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Embarazada de Potter — capítulo 4

-Ginny, de verdad pienso que Harry tiene todo el derecho a saber que estás embarazada de él.

Nada más decir aquello, un sonido estruendoso las sobresaltó. Temerosas, Hermione y Ginny se giraron hacia él.

En el marco de la puerta, con los libros y el tintero en el suelo, Ariel Lily Potter las miraba con expresión incrédula en la cara.

Unos segundos de silencio estresante invadieron el ambiente. Nerviosas miradas iban desde los ojos de Hermione y Ginny hasta los de Ariel. Finalmente, fue la joven Potter quien habló primero.

-¿Qué…? ¿Qué has querido decir con eso, Hermione? -tartamudeó.

La aludida se mordió el labio. No era ella quien debía contestar a aquella pregunta, y las otras dos chicas en la sala también lo sabían.

-¿Ginny?

La joven pelirroja se incorporó, levantándose de la silla. Despacio, caminó hacia su amiga. Cuando llegó a su lado, se agachó y recogió sus cosas del suelo. Inconscientemente, Ariel las agarró cuando ella se las pasó. Ginny la miró a los ojos, con los suyos levemente brillando a causa de las lágrimas de impotencia. Todas esas situaciones la superaban.

-Es lo que has odio, Ari. Yo… estoy embarazada de tu hermano.

La joven castaña se quedó callada procesando la frase. No se lo podía creer. Aquello no podía ser real.

-Pero… ¿cómo….? Quiero decir, que yo no… ¿Cuándo? -Logró balbucear al fin.

-En la fiesta que hicimos hace ya algo más de un mes en la casa de los gritos -confesó la pelirroja-. Simplemente, pasó…

-Pero, ¿no usasteis…? Bueno, ya sabes qué…

-Estábamos algo borrachos -susurró más que avergonzada de sí misma la chica-. No se nos ocurrió.

-¿Y tomarte algo al día siguiente? -Se exasperó Ariel- ¿Eso tampoco?

-Sí, me tomé una poción, pero sabes que no son del todo efectivas pasadas ya 24 horas… Y fue el tiempo que tardamos en conseguirla por correo urgente.

-Bueno, he de suponer que mi hermano no sabes nada aun, ¿verdad? -se atrevió a preguntar la muchacha.

-No… -negó con la cabeza Ginny-. Ni siquiera hemos vuelto a hablar acerca de lo de esa noche, simplemente continuamos como si nada hubiese pasado.

-Pero Harry tiene derecho a saberlo -argumentó Ariel-. Mira, si no se lo dices tú, se lo diré yo.

-¡No! -Chilló Ginny, sintiendo como el miedo la invadía por dentro-. No puedes decírselo.

-¿Por qué no? ¡Merece saberlo!

-Porque aun no estoy lista. No sé cómo decírselo, como afrontar la situación. No lo sabe nadie más que nosotras, ni mis padres, ni Ron… Y no puedes decírselo, porque debo ser yo quien lo haga...

El aula se quedó en silencio de nuevo. Ariel miró a su amiga y a sus ojos castaños húmedos. Y lo comprendió. Comprendió por qué Ginny no quería contar nada aun. Estaba asustada, probablemente más de lo que ella quería admitir. Apenas era una niña y no sabía a que se iba a enfrentar. Si ella estuviera en su situación, probablemente hubiese actuado de la misma forma.

Así, sorprendiendo a sus dos amigas, echó los brazos alrededor del cuello de Ginny y la abrazó con fuerza.

-No te preocupes, cuentas con todo mi apoyo -la aseguró-. Al fin y al cabo, ese bebe será mi sobrinito… o sobrinita.

Después de las clases, llegó la hora de la comida. Sentada con suma preocupación delante de los platos vacíos, se encontraba Ginny Weasley. A cada lado, la resguardaban una de sus amigas. Frente a ella, podía sentir la mirada verde de Harry observándola, mientras que su hermano miraba con aprensión la aun in-aparecida comida.

Segundos más tarde, ante sus ojos, los platos se llenaron de manjares. Ron no tardó ni medio segundo en llenarse el plato y comenzar a comer. Despacio, Ariel, Hermione y Harry le imitaron, pero la pelirroja no se atrevió a moverse. Últimamente, el simple olor a comida la causaba nauseas. No quería salir corriendo del gran comedor.

Sus amigas y Harry continuaban observándola. Ellas, porque sabían la razón de sus vómitos. Él, porque pensaba que la muchacha tenía un virus. Al final, Ginny no aguantó la presión y se levantó de la mesa de golpe. Tres pares de ojos la observaron atentamente.

-No tengo hambre -refunfuñó ella mientras se disponía a irse.

-Oh, ni lo pienses -negó Hermione-. Tú no te vas de aquí sin comer.

Ginny frunció el entrecejo, molesta.

-Tienes que probar algo -añadió Ariel-. No es bueno no alimentarse.

-Mira, no tengo hambre y ya está, ¿vale? -dijo secamente la pelirroja, y nadie se atrevió a contestarla.

Al final, se dio media vuelta y salió del gran comedor con paso altanero y ágil. Caminó sin pararse hasta llegar al retrato de la dama gorda. Murmuró la contraseña y entró en la sala. No había nadie. Sintiendo que no aguantaba más, se dejó caer en uno de los sofás más alejados, ocultos entre las sombras, y rompió a llorar.

No sabía por qué lloraba. Ella había superado muchas situaciones difíciles, y en ninguna había recurrido a las lágrimas. Pero bueno, tampoco había estado embarazada y con las hormonas revueltas… Quiso para de sollozar, pero no pudo. Necesitaba desahogarse, por todo. Sin embargo, por más que lo hiciera, no sentía que aquella sensación que la aprisionaba el pecho desapareciera…

-La voy a llevar algo de comer -informó Harry mientras envolvía un trozo de tarta de chocolate en una servilleta-. Ayer en las cocinas esta tarta pareció gustarla.

-Te acompañó, ya terminé de comer -dijo su hermana, mientras se levantaba a la vez que él.

Antes de salir del gran comedor, Hermione lanzó una mirada fugaz a su amiga, quien la captó y asintió con la cabeza. No pensaba contarle nada a su hermano. Esa, como había finalmente asumido, era tarea de Ginny.

-Tendría que ir a ver a la señora Pomfrey -comentó el muchacho a su hermana de la que caminaban hacia la sala común de Gryffindor-. A pesar de que quiera jugar el partido el sábado, su salud es más importante…

-¿A qué te refieres? -Preguntó la chica sin entender.

-Pues a que no quiere ir a la enfermería porque, si tiene un virus, no la dejarán jugar el sábado…

Ariel se mordió el labio. Vamos, que su hermano no tenía ni idea de la verdadera razón de la adolescente de no querer ir a la enfermería… Bueno, por el momento, tal vez sería mejor que siguiese pensando eso.

-Bueno, más bien creo que TÚ, no la dejarás -comentó burlona, remarcando la palabra "tú".

-¿Qué? Bueno, sí, yo no dejaré que juegue si está enferma. Me preocupan mis jugadores…

-Ya, seguro… -susurró Ariel-. Pero si en vez de Ginny el enfermo fuese… Dean Thomas, no tendrías la misma consideración. Claro, que estamos hablando del año pasado, cuando aun estaba en Hogwarts...

Harry arrugó el entrecejo. ¿Por qué, de entre todos, había tenido que elegir el nombre del ex novio de Ginny? Aun recordaba la fiesta en la casa de los gritos hacía poco más de un mes… Cuando ya se habían ventilado media botella de whisky, la muchacha le confesó que Dean había roto con ella aquella mañana por medio de una lechuza... Que en realidad nunca le quiso y que no le dejaba nunca en paz. La agobiaba. Luego una cosa llevó a la otra, y así hasta… El final.

-¿En qué piensas? -Preguntó su hermana al verle tan callado-. Tal vez… ¿en cierta pelirroja?

-Ya, déjalo, Ariel -la riñó su él-. Sé lo que insinúas y, francamente, no tienes ni idea.

Ofendida, la joven fulminó al chico con la mirada.

-Sé que sientes algo por ella desde hace tiempo, ¿te parece que eso es "no tener ni idea"?

-¿Qué estás diciendo? -Inquirió parándose en seco el adolescente, ante aquella frase tan directa.

-Por favor, he visto como la miras cuando crees que nadie te ve. No estoy ciega, ¿sabes?

-Ariel, en serio, no quiero que…

-¡Ariel!

Un grito masculino sonó detrás de ellos. Un muchacho alto y fuerte, de cabello oscuro y ojos grises llegó corriendo hasta ellos.

-Eric, ¿qué pasa? -preguntó la chica.

-Te buscaba, necesitaba ayuda con… el trabajo de… herbología.

Harry gruñó cuando oyó aquella mentira tan patética. No le gustaba ese chico. Era tonto e idiota. De hecho, no le gustaba ningún chico que quisiera ligar con Ariel. Maldecía que fuese tan guapa. Puede que no tuviese el cabello pelirrojo ni los ojos verdes, pero había heredado el perfil fino y femenino de su madre.

-Oh, sí, claro. Yo… estaba acompañando a mi hermano, pero… supongo que no le importará ir sólo.

Eric sonrió, pero esa sonrisa se esfumó en cuanto vio la mirada de advertencia en los ojos del joven Potter. Tragó saliva y miró al suelo.

-Nos vemos más tarde, Harry -se despidió Ariel, dándole un beso en la mejilla.

El joven observó como su hermana desaparecía por el pasillo con el avergonzado chico caminando detrás. Resopló, cogió aire, y continuó el camino hacia la sala común. Lo que no se esperaba al pasar por el hueco del retrato, era encontrarse a Ginny sollozando agazapada en un sofá de la esquina…