Se Me Olvida Olvidarte — capítulo 9
Llamé a la puerta. A fuera no había nadie y había mucho silencio.
_¡¡Adelante!! Pasa.
Entré, el doctor estaba leyendo algo, muy concentrado, al verme lo guardó y sonrió con cara de amabilidad.
_Hola. ¿Que tal todo, Paula?
_Bien, supongo. Ten, los papeles.
_Ajá, gracias. Siéntate en la camilla.
Hice lo que me dijo. El arregló unos papeles y se reunió conmigo. _¿Has venido sola?
_Si, esto, Ana, tenía un compromiso.
_Vaya. ¿Puedes quitarte la sudadera?
_¿Entera?
_Si, quédate en sujetador, voy a oscultarte y a usar la máquina esta.
Asentí, me quité la ropa poco a poco, yo sabía lo que iba a hacer, al fin y al cabo, era siempre lo mismo, solo que ahora se me hacía raro.
Cuando el doctor se dio la vuelta yo no estaba en sujetador, era imposible, no podía. Era un error.
_¿que haces? adelante, quítate esa camiseta tambien - me ordenó mientras cogía el mando de la máquina.
Negué con la cabeza gacha, quería llorar.
El se dio cuenta al cabo de unos minutos, cogió un banquete negro y se sentó enfrente mia, poniendo sus manos sobre mis rodillas y abalanzándose sobre mi.
_¿que te pasa?
_Nada- murmuré negando con la cabeza.
_Ya. Por eso no te quitas la camiseta ¿no? venga va, soy tu médico, has de tener confianza, te puedo ayudar. Nadie mas podrá hacerlo como yo.
_Esto...Verás, esque, cuando tenía 10 años tuve un accidente de coche.
_Si, y estuviste ingresada, y tal, conozco tu historial. ¿Que pasa?
_Pues que las heridas no se me han curado, ni mucho menos, todavía siguen aquí, haciéndome recordar y haciéndome daño.
Se quedó callado. Quería morirme, llorar, las dos cosas, en vez de eso nos quedamos los dos callados, el me miraba fijamente.
_No pasa nada. Creo que podré superarlo por muy feas que sean. En mi carrera como médico he visto cosas increiblemente feas y curiosas.
Me quedé muerta cuando me acarició la mejilla y casi me abraza (que confianzas ¿no?)
Decidí quitarme la camiseta. El me observó el cuerpo lleno de cicatrices y heridas medio abiertas, parecía frankiestein.
_Tampoco es para tanto. Mira, te voy a dar una alegría. Te coseré las heridas y te pondré esparadrapo para que no te molesten, que seguro que te duelen.
No dije nada. Solo le asentí y me tumbé en la camilla mientras el doctor sacaba el instrumental: aguja, hilo, sedante para tranquilizarme, esparadrapo y desinfectante, supongo.
Me estuve muy quieta y no dije nada. Aunque me dolía y me molestaba el lo hacían con profesionalidad y cuidado. Se lo agradecía, me había quitado un peso de encima.
Al acabar me ayudó a ponerme de nuevo la ropa y me acompañó hasta la puerta.
Mientras volvía a casa pensé en cómo habían ido esas dos horas: Raras, era un buen doctor, guapo, simpático a fin de cuentas y tranquilizador. No como el que tenía antes que me ponía nerviosa y a veces hasta me hacía llorar.