Lejos
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¿Cómo que lejos? - le grité.
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Doce, kilómetros.
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Caminaste, toda esa distancia y llegaste tan rápido aquí - dije, sorprendida.
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Bien, puedes irte si quieres - dijo sin responder a mi pregunta.
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Sí, no te diste cuenta, eso es lo que deseo hacer - respondí.
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Pues, sigue, derecho por esa puerta y llegarás en aproximadamente, ocho horas a tu vehículo - murmuró, sarcástico tomándome de la mano.
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Suéltame, pervertido - manifesté, en voz alta, su mano estaba fría -. ¿Te encuentras bien? - le pregunté
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Por qué, me preguntas eso.
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Debes, de tener hipotermia, tu mano parece un hielo, de lo fría que está.
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No, estoy enfermó, esa es mi temperatura normal - esté muchacho daba miedo.
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Bien, lo que tú digas, tienes algo de beber - murmuré.
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Sí, pero no creo que te agradé.
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¿Qué? - contesté -. Bueno, no importa dámelo tengo sed.
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Ok, te lo traeré enseguida.
Volvió, con un vaso, pero antes de entregármelo, chascó los dedos y luego me lo ofreció. Lo bebí.
- Es jugo de fresa, ridículo - susurré riendo -. No tienes nada de comer.
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Qué te crees, que soy un supermercado.
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Acaso no comes - murmuré.
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Eres abogada, me vas a interrogar - contestó, furioso jalándome, por la mano y encerrándome, en un cuarto asegurando la puerta por fuera.