Embarazada de Potter — capítulo 3
-Ginny, ¿estás bien?
Ron abordó a su hermana pequeña aquella misma tarde en la sala común de Gryffindor. La joven estaba leyendo un libro tranquilamente, sentada en el sofá. A su lado, Hermione releía una redacción de historia de la magia. En el sofá de en frente, Harry y Ariel dejaron de jugar al ajedrez mágico para prestar atención a la conversación.
-¿Uhm? -Preguntó la joven, sin comprender-. ¿A qué te refieres?
-A tu salida de clase de Pociones -explicó el joven-. ¿Estás enferma?
Nada más comprender a qué se refería, la muchacha pelirroja sintió cómo comenzaba a enrojecer. A su lado, notó como Hermione levantaba la mirada de su redacción. Genial, ahora todos la prestaban atención…
-Eh… No, no. Claro que no. Sólo… Me sentó mal el desayuno, comí muy rápido…
-Si sólo tomaste una tostada -recordó Ariel.
-Tal vez deberías ir a la enfermería -sugirió Harry, con cierto tono de preocupación.
-No, de verdad. No es nada. Fue por el olor de la poción.
Ron la miró. No parecía del todo convencido por la respuesta de su hermana. Finalmente, suspiró.
-Está bien, pero si te vuelve a pasar, vas directa donde la señora Pomfrey -admitió el pelirrojo-. Si estás enferma no jugarás el partido.
-Oh, venga… -se quejó Ginny-. No hace falta que te pongas tan sobreprotector, Ronald.
-Eres mi hermana pequeña, si no me pongo yo sobreprotector, ¿quién lo hará?
La chica bufó y agarró de nuevo su libro, tratando de hacer caso omiso a su hermano.
-Bueno, yo me voy a cenar que tengo hambre -anunció Ariel de pronto, poniéndose de pie-. ¿Alguien viene?
-No puedo, tengo que ponerme a hacer los deberes de defensa -suspiró Harry, abatido-. Bajaré luego a las cocinas.
-Bueno, pues yo voy bajando -replicó la castaña-. Si alguien me necesita, ya sabéis donde estoy: devorando comida.
-¿Vamos, Ginny? -Preguntó Hermione a su amiga cuando Ariel hubo abandonado la sala.
-No, gracias -negó la pelirroja-. No tengo mucha hambre…
-Ginny… -la regañó Hermione-. No debes saltarte ninguna comida.
-Sí, Ginny -apoyó Ron a su amiga, sin tener ni idea de la verdadera razón-. Estás suficientemente delgada, no hace falta que te pongas a dieta de hambre.
-De verdad, no tengo hambre. Ir vosotros.
A pesar de no parecer muy convencida, Hermione siguió a Ron hacia el Gran Comedor. No podía obligar a su amiga a comer si ella no quería, y menos sin que los demás se enterasen de lo que pasaba…
-¿Estás segura de que no quieres ir a cenar? -Preguntó Harry a la muchacha una vez se quedaron solos-. Pareces algo cansada.
-No, de verdad que no tengo hambre -le sonrió ella.
Y era cierto. Sentía el estómago un revoltijo que en cualquier momento estallaría hacia su garganta con el mero hecho de oler comida.
-Bueno, pues si quieres podrías ayudarme con los deberes -sugirió Harry, en un momento de inspiración-. Ya sabes que, aunque se me dé bien, Snivellus me tiene manía.
-Profesor Snape, Harry. Profesor Snape -le corrigió sonriendo.
Sin embargo, dejó su libro en el sofá y se acercó a él. El muchacho abrió su mochila y de ella sacó un pergamino y una pluma que apoyó en la mesita de enfrente. Durante las siguientes dos horas, ambos muchachos estuvieron entretenidos acabando la redacción sobre hombres lobo de Harry. Rieron, bromearon y se lo pasaron realmente bien. Ariel, Ron y Hermione ya había vuelto de cenar y se habían despedido de los chicos subiendo a dormir, cuando por fin terminaron.
-Vayamos a comer algo -sugirió Harry-. Tengo bastante hambre…
-Te acompaño, pero no creo que coma nada…
El muchacho moreno subió corriendo a por su capa de invisibilidad y se la pasó a Ginny por los hombros. Bajo ella, se encontraban muy juntos el uno con el otro, y a ella le encantaba la proximidad. Salieron por el hueco del retrato y caminaron en silencio hasta el cuadro de la pera. La hicieron cosquillas y entraron dentro. Al menos cien elfos domésticos se encontraban preparando el desayuno.
-¿Desea algo el señor Harry Potter?
Dobby, el elfo a quien el muchacho había rescatado con maestría de la familia Malfoy años atrás, apareció voluntariamente con una bandeja llena de tostadas.
-Sí, cualquier cosa de comer estaría bien. Gracias Dobby.
-Lo que desee el señor Harry Potter.
-Oh, por favor, llámame Harry.
-Sí, señor Harry.
El elfo se retiró haciendo reverencias y, al cabo de unos segundos, otros dos elfos llevaron a los dos adolescentes hacia una pequeña mesa en las cocinas. Al poco rato, Dobby apareció con dos porciones de pastel de chocolate.
-Ahora les traigo más -informó agachando la cabeza.
-¡Oh! ¿Esos calcetines son nuevos? -Preguntó Ginny, al ver las prendas naranjas fosforitas que el elfo llevaba en los pies.
-Oh, sí. Dobby está aprendiendo a coser, y lo lleva muy bien.
-Molan mucho -comentó Harry con la boca llena de tarta.
Al elfo se le encendió una sonrisa radiante y desapareció rápidamente dentro de la cocina. Ginny miró a su amigo. Comía como un troglodita el trozo de pastel de chocolate. De verdad debía de tener hambre… Bajó la mirada a su porción. Ciertamente se la hacía apetecible, pero… Continuaba sintiendo aquel pesar en el estómago. ¿Qué pasaría si comía el pastel?
Finalmente, agarró el tenedor y se llevó un bocado a la boca. El sabor del chocolate era delicioso. Sin problemas, tragó el alimento y volvió a comer otro. No se había dado cuenta de la verdadera hambre que tenía hasta que se acabó el trozo de tarta antes que el muchacho. Él la miraba asombrado.
-Vaya… ¿No era que no tenías hambre? -Bromeó.
-Parecer ser que al final sí -sonrió ella.
-¡Aquí estoy! Traigo pastel de carne recién hecho.
Dobby apareció de nuevo con un inmenso pastel de carne humeante. Le posó en la mesa delante de los chicos y Harry no tardó en servirse un trozo.
-Ginny, ¿quieres? -La preguntó mientras agarraba el cuchillo y tenedor.
Pero no llegó a cortar la carne. Se quedó helado al ver a la muchacha. Su cara había palidecido al menos cinco tonos. Además, había tomado un aspecto verdoso nada normal. Tenía las manos sobre su estómago y de verdad tenía muy mal aspecto.
-¿Ginny? -La llamó, con un notable tono de preocupación.
-¿Por qué me haces esto?
Y eso fue lo único que oyó susurrar a la pelirroja antes de que se levantara abruptamente para vomitar en una pileta de las cocinas. Atónito, el adolescente observó como los elfos la traían un vaso de agua y una toalla. Se olvidó completamente de la comida y caminó hacia su amiga.
-Creo que será mejor que vayamos a la enfermería -la susurró cuando ésta dejó de devolver-. Tal vez hayas cogido un virus.
-Ya, un virus… -susurró con voz monocorde la chica-. Mira, mejor me voy a dormir, ¿vale?
Y sin mediar palabra, se bebió el vaso de agua y salió por la puerta de la cocina. Con una mirada de disculpas a los elfos, Harry agarró la capa de invisibilidad y salió tras ella. La encontró al final del pasillo de las cocinas.
-Ey, Ginny -la llamó, agarrándola del brazo-. Lo digo en serio, deberías ir a la enfermería.
-Estoy bien, Harry -contestó quedamente, mientras dejaba que él los volviera a cubrir a ambos con la capa-. Sólo comí… muy rápido el pastel.
-Pero no pasa nada por ir a la enfermería a que Madame Pomfrey te mire. Tal vez estés enferma.
-No, de verdad. No quiero ir.
Ambos se quedaron un momento en silencio mientras continuaban caminando. Poco antes de llegar al cuadro de la señora gorda, el joven saltó:
-Ya sé lo que te pasa.
Lo dijo en un tono tan serio, que por un momento la pelirroja temió que hubiera adivinado lo de su embarazo.
-Lo que pasa es que no quieres quedarte sin jugar el partido del sábado, y tienes miedo de que si estás mala, no te deje.
Perpleja, la joven solo pudo asentir. ¿De verdad había sido tan fácil?
-Pero es tu salud de quien hablamos, Ginny -continuó el joven-. Tal vez si descansaras ese día y…
-No. Mira, Harry. Me he esforzado mucho a lo largo del año para que ahora me dejes sin jugar. No pienses que te vas a salir con la tuya.
Llegaron al retrato y la muchacha dijo la contraseña. La dama gorda miró a todos lados y se encontró confusa cuando no vio a nadie, pero se abrió dejándoles pasar.
-Prométeme que no le dirás nada a Ron -habló de pronto la chica-. Él… Se preocuparía demasiado y no quiero.
-Yo también me preocupo -saltó Harry, y de seguido cambió a un tono más apacible-. Quiero decir… eres parte del equipo y me preocupan mis jugadores. Además, eres mi amiga y… En serio, ¿no vas a ir a la enfermería?
-Para nada -se negó ella.
-Bueno, en ese caso prométeme que si te vuelves a encontrar mal, me lo dirás -pidió el chico-. Si tienes algún virus o algo así, habrá que mirarlo.
Tras varios segundos pensándoselo, la joven asintió con la cabeza. Al menos, todavía la quedaría algún tiempo para pensar. Dio las buenas noches al chico y subió corriendo a su cuarto. Al fin y al cabo, todavía la quedaban días por superar…
A la mañana siguiente, cuando iban de camino al gran comedor para tomar el desayuno, Hermione agarró la mano de la pelirroja y la metió a la fuerza dentro de un aula.
-¿Qué…? Hermione, ¿qué demonios haces? -Preguntó sorprendida, cuando su amiga la miró con los brazos cruzados.
-Mira, lo he estado pensando y… Ginny, no puedes ocultarlo más… Dentro de un tiempo se te notará. Además, necesitas consultar un médico, que te miren, te hagan pruebas… Ya sabes, ver si todo va bien.
-Ya te dije que necesitaba tiempo -suspiró la pelirroja, sentándose en una silla y escondiendo la cabeza entre sus brazos-. Aun no he terminado de asimilarlo todo…
-Pero no tenemos tanto tiempo -razonó la castaña, apoyando sus manos en los hombros de la chica-. Y tú necesitas ayuda.
-Por favor, Hermione… No me presiones. Ya bastante tengo ya… Ayer volví a vomitar de nuevo, ¿sabes?
La otra joven la miró entre perpleja y preocupada.
-Harry y yo fuimos a las cocinas y, cuando Dobby trajo un pastel de carne, yo… Mira, creo que me volveré vegetariana durante este periodo de tiempo…
-Créeme si te digo que necesitaras más proteínas de las que crees.
-Agh… -gruñó Ginny mosqueada-. Esto es un desastre total…
-Sin embargo, ya nada se puede hacer -la consoló su amiga-. Sólo queda desear que todo salga bien.
-Pero… ¿cómo va a salir bien si sólo tengo diecisiete años?
-Saldrá bien si finalmente abres la boca y le cuentas a los demás lo que pasa…
-No puedo, Hermione… Tengo mucho miedo. Además, no sabría cómo enfrentarme a él.
-¿A tú hermano? Bueno, se enfadará y eso, pero es tu hermano y…
-No, a Ron no. Me refiero a… él.
Durante unos minutos, ambas se quedaron calladas, Ginny con la cabeza aun hundida entre sus brazos. Finalmente, Hermione suspiró y la dijo con tono serio y decisivo.
-Ginny, de verdad pienso que Harry tiene todo el derecho a saber que estás embarazada de él.
Nada más decir aquello, un sonido estruendoso las sobresaltó. Temerosas, Hermione y Ginny se giraron hacia él.
En el marco de la puerta, con los libros y el tintero en el suelo, Ariel Lily Potter las miraba con expresión incrédula en la cara.